Hasta el 8 de marzo de 2026, la Sala 1 de El Cubo, en el Centro Cultural Tijuana (CECUT), presenta una exposición que recorre veinte años de tu trayectoria. Para comenzar, me gustaría hablar sobre el título de la muestra: Ingrid Hernández, 20 años de arte _under construction_ ¿Podrías contarnos cómo se eligió este título, a qué hace referencia y qué significa para ti el concepto de under construction?
El título de la exposición surgió a partir de un concepto con el que he trabajado en mi práctica fotográfica: el under construction. Propongo que Tijuana es una ciudad muy difícil de definir; al llegar, no es sencillo comprender lo que se ve. No funcionan los mismos códigos visuales que en otros lugares de México. Por ejemplo, aquello que en otros sitios podría considerarse peligroso, en Tijuana es parte de la normalidad.
Aquí existe un tipo de construcción concebido como algo temporal, pero que con el tiempo se vuelve permanente. Ese estado de permanencia —ese aparente ‘salir del paso’— yo lo llamo un eterno under construction: algo que no cambia, que permanece tal como se hizo al inicio, a pesar de haber sido pensado como provisional. Es parte de la visualidad particular de Tijuana, eso que se percibe al llegar a la ciudad.
Dado que la ciudad es difícil de definir, este término me resulta útil. Necesitaba un concepto no fijo, algo que se refiriera a lo inestable, al movimiento. Algo que no pudiera detenerse. El under construction me permite hablar de aquello que no podemos asir, poseer ni anclar.

Este concepto recorre toda tu obra.
Sí. En el último proyecto que desarrollé, Sedimentaciones —que también está en la exhibición—, me propuse fotografiar diferentes lugares de la ciudad, tanto el centro como la periferia, y ubicar en un mapa dónde he trabajado. A veces, cuando ven las fotografías, algunas personas creen que fueron tomadas en la periferia de Tijuana, pero no siempre es así: muchas son del centro, incluso de la calle donde vivo. Me interesa cuestionar la idea de que solo en la periferia existen estas arquitecturas y al mismo tiempo pensar a Tijuana entera como periferia.
También se puede entender el under construction desde mi práctica. En conversaciones con las curadoras, Daniela Lieja Quintanar y Rosela del Bosque, surgió esta idea. Para Daniela, mi trabajo tiene muchos perfiles, y mi práctica se ha desarrollado de forma independiente y autodidacta. En ese sentido, hablaba de mi propia trayectoria como un under construction.
Daniela Lieja Quintanar ligó el concepto a tu biografía.
Sí, lo relacionó no solo con la ciudad, sino con mi trayectoria. En la muestra hay una sección con material de archivo que habla de otros ejes de mi práctica: la curaduría, la escritura, la gestión e incluso Relaciones Inesperadas, el espacio dedicado a prácticas artísticas y formación en arte contemporáneo que fundé en 2012. Hay también una sección dedicada al restaurante donde crecí.
Esto no es únicamente biográfico: crecí literalmente en un espacio público. Vivía con mi abuela; nuestra vivienda estaba en la parte baja del restaurante. El baño estaba fuera, no teníamos cocina propia —usábamos la del restaurante— y todas mis actividades las hacía arriba, en el mismo restaurante: la tarea, mis cumpleaños. Si cumplía años, mi abuela me celebraba con una taquiza ahí mismo. Mi vida transcurría en un espacio que no era privado, sino público. Esa relación tan particular con el espacio me marcó desde niña.
Naciste en Tijuana, una ciudad fronteriza marcada por migraciones. ¿Puedes contarnos cómo llegó tu familia a la ciudad y cómo se estableció?
En los años cincuenta, mi abuela se trasladó a Tijuana con su esposo e hijos desde la Ciudad de México, buscando una vida mejor debido a la difícil situación económica allá. Llegaron con cajas de cartón como maletas, en condiciones muy precarias. Poco después nació mi mamá; yo también nací en Tijuana, al igual que mi hija.
Con el tiempo, mi abuela logró abrir un restaurante llamado Licha’s Place, por Alicia, su nombre. Como la atención estaba dirigida principalmente a personas estadounidenses, lo pusieron en inglés. En ese tiempo en Tijuana la moneda y el idioma predominante eran los dólares y el inglés.
En la muestra hay una sección dedicada al restaurante: fotografías de un cumpleaños mío, de mi familia, de personas comiendo, comandas, tarjetas sanitarias, documentación legal, una nota de periódico de un baby shower de mi mamá, etc. Todo forma parte de mi archivo. No es obsesión, sino una fascinación por conservar aquello que me da sentido, que forma parte de mi memoria. Estos elementos hablan de la relación entre espacio público y privado que marcó mi biografía y que influye en mi mirada.
