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Los ‘paisajes de Dios’

Ros Boisier
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Encuentro con Roger Grasas

Roger Grasas reflexiona en Ha Aretz sobre el papel de la religión y la fe en el siglo XXI en un mundo dominado por el consumismo, los dispositivos digitales y los medios de comunicación de masas y en el que el poder y la violencia económico-ideológica determinan el presente y el futuro de nuestras sociedades. Grasas ha dedicado una década a su investigación visual y a representar, desde una distancia discreta y calculada, los ‘paisajes de Dios’ en un presente bastante alienado eligiendo con aguda inteligencia las decisiones estéticas y editoriales de su trabajo.

Roger Grasas utiliza las sagradas escrituras y las referencias a los paisajes de Tierra Santa para fotografiar los ‘lugares exactos’ en los que ocurrieron las escenas bíblicas. El fotógrafo viaja por Egipto, Jordania, Israel, Palestina, Líbano y Siria tras las imágenes de una antigüedad mestizada por la consolidación capitalista, la alienación tecnológica, el turismo de masas y por el propio peso de su Historia.

Ha Aretz es un libro en el que las correspondencias culturales (para quienes hemos crecido en países donde la iglesia católica ha obrado con gran influencia) se activan al reconocer en la relación entre las fotografías y los textos un imaginario consabido generado como una ficción con respaldo histórico que encuentra sus vestigios en Oriente Próximo.

Durante los años 2010 y 2020 viajaste por los estados de la antigua Tierra Santa para fotografiar los lugares donde acontecieron los principales hechos que conforman los textos sagrados. ¿Qué fue lo que te motivó a buscar y fotografiar estos lugares? ¿Cómo surgió el proyecto y cómo valoras su evolución?

Ha Aretz nació alrededor de 2010, coincidiendo con mis primeros viajes a la región de Oriente Próximo y Tierra Santa. En esa época yo estaba residiendo relativamente cerca, en Arabia Saudí, donde llevaba algunos años trabajando como fotógrafo. Allí había iniciado mi anterior proyecto fotográfico, Min Turab, una investigación acerca del petróleo en el contexto de las monarquías de Oriente Medio y del Golfo Pérsico. A lo largo del siglo XX el petróleo ha representado la base de todo un sistema de producción capitalista y de progreso tecnológico. Me interesaba el contrasentido de que siendo un producto natural que la propia tierra crea muy lentamente en la escala geológica de millones de años, una vez el ser humano lo extrae del subsuelo y lo monetiza es capaz de transformar todo aquello que hay por encima de la superficie: el paisaje. A través del territorio urbano e interurbano, Min Turab analizaba la radical transformación que la masiva entrada de ingresos generados por el petróleo había infligido en una sociedad tan ancestral como aislada. En cuestión de pocas décadas la cultura beduina de la península arábiga había experimentado un cambio de paradigma excepcional, alejándose de un estilo de vida tradicional, austero y nómada para abrazar a golpe de talonario el consumismo más feroz, la tecnología más sofisticada y la hiper-urbanización. Este contexto daba rienda suelta a una serie de paradojas que fueron objeto de mi investigación. Durante ese período, yo transitaba pues entre algunas de las urbes más modernas de la historia de la humanidad. Metrópolis futuristas como Dubai, Abu Dhabi, Doha, Riyadh, etc., algunas de las cuales hace poco tiempo no eran más que pequeños pueblos de pescadores o silenciosas ciudades-oasis en medio del desierto.

