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Bernardita Morello

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Verano con avispas

Enrique Lista

Si el paraíso tenía una perversa serpiente dentro, mal empezamos. Si te expulsan por probar el fruto del árbol de la ciencia, el asunto empeora. Distinguir el bien del mal o sentir la vergüenza de la desnudez son molestias que no precisaban de un castigo adicional para arruinar la estancia placentera. Si estás a gusto, mejor no (te) hagas preguntas. Estarás bien mientras no entres en detalles, porque el demonio está en los detalles.

A primera vista, si es que una primera vista inocente fuese posible, el libro de Bernardita Morello también prefiere evitar el logos: expulsa a la palabra del paraíso de la imagen, pues lo único que propiamente puede leerse (no sin cierta dificultad) es la palabra “eden” en barniz transparente, escondida en el interior de la camisa. El tamaño generoso y la tapa blanda hacen del libro un objeto bastante más flexible que una Biblia, de modo que esa expulsión no se hace tan violenta como la del Génesis. Nada impediría entonces un placentero discurrir entre abundantes motivos vegetales más o menos naturales, pero este “más o menos”, diabólico detalle, arruina desde el principio las expectativas. Pronto nos encontramos con el cartón piedra, el trampantojo, un corazón grabado para siempre y algunos otros engaños.

Llegados a la segunda de las tres partes del libro, ya no hay calma posible: una sucesión sin aire de franjas verticales, cortes de fotografías encabalgadas en una serie continua que anula la posibilidad de la pausa al pasar página. El ritmo ansioso de este sprint central no impide, sino que refuerza las tensiones de contraste entre unas imágenes que parecen moverse a través de rendijas (como quien mira un zootropo). Allí hay tierra, vegetación, piel, carne y cicatrices varias. Después, tomamos un respiro. Más aire. Más blanco, pero también más cielo, más luz, algo de agua y algunos restos que parecen haber venido a depositarse con cierta calma, como las imágenes parecen ahora depositarse sobre las páginas de la tercera y última parte del libro.

Aunque no lleguemos a un paraíso prometido, la cosa no acaba mal, aunque la calma consciente sea un bien escaso que no goza de tan buena prensa como la felicidad, tal vez porque puedan entrar en competencia. Es una cuestión de selección de expectativas. Tal vez no seamos muy dueños de lo que deseamos, pero no tanto por oscuras pulsiones interiores, sino por la limitación de la oferta de deseos entre los que escogemos para hacer nuestros, para invertir en ellos nuestra esperanza. Al deseo se lo cala pronto: como los políticos, promete más de lo que cumple. Además, en lo que se nos ofrece como deseable no es difícil detectar que son otros los que desean en nuestro nombre, de forma bien concreta, bien material o, incluso, bien materialista. Palo y zanahoria para tirar de la carreta.

No es buena idea comprar la literalidad de los relatos que prometen felicidad, ni el del un paraíso perdido al que se volvería en su versión celestial (ya sin serpientes), ni el del amor romántico (eterno en su idealista definición), ni los de los diversos paraísos terrenales para los que se nos pide algún módico peaje. Las retribuciones exigidas suelen ser mayores cuando la tentada es la mujer, que carga con la culpa originaria (eludida por su negligente compañero), con la esperanza del amor verdadero (que superará a la cruda realidad) o de placeres que se presentan como pensados para ella (cuando fueron pensados por ellos, para la satisfacción de sus miradas). Morello no imagina la búsqueda de la felicidad desde una posición neutral, sino desde una condición especialmente pertinente para entender las mecánicas (habitualmente productivistas) del deseo y búsqueda de la felicidad. Mujer viajera, ahora asentada y madre, deja en este libro las huellas de lo que también (o sobre todo) es un tránsito personal.

En lo que todos (los demás) podemos leer, recordamos que la felicidad suele ser felicidad perdida, que el amor romántico duradero suele ser platónico y que la promesa de placeres comerciales suele quedar atrás con el primer pago. Perseguir la felicidad personal, profesional, colectiva… es un impulso que nos mueve y con el que nos mueven, cierto, pero no veo en esto ninguna conspiranoia, sino una negociación. También nosotros ganamos al comprar una motivación, solo se trata de gestionar la compra de forma consciente, para que no sea necesario gestionar la frustración. Esto no es frialdad, es dotarse de las mismas armas que la otra parte del contrato. Si no hay más remedio que negociar el afecto, negociemos: neguemos el ocio, pues la felicidad nunca es del todo ociosa.

El regateo de retribuciones y recompensas no ha sido sin embargo la única estrategia en la búsqueda de la felicidad, del amor o de otros afectos. También podemos encontrar estrategias de renuncia. En términos fotográfico-amorosos, resulta significativo que la forma en que Walter Benjamin entendía el amor platónico fuese un reflejo casi perfecto de su definición de aura. Moraleja: mantén la lejanía de aquello que deseas, solo así evitarás perderlo (tan pronto como pretendas alcanzarlo). La fotografía, esa cosa que remite siempre a otra cosa, es también una tecnología del mantener distancias, de figurar lo deseado y de mantenerlo con ello inaccesible… Pero también pueden darse estrategias fotográficas laterales que, como artificio simbólico evidente, nos sitúen precisamente ante la artificialidad del paraíso, del amor y de la felicidad.

Saber que el verano es tiempo de sandías, pero también de avispas, no debería incapacitarnos para sentir durante el mismo ciertos destellos de placer. Las expectativas de que este dure, también lo sabemos, son uno de los principales obstáculos (siembre infinitos en este universo en el que las aceitunas tienen hueso) para que esos momentos se produzcan. Llegan cuando no se los espera, porque solo llegan si no se los espera.

eden es un libro sobre cómo disfrutar de un verano con avispas, el único que tenemos.


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Cómo citar:
LISTA, Enrique, “Verano con avispas”, LUR, 16 de mayo de 2020, https://e-lur.net/resenas-de-fotolibros/eden


Bernardita Morello (Esquel, Argentina, 1984). Se acerca a la fotografía en su ciudad natal y la estudia en Buenos Aires, donde comienza a trabajar como fotógrafa. Realiza pronto viajes a Europa, consiguiendo acceder a L’Ecole de la photographie d’Arles, formándose más tarde también en EFTI y Blankpaper. Su fotografía ha ido transitando de lo más documental (aunque siempre empático) a lo más personal y sutil.

Enrique Lista (Malpica de Bergantiños, España, 1977). Doctor en Bellas Artes (Universidad de Vigo), su tesis versó sobre la introducción de la Fotografía en el Arte Contemporáneo gallego. Desarrolla actividades como artista plástico y docente, además de colaborar en diversos proyectos culturales, como en FFoco Festival de Fotografía da Coruña. Es autor del ensayo Voz en off. Relatos en torno a los fotográfico (Muga, 2020).

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