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Fotografía, enigma y sentido siguiente

José Pablo Concha Lagos

Francois Soulages afirma que la fotografía más interesante es la que se hace cargo del enigma de la vida. Respecto a esto sigue a Wittgenstein recordando cuando este afirma que la resolución a dicho enigma está fuera del tiempo y del espacio. La vida está circunscrita a estas dimensiones fundamentales y la fotografía es parte y se debe, también, a estas dimensiones, pero sus razones están más allá. ¿Qué alcances y hacia dónde apunta lo dicho por Soulages? Hacia un ámbito trascendental poco habitual referido a la fotografía. La estética trascendental de Kant es el cimiento de estos argumentos a partir de las dimensiones dadas antes de la percepción, pero el sentido de lo ‘trascendental’ será visto acá desde otra significación, si bien sigue siendo filosófico: el sentido de la vida.

Es evidente que la fotografía no podrá responder al enigma de la vida en el intento de encontrar en ella una razón de la existencia, eso es absurdo, ni la filosofía, ni la teología dan respuestas satisfactorias; pero, qué diferencia a la fotografía de estas otras dos disciplinas: la libertad respecto de lo que puede decir. Si bien hay quienes afirman que lo que se pone en juego de modo crítico con la fotografía es la libertad del ser humano en su relación con los dispositivos técnicos, más aún en nuestro tiempo que es instituido en lo técnico, lo que se da por descontado en la subordinación del sujeto a la técnica. Efectivamente, la cámara impone condiciones en sus sistemas de producción, en sus variables mecánicas, químicas o electrónicas; la industria fotográfica vive de estas condiciones en tanto estandarización de sus productos para una mayor eficiencia en la comercialización. Pero la fotografía es parte de la lógica contemporánea de intercambios materiales o de bienes de consumo, es herramienta de trabajo y de información. Todo esto configura al ‘dispositivo fotográfico’ y este es la concreción de la encarnación del enigma en la materia. La libertad no se encuentra en la estructura, sino en las combinaciones posibles encontradas en la aleatoriedad de los acontecimientos. Lo espiritual, como concepto que nos alivia por la posibilidad de alguna trascendencia, se proyecta hacia el ‘sentido’, que figuramos acá como enigma. El sentido se oculta, jamás se muestra, por lo tanto las alternativas son buscarlo o crearlo. Buscarlo implica la fe de que, aun cuando inalcanzable, se justifica en la eventualidad de encontrarlo. Crearlo obliga a una disposición activa para ordenar, a través de la cámara fotográfica, aquello que se muestra como injustificado (lo real lacaniano), en una forma que sea capaz de trascenderla a ella misma. Crear el sentido es fundar un origen, porque desde este lugar toda configuración es nueva particularidad, a esto se refiere lo ‘original’, lo que está desde el principio. La fotografía tiene un comienzo que trasciende a toda fotografía particular, lo contenido en su aspecto técnico, pero este debe ser subvertido por el fotógrafo, llevado más allá. Si aceptamos que la fotografía respondió a necesidades manifiestas del espíritu de la humanidad (occidental) decimonónica, debemos aceptar, también, lo eficiente de esta imagen para significar el acontecimiento cotidiano en su proyección trascendental. Es en lo cotidiano en que acontecemos, aun cuando la rutina se nos impone y en ocasiones puede ser abrumadora, es en este lugar simbólico (la rutina) en el que se despliega la existencia, es acá en que se juega la experiencia vital. La rutina no es aburrimiento vacío, es la estructura sostenedora y, de este modo, trascendental. La rutina es común a toda existencia: formas, movimientos, desplazamientos, espacios que se repiten insistentemente permiten las certezas individuales para el acontecer. La cámara fotográfica es una herramienta privilegiada para testimoniar este lugar simbólico; nada es más difícil de ver que lo más cercano.

Volver a mirar lo rutinario es aprender a mirar nuevamente porque de tanto vivirlo es como si lo rutinario desapareciera, como si la percepción se anestesiara.