Recuerdo que la restrictiva vida que practicaba en Arabia Saudí era bastante asfixiante. Un ejemplo: cuando llegué al país estaba incluso oficialmente prohibido fotografiar en las calles. En cuanto podía me subía a un avión para hacer una escapada a algún país cercano. En una de estas me planté en Amman y de allí pasé a Palestina en coche para descubrir Jerusalén, corazón de Tierra Santa y ciudad sagrada de los tres grandes monoteísmos: aquí se gestó la semilla de Ha Aretz. Desde el momento en que pisé la ciudad antigua de Jerusalén me impresionó el turbador peso de la historia. Viniendo de ciudades tan huérfanas de pasado como Dubai o Doha, me fascinó la enorme presión ejercida por tantas capas de historia. Fue por ello que en su preámbulo la serie se planteó como un homenaje a las ciudades más antiguas de la humanidad: Jerusalén, Jericó, Belén, Nazaret, Damasco, Biblos, Amman. Con respecto a Min Turab se esbozaba  una relación directa y evidente, muchas veces por contraste u oposición. A nivel social, político y sobre todo económico eran dos mundos completamente diferentes, pese a su relativa cercanía. El nuevo proyecto también dirigía su foco hacia ese momento clave en la historia de la humanidad que se dio con el paso del nomadismo al sedentarismo. En esa radical transformación el ser humano abrazaba ya de lleno la seducción del intercambio y de la tecnología, pero de algún modo también empezaba a perder cierto sentido de la libertad. Por último, advertí que si en mi anterior trabajo el eje central del discurso se asentaba en la materialidad del petróleo (transformada en ‘deseo’ gracias a la lógica del sistema capitalista) en Tierra Santa el núcleo del trabajo residía en la potente capacidad simbólica y abstracta del homo sapiens: la fe. Ha Aretz es, en definitiva, un estudio sobre la fe humana en su faceta espiritual y religiosa.

Lo que me motivó a dedicar tantos años a fotografiar estos lugares fue esa potencia, casi destructiva, de la acumulación de la historia en la que el carácter emocional e interior de lo humano, a partir de la fe, se había vuelto en contra generando una región malherida, llena de odio y rencor. El  proyecto surgió pues casi como una precuela de Min Turab. Si en este último se sugería una crítica del materialismo capitalista, aquí en Ha Aretz trataba de poner en jaque el rol de la fe en un mundo contemporáneo en el que la ciencia lo explica ya casi todo y la tecnología lo hace posible. Ha Aretz aborda la cuestión de cuál es el rol de la religión en el siglo XXI cuando el capitalismo y la tecnología parecen dominar y dirigir el planeta. Vinculaciones con el nacionalismo y con la cuestión racial están también presentes aunque en un segundo plano, a modo de segundas derivadas que no hacen más que agravar la situación de unos paisajes que destilan apatía, pesimismo y desilusión. Hechos distintivos como la lengua, la cultura o la raza han creado estorbos insuperables durante buena parte de la historia humana, pero en Ha Aretz la desdicha de unos paisajes bíblicos inquietantes, marcados por la desolación, el rencor, la alienación o la paradoja apuntan hacia un abandono de la fe religiosa en aras de su sustituto más natural: la tecno-ciencia.

¿Qué nivel de fidelidad histórica te propusiste que tuviera el proyecto y qué metodología te ayudó a ello?

Para articular esta revisión minuciosa sobre el origen y la cuestión de la fe recurrí al hilo argumental del libro más publicado y vendido de todos los tiempos: la Biblia. Esta decisión estratégica me permitió introducir una metodología narrativa muy sencilla: el proyecto consistiría en reinterpretar fotográficamente, veinte o treinta siglos más tarde, los paisajes en los que —según los historiadores especialistas de los textos Sagrados— habrían tenido lugar (supuestamente) los hechos más célebres del Antiguo y Nuevo Testamento. Partiendo del Génesis y del Éxodo, para continuar con los Libros de los Profetas de Israel, y concluyendo en los Evangelios con el nacimiento, la vida, los milagros y crucifixión de Jesucristo, el gran reto de Ha Aretz consistió en localizar de manera casi científica los escenarios de la fe judeocristiana para fotografiarlos bajo el tamiz de las implacables coyunturas del capitalismo, la globalización, la tecnología, el turismo de masas o el conflicto bélico.

Mi intención consistía en poner bajo sospecha esa idea característicamente occidental y judeocristiana del progreso (histórico) lineal. Planteando una íntima resonancia con los textos bíblicos, esta serie aspira a ofrecer una reflexión visual sobre esta idea en unas  regiones —tales como Galilea, Samaria o Judea— que son el epicentro de las culturas judía y cristiana. Al mismo tiempo, las imágenes atestiguan el poder implacable que el capitalismo, la tecnología y la guerra ejercen en nuestros tiempos.

