En abril de 2011, durante el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), Raúl Castro asumía oficialmente el cargo de Primer Secretario, cuyas funciones ejercía de facto desde 2006. El pleno aprobaba también los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, un conjunto de medidas destinadas a actualizar el modelo económico cubano al ampliar, de manera significativa, las formas de trabajo no estatal. Se abría así una nueva etapa de reformas económicas en gestación desde años atrás que, con el tiempo, daría lugar a varios experimentos fallidos.
En octubre de ese mismo año, Cuba se proclamaba subcampeona de la Copa Mundial de Béisbol y terminaba segunda en el medallero de los Juegos Panamericanos de Guadalajara. A pesar de ello, el deporte empezaba a dejar señales de desgaste que se harían más evidentes con el tiempo. También en octubre, el Premio Nacional de Artes Plásticas recaía, por segunda vez, en un fotógrafo de la épica[^1] y, en el mes de diciembre, Juan de los muertos[^2] obtenía el Premio del Público en el Festival de Cine de La Habana. La cultura se lanzaba a una especie de jugueteo con los límites, como si la censura, endémica del hermetismo socialista, empezara a mostrar su interés estratégico por adaptarse a los nuevos tiempos.
Así andaba Cuba el año en que el fotógrafo y editor Leo Simoes viajó a la isla, donde permaneció durante cuatro semanas. Lo hizo acompañado de una amiga de origen cubano. Recorrió provincias, municipios y pequeños pueblos. Nada de sol y playa, ni de pintoresquismos posoviéticos, menos aún de romantización de los imaginarios decadentes tan de moda por entonces. Conoció el país a través de la gente que lo habita, lejos del idilio tropical que proyectaba la propaganda del Estado. A partir de aquella experiencia nació De un lugar, un trabajo fotográfico inédito que capta matices de un país a la deriva en el tiempo.

Creo reconocer el aspecto distintivo de esta mirada en la cautela con que trata la realidad. Es común que los acercamientos fotográficos de extranjeros a contextos tan complejos como el cubano, realizados además en períodos muy breves, adolezcan de cierta superficialidad. La complicidad necesaria con las costumbres y una comprensión más ajustada de las condiciones suelen aparecer con el tiempo, cuando el extranjero deja de mirar desde fuera y empieza a adquirir una suerte de ciudadanía simbólica.
De un lugar parece saltarse parte de ese proceso. Es precisa al retratar las variaciones del imaginario cotidiano, en las sensaciones que la gente y los espacios transmiten. No repite los tropos comunes del paisaje urbano o rural. Muestra, en cambio, los tonos grises de una Cuba profunda y diversa, confundida por las transiciones que planificaba un sistema muy avejentado.
Y es claro que, por aquellos años, el modelo de Revolución cerrada experimentaba un desgaste crónico. Algunos baluartes de la nación como la economía planificada, el control estatal, la fantasía de igualdad, el aguerrido deporte amateur o la cultura festiva de la afirmación somatizaban las fracturas de un programa social y económico disfuncional a largo plazo. El proyecto utópico, vendido y comprado por décadas, inauguró una crisis de credibilidad que no llegaría a superar.
La solución fue actualizar los mecanismos de control, transitar del dominio estatal absoluto hacia un tipo de propiedad que contemplaba al sector privado y necesitaba de él. Sin embargo, el juego de los negocios propios permitió la expansión del Estado por la acción de individuos autorizados a controlar los segmentos mercantiles más valiosos. El poder económico sumó nombres sin cambiar de manos. Y, aunque existió la ilusión de mejoría, los cambios en los métodos de gobierno solo aseguraron una actualización superficial del sistema que contentó a unos pocos. Los ajustes acabaron siendo paliativos.










