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Tierras raras

Rosell Meseguer

La cicatriz como respuesta: extracción, archivo y práctica artística

Ros Boisier

Las heridas no terminan de cerrarse en las entrañas de la tierra, tampoco en las superficies que (sobre)habitamos. El exceso de competencia, acumulación, consumo o ansia son, entre otras, algunas de las características que definen la sociedad capitalista que nos rige. Extractivista y colonial es la mentalidad desde la cual se ha forjado la mirada con la que imaginamos el mundo contemporáneo; a través de ella, las heridas no cicatrizan y sanar se convierte en una labor compleja, atribuida a minorías.

“Nadie quiere una mina, pero todos utilizamos objetos que se fabrican con los recursos extraídos de esas minas. Nadie quiere una mina cerca”, nos dice Rosell Meseguer. Y es así: cuanto más remota, más silenciadas serán las problemáticas derivadas de su productividad, más inexistentes nos parecerán las consecuencias de sus prácticas extractivas, tanto para el medioambiente como para las personas que viven y trabajan en esos territorios. No, nadie quiere una mina cerca. Entonces, ¿utilizamos la tecnología sin comprender el origen de los recursos empleados en su fabricación? ¿Por qué sabemos tan poco sobre los elementos químicos que sostienen nuestra vida tecnológica? O, por otro lado, ¿consideramos que no nos concierne lo suficiente como para sentirnos indignados? ¿Es desinformación o, más bien, indiferencia?

En la memoria de las capas de minerales, sedimentos y metales que sostienen las infraestructuras tecnológicas se inscriben relaciones de poder y economías de explotación. La formación geológica está intrincada con los sistemas económicos, políticos y sociales que han determinado su valor y circulación mercantil. Para las industrias armamentística, automovilística, electrónica, energética y médica, las llamadas tierras raras representan un recurso estratégico para su desarrollo. Estas tierras comenzaron a extraerse a finales del siglo XIX y se consideran ‘raras’ porque son difíciles de encontrar en estado puro: los diecisiete elementos químicos que las componen —entre ellos los quince lantánidos, además del escandio y el itrio— se hallan en distintas partes del mundo.

En 1960, países como Brasil, Estados Unidos e India destacaron como productores de tierras raras, en una década en la que se produjo un auge significativo de estos elementos en el desarrollo de la innovación tecnológica. En la actualidad, China es uno de los referentes internacionales en esta materia, ya que lidera la extracción, el refinado y el suministro global.

El estudio de los lantánidos permite a Rosell Meseguer desplegar en su proyecto Tierras raras una metodología expandida en la que convergen geología, historia, economía, memoria, geopolítica y práctica artística. A través de una investigación rigurosa y la revisión sistemática de su vasto archivo personal, Meseguer se interroga por los materiales que nos rodean y por nuestra inconsciencia y desconocimiento en torno al uso cotidiano de los elementos que forman parte de las tierras raras. Así, la artista crea un diccionario con el que intenta responder a estas interrogantes y con el que se cuestiona a sí misma y el uso que hace —y ha hecho— de estos minerales a lo largo de su trayectoria. Por ello, Meseguer utiliza el formato del vademécum para vertebrar las relaciones que encuentra entre elementos químicos, procesos extractivos, contextos geopolíticos y usos cotidianos y artísticos.

La estructura de Quadra Minerale es alfabética —decisión con la que la artista se aleja de la disposición de la tabla periódica— y presenta descripciones de los elementos junto a imágenes de su propio archivo: fotografías, dibujos, recortes, bocetos y objetos cotidianos, entre otros. Quadra Minerale se convierte en un dispositivo fundamental con el que Meseguer selecciona, ordena, clasifica y despliega un archivo tan personal como provisional, tan abierto como fragmentario.

El recorrido profesional de Rosell Meseguer está atravesado por el viaje. Las constantes visitas a territorios mineros en Europa y Latinoamérica esbozan una cartografía subjetiva en la que el pasado y el presente de estos lugares se entrelazan, al mismo tiempo que las experiencias personales se pliegan en una dimensión social y política poliédrica.

Recordemos aquí una de las frases iniciales: “Nadie quiere una mina cerca”. Y, mientras tanto, los procesos extractivos actuales no dejan de adscribirse a una lógica continuista que conecta distintas formas de explotación, esclavitud y saqueo.

En el espacio expositivo, las relaciones y cruces que Rosell Meseguer propone entre objetualidad y concepto se complejizan. Los libros de artista, los cuadernos de cuentas intervenidos con metales o tierras, los mapas, los minerales y las superficies pictóricas elaboradas con emulsiones fotosensibles introducen una capa sensorial y poética que tensiona el carácter analítico del archivo. La materia no es solo objeto de estudio, sino también medio de inscripción. No es, por tanto, un relato categórico el que nos presenta Meseguer; más bien, es lo contrario: riguroso en su flexibilidad, afectuoso con sus recuerdos y sensible con los nuestros, crítico con la actualidad, reflexivo con la historia y exigente con las visualidades contemporáneas que contribuyen a dar forma al conocimiento.

Tierras raras es una invitación a pensar de una manera expandida, relacional y empática. O global, como nos dice Chantal Maillard en ¿Es posible un mundo sin violencia? (2018).

“Nada es independiente. Solo una visión global y una indignación global podrán ponerle freno a la violencia global, al desastre que acarrea, mitigar la náusea global que nos produce y promover acciones locales que reviertan, si no en su bienestar, en un mejor estado global”.

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