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Imágenes bumerán

Rubén Ángel Arias

Érase una vez un tabloide llamado El Espacio: el diario del pueblo colombiano cuyo primer número vio la luz en 1965. En 2011, el archivo fotográfico acumulado durante cuarenta y seis años de trabajo fue abandonado, convertido en resto, en sobrante. El tabloide era famoso por el sensacionalismo y la vulgaridad con que trataba las noticias. Noticias que siempre, o casi siempre, incluían redadas, detenciones, palizas, torturas, suicidios, asesinatos, escenas del crimen, salpicaduras, cristales rotos y retratos propios de ficha policial. En noviembre de 2013, El Espacio dejó de editarse en papel. Y colorín colorado este cuento… No. Este cuento no se acaba.

Las decenas de cajas donde se habían ido acumulando las fotografías del diario fueron puestas en la calle, junto al resto de la basura, y alguien que se ganaba la vida reciclando papel las recogió. Poco después, un coleccionista que, nada más verlas, entendió el valor que podrían llegar a tener aquellas imágenes, le compró algunas para, a su vez, ponerlas a la venta.Y aquí es cuando aparece Andrés Orjuela que, al ver la mercancía, se interesa inmediatamente por ella. Orjuela llega a un acuerdo con el coleccionista, deducimos que las fotos no eran baratas, y se hace con las copias que han pasado a formar parte de Archivo muerto (2018).

Y así comienza esta otra historia o segunda vida de un archivo que fue desestimado primero y revalorizado después.

Es canónico el gusto contemporáneo, y muy romántico, por las zonas residuales y las ruinas. En tiempos de una producción masiva y acelerada, la nostalgia se atrinchera en los mercados de pulgas, tiendas de segunda mano y rastros: donde todo parece esperar, con una paciencia ilimitada, la resurrección de la compra y el uso. La resurrección o una segunda venida del arte, como es el caso que nos ocupa.

Archivo muerto pone de nuevo en circulación una mínima muestra de lo que fue arrojado a la basura. Fotografías que reaparecen ahora, ya no en el formato gritón del tabloide que se servía de ellas, sino bajo el neón del prestigio y la distinción de lo artístico. Fotografías que regresan al público tras una cuidadosa y artesanal obra de maquillaje, pues en esto ha consistido fundamentalmente el trabajo de Orjuela: elegir, escanear, ampliar y colorear.

Se trata, por lo tanto, de un ejercicio de estilo, para el cual su autor se ha servido de la misma técnica con la que se teñían las postales a principios del siglo XX: pinturas al óleo y los dedos de una mano.

El resultado es pop, vintage, frívolo, redundante. Un conjunto de fotografías que en un primer momento fueron hechas y valoradas por su espectacularidad y/o por el morbo que despertaban y que retornan, acicaladas, por exactamente las mismas razones. “La primera vez como tragedia, la segunda como farsa” (Marx). La primera como sensacionalismo, la segunda como pastiche.

Un pastiche acrítico, sí, y fascinante, también. Un regreso, una segunda venida que nos pone a pensar.

Durante la denominada literatura del boom, lo que el mercado editorial europeo demandaba de América Latina era una dosis periódica de realismo maravilloso en cualquiera de sus dos variantes: la exótica (con jugos de coco o de guayaba, selvas pantanosas y lluvias como fiebres) o la mágica (con mujeres voladoras, practicantes de vudú, dictadores de más de mil años y muertos que no terminan de morir). Pero el paradigma ha cambiado y, desde finales del siglo XX, América Latina ha pasado a ser el mayor proveedor mundial de productos culturales cuyo foco es el crimen, casi siempre organizado. Es la hora del narcotráfico y su estola de albas muertas: las maras, las mafias y los cárteles; la corrupción policial y política; los feminicidios. De esta suerte de infierno recalentado, y convertido en marca registrada, emana la casi totalidad de estereotipos de un nuevo y siniestro, pero no por ello menos exitoso, folclore.

Y es en este contexto en el que cabe interpretar el retorno de las imágenes coloreadas por Orjuela. El retorno de lo brutal bajo una tonalidad pastel, inofensiva. “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento” (Baudelaire). En un momento en que el horror y el aburrimiento se han vuelto casi indistinguibles.