En De un lugar, la construcción de las imágenes impide magnificar ese momento, celebrar el posible futuro o repetir las cantaletas de los fanáticos del merchandising revolucionario. Leo Simoes capturó las paradojas de un poder inmóvil que se apresuraba a hacer garabatos sobre papel viejo. Los paladares y las cafeterías particulares aparecían como borrones sobre el paisaje, tachaduras nominales que ajustaban el objeto social y la implicación simbólica del inmueble. Pero la base de las cosas era la misma y las heridas en la sociedad iban a seguir abiertas. Con los años, las fotografías parecen revelar la marca silenciosa del desgaste y hacer visibles el atraso y la inacción disimulados tras una aparente calma.
Porque, bajo las afirmaciones de progreso, la sociedad cubana acumulaba problemas que con el tiempo terminarían dando vuelta al escenario. Solo que la monopolización absoluta de los medios informativos por parte del Estado y el acceso extremadamente limitado a internet por ese entonces impedían el conocimiento masivo sobre vertientes de opinión e historias personales que cuestionaran cimientos verdaderos en los métodos de gobierno. El rumor era el canal preferido para la información no institucional, que circulaba a un ritmo propio de años más estáticos e introspectivos.
En las fotografías, las sensaciones de velocidad y movimiento parecen reducirse. Las escenas adquieren así una condición de estatismo, como si estuvieran condenadas a permanecer en el tiempo. Un estatismo que, simbólicamente, recuerda la poca capacidad adaptativa del propio régimen. Se siente la realidad amarrada al óxido de una utopía incapaz de manejarse en pleno siglo XXI.
Sin embargo, la apuesta más audaz aparece en la sutileza de la construcción simbólica. El cuestionamiento se resuelve desplazando el debate al terreno de las sensaciones y de la distribución sarcástica del signo. Las escenas se construyen sin movimientos bruscos, a partir de detalles sugerentes y conceptualmente agudos: la ciudad vacía con la gigantografía al fondo de Fidel y Raúl, el retrato maltratado del Che en una desajustada oficina de trámites, los comercios luciendo consignas sin sentido, la gente siendo feliz mientras se las arregla como puede. Hay un aire melancólico acompañado por la sensación de que algo no termina de estar en orden. Las interacciones de la Cuba retratada no coinciden con el ritmo del mundo por aquel entonces, ni siquiera con el ritmo de Latinoamérica. La diferencia es que aquí el desfasaje no se romantiza: con toda razón, se desconfía.
Vistas hoy, las imágenes cuestionan, por su propia construcción, algunos de los consensos sobre el pasado. La fotografía activa nuevos sentidos cuando se lee desde el presente y modifica la percepción que entonces se tuvo de las cosas. No es que el trabajo de Simoes ponga en crisis directamente la estabilidad de una época, sino que introduce el germen de la sospecha. Al salir de los espacios urbanos y extenderse por el interior del país, las imágenes muestran indicios de agotamiento en estructuras sociales, económicas y políticas: la disparidad acrecentada entre campo y ciudad, la sostenida escasez en espacios de comercialización estatal, la morosidad en el acceso a tecnologías imprescindibles para el funcionamiento del país y, especialmente, el divorcio entre cotidianidad y propaganda política, aferrada la segunda a ser el maquillaje de una realidad que complejizaba sus intereses.
Las fotos no pierden su componente nostálgico y evocan un tiempo que pudo parecer mejor. Pero, al acomodar su contenido sobre el paisaje actual, saltan a la vista incongruencias que anulan la distorsión afectiva producida, a veces, por el recuerdo. De un lugar adquiere así un particular valor como documento que, vaciado de añoranzas y apegos contextuales, confronta la percepción subjetiva de aquel momento con condiciones políticas y sociales que hoy permiten interpretarlo de otra manera. Las cosas no podían ser tan diferentes. Quince años no son nada.
En 2026, Cuba atraviesa su peor crisis desde 1959. Raúl Castro ya no ocupa el cargo de Primer Secretario del PCC. La plata de Guadalajara hoy sabría a oro. No recuerdo la última vez que vi jugar al equipo nacional de béisbol. Tampoco logro recordar qué película ganó el Premio del Público en el último Festival de Cine de La Habana. Solo estoy seguro de no haberla visto. El último Premio Nacional de Artes Plásticas lo ganó otro fotógrafo de la épica.[^3] Desde 2011 la situación se ha agravado. De un lugar, quizá sin proponérselo, lo intuyó.






[^1] El Premio Nacional de Artes Plásticas de 2011 fue otorgado a Ernesto Fernández Nogueras. Hasta ese momento, el único fotógrafo que lo había obtenido era Raúl Corrales. Ambos fueron reconocidos exponentes de la épica: grupo de fotógrafos que documentaron las grandes campañas de inicios de la Revolución, el impacto popular de las acciones y la presencia gloriosa de los líderes. Como movimiento, fue un aporte necesario para fundar el mito visual de la Revolución cubana.
[^2] Aclamado filme de ficción cubano-español dirigido por Alejandro Brugués y protagonizado por Alexis Díaz de Villegas. Una parodia ácida que reinterpretaba el género zombi desde el contexto cubano.
[^3] El 30 de abril de 2026 se entregó a Roberto Salas el Premio Nacional de Artes Plásticas correspondiente al año 2025.
Cómo citar:
BRAVO GUERRA, Abram, “Quince años no son nada”, LUR, 15 de octubre de 2026, https://e-lur.net/articulos/quince-anos-no-son-nada
Abram Bravo Guerra (Cárdenas, Cuba, 1995) es curador, crítico e historiador del arte. Su trabajo se compromete con la visibilización del arte cubano emergente y la construcción de ecosistemas creativos. Es curador del proyecto independiente Cemí y especialista del Centro Hispanoamericano de Cultura de la Oficina del Historiador. Ha desarrollado una labor sostenida en iniciativas curatoriales y editoriales conectadas a la escena del arte cubano.
Leo Simoes (Durango, España, 1968). Desde los años noventa desarrolla una práctica independiente vinculada a la fotografía y la cultura visual como fotógrafo, productor cultural, editor y docente, impulsando proyectos de creación, producción editorial y reflexión sobre la imagen en España, Portugal, Chile, Argentina y México.
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