En Elevar la tierra, desaparecer, Antonio Guerra construye una visualidad del exterior antropogénico mediante dispositivos intermediales que desbordan las convenciones del paisaje fotográfico. El proyecto se articula a partir de dos territorios extractivos —la Gran Cota de Fabero (León) y las Minas de Riotinto (Huelva)— entendidos no como escenarios, sino como sistemas materiales en transformación, donde ecología, historia y economía colisionan en una misma superficie.
El paisaje deja aquí de funcionar como representación estable o categoría estética heredada para convertirse en un campo operativo: argumento, residuo y promesa simultáneamente. En este desplazamiento, la imagen ya no es únicamente un régimen de visibilidad, sino un dispositivo expandido donde lo fotográfico se contamina con lo escultórico, lo técnico y lo geológico. La obra se sitúa así en una condición postnatural, en la que la idea de naturaleza ha sido desplazada por una red de relaciones extractivas, tecnológicas y temporales que configuran lo real.
Los objetos de Guerra incorporan la propia lógica de los procesos que investigan: residuos industriales, restos materiales y huellas del trabajo minero pasan a formar parte de la estructura de las obras. Este gesto no ilustra el Antropoceno, sino que lo encarna como economía material y semiótica, produciendo una imagen que no representa el resto, sino que opera como resto.
En este sentido, Elevar la tierra, desaparecer puede leerse como un sistema de la ruina: una escritura expandida del paisaje donde la fotografía abandona su condición bidimensional normativa para devenir objeto, superficie inestable, materia afectada por el tiempo profundo. La mirada se desplaza hacia una experiencia háptica y relacional, en la que el espectador no contempla un paisaje, sino que se sitúa dentro de una constelación de procesos en curso.
El resultado es una ecología sin naturaleza, en la que la imagen deja de ser ventana y se convierte en infraestructura del mundo que registra.
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