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Salvi Danés

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La trama opaca

Enrique Lista

No conozco personalmente a Salvi Danés, pero lo imagino esbozando una sonrisa mientras contempla a cierta distancia mis intentos para entender la trama que ha tejido en Blackcelona y escribir esta reseña. Admito que me resulta difícil seguir las tramas de la novela y el cine negros: empiezo bien, pero en algún momento la cosa se complica y me pierdo. Cuando se trata de cine negro clásico me ayuda la voz del narrador, que suele identificarse con la del investigador protagonista, pero Danés no habla, se limita a arrojar sobre la mesa una colección de evidencias diversas que uno tiene que interpretar.

Siendo justos, las pistas que Blackcelona nos lanza no son tan ambiguas como las que Sultan y Mandel nos daban en Evidence, y tampoco se nos ofrecen en total desorden o ausentes de criterio: fotografías de lugares (casi todos parecen interiores, aunque no siempre lo sean), de objetos y de animales (algunos muertos), retratos (nunca de personas jóvenes), bastantes maquetas (o detalles de las mismas) y distintos tipos de material encontrado (fotografías antiguas, grabados o reproducciones impresas con evidentes limitaciones). Prevalecen las tomas frontales o laterales, pero más bien planas, y el frecuente uso del flash también contribuye a ese aplanamiento y a la atmósfera general que se crea en el libro.

La cuestión del flash requiere hacer un pequeño aparte, no tan anecdótico: numerosos autores actuales han usado esa luz dura y directa con un matiz de hostilidad, o incluso de violenta cacería (véase La caza del lobo congelado de Ricardo Cases), pero no siempre se acercan tanto como Danés a los pioneros y ya clásicos flashazos de Weegee. Esta cercanía tiene motivos evidentes. Como el clásico, Danés se adentra en la ciudad desnuda, y su trabajo evoca la atmósfera con la que Weegee convivía (o, más bien, la atmósfera que sus fotografías contribuyeron a crear en nuestro imaginario). Sin embargo, podemos apreciar aquí un matiz de separación: Danés mantiene cierta distancia irónica con el imaginario noir (aunque este tenga cierta tradición en Barcelona, no estamos en el Nueva York de los años 30 y 40), y esa distancia le confiere a sus imágenes un matiz de melancolía. En algunos de sus trabajos anteriores, especialmente en el realizado en Tokio, el flash parece sacar a los personajes de la oscuridad más absoluta, es un Tokio sin luces (el negativo del que solemos imaginar) y las fotografías parecen tomadas en una cueva. En Blackcelona también aparece alguna que otra cueva, aunque sea de cartón piedra o en sentido figurado.

Los personajes que parecen perdidos en esa oscuridad (literal y metafórica) son también lugares comunes en esta estética noir a la que no dejamos de aludir por motivos evidentes: el libro lo reclama ya desde su título y negra cubierta. Tenemos como referencia más clara la estilización visual que los directores europeos exiliados aportaron al cine estadounidense, combinando formas expresionistas con relatos de ficción realista y cruda (muchas veces originalmente literarios): personajes comunes, moralmente ambiguos, salen a la escena de un claroscuro más oscuro que claro, para acabar mal, o al menos en un final agridulce.

Con tales ingredientes en el cóctel, el cine negro clásico ha forjado el canon de un glamour humeante de cigarrillos y pistolas, pero no encontramos rastro de glamour en Blackcelona. Los retratos de perfil con encuadre regular y el citado uso áspero del flash remiten a una ficha policial de personajes que, más que delincuentes, parecen simplemente perdedores. Los lugares oscuros, el papel pintado, los objetos obsoletos… todo se mueve en un tiempo gris (obviamente casi negro), aunque sea un tiempo de ficción y los personajes se acerquen en ocasiones a la caricatura.

El relato, elíptico y tenso, no pierde por su ficcionalidad cierto mordiente de crítica social, del tipo de aquella que también se suele atribuir al género negro, como forma narrativa idónea para sacar a la luz la parte oscura de las sociedades urbanas, lo que se oculta en las calles.

Un poco de todo ese universo cristalizado en género narrativo en el cine y la novela puede encontrarse en el libro que nos ocupa, pero tal vez sea oportuno dar un paso atrás en las fuentes y acudir al responsable de plantar la semilla del relato policíaco (y, no solo por extensión, también de la novela negra): recordemos brevemente a Edgar Allan Poe, pero no para citar Los crímenes de la calle Morgue, sino el breve relato El hombre de la multitud. El desamparo y la desorientación de los individuos en los populosos y deshumanizados contextos urbanos que allí dibuja Poe valdría para ejemplificar lo que transmiten algunos trabajos de Salvi Danés, no solo pero también su Blackcelona. La mezcla de observación e introspección, así como la descripción de la fauna urbana (especialmente la nocturna) son también rasgos que comparten el relato de Poe, el género negro y el libro de Danés.

Hasta aquí hemos descrito algunos de los recursos de este investigador silencioso que se limita a buscar, seleccionar y mostrarnos las pruebas, pero no hemos entrado en estas. Algunas parecen más delatoras (ganzúas, pequeñas armas de fuego, huellas dactilares, cuerdas con usos poco ortodoxos…), y otras son más equívocas (las maquetas que se expanden en las guardas y se recortan a lo largo del libro, algunos elementos náuticos, la columna de humo que sale de una azotea, butacas de un cine de otro tiempo, una estatua encadenada… y lo que quiera que haya manchado de rojo las manos de la monja). Con todo, y con la atmósfera de conjunto, tendemos a imaginar relatos de crímenes posibles, pero tampoco tenemos garantías de que se haya cometido un crimen y de que los sospechosos no sean más que personas vulnerables a las que nuestros prejuicios rechazan (falsos culpables narrativos o casos reales de exclusión social).

Las herramientas que tenemos para seguir a Danés en su investigación están muy lejos del brillo hihg-tech de la ciencia forense de teleserie. Cuando una fotografía se amplía, vemos la trama, pero la trama fotomecánica, que no nos permite resolver el caso. ¿Debemos usar el teléfono negro para denunciar un crimen o esperamos una llamada?

Cómo citar:
LISTA, Enrique, “La trama opaca”, LUR, 2 de julio de 2020, https://e-lur.net/resenas-de-fotolibros/blackcelona


Salvi Danés (Barcelona, España, 1985). Formado en el Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya, se acerca desde las bases del reportaje periodístico a la fotografía conceptual y narrativa, jugando con las capacidades del medio para acercarse a la realidad, pero también para contar historias. En Blackcelona se apoya en las formas del género negro para realizar un acercamiento personal y sugerente a los universos menos visibles de su ciudad natal.

Enrique Lista (Malpica de Bergantiños, España, 1977). Doctor en Bellas Artes (Universidad de Vigo), su tesis versó sobre la introducción de la Fotografía en el Arte Contemporáneo gallego. Desarrolla actividades como artista plástico y docente, además de colaborar en diversos proyectos culturales, como en FFoco Festival de Fotografía da Coruña. Es autor del ensayo Voz en off. Relatos en torno a los fotográfico (Muga, 2020).

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