Allá donde la ciencia no alcanza a explicar
Carmen Dalmau
Es arriesgado emprender un relato visual sobre un físico cuántico que recibió el Premio Nobel en 1945 por algo denominado el principio de exclusión, interlocutor del creador del principio de incertidumbre, Werner Karl Heisenberg, y que mantenía correspondencia con el psicoanalista Carl Gustav Jung en la Viena del período de entreguerras.
Jung interpretaba simbólicamente los sueños de Wolfgang Pauli bajo los principios de la alquimia medieval y sus conversaciones con el físico le ayudaron a elaborar la teoría de la sincronicidad, siendo devoto de las leyes del azar, de la serendipia y de los fenómenos paranormales. En el fondo, estaban en el centro de una controversia entre físicos teóricos y experimentales que solucionaron intentando que la parapsicología encajara dentro del campo científico.
Por ejemplo, Pauli señaló que nuestra idea de la evolución de la vida requería una revisión que tendría que tener en cuenta la interrelación entre la psique inconsciente y los procesos biológicos que provocan las mutaciones de las especies.
Considerado como brillante sucesor de Einstein, Wolfgang Pauli generó la leyenda de estar dotado de la capacidad inexplicable de paralizar las máquinas de los laboratorios, hasta el punto que tuvo vetada la entrada en muchos de ellos mientras se realizaban los experimentos con átomos y electrones, lo que se ha dado en llamar efecto Pauli. Y como en el efecto Pigmalión, las profecías a veces se autocumplían, haciendo pensar al científico que la naturaleza le había otorgado un misterioso poder. El efecto Pauli puede ser demoledor: si algo tiene que fallar, fallará.
Casi parece un tributo obligado, de humor agridulce, realizar un fotolibro dedicado a un ferviente defensor de los hallazgos casuales, ya que la misma fotografía debe mucho a la serendipia, al tiempo que ha sido un instrumento útil para documentar y testimoniar los avances de las ciencias. Sobre esta certeza, David Fathi edifica la mediación, deconstrucción y juego de un archivo científico.
Fathi ha entrado en los archivos del CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear, fundada en 1954 y ubicada en Suiza, considerada como el mayor laboratorio del mundo para la investigación en física de partículas. Un fantasma visual habita los archivos del laboratorio que contiene el mayor acelerador de partículas construido en el planeta. Nos da terror sólo pensar en la devastación nuclear que un fallo en ese monumental instrumento podría desencadenar.
Wolfgang parece sometido a la existencia de sucesos sincrónicos, semejantes a “actos de creación en el tiempo”, como los explicaba Jung, ya que la manipulación de un archivo fotográfico se puede ajustar a ese concepto de un acto de creación en el tiempo. Una suerte de relámpago intuitivo recorre la disposición de las imágenes.
La cubierta de este volumen, aparentemente neutro, es ya un reto para la percepción de patrones por parte de nuestro cerebro. El retrato del físico en cuatricromía de trama desplazada, con título en negro, subrayando la mirada y tratado como una fórmula matemática de difícil solución, sugiere la reverberación de un ente fantasmagórico, la incitación a resolver un enigma.
El libro se construye con fotografías del archivo público del CERN, obligando al lector a desentrañar el misterio entre las fotos manipuladas, las fotos fallidas y las fotos inalteradas, todas testimonios mudos de un extraño acontecer científico.
Si consultamos los archivos de tan noble institución, de acceso abierto en la web, algunas de las imágenes catalogadas bajo la taxonomía de Pauli nos resultan tanto o más fantásticas que las del fotolibro de Fathi. Una aleación de actos privados, actos oficiales, actos académicos y testimonios de su quehacer científico.
En el archivo oficial del CERN le vemos llevándose comida a la boca con las manos y los mofletes llenos, o viajando en góndola por Venecia lejos de la circunspección que se le supone a un Premio Nobel. Algunas provocan una sensación de enajenación, como la del bodegón de la sala Pauli, en 1960, en la que se cuela su retrato junto a un jarrón de rosas, a modo del cameo de Alfred Hitchcock en Crimen perfecto. Aunque hay que reconocer que ninguna es tan insuperable como la icónica fotografía de Arthur Sasse en la que un anciano Albert Einstein saca la lengua a la prensa.
