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Max Ron
Entrevista

Max Ron entrevista por videoconferencia a Sofía Ayarzagoitia, autora de Every night temo ser la dinner

Buenos días, Sofía. ¿Qué es lo que te atrae del formato de diario?

Siempre he hecho diarios, desde pequeña. Cuando tuve una cámara, no me separaba de ella, fotografiaba a todo mi entorno, dejaba una documentación sin intenciones muy elaboradas todavía.

Every night temo ser la dinner ganó la segunda edición de maquetas de fotolibro de La Fábrica, ¿qué supuso para ti?

Bueno, además de las cosas obvias, como la posibilidad de publicar mi trabajo y el orgullo de tener mi libro publicado, me permitió conocer mucho más todo lo que implica un fotolibro. Fue muy interesante, y aprendí mucho de todo el proceso de edición con mis imágenes.

¿De dónde nacieron las imágenes que usaste, de la propuesta intelectual del proyecto, de la urgencia física de fotografiar lo que estabas viendo, de otro lugar?

Eran búsquedas personales que me inquietaban. Desde el proyecto anterior ya empecé a interesarme por el color, y seguí buscando sensaciones, muy corporales, para poder expresarme, muy impulsivamente. No iba por un lado intelectual, mi investigación era más empírica.

¿Hay caminos diferentes hasta llegar al hecho de tomar una fotografía?

Sí, en mi caso no fue tanto pensar que quería fotografiar a alguien y hacerlo como que ese alguien me llamara la atención y me creara la necesidad de acercarme a él y fotografiarlo. No era algo muy planeado ni prestablecido. Eso no me funciona tanto… mis procesos son distintos.

¿Qué influencias recibió tu proyecto durante su realización?

Bueno, la crisis de los refugiados sirios estaba en plena escalada, y es verdad que de alguna manera lo anexé a lo que estaba haciendo. La mayoría de los personajes del libro son amigos llegados de Senegal y me interesaba retratar su situación en España, en la capital.

¿Qué entendemos del título, de que temas ser la dinner?

Siento que el libro tiene varias capas. Por un lado está lo sexual o erótico o simbólico, y por otro lado está la parte fotográfica, la parte de edición, de contar, de hablar… También están mis encuentros, lo más presencial… El “temo ser la dinner” del título es casi un coqueteo.

¿De entre todas las posibles, qué lecturas de tu libro quisiste inducir?

Ahora que lo reviso, mi propia lectura del libro va cambiando un poco. He estado revisando mi tesis y según avanzo en el conocimiento del bagaje histórico de los símbolos mi propia mirada va cambiando. Pero en aquel momento yo pensaba más en el juego sensual, el juego íntimo.

¿Asumimos entonces que cuando revisas el trabajo tú misma encuentras cosas nuevas que no estaban en tu cabeza mientras lo estabas desarrollando?

Sí, definitivamente. Por ejemplo, ahora veo que la sandía puede ser interpretada como un símbolo racista, y antes no era consciente. Los significados van cambiando con el tiempo.

En buena medida, tu libro nos da acceso a parte de tu intimidad, ¿cómo proyectas esa intimidad en unas imágenes en las que tú no apareces y sin una narración realmente explícita?

En ese momento me estaba proyectando en mis amigos, ellos eran yo, un espejo de quien soy; mis sensaciones estaban en ellos, en los colores… ellos eran el reflejo de cómo me sentía. Y también estaba en cómo me percibían, todos ellos eran hombres frente a una mujer… Los hombres me despiertan gran curiosidad, así como los desórdenes mentales, y algunos de ellos tenían esquizofrenia, mientras que otros tenían otros desórdenes. Por eso cómo me percibían también me mostraba a mí.

¿Cómo fue que los conociste?

Fue algo escalonado. Primero conocí a Fall, que me presentó a Mbagne, y él me presentó a sus amigos. Me gustó mucho su actitud, todos fueron muy lindos. Conocía un grupo de diez senegaleses que vivían en una casa okupa… y pasábamos mucho tiempo allí.

¿Cómo los convenciste para que posaran? Casi todas las fotografías son posadas…

Bueno, ahora me cuesta más trabajo hasta que mi novio pose para mí. En ese momento fue algo muy orgánico, salió fácil, había mucho juego y ellos estaban muy involucrados. Cuando a los pocos días les llevaba las fotos, les gustaban, se reían, se burlaban… Había mucha complicidad.

Dices que les llevabas las fotos a los pocos días, ¿cómo hiciste estas imágenes?

Todas son en 35 milímetros con camaritas point-and-shoot, de las que tuve varias porque se me rompían. Algunas eran desechables…Hasta hoy, me gusta llevar la cámara pequeña, porque una gran cámara puede ser más intimidante.

