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Vasantha Yogananthan

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Un viaje imaginado (que no imaginario)

Enrique Lista

Al desplegar la solapa de la cubierta de Exile encontramos una lista de referencias de fotografías que también es (aunque podría no serlo) una lista de lugares. Que el asunto tiene que ver con un viaje ya podía sospecharse conociendo solo el título y sin saber nada del autor, pero que ese viaje tenga por motivo la experiencia individual de esos lugares (más o menos fugaz) es algo que queda descartado por la densidad del hipertexto vinculado, aunque el hipertexto en cuestión tenga unos cuantos miles de años: Exile es el tercero de los siete libros que componen el proyecto fotográfico de largo recorrido A myth of two souls (2013-2021), para el que Yogananthan viajó por el subcontinente indio para buscar en su vida cotidiana ecos del Ramayana, epopeya hinduista escrita en torno al 300 a. C. La correspondencia de sus siete capítulos con los siete libros o la dimensión épica, son solo dos de los paralelismos más generales.

Acotando la historia o más bien el episodio correspondiente, Exile hace referencia al Aranya Kanda, capítulo en el que se describe la vida de Rama (príncipe de Ayodhya y héroe protagonista), Sita (esposa de Rama) y Lakshmana (hermano de Rama), desterrados durante catorce años en el bosque por el cumplimiento de una promesa del Rey Dazaratha (padre de Rama) a Kikeyi (una de sus esposas, aunque no madre de Rama). Bharata, hermano de Rama destinado a gobernar en su lugar, rechaza hacerlo y reserva el trono vacío, bajo el cual deposita las sandalias del exiliado. En el bosque del destierro aparecerá Surpanakha, princesa de los rakshasas (demonios), que intenta en vano seducir a Rama y que reacciona violentamente ante su fracaso. Lakshmana la reprime cortándole nariz y orejas, por lo que la diablesa acude reclamando venganza a su hermano Rávana, gobernante de Lanka (actual Sri Lanka). Se prepara entonces una trampa contra Rama en la que intervendrá otro demonio metamorfoseado en ciervo dorado… y dejamos aquí el relato, pues es precisamente la imagen alusiva al ciervo la última de Exile.

Esa imagen es la fotografía de una figura escultórica, uno de los diversos recursos con los que Yogananthan busca un acercamiento oblicuo entre la realidad (presente) y el pasado (mítico) de India. En Exile no encontramos las fotografías coloreadas, las reproducciones de cómic o los collages que aparecen en otros libros del proyecto, pero sí ilustraciones de una edición del Ramayana de 1960, extractos del texto escritos a mano y las sobrias fotografías del autor. En cuanto a los textos, suponemos que la mano que los ha (re)escrito es la del propio Yogananthan, aunque las voces que hablan en ellos son las de los personajes del Ramayana, como si la labor de copia implicase una imitatio del modelo similar a la de los monjes copistas del medievo europeo. A pesar de ello, el trazo personal, con la textura granulosa de una herramienta seca, deja un rastro cálido de la presencia del copista. Así, también la paleta de color de las fotografías es cálida y suave, modelada por la luz natural. Cuando aparece algún personaje (son escasos), la sensación es de hieratismo y de prioridad a la composición. La cercanía a la pintura llega a hacer posible una clasificación de las fotografías del libro en tres géneros tradicionales: paisaje, retrato y bodegón. A pesar de ello, ninguno de los tres responde a lo que se podría esperar de su aplicación al territorio actual de India: si los personajes son pocos (nada de multitudes más o menos caóticas) y los paisajes exuberantes no son frecuentes (no hay mucha selva, pero sí mucha niebla desdibujando los horizontes), tampoco es frecuente la arquitectura milenaria (a pesar de la referencia a un relato milenario) y es más habitual la presencia de los ríos (importantes en el Ramayana). Los que podemos calificar de ʻbodegonesʼ tampoco son en absoluto abigarrados, aunque algún objeto nos pueda parecer kitsch, como la misma figura del ciervo dorado ya aludida. En general, las imágenes tienen apariencia muy calculada, a veces cercana al tableau vivant, algo muy propio cuando la escenificación tiene por objeto la ilustración de un texto y cuando el viaje recorre lugares de la narración (los de la lista de la solapa).

La continuidad de ese viaje es paralela a la continuidad de los relatos (en la epopeya y en el fotolibro), pero también a la disposición de las fotografías: los límites físicos exteriores e interiores del libro no condicionan la secuencia, de modo que algunas imágenes asoman en una pequeña franja, antes o después de la página en la que aparecen, otras atraviesan el eje vertical del medianil, algunas se yuxtaponen sin espacio vacío que las separe y sin dejar aire entre ellas o a su alrededor, mientras que alguna doble página apenas mancha su blanco con el asomo de una fotografía que se verá a vuelta de página. En esta continuidad, sin embargo, la acción destaca por ausente, y aquí reside el contraste más marcado con el Ramayana, trepidante, fantasioso y belicoso cual actual película de Marvel Entertainment. El silencio de las fotografías de Yogananthan, su continuidad y sus vacíos, establecen distancia con el ahora y remiten a un tiempo indefinido. La frecuente niebla facilita la interpretación flotante (más que espiritual), antiguo recurso fotográfico que otros autores han aplicado a través del desenfoque. La quietud general es la de la calma tras la batalla, como en aquellas primeras fotografías de guerra de Roger Fenton o Timothy O’sullivan, aunque en Exile la acción habría ocurrido en un tiempo lejano (en el tiempo de la escritura del Ramayana) o en un tiempo mítico (el interno al propio relato).