La percepción se sostiene en la posibilidad de la conciencia de reproducir en su interior lo visto, sentido, escuchado, etc., no como experiencia original, sino como copia. Esta será capaz de alterar el ánimo del sujeto. Lo percibido se guarda en una virtualidad indeterminada, en donde no hay tiempo, ni espacio, pero con la posibilidad de ser actualizada a voluntad. Las dimensiones espaciales y temporales a priori (en términos kantianos) se suspenden al interior de la conciencia en cuanto a la administración de su contenido, pero, así y todo, es donde se materializa la ‘experiencia’. Las imágenes fuera y dentro de la conciencia, técnicas y virtuales, al actualizarse activan las mismas emociones y conceptos, por lo tanto, unas y otras son capaces de articular significados que pueden operar en las dimensiones trascendentes al interior del sujeto. Es decir, la equivalencia significativa y emocional de una fotografía con cualquier otra imagen la autoriza a construir significados que se sostienen en el sentido técnico original, pero que lo ensancha y supera; esta es la función del fotógrafo.

La originalidad fotográfica es que dispone del ‘real’ (rutinario o nuevo) para la articulación de sus contenidos, que no es lo mismo que la realidad. El primero es todo aquello que está fácticamente más allá del fotógrafo y la segunda, es una pretendida objetividad. Aquello fáctico es pura aleatoriedad y la mirada del fotógrafo deberá estar atenta a sus propias estrategias de ordenamiento de los elementos y de este modo construir un significado. ¿Es este el sentido de la vida? No podría afirmar esto. Ya se ha dicho antes, el sentido toma forma técnica en nuestro tiempo, pero si es así no es posible pensar en un sentido original, ya que éste viene a ocupar el lugar que abrió la razón frente al misterio. La humanidad entera pende hoy de un hilo técnico. “Los aparatos modernos configuraron la sensibilidad común” dice Déotte en su libro Qué es un aparato estético (2012), más adelante el autor y siguiendo a Pierre-Damien Huyghe, afirma que la subjetividad humana fue socavada por la industrialización de la mirada. Roland Barthes en la primera página de La cámara lúcida (1980) dice “he visto los ojos que han visto al emperador”; una primera aproximación a este fragmento sería que la fotografía es de tal potencia icónico-indicial que lo que me muestra ‘es’ lo mostrado, no habría mediación, el mundo se presenta en toda su magnitud por medio de la imagen técnica, tanto así que se entra en contacto físico directo ya no sólo con los ojos de quien vio al emperador, sino con el emperador mismo. En este caso, los ojos toman forma técnica. Es decir, nuestra percepción se adecua a las imposiciones de los aparatos industriales, los que configuran lo que vemos y por extensión la realidad. Así podemos entender la “mirada socavada por la industrialización”; porque se verifica acá una pérdida: la del encuentro con el referente como la verdad de la experiencia, la experiencia original, ahora, es con su duplicación técnica sostenido en los aparatos imaginantes de comunicación actuales. Así, la sensibilidad común, la que sería patrimonio de los sujetos, en tanto autenticidad, es, en realidad, provista por los dispositivos técnicos. ¿Cuál es el hilo del que pende la humanidad hoy? Ya sabemos que es técnico, pero cómo se manifiesta, qué es este hilo, qué consecuencias tiene. El mundo llega en su totalidad a cada individuo portador de dispositivos técnicos contemporáneos, lo que significa que es imposible la referencialización del mundo, el mundo queda a la deriva de lo técnico, es una pura superficie; las dimensiones trascendentales de tiempo y espacio se subordinan a las coordenadas técnicas de los aparatos, especialmente a los Smartphone, es decir, lo previo a cada sujeto es su determinación técnica. Como ya lo dijo Vattimo (1989), hoy ser y parecer son ontológicamente iguales y la consecuencia es que todo se resuelve en la interpretación, ya no hay verdad original, sino pura exégesis:

Una concepción del ser que se modela no sobre la vida inmóvil de los objetos de la ciencia (y también, no lo olvidemos, de las mercancías. Sustraídas al circuito del uso e inmovilizadas como puros valores de cambio), sino sobre la vida, que es juego de interpretación, crecimiento y mortalidad, historia (sin ninguna confusión con dogmatismos historicistas). Tal concepción del ser, viviente declinante (es decir mortal) es más adecuada, además, para captar el significado de la experiencia en un mundo que, como el nuestro, no ofrece ya (si nunca lo ha ofrecido) el contraste entre el aparecer y el ser, sino sólo juego de las apariencias, entidades que ya no tienen nada de sustancialidad de la metafísica tradicional.

