Apoya
a LUR

Elevar la tierra, desaparecer

Antonio Guerra

Paisajes del extractivismo: materia, imagen y tiempo profundo

Ros Boisier

Cuando el territorio comienza a percibirse desde la perspectiva de su potencial productivo, la tierra se transforma en recurso y el subsuelo en reserva de valor. Esta reducción epistemológica implica una cosificación de la naturaleza que precede a los procesos extractivos, a la vez que los legitima y potencia. La modernidad económica instauró una operación simultánea y contradictoria: la separación simbólica de la tierra como paisaje para su contemplación y estudio, y su continua disponibilidad como reserva de recursos para la explotación. En este contexto, incluso las temporalidades profundas inscritas en la materia geológica quedan subordinadas a los ritmos acelerados de la explotación industrial: minerales cuya formación ha requerido millones de años son extraídos y consumidos en unas pocas décadas.

Los desequilibrios entre los tiempos geológicos y los tiempos de la producción industrial constituyen una de las características fundamentales de lo que entendemos por Antropoceno: una época en la que la actividad humana ha adquirido una capacidad inédita para afectar procesos geológicos, ecológicos y climáticos. En este sentido, se podría decir, no sin controversia, que el Antropoceno comienza con la humanidad, pero que sus consecuencias perdurarán, muy probablemente, mucho tiempo después de la extinsión de nuestra especie.

En su proyecto Elevar la tierra, desaparecer, Antonio Guerra problematiza el reduccionismo epistemológico del territorio a través de un desplazamiento interno que tensiona la percepción de la naturaleza y el paisaje, así como los sistemas de representación heredados que han condicionado nuestra manera de mirar. Sus obras no solo complejizan la interpretación de los espacios mineros, sino que reconfiguran las formas en que estos pueden ser pensados y percibidos, desbordando la lógica extractiva que los concibe únicamente como recurso, al incorporar restos, sedimentos y vestigios de los procesos de transformación del territorio.

Desde 2021, Antonio Guerra recorre y observa distintos territorios extractivos de la Península Ibérica, como la Gran Cota de Fabero (León) o las Minas de Riotinto (Huelva). En Elevar la tierra, desaparecer, la fotografía activa la identificación de los territorios intervenidos, una función que le permite al artista contextualizar visualmente los espacios en los que indaga. Sin embargo, Antonio Guerra no es descriptivo en su propuesta. Sus imágenes emiten una potente carga energética, expresan tensión a través de su contrastada y enigmática estética, y constituyen un paisaje común del extractivismo. Las fotografías, en este sentido, activan una mirada implicada en los procesos que representan y posibilitan el desbordamiento conceptual de la imagen y su producción.

Elevar la tierra, desaparecer es un proyecto en expansión en el que, según el artista, “lo material articula conexiones entre los procesos de producción de las imágenes, nuestros modos de mirarlas y las historias sedimentadas en ese territorio minero, con la intención de examinar las relaciones entre extractivismo, imagen y medioambiente”. Los cruces que se generan en las obras de Antonio Guerra responden a la misma lógica extractiva que investigan, imprimiendo en su objetualidad una reactivación crítica de los modos de extracción, transformación y acumulación propios del capitalismo. En este sentido, Guerra no se limita a representar o evidenciar estos procesos, sino que los rearticula desde su propia materialidad. La imagen bidimensional deviene dispositivo objetual que expande las nociones de paisaje impregnando lo fotográfico con dimensiones escultóricas, tecnológicas y geológicas: las imágenes-objeto se retroalimentan conceptual y materialmente de los territorios mineros y emergen como respuesta a las limitaciones de la fotografía tradicional para dar cuenta de procesos, temporalidades y escalas que exceden el ámbito de lo visible.

Además de ampliar las posibilidades materiales de la fotografía, las imágenes-objeto articulan temporalidades heterogéneas en un mismo cuerpo en transformación: el tiempo profundo de la formación geológica, el tiempo acelerado de la extracción industrial y el tiempo presente de la observación. La condición objetual de las imágenes introduce una relación distinta con el tiempo al incorporar fragmentos materiales —orgánicos, químicos, industriales y tecnológicos— vinculados a procesos geológicos, históricos y económicos que continúan actuando en el presente. De este modo, funcionan como dispositivos capaces de poner en relación escalas temporales inabarcables que hacen visible cómo los procesos de explotación afectan no solo a la superficie del territorio, sino también a las profundas historias materiales que lo constituyen.

¡Regístrate gratis y no te pierdas este contenido!

Para acceder a contenidos exclusivos como este es necesario tener una cuenta en LUR
Crea tu cuenta y disfruta de las ventajas de estar registrado. Es gratis, rápido y fácil
Si ya estás registrado, inicia sesión

 

Dona

0
    Tu carrito
    Carrito vacioVolver a la tienda