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Utopía de un cinéfilo que está cansado

Rubén Benítez Florido

Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades.

Jorge Luis Borges, El libro de arena

Que me perdone Borges por plagiarle el título de uno de sus relatos más emblemáticos, pero es que mientras leía el libro de Carlos Losilla, Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2010 (Muga, 2021), este era el epígrafe que me venía a la cabeza una y otra vez, como una especie de mantra o de letanía pagana.

Deambulaciones es un texto muy personal, heterodoxo y misceláneo, escrito desde una libertad creativa que el autor echa de menos en los otros géneros en los que más se ha prodigado: el artículo de divulgación y el ensayo académico. Y es que una cosa es el Carlos Losilla-ensayista o el Carlos Losilla-articulista, más sujeto a las normas que imperan en estos géneros, y otra muy diferente es el Carlos Losilla que encuentra en el diario un espacio de independencia y de autonomía para sus deambulaciones

Como primera aclaración, deberíamos decir entonces que no estamos ante un texto con un desarrollo unitario, de una sola pieza, sino más bien ante una colección de opiniones y de digresiones, en el que cada parte remite al todo y viceversa. El único orden factible en este conjunto heterogéneo es el que proporciona el devenir de los días. 

Al tratarse de un diario o de un dietario, su principal objetivo es el de fijar el tiempo subjetivo (si es que eso es posible), dejar constancia de las vivencias personales, levantar acta del espacio de la cotidianeidad. Casi de forma involuntaria, todo esto va conformando una cierta imagen (siempre provisional e incompleta) de la personalidad del narrador, de sus querencias e inquietudes, y también (cómo no) de sus frustraciones y sus fobias.

Deambulaciones participa de esa tradición literaria que (a falta de una denominación mejor) podríamos designar ‘literatura testimonial’, a la manera de las Confesiones de Agustín de Hipona o de los (mal denominados) Ensayos de Montaigne, y que consiste en una (re)presentación del ‘yo y mis circunstancias’ orteguiano, o mejor dicho, de cómo esa sustancia de formas inconexas y contornos imprecisos que es el ‘yo’ consigue edificarse, con sus incertidumbres y sus tribulaciones, dentro de unas circunstancias’ igualmente dinámicas.

Las deambulaciones de Carlos Losilla comienzan con un marcado tono confesional, dentro del marco de una pequeña crisis existencial del narrador, en la que las antiguas seguridades han dejado de tener sentido, para derivar posteriormente hacia el ámbito del ensayo moderno, en el que el cine (el mundo del cine y las películas) constituye el centro de gravedad del discurso.   

Sin embargo, la articulación del discurso en torno al sujeto tiene aquí más importancia que el análisis de los objetos en los que se proyecta dicho discurso. Podría decirse incluso que el principal objeto de tan larga digresión no es otro que el propio sujeto, y que el resto de temas convocados por el discurso (la idiosincrasia del cine, los cambios de la sociedad o las películas comentadas), no son más que meros pretextos para (re)crear y crear la identidad del narrador en un juego constante de ida y vuelta.

Como ya sabían los filósofos desde Grecia hasta nuestros días, pasando por la genialidad de Borges, esta es la arena movediza en la que se debate el eterno problema de una identidad cambiante, que es y no es al mismo tiempo, con un pie en el pasado y otro en el futuro, pero siempre articulada desde un presente inconsistente y etéreo.     

Un objetivo tan ambicioso y complejo (dar cuenta tanto de la fugacidad como de la heterogeneidad del ‘yo’), necesita de una prosa afinada que no se deje encorsetar, que consiga reproducir fielmente el fluir de la conciencia con libertad de movimientos, lejos de ideas preconcebidas y de convencionalismos literarios. 

El resultado es un texto híbrido y fragmentario, al margen de los paradigmas mercantiles, sin una estructura delimitada (introducción, desarrollo y conclusión), que proyecta pensamientos vertidos sobre el papel como si fuesen constelaciones de estrellas, configurando un mapa tan azaroso como imprevisible, según los principios que rigen las asociaciones libres y los estados de ánimo, susceptible de ser corregido o ampliado en cualquier momento.

Podríamos decir que es un texto reflexivo, pero sin caer en el defecto de la introspección hermética; que contiene disertaciones muy oportunas sobre películas, sin ser excesivamente metódico ni analítico; que reflexiona sobre los profundos cambios que atraviesa el mundo del cine, sin llegar a ser un tratado social; o que describe algunas de las etapas del cine, sin pretender erigirse como un ensayo histórico. 

El título Deambulaciones le sienta como un traje a medida a esta prosa fronteriza, de difícil catalogación, que no se deja aprehender bajo la lupa de ningún análisis, porque cualquier investigación del texto va a segmentar y a priorizar alguna de sus partes en detrimento del todo. 

En esto precisamente reside su magnetismo, su poder de atracción, su capacidad para ilustrar y entretener al mismo tiempo: se trata de un deambular a la manera de los flâneurs de finales del siglo XIX, de un dejarse llevar por la cartografía del pensamiento, abierto a las vicisitudes y a las experiencias que salen al paso. Por eso no es de extrañar que la metáfora más recurrente del texto sea la del pasear errante, la del callejear sin rumbo fijo ni destino prefijado.  

Su indeterminación, su falta de sometimiento a las normas establecidas, su esencial ambivalencia, constituyen sus mejores cartas de presentación, pues el lector siempre se encuentra a merced de la sorpresa y es incapaz de aventurar los senderos por los que va a transitar el texto en las páginas siguientes.

Dentro de esa amalgama de ideas y de reflexiones, conviene destacar la querencia del autor por el lirismo, como si el lenguaje poético se convirtiese en el mejor instrumento para ampliar el horizonte de la racionalidad, al estilo del segundo Heidegger, o de la ‘razón poética’ de María Zambrano (que también se ocupó del cine en sus escritos).

Las deambulaciones de Carlos Losilla por momentos parecen (y salvando las distancias evidentes) prolongaciones de los Caminos de bosque heideggerianos, o de los Claros de bosque de María Zambrano, pues la acción de deambular remite a un recorrido cuya meta consiste en su propio quehacer, desbrozando nuevos senderos en la espesura del pensamiento.

Una prosa que alcanza su vuelo poético más alto cuando se ocupa de temas como el milagro del cine, que “es a la vez algo que sucede y algo que nos desafía para que sigamos desbrozando lo superfluo”; el poder del silencio en nuestra tumultuosa sociedad, para “que esa interrupción de todos los discursos desvele la precariedad en la que se mueven y nos movemos”; o la fragilidad de la existencia, al ser confrontada con la irrealidad del cine, “un mundo de fantasmas que impone la única norma posible, la inexistencia como posibilidad de impugnar la vida”.

Como intuía el protagonista del relato de Borges, el destino de esos fragmentos no puede ser otro que el olvido, pues no tardarán en ser borrados por otras trivialidades. Igual que la magia del cine, la fuerza de la literatura se basa en la ficción de la permanencia. 


Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2020
Carlos Losilla
Colección Mikeldi #1
Muga, 2021
152 páginas
16,5 x 21 cm.
18 €

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