Tu experiencia de infancia parece influir en cómo habitas el espacio. Hay ciudades en las que solo nos desenvolvemos socialmente en lo privado, como sucede en la Ciudad de México, y otras en las que las personas se mueven en lo público. Tu experiencia de vida parece situarte en un lugar intermedio, en una frontera donde convergen y se mezclan ambos mundo ¿Crees que esta relación entre lo privado y lo público es algo particular de tu vida o una característica de Tijuana?
Creo que tiene que ver con la vida en Tijuana hasta cierto punto, aunque no exclusivamente. Quizá haya experiencias similares en otros lugares, pero aquí hay algo muy particular. Por ejemplo, la espera para cruzar la frontera: la fila es una mezcla entre espacio privado y público. Como individuo, tu cuerpo es tu espacio privado, pero siempre está en relación con quienes te rodean, generando una interacción íntima en un espacio público. Lo mismo ocurre cuando estás en fila en el auto: convives con otras personas durante horas, compartiendo ese espacio. Diría que sí hay algo muy propio de la vida en Tijuana, aunque no todo se vive así.
Esa sensación de espera, pero no inmóvil, atraviesa tu trabajo. Hay en tus imágenes algo que oscila entre el cambio y la permanencia. ¿Crees que tu estética y tu poética están relacionadas con esa condición liminal entre lo transitorio y lo estable?
Sí, sin duda. Los espacios que fotografío no son estáticos, aunque parezcan íntimos. He visitado casas muy ordenadas, donde solo hay que limpiar. Pero en los espacios donde trabajo —incluyendo mi propia casa o la de mi familia— siempre hay algo under construction.
El proyecto en que fotografías a tu familia es Affective Landscapes…
Sí, en estos espacios se ve claramente el under construction del que hablo. Hay una foto de la casa de mi mamá que me encanta: se ve un abanico colgado en la pared con un trapito porque no tenía gancho. Encima, hay una carita de angelito, como los de Miguel Ángel, mirando hacia arriba, hacia el abanico. Para mí, esa imagen ejemplifica lo que significa under construction: algo solucionado de manera momentánea que, con el tiempo, se queda así durante años.
Lo mismo ocurre con el módem del internet: estaba colocado muy arriba y con los cables colgando. Fue una solución provisional, pero con el tiempo se volvió permanente. Yo veo esto en todas las casas que retrato: las cosas parecen colocadas al azar, aunque muchas veces están cuidadosamente pensadas. A veces incluso se crea una cierta escenografía porque todo se organiza para estar de esa manera. Pero los materiales son siempre temporales: no hablamos de cemento o bloque, sino de soluciones improvisadas, como puertas de garaje utilizadas como paredes.

Tu obra me remite al libro Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino: tus imágenes, como los relatos de Marco Polo, muestran detalles precisos de los espacios, pero nos recuerdan que eso no es lo más importante. Hablando del under construction y de cómo las casas resuelven problemas de manera improvisada, vemos que, aunque no aparezcan retratos, las personas están presentes en esas dinámicas que sostienen y transforman los espacios. Es decir, hay una apropiación del espacio y del tiempo en juego. En este sentido, ¿qué aspectos de esas relaciones y dinámicas permanecen invisibles en tus imágenes y que a ti te interesa explorar?
Me encanta la pregunta. En los recorridos suelo decir que lo que me interesa no es solo la belleza de la imagen. Claro que hay técnica y composición, pero eso no es lo esencial. Lo que me interesa son las relaciones económicas, políticas y sociales que están detrás, propias de una geopolítica de la que soy hija. Soy producto de Tijuana.
En mis imágenes aparecen tanto fachadas como interiores. No me interesa únicamente mostrar las estrategias de construcción con materiales de desecho provenientes de Estados Unidos; también observo, en lo íntimo, cómo nos relacionamos con esos materiales. Desde lo personal puede hablarse de lo macro. No importa el ‘trapito’ o la pared azul, sino las circunstancias que los producen.
A veces se reduce todo a la creatividad para resolver con pocos recursos, pero eso es insuficiente. Lo importante son las dinámicas sociales, políticas y afectivas que dan forma al espacio. Se podría vivir de otra forma, pero esto viene de algo muy primitivo de nuestra relación con el territorio: habitar no es solo buscar protección, es también una manera de estar en el mundo.
Esto se vincula también con algo que está muy presente en tu obra, algo que está ahí, pero no se ve de manera directa y que se relaciona con tus metodologías para retratar e investigar: el hacer comunidad y los vínculos que la sostienen. Es lógico; no se puede llegar a un lugar y decir a las personas “ya estoy aquí, vengo a hacer fotos”; es necesario integrarse. ¿Cómo es tu experiencia trabajando desde y con la comunidad?