La fotografía es siempre una encrucijada espacio-temporal. Al fotografiar la misma localización en la que milenios atrás sucedió algo relevante para el imaginario judeocristiano, mantenemos fija la dimensión espacial acentuando, en esa brecha temporal, el sentido histórico y de progreso que subyace en la médula del proyecto. A nivel práctico, para Ha Aretz realicé una decena de viajes a través de los países que conforman la histórica Tierra Santa y son citados en la Biblia o la Torà: Israel, Palestina, Jordania, Egipto, Siria, Líbano, Chipre, Arabia Saudí, etc. De Belén a Damasco, de la península del Sinaí al Mar de Galilea o del río Nilo a la cuenca del Éufrates, las principales regiones de los monoteísmos judío y cristiano nos ofrecen en Ha Aretz una lectura de la fe religiosa que, contrariamente a sus principios y valores, se descubre como fuente de discordia, hostilidad e injusticia. Los paisajes sagrados que  fotografío se perciben desgarrados entre fronteras disputadas, basculando entre el vacío existencial, el sufrimiento de la guerra o la mercantilización del ocio. Igual que la historia, comercializada frívolamente en Tierra Santa, sus paisajes son devorados por la máquina insaciable de la sociedad del espectáculo y la disneylandización.

Durante los dos primeros años de elaboración del proyecto realicé una intensa investigación a partir de estudios y publicaciones de historiadores de la religión, críticos bíblicos, especialistas en Tierra Santa, arqueólogos, etc. Una vez seleccionadas las historias y relatos más célebres de las Sagradas Escrituras me dispuse a localizar geográficamente dónde (se supone) habían tenido lugar dichos eventos. Suelo basar mi método de trabajo en la deriva aplicada al viaje, esa práctica situacionista en la que el ‘paseante’ se desplaza por el territorio saboreando el paisaje, pero sin una ruta o una finalidad previas. La deriva es para mí una puerta de acceso a diferentes manifestaciones; una forma de hacer brotar imágenes. Proyectos como Min Turab o especialmente Atenea destilan en su concepción este carácter intuitivo, casi performativo. En Ha Aretz, sin embargo, tenía que invertir el método puesto que las escenas estaban meticulosamente elegidas y localizadas de antemano.

En el origen del proyecto descubrí unos textos con un elevado componente de mito, leyenda y simbolismo. Y aunque mi objetivo no es histórico, en la mayoría de las fotografías existe un elevado nivel de precisión entre el lugar donde (supuestamente) sucedió el hecho bíblico y la localización geográfica de la escena fotografiada en la actualidad, dos o tres mil años después. El carácter de hipótesis o presunción se plantea capital en este trabajo para confrontar la noción absoluta de la fe religiosa monoteísta.

Ha Aretz inquiere también acerca del lugar de la ciencia en relación con dichos mitos, hipótesis o grandes relatos. En el libro se descubren algunos ejemplos de geomitología, la disciplina que utiliza la ciencia para buscar los orígenes de las leyendas religiosas, como el caso del Diluvio Universal, del que existen cientos de relatos similares sobre inundaciones en todo el mundo. Asimismo, investigadores del Centro Nacional de Investigación Atmosférica de EE. UU. creen que un viento fuerte del Este pudo hacer retroceder las aguas de un antiguo río que se fundió con una laguna costera en el delta del Nilo, lo que permitió cruzar el Mar Rojo a los israelitas con Moisés a la cabeza (libro del Éxodo).

¿Hubo lugares que no lograste localizar o que decidiste no fotografiar?

Sí, no pude fotografiar algunos lugares de la antigua Babilonia y Mesopotamia (al sur del actual Irak). Fueron localizaciones descartadas por cuestiones logísticas y de seguridad. Para compensar esos enclaves me desplacé a un par de lugares relativamente cercanos y narrativamente muy vinculados con esos pasajes de los Textos Sagrados, en el vecino estado de Kuwait y en el Reino de Bahrain. Lo interesante fue ver esa fractura entre la narrativa sagrada y la apariencia actual del terreno en la que esa historia tuvo lugar. A veces se daban curiosos encuentros o ‘serendipias’, como encontrar un extenso muro en el emplazamiento donde supuestamente se dio el paso de los israelitas a través de las aguas del Mar Rojo, o un coche abandonado en el camino donde el ‘buen samaritano’ recogió y curó las heridas del judío asaltado por unos bandidos.        

