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De Slavútych a Chernobyl: ida y vuelta

Rubén Ángel Arias

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Los antecedentes de Kazuma Obara son esclarecedores. Puede presumir de haber sido el primer fotógrafo en acceder a la central nuclear de Fukushima tras el tsunami de 2011. Esta misma predisposición hacia el retrato de las calamidades se encuentra en el origen de su Silent Histories (2014), un trabajo en torno a las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial en Japón. Su labor parece fundamentarse en tres ideas o fases de una misma conciencia crítica: esto ocurrió, fue terrible y no debemos olvidarlo, pues es olvidadiza la memoria de los hombres.

Exposure viene de la tienda con precinto y con la apariencia de ser un sobre de revelado fotográfico. La cubierta es roja y contiene números arábigos y letras en ruso (no sé ruso, no sé si Obara sabe ruso; el título está en inglés, como todos los textos que se incluyen).

Una vez abierto, nos encontramos con una serie de imágenes en blanco y negro, todas cuadradas y a caja (menos dos, que van a sangre) y más o menos veladas o sucias o fantasmales. No hace falta leer los textos que aparecen intercalados para seguir las pistas y descubrir el referente. Abundan las casas abandonadas, los muros desconchados y los escombros hasta que llegamos a la primera imagen a doble página donde se distingue el inconfundible paisaje de Prípiat: una urbe tomada por el bosque (la naturaleza es así de indiferente a nuestras deudas y dolores, ella sigue, donde puede, sin mayor empeño, porque sí. Todo lo cual nos lo sabemos de memoria, como los paisajes de Obara).

Los textos que se incluyen son un poema de Shevchenko, el testimonio —en tres partes— de una misma persona, Mariia, y una nota aclaratoria del autor en la que éste resume la historia del libro. Y la historia es que Obara se encuentra con Mariia y le pide que le cuente su vida.

Los padres de Mariia vivían en Kiev cuando el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernóbil puso todo de su parte para mostrarle al mundo sus capacidades radioactivas.

Mariia nació cinco meses después del accidente y con el nacimiento llegó la infancia, que en su caso fue, sobre todo, una dolorosa travesía: la debilidad, el cansancio, el insomnio, los temblores y los ataques de pánico tripulaban la joven nave. El calvario se prolongó hasta que los médicos descubrieron que el mal procedía de la tiroides, esa glándula que come yodo y absorbe radiación como si fuera algo bueno y le gustara. La tiroides de Mariia se encontraba en un estado muy parecido al de algunas de las fotografías de Obara. Su cuerpo había empezado a devorarse a sí mismo. Y es esta suerte de rito de paso lo que dota de hondura y aspereza a un trabajo que, en lo estrictamente visual, abunda en las previsibles —por estereotípicas—imágenes de la devastación y el abandono chernobilescos.

Mariia se entrega a eso que (en honor a Joan Didion) llamamos “pensamiento mágico”. Cree que su cuerpo no puede matarla, pues no va a ser tan tonto de ir contra sí mismo, o que no morirá si se opera el día de su cumpleaños. ¿Por qué? Mariia responde: “Por justicia poética”.

La operan, Mariia acaba de cumplir 24 años. Al salir del quirófano tiene la sensación de estrenar un cuerpo nuevo, no se reconoce en él, tiene calor y viene de dentro. La novedad lo absorbe todo. Después sólo recordará que la habitación estaba llena de flores. La medicina había encontrado un sustituto para su tiroides en forma de, al menos, diez pastillas diarias y la burocracia necesaria para conseguirlas. Gracias a este tratamiento no parece enferma;de hecho, tiene que recordárselo a quienes se encuentran con ella, lo que motiva un sinfín de incómodas situaciones.

En la actualidad Mariia pinta y dice haber encontrado en ello cierto alivio. El final de su testimonio rezuma esperanza o ingenuidad, es muy difícil decidirse, es también muy difícil de creer.

Pero en Exposure hay más cosas. Obara ha incluido cuatro (es muy aburrido contar, pero alguien tiene que hacerlo) copias de los negativos de sus fotografías. Negativos que encontró en los alrededores de Chernóbil (no nos aclara dónde exactamente, ¿en una casa, en una tienda?) y con los que hizo las fotos que ahora vemos y que están, por efecto de la radiación y del tiempo, sobrexpuestas, de ahí el título. La idea de incluir seudoobjetos en los libros es una astucia que colabora con el trampantojo que, al menos en este caso, se le ofrece al lector. Con ello, el autor ha querido propiciar una experiencia más material y menos literaria de su libro. Lo que consigue es, sin embargo, aumentar el morbo de sus imágenes: hay algo en ellas de psicofonía.

