Me gustaría traer aquí, siquiera de manera abreviada, mi experiencia profesional con el libro Y tú, porque eres negro, de Rubén H. Bermúdez. Soy profesor de Lengua y Literatura españolas en un instituto de Chicago, en concreto, en un instituto de Englewood, un barrio que un día sí y otro también aparece en las noticias por los tiroteos y los asesinatos. Cuenta con casi un 100% de población afrodescendiente, como lo son todos mis alumnos. Cuando les he mostrado el libro de Bermúdez, la historia de su autor no les ha interpelado. Esto se debe a que nunca se han sentido como él —“una mancha marrón sobre un fondo blanco”— ni han tenido la experiencia de ese fondo blanco. Los límites de su mundo son lisa y llanamente los límites de su barrio, del que nunca han salido. Por supuesto, no saben dónde está España, ni les ha hecho falta saberlo ni, hasta ahora, se lo habían preguntado. Lo que sí les interesa son las imágenes publicitarias, paradójicamente les hacen mucha gracia, toman esas palabras —‘conguito’, ‘negrocao’— para lanzárselas entre ellos como lo que son, insultos, pues el trasfondo y el uso no se les escapa. Y cuando tienes entre 16 y 23 años en Englewood el insulto es tu primera y casi única lengua.
A Chicago llegaron los esclavos huidos del sur, dispuestos a encontrar frente al lago Michigan un aire nuevo. La operación salió mal, fatal, pues la abolición de la esclavitud no trajo la abolición de la piel ni de las clases sociales. Hoy, los barrios más empobrecidos son también los que concentran a la mayoría de los descendientes de aquellos esclavos liberados. Barrios que han sido tomados —poco a poco y sin descanso— por las bandas de narcotraficantes. Me gustaría pensar que exagero, pero el control de seguridad —con los escáneres al uso, los guantes de plástico y los registros diarios— a la entrada del colegio, junto a un equipo de vigilantes que en número iguala al de docentes, me dicen que no debo andar tan desencaminado. A los estudiantes a los que doy clases —todos varones de asignación, por cierto— solo les han dejado dos opciones, la mafia o la escuela. Y la primera va ganando la partida, pues la segunda es, en demasiadas ocasiones, un mero espejismo, un rodeo, una tregua. Cuando salen a la calle, la calle se los traga. Esto no nos desanima, ojo, solo nos parte el alma.
Aquí soy el único blanco, el único, además, que no habla su idioma que no es, claro, sino el del barrio. Mi inglés les suena tajante y sin música. Y mi piel es aquí la que no puede pasar desapercibida, está siempre fuera de contexto. Con todo, esta clamorosa diferencia a nadie le importa. A nadie excepto a mi miedo, que viaja conmigo en todos y cada uno de los trayectos que hago en la línea roja, desde el límite sur del Loop hasta el sur sin límites de Englewood. Ida y vuelta. De lunes a viernes.
Hay un dicho en Chicago que dice que si quieres que en Englewood no te asalten debes evitar el contacto visual, los zapatos caros y ser blanco. La frase es racista, exagerada, maliciosa y, sobre todo a ciertas horas, verosímil. Lo que no cuenta es que los blancos muchas veces —sobre todo a ciertas horas, bis— son los clientes de los narcotraficantes y no hay banda que no comparta con las demás ese único mandamiento: a los clientes no se los dispara. Así que ensayo mentalmente por si se presenta un momento de peligro y me digo: “tú haz como que has ido a comprar algo, mandanga, buena mandanga, eh, youknowwhatIamsaying, bro”.
Chicago, septiembre de 2021