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Viviane Sassen

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‘Pikin Slee’. Sombras sobre el río que fluye

Carmen Dalmau

Surinam es una república de América del Sur que fue la antigua Guayana Neerlandesa cuya lengua oficial es el holandés. Consiguió la independencia de Países Bajos en 1975. Surinam, a pesar de la época colonial, la deforestación llevada a cabo por las madereras en los años noventa y las fundiciones de aluminio, es considerado hoy uno de los paraísos naturales mejor protegidos en este castigado planeta.

Pikin Slee es una población rural sin luz eléctrica, sin agua corriente, sin vías asfaltadas ni acceso a internet. Se encuentra a orillas del río que da nombre al país. Fundada en el siglo XVIII por cimarrones fugados de las plantaciones, arrastra la dramática y vergonzante historia del esclavismo de la Europa colonial. La mayor parte de la población son Saramacca descendientes de esclavos africanos.

A veces cuando comenzamos a ser conocedores del pasado nos sentimos como Esteban Mesa al inicio de Cimarrón, la novela testimonio de Miguel Barnet:

Hay cosas que yo no me explico de la vida. Todo eso que tiene que ver con la Naturaleza para mi es muy oscuro, y lo de los dioses más.

Viviane Sassen es una reputada fotógrafa de moda neerlandesa que ha realizado sus últimas campañas para firmas de lujo como Louise Vuitton o Giorgio Armani.

En los puntos ciegos, en las sombras que proyectamos sobre los objetos, en los agujeros negros de nuestra historia se asientan los proyectos personales de Viviane Sassen, que residió hasta la edad de 5 años en Kenia, donde su padre ejerció como médico. Cuando nos enfrentarnos a cualquier tema de la historia colectiva necesitamos justificarnos interiormente.

Pikin Slee es un objeto sobrio y serio. Tapa dura, lomo marcado, entelado en un gris austero, muestra la fotografía de una hoja muerta en una gama de grises jugando con las texturas de la cubierta, como vestigio de un país de árboles altos y selvas, un ala de ángel caído, la crin de un animal herido, una pluma de pájaro lacerado.

Los bodegones con plásticos y los retratos de cuerpos granate oscuro con siluetas en sombras nos llevan a una doble reflexión, mundializados en una aldea global donde la desigualdad y las diferencias son cada vez más profundas.

El río Surinam desemboca en el Atlántico, dando nombre a este territorio a la vez que aísla al pueblo que lo habita. Y esta corriente está presente en las guardas de azul verdoso desde el momento en que abrimos Pikin Slee.

El río es un continuo fluir, como las páginas que vamos pasando. El agua va pasando y la vida con él. A sus orillas se recolecta, se cocina a fuego lento y se vive.

El libro no tiene horizonte, solo nos permite leer fragmentos que podemos encajar en el curso del río y descifrar a través de los contenedores más humildes de agua y alimentos, cubos, bidones, botellas, barreños de plástico, vestigios inestables que marcan otro ritmo entre la pobre cosecha que se nos muestra, los cocos y las palmas.

No vemos más que pistas del río y de la vida que transcurre entre una naturaleza que suponemos opulenta, pero que deliberadamente no se nos muestra. Hallamos la belleza en las cosas pequeñas que no hubieran llamado nuestra atención, en esos bodegones de cacharros sencillos.

Entre la galería de retratos pocos nos miran de frente. Hay cuerpos fragmentados, como el paisaje y los edificios, pies que emergen a la superficie desde un cuerpo sumergido en las aguas, una mano entre la vegetación que traza elipsis abstractas, un tejado, una esquina.

Una mujer a la que podemos mirar, pero que no sabemos si ella nos vería, mimetizada con una planta a sus espaldas como queriendo desaparecer. Una figura salida de la oscuridad sujetando un círculo blanco, tan blanco como el blanco de sus ojos. Y poco más, el resto no mira al espectador, ausentes,  y deja que su figura germine desde las aguas y las sombras.

