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Révélations. Iconographie de La Salpêtrière. Paris 1875-1918Javier Viver siguiente

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Pobres monstruos

Carmen Dalmau

La Salpêtrière fue un hospital para pobres y vagabundos, cárcel de prostitutas y  casa de mujeres dementes. Sus muros encerraban los despojos de París, reedificados como panóptico, sobre una fábrica de pólvora.

Jean-Martín Charcot (1825-1893) se hizo cargo desde mediados del XIX del ala de psiquiatría, junto con el laboratorio fotográfico y un taller de vaciados del natural, creando en 1882 la primera cátedra de Neurología.

Bajo los principios de la fisiognomía de Charles Le Brun, que sostenía que las pasiones son movimientos del alma que provocan acciones en el cuerpo, y en complicidad de fotógrafos -Paul Rêgnard y Londe- y médicos, se generó un archivo fotográfico de casos clínicos donde la enfermedad crea repulsión y fascinación.

Charcot fotografió a los pacientes para establecer un posible método diagnóstico en el que la fotografía  permitía constatar una realidad, “registrar las cosas como las veo”, y al poner juntos unos cuerpos con otros, generar una serialidad, comparar los casos.

La fotografía se fue desarrollando en paralelo con la ciencia médica, forense y policial, debido a su pretendida capacidad de registro de la naturaleza con máxima exactitud. Al mismo tiempo, la descontextualización, los decorados, la exageración de las poses, distorsionaba la realidad.

Georges Didi-Huberman en su ensayo La invención de la Histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière (1982), afirma que en este proceso se produce una objetivación de los pacientes. Las sesiones de los martes y su soporte documental fotográfico crearon la iconografía de la enfermedad mental al servicio del dolor, para una elite científica y cultural.

Didi-Huberman sostiene que lo importante al hablar del significado de las imágenes es su valor de uso. Así, este alfabeto visible de los cuerpos, este espectáculo del dolor generado en la Salpêtriére, se puede resignificar mutando su uso.

Y este es el mecanismo que activa la nueva mirada de Javier Viver, posibilitando otra lectura iconográfica.

Las imágenes dotadas de una nueva serialidad, de un nuevo contexto, en Révélations adquieren un nuevo sentido.

Uno de los hallazgos de este libro es la multiplicidad de sustratos que se han depositado sabiamente en él. Planos, que a cada lector, según su horizonte de expectativas, se le irán desvelando o no.

La teatralización de la histeria, las malformaciones, los gestos para representar la tipología de la locura, creó una iconografía de la locura y los desheredados. Los cuerpos malheridos de esta galería de pobres monstruos e inocentes, se mimetiza con los gestos recogidos en el arte desde antiguo para mostrar el dolor, la piedad, la crucifixión, el éxtasis místico. Son estos gestos los que rescata el autor.

El libro nos permite una primera aproximación táctil. Su color, su densidad, su peso, el gramaje del papel, la cinta de registro granate, nos remite a un objeto antiguo, depositario de saberes oscuros, doliente, pero que parece sugerir que podemos mitigar con nuestras  caricias el sufrimiento que desprende.

Se provoca curiosamente un camino inverso de un cuerpo cosificado a un cuerpo rescatado. La narración devuelve dignidad a los desposeídos.

La sobrecubierta ocre, en la que el cráneo, como si fuera el grabado de un planeta por descubrir en el que se marcaran los delirios como accidentes geográficos, o la tipografía del título evocan los saberes frenológicos y tratados médicos decimonónicos, es un desplegable que contiene por la otra cara, las interpretaciones del archivo de cuatro lectores. En las guardas unos ojos que todo lo ven. Los ojos de la cámara. El espejo que nos devuelve la mirada.

La alternancia de ligeros toques de color le presta levedad. Los tondos en los que se enmarcan las manos suplicantes y algunos retratos, como el del hombre que saca la lengua, relajan el aturdimiento que como lectores podemos sufrir ante el impacto de tanto desconsuelo.

Los cuerpos fragmentados como exvotos, establecen una narración donde las manos parecen bendecir, retener paciencia y sabiduría, los pies pudieran pertenecer a los Cristos de Mantegna o Caravaggio, los dorsos muestran los muñones que en otro tiempo fueron alas y los rostros con los ojos nublados los de la Capilla Cornaro. El dormir sereno, aún amarrados por camisas de fuerza, podría ser el sueño justo de los ilotas.