¿Te quedó mucho material fuera de la edición definitiva?

Sí. De hecho, acabo de hacer una exposición llamada Liberté para la que estuve revisando el material y saqué varias imágenes que ahora mismo me dicen más de lo que me dijeron en su momento. Y es que me puse como meta producir tres rollos diarios, casi 100 fotos al día.

¿Significa que tenías una planificación previa del trabajo de cada día?

No una planificación como tal, cada día podía ser diferente dependiendo de qué cosas interesantes me encontrara. Pero como fotógrafa sí tenía un objetivo de producción. Y de hecho, cuando no me salía la imagen que quería, escribía o bocetaba… Cuando no me daba con la fotografía, me daban más escribir o dibujar. Aunque a veces regresaba al mismo lugar a repetir una foto que no me había salido bien. Pero hubo mucha inmediatez en mi trabajo, porque no dejaba de encontrarme con cosas nuevas: un espacio nuevo, una persona nueva que me despertaba la necesidad de fotografiar…

¿Cómo fue tu participación en el proceso de edición?

Estaba en Corea y me volví porque para mí era importante aprender en ese campo. Quería estar muy involucrada. Pero más que nada, simplemente estuve presente, atendiendo y aprendiendo, porque ahí el lenguaje se vuelve muy técnico.

Every night temo ser la dinner tiene una gran dimensión de negro. Además, los textos están escritos en blanco sobre negro en una tipografía pequeña, lo que te obliga a acercarte el ejemplar a los ojos más que con otras obras, y al pasar la página te encuentras con un torso desnudo, de piel brillante, muy cerca de la cara, como una invitación directa, si no descarada, a compartir intimidad. ¿Reconoces ésta u otras sensaciones físicas en tu libro?

Ahora sí, pero no era tan consciente de ello en el momento del proceso de edición, realmente no participé activamente en esas decisiones, fue más un trabajo de la parte de diseño del libro. Éste es mi primer y hasta la fecha único fotolibro, así que ahora estoy mucho más interesada en esa parte de edición, y eso también lo noto como lectora.

¿Cuándo decidiste escribir los textos en pocho?

Originalmente, los textos ya estaban escritos en pocho porque en realidad no quería que me leyeran. Luego, cuando tuve que entregar el primer material, decidí con mi tutor de la universidad que era mejor hacerlos todos en inglés o en español. Y ya en una reunión en La Fábrica comenté que en principio los textos estaban en pocho, les lancé la idea y me puse a escribirlos todos bien, con la ayuda de mi hermana, de mi prima… Se convirtió en un juego, pasé del no querer que me leyeran a jugar con ello. Fue un proceso muy bonito.

¿El pocho tiene reglas en su construcción?

Bueno, estuve investigando y hay variantes de pocho en localizaciones fronterizas, pero es algo muy libre, puedes mezclar el inglés y el español como quieras. Lo importante es cómo suena. Yo soy de Monterrey y ahí también se usa mucho. Y aunque pueda sonar arrogante, me surgió la idea de que si querían leer mi libro tenían que saber algo de español para entenderlo. Los textos finalmente son muy fotográficos, son imágenes. Una vez que estuve decidida, la idea de tener que leerlo todo en inglés o en español ya me parecía aburrida.

¿Cómo es tu relación con el lenguaje?

Estuve tres años medio peleada con las palabras, no me gustaba hablar mucho, todo me sonaba mal… Mis amigos senegaleses me estuvieron enseñando su lengua criolla, y yo les hablaba un poco en inglés, un poco en español…

¿Y ahora? Nos comentabas que estás recorriendo el continente americano, ¿estás haciendo algún tipo de registro visual de tu viaje al modo de Every nigth temo ser la dinner?

Sí, de hecho desde niña hago diarios, aunque sólo ahora en forma de fotolibro. Ahora que estoy recorriendo el continente,­­ estoy trabajando en una serie que empecé en Belice, luego seguí en Guatemala, ahora en Costa Rica… Luego bajaré al sur, pero pretendo llegar también a Estados Unidos. Y sí, más o menos estoy haciendo lo mismo, diarios visuales. Aún no he publicado mucho porque eso te toma mucho trabajo y mucho dinero, así que de momento me he centrado más en la producción, en fotografiar nuevos encuentros, nuevos lugares y nuevos amigos… mientras sigo con el estudio del color.

Muchas gracias, Sofía. ¿Le querrías decir algo a la persona que vaya a encarar tu libro?

Sólo lo más básico: que se trata de encuentros íntimos, que soy mujer, que ellos son hombres, que es en Madrid… sólo unas pocas pistas. No es que me guste mucho hablar de mi trabajo.


Max Ron (Madrid, España, 1963) es periodista.

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