Siempre es conflictivo representar la mirada del otro y tomar la justa distancia en el hecho colonial. El Otro y su representación cuestionan cada vez más nuestra realidad.

El imaginario occidental de los otros, tan codificado desde la época colonial, se trata aquí desde los matices y tonalidades de la piel oscura, contrastada con fondos o notas de azul, verde, rojo, amarillo, y construido sobre los vestigios de su habitar, más asépticos, más cómodos de inventariar.

Los objetos muestran su agotamiento y sus magulladuras, frente al brillo y lo pulido de nuestro mundo globalizado, todo lo exuberante y vegetal de ese paraíso queda suprimido.

Y por eso es clave el índice final donde se da forma científica a todas las posibles fantasías que las páginas anteriores hubieran podido suscitarnos. El tono del papel vuelve a ser ese azul verdoso de las primeras guardas, como el agua del río Surinam.

Las imágenes en las páginas que hemos ido pasando se disponen en un friso de tres filas con un pie de foto que las identifica.

Las primera imagen es el río que pasa y se titula Mirari #2. Mirari, derivada del latín y evocando milagros, significa contemplar con admiración y asombro. Le sigue Mikado que resuelve el enigma visto como posible resto de un naufragio, nombrando un juego. Almando azul y Goón, quizá otro juego. La serie termina con una imagen más legible, cuchara.

En esta primera fila advertimos la geometrización de las formas al ver las imágenes del libro una junto a otra constante repetida a través de las demás filas. El círculo de Goón encaja con el círculo de los cuencos en la siguiente página. Las líneas estriadas con las líneas estriadas rotas por el cuerpo de espaldas, los contrastes de triángulos marcados entre el blanco y el negro, los pliegues del pañuelo al cuello con las formas vegetales.

En la tercera fila las piezas del puzle parecen comenzar a formar un territorio cuyo paisaje aún nos cuesta identificar, y todavía más, si hemos acudido a los territorios de ultramar con una mirada contaminada imposible de olvidar.

Coco, receptor de sol, Miró, cosecha, Rorscharch, lok, un girón de lona con forma vegetal que enlaza con las hojas de palma de la página contigua. 

Seguimos fascinados con el curso de las imágenes y nos encontramos con columnas y tortitas de yuca secándose al sol, impluvium, sueños, velas y canción del tiempo.

Finalmente la vida pasa y el río fluye.

En este modo de nombrar las imágenes, encuentro cierto juego poético a la vez que pragmático. Cuando un tronco caído nos evoca una columna, un espejo desvencijado un contenedor de luz, las sombras proyectadas sobre el vestido de una mujer un test psicológico y una cuerda ordenada al azar las líneas de una obra de Joan Miró, es difícil mirar con virginidad el territorio que habitan los Otros.

Paul Gauguin en Noa Noa, La Isla Feliz, deslumbrado por la naturaleza que le rodeaba se preguntó si podía limpiar su mirada occidental de todo el bagaje acumulado que codifica lo que vemos con reglas de perspectiva y gamas cromáticas y nos impide gozar de lo que nos rodea con plenitud salvaje. ¿Puede acaso comunicarse este paraíso de otra manera que a través de líneas coloreadas? Vivian Sassen ha optado por representar el paraíso en gama de grises, con apenas algún toque de policromía que recuerde el esplendor.

Cómo citar:
DALMAU, Carmen, «‘Pikin Slee’. Sombras sobre el río que fluye», LUR, 19 de mayo de 2021, https://e-lur.net/resenas-de-fotolibros/pikin-slee


Viviane Sassen (Países Bajos, 1972) vive y trabaja en Ámsterdam. Apreciada fotógrafa de moda, que inició su carrera como modelo y recibió en 2015 el premio David Octavius Hill de la Academia de Fotografía Alemana. Combina sus trabajos de moda para marcas internacionales con proyectos de fotografía centrados en el imaginario africano y en el poder de las sombras.

Carmen Dalmau Bejarano (Madrid, España, 1960). Licenciada en Historia del arte e Historia moderna y contemporánea. Comisaria independiente de exposiciones y crítica de arte.

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