Por su parte, Everlasting es un libro de formato apaisado cuya cubierta imita el papel que cubre una de las habitaciones de los protagonistas. Con ello entramos en el terreno de lo doméstico y sus rutinas.

Dos son los hilos conductores de esta segunda parte del proyecto de Obara. Por un lado, un tren, el que va de Slavútych a Chernóbil. (La ciudad de Slavútych se empezó a construir apenas unos meses después del accidente de Chernóbil con la intención de albergar allí a la mayoría de las personas evacuadas de Prípiat, así como a los trabajadores y trabajadoras de la central). Por otro, el álbum familiar de los Pasha, una familia afincada en Slavútych cuyas vidas están ligadas a las labores de vigilancia, limpieza y eliminación de residuos de Chernóbil. Obara ha intercalado copias sueltas de algunas de las instantáneas de dicho álbum.

Entre las fotos familiares y las fotos que Obara hizo en y desde el tren, se encuentran varias imágenes de archivo —de Prípiat, de la central, del accidente—, reproducciones de negativos dañados y dobles páginas en negro. Las fotos de la saga familiar —tres generaciones— avanzan en sucesión cronológica, como sus testimonios. En estos abundan las descripciones de la monotonía y el riesgo de las labores que aún se realizan en la planta y sus proximidades. Riesgo y monotonía que se paga na 250 dólares al mes para los hombres. Las mujeres cobran menos. No hay noticias de protestas ni de huelgas, tampoco señales de mejoría. Nareshka (n. 1990), la mujer de Pasha (n. 1987), para justificar su decisión de quedarse, se refiere al empeoramiento de la situación laboral en Ucrania. Frente a la inquietud reinante, dice: “Este trabajo está más o menos garantizado y es estable”. El sueño de la pareja es formar una gran familia. Acaban de tener un hijo, el papel que adorna las paredes de su habitación es —lo descubrimos en una de las imágenes— el que Obara ha elegido para la cubierta del libro. En Slavútych, a los 50 años están todos jubilados, y ésa es, para sus habitantes, la mejor de las promesas.

Como sigo sin saber ruso, no sé qué pone en el facsímil del periódico del día 26 de abril de 1986 que Obara ha decido incluir también. Entiendo que ha querido dar a entender que no aparece ninguna noticia de la explosión del reactor, pero lo único claro es que no aparece ninguna imagen del accidente.

Hasta aquí, el inventario de los materiales de que consta el tríptico del fotógrafo japonés. Un trabajo que, en suma, vuelve sobre lo sabido y tantas veces señalado: el oscurantismo que rodeó al accidente de Chernóbil y la larga “estola de albas muertas”[^1] que lo siguió después. Ante Exposure y Everlasting las preguntas que cabe hacerse no son las más halagüeñas para este tipo de propuesta, en el que las buenas intenciones —intenciones humanitarias— son presentadas en el apretado y predecible corsé delas ambiciones artísticas. Después de las imágenes in situ de Igor Kostin y los documentales en qué él mismo participó,o después del abrumador libro de testimonios recopilados por Svetlana Aleksiévich, ¿qué otra representación de la catástrofe y sus consecuencias puede merecer nuestra atención?, ¿es Chernóbil un tema agotado?, ¿cuándo se agota un tema y por qué? Y, por último, una pregunta tal vez más estimulante: ¿puede la fotografía ofrecernos un ángulo insólito de aquella experiencia? Me refiero a un ángulo o una interpretación capaz de desplazar el imaginario colectivo que en torno a Chernóbil parece definitivamente solidificado.

 [^1] Palabras finales de "Amanecer", poema de Roberto Bolaño recogido en La Universidad Desconocida. 

Obara ha documentado las secuelas de Chernóbil en dos libros y un apéndice en los que hibrida las pretensiones críticas de la fotografía documental con las ambiciones y ocurrencias propias del arte que presume de concepto. Pero, a pesar del extra de sofisticación que añaden tanto el proceso por el que el autor ha conseguido las imágenes como la inclusión de copias y facsímiles, el resultado final presenta dos flagrantes debilidades. Las imágenes de Exposure y Everlasting repiten, uno por uno, los clichés de la catástrofe. Además, el relato que las sustenta obedece sólo al esquematismo de los melodramas con final más o menos esperanzado hacia los que tiende el periodismo más sensacionalista. Obara se ha servido de Chernóbil y de los conmovedores testimonios de las víctimas, y ha acrecentado así su obra, pero ésta no añade nada nuevo a la comprensión —o al abismo— de lo que allí ocurrió y ocurre todavía.

Cómo citar:
ARIAS, Rubén Ángel, “De Slavútych a Chernobyl: ida y vuelta”, LUR, 12 de noviembre de 2019, https://e-lur.net/biblioteca/exposure.


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