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Friccións

Ariadna Silva Fernández

Fricción de la memoria

En Friccións, Ariadna Silva Fernández construye una aproximación al desastre del Prestige desde una posición marcada por la distancia, la duda y la ausencia de recuerdo. Lejos de proponer una reconstrucción documental del hundimiento del petrolero frente a las costas gallegas en 2002, el proyecto se sitúa en un territorio intermedio entre la memoria y la desmemoria, entre la evidencia material y la imposibilidad de verificar plenamente aquello que se observa. Lo que emerge no es tanto una crónica del desastre como una reflexión sobre las políticas del olvido y sobre la persistencia silenciosa de ciertas heridas en el paisaje.

Las fotografías de Friccións parten de una búsqueda de indicios. Restos de chapapote adheridos a las rocas de la Costa da Morte aparecen aislados, ampliados o descontextualizados hasta convertirse en formas ambiguas, suspendidas en un tiempo incierto. La escala resulta inestable: algunas imágenes sugieren superficies monumentales y geológicas, mientras otras transforman pequeñas piedras manchadas de petróleo en objetos próximos a la catalogación forense o al fragmento escultórico. Esta ambigüedad formal desplaza la lectura de la imagen desde la evidencia hacia la especulación.

La ausencia de referencias temporales y espaciales claras produce un “presente expandido” donde distintos tiempos parecen coexistir. El desastre del Prestige deja de pertenecer exclusivamente al pasado para instalarse en una temporalidad suspendida, todavía activa. En este sentido, el proyecto evita conscientemente cualquier tono nostálgico o conmemorativo. Ariadna Silva Fernández no trabaja desde la vivencia directa de la catástrofe —tenía seis años cuando ocurrió el hundimiento—, sino desde la experiencia fragmentaria de una memoria heredada, construida a partir de imágenes mediáticas, relatos colectivos y silencios persistentes.

Ese vacío generacional constituye uno de los núcleos conceptuales del proyecto. Friccións no intenta llenar completamente las lagunas de la memoria, sino habitar su indefinición. La duda se incorpora aquí como metodología: las manchas observadas sobre las rocas podrían ser chapapote o podrían no serlo. La imposibilidad de confirmar plenamente su procedencia refuerza el carácter especulativo del trabajo y desplaza la atención hacia aquello que las imágenes evocan. Como señala la autora, el proyecto funciona como “un acta de la indefinición” construida desde una experiencia sin recuerdo.

Formalmente, esta suspensión se articula mediante una visualidad austera y contenida. El blanco y negro no opera como signo de pasado, sino como una herramienta de observación analítica. Las superficies graníticas, el petróleo y el horizonte marítimo aparecen reducidos a materia, textura y contraste. El mar, lejos de mostrarse violento, permanece en calma tensa. Esa quietud convierte las imágenes en espacios de pausa y contemplación donde el silencio adquiere una dimensión política.

La ausencia del elemento humano intensifica aún más esa operación. Aunque el desastre del Prestige estuvo atravesado por una movilización social sin precedentes —encarnada en el movimiento Nunca Máis—, Friccións desplaza esa memoria colectiva hacia el fuera de campo. No vemos manifestaciones, voluntarios ni símbolos de protesta. Sin embargo, su eco permanece latente en las imágenes como una resonancia silenciosa. El paisaje aparece así atravesado por una tensión entre lo visible y lo ausente, entre aquello que la fotografía muestra y aquello que obliga a imaginar.

Más que representar una catástrofe concreta, Friccións reflexiona sobre las llamadas “violencias lentas”: procesos de degradación ambiental persistentes, normalizados y difíciles de percibir en una temporalidad inmediata. En ese contexto, las rocas manchadas de petróleo funcionan como restos materiales de una herida que el tiempo erosiona sin terminar de borrar del todo.

El proyecto se sitúa finalmente en una línea de fricción entre tragedia y esperanza. Si bien las imágenes contienen una dimensión elegíaca, también sugieren la capacidad del territorio para transformar y absorber lentamente las huellas del daño. Pero esa aparente regeneración no implica la desaparición del peligro. El desastre permanece como posibilidad latente, como memoria erosionada y como advertencia inscrita todavía sobre la superficie de las piedras.

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