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Con toda la muerte al aire siguiente

María Eugenia Cerutti

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Todo lector es culpable
Reconstrucción de un cuerpo, recolección de un archivo

Agustina Triquell

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Rodolfo Walsh, Esa mujer

Dos libros unidos por una faja que los contiene. La faja, que opera como cubierta en el momento previo de deslizar el contenido para liberarlo, nos presenta el título sobre una figura amorfa, negra y brillante. El contraste sensorial entre el resto del objeto y esta superficie laminada hace que ‘dejemos huella’: el impoluto objeto monocromo queda, en el primer contacto, marcado por nuestras propias huellas dactilares. La huella dactilar, sistema de identificación creado por el argentino Juan Vucetich —‘es argentino’, señalamiento propio del chauvinismo local— aparece aquí como un recurso material-sensorial de entrada a la manipulación del objeto.

Y esta intuición, esta incomodidad ante las primeras marcas que dejamos sobre el dispositivo-libro, se acentúa en el mensaje que se devela al liberar los libros de su faja: “Todo texto es asesino / Todo lector es culpable” y resuena allí Frantz Fanon y su célebre “todo espectador es un cobarde o un traidor”, que aterrizó con fuerza en estas latitudes de la mano del Grupo Cine Liberación, quienes en el estreno de su obra máxima “La hora de los hornos” en el festival de cine de Pésaro de 1968, desplegaron una bandera con esta frase, lo que no solo provocó la conmoción entre los espectadores del festival sino que también instauró la pregunta sobre qué arte y qué política serían necesarias en los años venideros.…

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