Si la posibilidad contemporánea de la filosofía es la hermenéutica esto se debe a que se enfrenta a un objeto dado, sin alternativa de llegar a su origen para encontrar el sentido, por lo tanto, no habría trascendencia posible. Lo técnico sostiene el sentido. La relación entre apariencia y aparato trabajado por Déotte se afirma en el horizonte semántico de apariencia y desnudez: en este caso lo interpretamos como si fuera función del aparato mostrar la desnudez en que se despliega el sujeto en el mundo debido a su imposibilidad de trascendencia. Lo técnico expone lo declinante del ser contemporáneo en tanto sujeto común como ‘ahistórico’, es decir, un sujeto que no se aloja en un pasado que debe ser reconstruido a partir de ideologías particulares, sino que queda suspendido eternamente como superficie significativa en los dispositivos técnicos contemporáneos. Ya no hay origen, sino pura interpretación de la aparición técnica.

Entonces, la fotografía sí podría acceder al enigma de la vida, ya que esta es técnica. Pero, ¿cómo esclarece este enigma la fotografía? La posición del fotógrafo toma una importancia radical, ya no tratando de ensanchar los límites del programa técnico simbólico, como lo sugería Flusser, sino reformulando los elementos al interior de dicho programa porque es el programa fotográfico, en tanto técnico, lo que contiene el enigma; el programa es el abecedario y el fotógrafo debe trabajar y descubrir las combinaciones posibles para resignificar lo ya visto, lo material, la superficie de las cosas.

Lo técnico del programa fotográfico ha variado de lo incónico-indicial-simbólico a lo puramente icónico-simbólico, lo que es resueltamente coherente con las condiciones materiales contemporáneas, pero esta actualización del programa no anula o elimina la posibilidad indicial, más bien se combinan en un resultado híbrido, el soporte material —el negativo— se desmaterializa —conformación numérico-binaria— en la forma del escáner. Esta práctica combina la técnica de baja intensidad (la materia intervenida físicamente), con la de alta intensidad (la materia traducida en lenguaje —en este caso numérico binario—), complementándose efectiva y simbólicamente. La inestabilidad del archivo electrónico es cubierta por el negativo y lo pesado y lento de este es dinamizado por la transformación electrónica. Esta relación —entre lo análogo y lo digital— se podría leer como la última resistencia de lo artesanal, como acontecer humano propio, en oposición a lo industrial o postindustrial. Lo digital es lo postindustrial que se anticipa a la desmaterialización del sujeto en tanto ya no resultado de las combinaciones arbitrarias de la biología, sino como consecuencia de la técnica.

Así como la poesía trata de decir el sentido, la fotografía trata de mostrarlo. La función del fotógrafo es ir tras las formas que se desvanecen, las materias que se degradan, significados que se olvidan, no para rescatar, no para historizar, no para recordar, sino para figurar en tanto simbolización del mundo.

Referencias

BARTHES, Roland (1980), La cámara lúcida, Gustavo Gili, Barcelona, 1982.

DÉOTTE, Jean-Louis (2007), ¿Qué es un aparato estético? Benjamin, Lyotard, Ranciere, Metales Pesados, Santiago de Chile, 2012.

SOULAGES, Francois (1997), Estética de la fotografía. La Marca, Buenos Aires, 2005.

VATTIMO, Gianni (1989), Más allá del sujeto: Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica, Paidós, Barcelona.

Cómo citar:
CONCHA LAGOS, José Pablo, “Fotografía, enigma y sentido”, LUR, 18 de octubre de 2020


José Pablo Concha Lagos (Copiapó, Chile, 1968) es fotógrafo y Doctor en Filosofía. Investiga sobre teoría de la fotografía, fotografía latinoamericana y chilena y filosofía de la técnica. Ha publicado los libros Más allá del referente, fotografía. Del Index a la palabra; La desmaterialización fotográficaDelitos fotográficos y el fotolibro Nada que decir.

“Fotografía, enigma y sentido” forma parte del itinerario de investigación Los límites representacionales de la fotografía dirigido por José Pablo Concha Lagos.

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