Esta parte es fundamental. He trabajado en lugares donde la comunidad está muy presente y donde las personas han tenido que organizarse para exigir servicios y derechos. Desde el principio me atrajo su energía, su resistencia y su capacidad de agencia. Había un deseo claro de vivir de determinada manera, de reclamar un nivel de vida digno.
Cuando comencé mi trabajo, recorría la ciudad y observaba, por un lado, los asentamientos irregulares y, por otro, las casas de interés social. Nunca me interesó trabajar con estas últimas, porque representaban lo opuesto a lo que encontraba en los asentamientos: allí había mucha más autonomía para construir, modificar y apropiarse del espacio.
¿En qué sentido?
En los asentamientos veía un deseo real de transformar el entorno. El entorno no estaba preparado para vivir ahí, así que era necesario adaptarlo. En las viviendas de interés social eso es distinto: ya existe un marco que limita esa posibilidad. No quiero romantizar los asentamientos ni ignorar sus problemáticas, pero me interesaba esa autonomía paradójica: sin documentos de propiedad, había más agencia que en un sitio donde pagas por vivir. Me interesa cómo estos espacios prediseñados te predisponen a actuar de cierta manera, no solo estéticamente, sino también políticamente. Y lo estético es político.

Al hablar sobre la necesidad de modificar los espacios, mencionas “lo primitivo” en los seres humanos, que interpreto como algo esencial. Coincido en que tu mirada no romantiza estas experiencias, sino que reconoce las dinámicas económicas del capitalismo y del neoliberalismo, que arrasan con todo y obligan a las personas a sobrevivir como pueden. Esto se relaciona con lo que dices sobre las circunstancias y la distribución desigual de la riqueza: en esos contextos, la gente se organiza, y esa organización es algo profundamente humano. En tus proyectos vemos dinámicas comunitarias que desafían al capitalismo y surgen de un impulso esencial: organizarse para sobrevivir. ¿Podrías hablarnos más sobre estas dinámicas, que son a la vez muy básicas y complejas?
Esto que mencionas me recuerda a mi amiga Vicky. La conocí en 2003, cuando ella vivía en el primer asentamiento en el que empecé mis proyectos. Me acompañaba a recorrerlo y a platicar con las personas que allí vivían. Desde entonces somos amigas. Vicky es activista dentro de una organización política del asentamiento: organiza a la comunidad y trabaja para mejorar las condiciones de vivienda.
Hace años, ese asentamiento tuvo que cambiar de ubicación porque el gobierno local, alegando que no era una zona segura, se oponía a que la gente viviera allí. Tras muchos años de negociaciones, lograron trasladarse a un lugar donde podrían legalizar sus casas mediante pagos mensuales. El primer asentamiento estaba en una zona céntrica, junto a un río, con vegetación y cerca de escuelas y trabajos, colindando con colonias bien equipadas. En cambio, el nuevo terreno se encontraba en la periferia, prácticamente en la última colonia de Tijuana, muy cerca del muro fronterizo y sin ningún tipo de servicio.
La gente se instaló allí y comenzó a pagar sus terrenos. Pero lo que sucedió después fue terrible: a Vicky, tras ocho años pagando, le llegó una notificación informándole que su terreno tenía otra propietaria. Tras varios citatorios que no pudo atender por problemas de comunicación, le quitaron la casa. Así, después de tanto esfuerzo por lograr seguridad, patrimonio y mejores condiciones de vida, se quedó sin hogar. Pasó de tener una casa en el primer asentamiento a, tras luchar por la nueva, quedarse sin nada, viviendo con su madre, en una vivienda junto a la que había construido. Esto es profundamente injusto, porque Vicky se organizó y trabajó activamente con la comunidad y, aun así, perdió su hogar.
Esto me hace reflexionar sobre la ilegalidad: ¿son ilegales quienes habitan estos lugares o lo son la corrupción y la facilidad con que les arrebatan sus pertenencias? ¿Quién define qué es legal en una ciudad? ¿Quién toma decisiones sobre la vida de las personas?
Es terrible: detrás de estas dinámicas burocráticas y de corrupción hay consecuencias directas en la vida de las personas, como perder o conservar un patrimonio o un hogar. En relación con esto, ¿crees que proyectos como los que realizas pueden influir en políticas públicas? ¿Puede su circulación ir más allá del mundo del arte y tener un impacto real en la vida de las personas?