Las historias de los mitos y la historia de los acontecimientos humanos se entretejen de forma compleja para desdibujar marcos temporales y solapar geografías físicas e imaginadas. En los cuadernos de viaje de un occidental como Alexander von Humboldt se confundían ciencia y literatura. Por su parte, Heinrich Schliemann usó las fuentes homéricas como referencia para la investigación arqueológica en los lugares de la Guerra de Troya… pero lo fascinante no es tanto que pudiese ver con sus propios ojos el rostro de Agamenón en la máscara de oro encontrada en Micenas, lo fascinante es que tal vez nunca lleguemos a saber cuánto de este relato se debe a la (bien demostrada) capacidad fabuladora del propio Schliemann.

El tiempo de los exploradores ilustrados, el de los pioneros de la arqueología y el de Yogananthan no es un tiempo tan real, y tal vez tampoco sus viajes sean tan reales, porque puede que no haya viajes en la realidad, solo desplazamientos para poner cuerpo a los relatos imaginados. Francesco Petrarca hizo trampa cuando llegó a la cima del Mont Ventoux y abrió las Confesiones de San Agustín por una página ʻal azarʼ, pero tal vez todo viajero consciente haga ese tipo de trampas. Viajamos para confirmar un texto o para reescribirlo. Petrarca sabía de antemano lo que iba a leer en el paisaje y Yogananthan sabía que iba a leer el Ramayana en cada lugar revisitado, en cada retrato, en cada objeto. A su vez, podemos viajar a India para confirmar o reescribir el trabajo de Yogananthan y dejar que la rueda de la reencarnación de los relatos siga su curso. Para su viaje o para el nuestro, serviría lo mismo que decía Henri Michaux de su periplo como Un bárbaro en Asia: “La realidad es que a este viaje le falta mucho para ser real”.

Pero no disolvamos todo en la fantasía, porque lo interesante del asunto no está en negar la realidad, sino en sus difusas fronteras. Acudamos entonces a las consecuencias reales de los relatos míticos y concretemos para el caso del Ramayana: sin entrar en el final ʻfelizʼ, con Rama como gobernador de un reino en el que las castas se mantienen bien estables, la escena en la que Sita pasa la prueba de fuego para demostrar su pureza (después del humillante desprecio de Rama) confería legitimidad simbólica al ritual hindú en el que la viuda se inmolaba en la pira del marido. Tal ritual fue tomado por los colonos ingleses (y su metrópoli) como un argumento sobre la barbarie de la cultura sometida, a su vez justificación de un mito de superioridad cultural y racial. En el mismo Ramayana parece haber algún presagio de los mitos racistas y sus consecuencias: cuando Bharata acude (con séquito armado) en busca de Rama, surca el Ganges en una embarcación en la que una gran bandera luce la ʻbienaventurada esvásticaʼ. Estos cruces de mitos y realidad alcanzan en ocasiones una dolorosa concreción: cuando en 1527 el emperador Badur vence a los reyes del norte de India e instaura una dinastía musulmana, edifica una mezquita en Ayodhya (lugar clave del Ramayana y el más representado en Exile)… y lo hace sobre lo que era un templo hinduista dedicado al culto a Rama. La afrenta no se olvidó y en 1992 el aumento de la tensión interreligiosa terminó con la destrucción de la mezquita, gran violencia y un balance de más de dos mil musulmanes muertos.

La cruda realidad nos recuerda motivos de viajes forzados, migraciones y exilios, pero en este Exile parecen quedarse en el título. Los motivos del viaje de Yogananthan son más bien voluntarios: fotografía, aventura, turismo, peregrinación espiritual… aunque no son motivos excluyentes. Los viajeros del Grand Tour también corrían su aventura (por las condiciones del viaje), anticipaban el turismo de masas y eran impulsados por cierta fe estética, casi religiosa. No es el trabajo lo que separa el viaje de un fotógrafo profesional del de un turista que haga el mismo recorrido, ambos son agentes productivos y generan resultados (con frecuencia indistinguibles), pero ambas búsquedas pueden ser tan sinceras como la búsqueda de las raíces culturales, familiares y personales, que también parece mover a Yogananthan. Tal vez seamos nosotros los que debamos librarnos tanto de los prejuicios del exotismo como de los que implica creer, a estas alturas, en una visión auténtica de lo distante.

Cómo citar:
LISTA, Enrique, “Un viaje imaginado (que no imaginario)”, LUR, 12 de noviembre de 2023, https://e-lur.net/resenas-de-fotolibros/exile

Reproducciones del libro cortesía de Chose Commune


Vasantha Yogananthan (1985, Grenoble, Francia) realiza desde 2009 proyectos personales de largo recorrido caracterizados por su formalidad cercana a la tradición pictórica occidental, pero vinculados por contenido a sus raíces culturales en India. Su proyecto A myth of two souls ha sido exhibido, publicado y premiado internacionalmente.

Enrique Lista (Malpica de Bergantiños, España, 1977). Doctor en Bellas Artes (Universidad de Vigo), su tesis versó sobre la introducción de la Fotografía en el Arte Contemporáneo gallego. Desarrolla actividades como artista plástico y docente, además de colaborar en diversos proyectos culturales, como en FFoco Festival de Fotografía da Coruña.  Es autor del ensayo Voz en off. Relatos en torno a lo fotográfico (Muga, 2020).

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