Tras una guarda negra, contrasta la cartulina verde intenso en la que se trasluce una imagen impresa por la otra cara, la fotografía de la inauguración del busto de Pauli en el CERN en 1960, rodeado de una cortina circular que lo hace aparecer como un busto parlante ante el atónito hieratismo de su segunda esposa, Franca Pauli. Que la imagen se vea invertida y desvaída, traspasando la hoja, no sabemos si es un fallo de impresión, un efecto buscado o el producto de un descubrimiento azaroso.
El hecho es que este efecto y esta cadencia de las hojas verdes con los retratos de archivo del Nobel se repiten a cada tanto, rompiendo el ritmo austero y monocromo. Las hojas verdes se alternan, como alivio visual y como ruido, trasformando la esfinge del científico en un espectro inaprensible.
Hay algo en la factura de este libro que parece haber salido mal, sin poder acertar a decir dónde o por qué se torció el plan inicial. El efecto Pauli planea sobre el volumen, a veces de forma sutil e inteligente y otras de forma tosca.
Los archivos tienen la virtud de preservar la memoria al tiempo que la alteran, y las fotografías, que tienen relación con el tiempo y con la memoria, cuando se las descontextualiza de su función original, mezclándolas en un nuevo orden, relatan otras historias. El asunto es que en el libro que nos ocupa, la nueva narración a ratos parece más creíble que la conservada en el archivo.
El autor despliega un juego de estrategias internas para conjurar el perverso efecto Pauli sin terminar de conseguirlo. En el último capítulo del libro, el ruido y el error ganan al humor. Son fotografías desplazadas, fotocopias borrosas en las que el fracaso del proceso se convierte en un brillante hallazgo, dotando al fotolibro de la factura contemporánea de la que carecía hasta ese momento final.
La sucesión más o menos ordenada de documentos de la memoria en la que el laboratorio es el escenario catastrófico de todos los accidentes, de todos los improbables fallos —como científicos succionados y desintegrados por extrañas máquinas, de los que sólo quedan intactos los zapatos, farolas que se doblan como en los cómics, vigas que se quiebran, techos que se derrumban, coches que vuelcan, grúas que se desploman—, estalla en las imágenes de texturas abstractas, en las que sólo podemos leer el murmullo de las presencias atrapadas.
El libro se cierra con un libreto suelto, porque siempre en los archivos aparecen documentos desgajados que se convierten en insospechadas piezas clave, en el que Jeffrey Ladd (Pensilvania, 1968), el fotógrafo americano fundador de Errata Ediciones y autor de The Awful German Language, interesante fotolibro en el que interactúan las palabras y las imágenes, da las claves para seguir el hilo argumental, las pistas vetadas hasta entonces al lector.
Es entonces, cuando recordamos la cubierta y los retratos evanescentes de las páginas verdes,que se produce el milagro y el círculo se cierra, transformando un objeto que parecía un anodino e inofensivo ejercicio de humor en un libro más profundo, eficazmente planificado por Ramón Pez —diseñador de la primera edición del ya clásico Afronautas, de Cristina de Middel— en el que la ciencia y los oscuros mundos paralelos del arte intentan dar alcance a fenómenos ingobernables para la razón.
Cómo citar:
DALMAU, Carmen, “Allá donde la ciencia no alcanza a explicar”, LUR, 7 de enero de 2020, https://e-lur.net/resenas-de-fotolibros/wolfgang
David Fathi (Francia, 1985) vive y trabaja en París, desde donde explora la conexiones con las artes y la fotografía, las matemáticas, la ingeniería y el pensamiento científico. Opera en el espacio incierto entre realidad y ficción, generando una ambigüedad desde la representación supuestamente documental y objetiva del mundo y su reinterpretación. Con Wolfgang, que ya tiene una segunda edición, se ha sobrepuesto al maleficio del efecto Pauli, obteniendo numerosos reconocimientos, como el Gran Prix Fotofestival 2016 de Lodz o de la Bienal de Houston en 2018.
Carmen Dalmau (Madrid, España, 1960) es licenciada en Historia del arte e Historia moderna y contemporánea. Comisaria independiente de exposiciones y crítica de arte.
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