Me encantaría poder decir que sí, pero no lo percibo así. Aunque en algunos círculos mis proyectos generan reflexión, no han tenido un impacto directo en políticas públicas. He donado fotografías a organizaciones que las utilizan en protestas, pero no he observado un cambio de escala. Mi trabajo adopta una postura política, pero su impacto busca generar preguntas y debate, más que cambios evidentes.
A veces las repercusiones no son inmediatas ni directas, pero abrir el diálogo nos invita a reflexionar sobre la representación y sobre cómo se producen, circulan y consumen las imágenes.
Para finalizar, ¿podrías contarnos sobre tu experiencia como gestora de arte contemporáneo en una ciudad tan compleja como Tijuana, especialmente en relación con la fundación de Relaciones Inesperadas?
En México, la mayoría de los espacios carece de la infraestructura necesaria para sostener un circuito artístico. En Tijuana, muchas personas nos hemos formado de manera autodidacta: la mayoría no estudiamos arte de manera formal; venimos de otros ámbitos y luego nos dedicamos a ello. Aquí casi no existe un mercado ni una crítica de arte y ese contexto nos impulsa a organizarnos para que las cosas ocurran.
Relaciones Inesperadas nació de esta necesidad: queríamos trabajar desde este contexto y organizarnos entre artistas. Nos interesaba centrarnos en la formación, entendiendo que el artista no trabaja en solitario ni aislado de la sociedad, y que tampoco es una figura mística, única e incomprendida. Queríamos bajarlo del pedestal e integrarlo en la vida cotidiana. Esos fueron los fundamentos con los que comenzamos.
Ahora vamos a iniciar un nuevo programa enfocado en lo pedagógico, desde esa perspectiva: artistas para artistas, integrando otros saberes que dialoguen y se armonicen con el arte. A veces se piensa que los artistas no tienen relación con la vida, como si estuviera separada, pero todos estamos atravesados por lo mismo.
Yo no me veo únicamente como gestora o curadora; me veo como artista que hace todas esas cosas.
Esa visión forma parte de tu postura política, que siempre ha estado muy presente en tu trabajo.
Alguna vez me dijeron que quedarse en Tijuana es resistir y estoy de acuerdo. Mucha gente se va a la Ciudad de México, pero siempre tuve muy claro que yo no lo haría. Para mí era fundamental permanecer en Tijuana y construir un espacio que me permitiera hacer lo que considero necesario y compartirlo con otros. Eso forma parte de mi postura política. Vivir en un lugar implica un deber y yo lo asumí. Me siento parte de Tijuana y no me puedo imaginar en otro lugar.
A veces, desde una perspectiva muy centralista, se piensa que el siguiente paso para un artista o agente cultural con trayectoria es mudarse a la Ciudad de México. ¿Qué opinas de esto?
No critico esas decisiones, pero a veces, al mudarse, se resta poder al lugar en el que vivimos. Hay un poder en permanecer: nos permite comprender y trazar líneas que den cuenta de nuestro contexto. Con frecuencia llega gente de fuera a hablar del lugar, pero para mí era esencial que fuéramos nosotras, quienes vivimos aquí, las que contáramos la experiencia de habitar este territorio desde dentro. No niego la validez de la mirada externa, pero considero fundamental abordarlo desde aquí.
Esto que señalas enmarca tu mirada: la relación con el espacio y el territorio a través de la presencia.
Sí, me alegra que se perciba. He procurado que mis proyectos sean de largo aliento, ya que representan una forma de aproximarme al espacio, a las personas y a sus dinámicas con mayor profundidad. Este tiempo sostenido me permite también retratar los lugares desde una perspectiva más cercana y vivencial.

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Cómo citar:
VITELA, Érika, Entrevista con Ingrid Hernández: “Mi trabajo adopta una postura política, pero su impacto busca generar preguntas y debate, más que cambios evidentes”, LUR, 7 de enero de 2026, https://e-lur.net/dialogos/ingrid-hernandez/
Ingrid Hernández (Tijuana, Mexico,1974) es artista visual y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su práctica entrecruza producción, curaduría, escritura y gestión. Es cofundadora y directora de Relaciones Inesperadas, espacio dedicado a prácticas artísticas contemporáneas, pedagogía y diálogo crítico en Tijuana. Su obra se ha exhibido en América Latina, Estados Unidos, Europa y Asia. Recibió el San Diego Art Prize 2025 (San Diego, Estados Unidos) y obtuvo el primer lugar en la XIII Bienal de Fotografía de Baja California (Mexicali, México, 2024), así como en la Bienal Universitaria de Arte Contemporáneo de la Universidad Autónoma de Baja California (Mexicali, México, 2007).
Érika Vitela (Ciudad de México, México, 1983) es investigadora, gestora cultural y curadora, especializada en fotolibros y en la relación entre la escritura y la imagen fotográfica.
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