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Hereafter: el mundo entero era mi jardín

Carmen Dalmau

Cuando uno se sienta en la mesa del jardín de sus abuelos a tomar el té, en tazas floreadas de porcelana inglesa, no debería ignorar los fantasmas que se reúnen en torno, el peso de las raíces del pasado y de los cadáveres que arrastra cada familia.

En una arcadia infantil, alguna vez todos fuimos niños felices veraneando junto al mar, y así nos lo muestran las imágenes en nuestro álbum familiar, pero no podemos rehuir de los murmullos encerrados en las caracolas marinas que nos evocan fantasmas cobijados en los rincones oscuros de nuestros paraísos de la infancia.

Su abuelo materno, John Phillips, nació en la India, hijo de un militar británico; su abuela materna, Mary Phillips, en el Reino Unido. Vivieron en Sudán, Libia, Omán, Jordania y Chipre, en ese incierto Middle East cuyas fronteras se dibujaron por razones políticas y geoestratégicas del imperio colonial británico.

Repasando su biografía, no es extraño descubrir una constante en sus proyectos, que también se encuentra en Hereafter: la búsqueda de identidad y la necesidad de anclarla en un territorio.

Los matices de unas lenguas son siempre difíciles de trasladar a otras. Esto ocurre con el término que da título a este libro, “hereafter”, palabra que podríamos traducir como “en la otra vida”, “la existencia más allá de la primera vida” o “en algún tiempo o espacio futuro”. Es el título también de un poema de John Stewart Phillips, abuelo de Clavarino. La palabra lleva incorporados los conceptos de tiempo y de memoria. El libro Hereafter es una cápsula de tiempo, territorio y memoria.

Es un volumen grande, difícilmente manejable, que envejece rápido. Sus tapas blandas y el tamaño de los pliegos necesitan un trato con mucho mimo, como la vida, cuando comienzan a doblar sus esquinas. Un tono crema, de tacto rugoso, contrasta con el de algunas páginas más blancas; la tipografía y las ilustraciones infantiles de la cubierta —pequeñas, flotantes, elegantes y rodeadas de mucho espacio— de dos elefantes —o de un elefante y su sombra con la trompa levantada, porque nada es lo que parece— y las de los dos cipreses de la contracubierta nos hacen sentir el libro sin haberlo abierto aún; sentimos el peso de los días y la sensación del paso del tiempo, que pone pátina sobre los recuerdos y sobre las fotos antiguas… Once upon a time, como comienzan los cuentos ingleses.

El libro se divide en cinco capítulos que anticipan el enigma en sus títulos y que hacen referencia a los cinco territorios en los que habitaron sus abuelos: The Orilla, Gawd Strike the Sultan Blind (El Sultán Ciego), Platypus (Ornitorrinco), The Accursed Eyes of Mine (Malditos ojos míos) y The Quantum Soul (El alma cuántica).

El prólogo es una puerta que comienza a abrirse, como en los cuentos, érase una vez… y es una caracola, sobre unas letras de antigua caligrafía en la que casi podemos oír el rumor del mar y de la pluma rascando el papel.

Los espíritus de los yoruba a veces se apoderan de los niños y los hacen enfermar. A las voces de John y Mary se une el coro de los espíritus de las sombras en el primer capítulo del cuento.

John es un recolector de documentos, el que construye la memoria oficial de la familia. Muere en 1998 y se lleva la luz de la vida de Mary, que cierra los ojos y huele el aroma de sus días idos, que tienen su reflejo en la rama del peral, como una promesa dulce de útero caliente, en las bolsas de té gastadas, en las hojas sobre la hierba, en los marcos sin foto. Otras imágenes van construyendo la memoria del mundo que habitaron John y Mary, como los libros de Rudyard Kipling, poeta que representa el orgullo del imperialismo británico, o la dedicatoria de Leni Riefenstahl, la fotógrafa que blanquea su pasado nazi fotografiando al hermoso pueblo africano de los nuba.

Mary es la memoria íntima, los juegos de la infancia y los barcos de vela. Las imágenes de una casa en sombras, los restos de un naufragio que van siendo rescatados por la luz de la cámara, el aura táctil de elefantes de marfil, pieles de tigre, brillos de plata, aroma de sándalo, una bola del mundo y un salacot.

Este primer capítulo narra el árbol genealógico de una familia británica, de cuyas ramas cuelgan glorias militares, aventuras, accidentes de aviación y piratas con un parche en el ojo.

Existe un extrañamiento de los objetos, como el bodegón con jeringuilla en la que podemos leer “Made in England”, o una pared con una ventana inglesa de maqueta de casa de muñecas inacabada que da pistas al espectador para reconstruir a los personajes desde donde arranca el relato. Las arquitecturas orientales y los retratos de rostros con turbantes se mezclan con los papeles de flores ajadas de las oscuras estancias.

Las imágenes de caracolas marinas sirven de respiro entre los capítulos de este libro, construido como una suerte de gabinete de maravillas, intentando encontrar su propio orden, trazar un diagrama dentro del caos.

Es difícil descubrir cómo comenzó todo cuando tenemos demasiados documentos familiares —cartas, memorias, fotografías, recortes de prensa subrayados, poemas…— sepultados por los días, las ruinas y las ausencias en la casa de Horsham, un pueblo al sur de Inglaterra.

Hereafter está compuesto de fragmentos recontextualizados, porque es así como funciona la memoria con los recuerdos; selectiva y romántica.

En los siguientes capítulos comienzan a abrirse las cicatrices en los territorios que fueron ingleses. El trabajo fotográfico de Clavarino en Omán, Jordania y Sudán se sigue entrelazando con los documentos rescatados. El presente no se puede entender si nos olvidamos del pasado.

Estos territorios, que un día habitaron niños que jugaban al cricket y eran invitados a tomar el té con los sultanes, están hoy habitados por rostros que hablan otra lengua y rezan a otros dioses. Las tierras cruzadas por tensiones y conflictos políticos, económicos, sociales y religiosos tienen drásticos efectos sobre la población.

El fotógrafo parece querer descubrir en las miradas de sus retratados y en los signos del paisaje los jirones de un pasado que, como dice el proverbio africano de la historia de los leones, siempre fue contado por los cazadores de leones.

Aunque la luz de estos paisajes es más cegadora que la luz inglesa, los cielos más azules y las paredes más blancas, nos llama la atención que exista una especie de velo que unifica cromáticamente todas las imágenes. Este tratamiento especial del color y el cambio de papel de las páginas —más blanco y satinado para las realizadas por el autor, más crema para el material de archivo— son dos de los hallazgos más interesantes del diseño de este libro, que por otra parte es muy clásico, sin estridencias ni gritos: fotografías y textos con muchos márgenes, mucho espacio alrededor; los fragmentos rescatados del pasado a veces parecen flotar entre demasiado vacío, quizá son los huecos que la memoria ha preferido dejar en blanco.

El cuento termina con un viaje por desiertos y camellos y un viaje de regreso a Inglaterra con final feliz, “I think the children enjoyed it” (creo que los niños lo disfrutaron). Un final feliz, como el de todos los cuentos.

Desde el epílogo, los retratos de los niños hoy adultos, intenta desvelarnos si realmente fueron felices, pero esto será otra historia que quizá algún día cuenten los leones y los tigres.

Cómo citar:
DALMAU, Carmen, “Hereafter: el mundo entero era mi jardín”, LUR, 5 de junio de 2019, https://e-lur.net/biblioteca/hereafter


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