Al final fueron un centenar las historias bíblicas que fui a localizar sobre el terreno.

¿De qué manera la historia, el significado y el imaginario visual de los lugares que fotografiaste influyeron en tu mirada?

En mis proyectos fotográficos utilizo las extrañezas e incoherencias del paisaje urbano o interurbano con la intención de desenredar los modos y significados de nuestra sociedad contemporánea. A través de la construcción (o destrucción) del paisaje, mi mirada representa el esfuerzo —a veces infructuoso— por ordenar la realidad y comprender la especie humana. A través del territorio intento articular una información relevante acerca del ser humano que lo habita y lo altera. Normalmente me sirvo de la ‘huella’ de lo humano en el paisaje y el territorio. Mi mirada se dirige hacia ese mundo humano  artificializado, tecnificado y construido a partir del mundo natural. Esa tensión entre naturaleza y cultura genera la perplejidad social y política que me interesa. La base de mi trabajo no es más que la realidad, con toda su complejidad, y aunque en Ha Aretz hay una resonancia temporal, lo que analizo es el presente.

Durante parte de mi infancia recibí una educación religiosa. Es posible que este hecho se manifieste en este trabajo, seguramente en una dirección crítica. Pero el imaginario de la fe religiosa ha influenciado mi actitud fotográfica del mismo modo que las representaciones capitalistas de la publicidad o el consumo hayan podido influir en cualquiera de mis otros trabajos. De hecho mis series acometen, de una u otra manera, siempre la misma temática: la complejidad del ‘capitaloceno’ y el carácter cada vez más extraño de un mundo en el que la tecnología avanza a una velocidad superior a la de su asimilación. Paul Virilio, que reflexionó acerca del carácter intrínsecamente violento de la velocidad, decía en una famosa cita algo así como que inventar el avión equivale a inventar el accidente aéreo. Cada tecnología conlleva asociada su patología o accidente. Pero cuanto más veloz es —yo añadiría, ‘o se transmite’— la tecnología, más trágico se hace su accidente. La fotografía también es una tecnología y su accidente lo estamos sufriendo en varios frentes, como en la masificación visual de las redes sociales, la virtualización de las relaciones sociales, el fenómeno creciente del fake en los mass media o incluso en la asepsia colectiva que genera en algunos casos la representación visual del drama o el dolor ajeno.

Según tu experiencia y la perceptiva temporal que te aportan los diez años que has estado viajando a esos países, ¿cómo percibes que la historia, los significados, los imaginarios y creencias sobre la antigua Tierra Santa influyen sobre la vida de las personas que viven allí?

La influencia de la historia y las creencias en la vida de los habitantes de la región de Oriente Próximo es absoluta. Es sabido que la cultura hace a los humanos más diferentes de lo que son por naturaleza, pero algo se rompió cuando llegaron los monoteísmos. Se pasó de un concepto de verdad débil (la de los politeísmos), a otro de verdad absoluta (o mi Dios o el tuyo) que no ha cesado de derramar sangre durante más de dos milenios. Esta relación entre religión y odio se remonta al Antiguo Testamento, pero sigue muy vigente en nuestros días y de manera flagrante en Tierra Santa. Los grandes relatos del judaísmo, cristianismo o islam se han servido, además, del imaginario de la violencia, el mal y el pecado para reforzar sus cimientos. El monoteísmo representa la enajenación del ser humano consigo mismo y con sus instintos.

En este sentido, Ha Aretz confronta tanto a la fe religiosa como a la maldad humana. Es importante y urgente desvelar las causas que a lo largo de la historia han incitado a los humanos a odiarse por sus diferencias de credo, de raza o de ideología. La intolerancia y la vileza humanas quizás provengan de la custodia a ultranza de una ortodoxia moral basada en la salvaguarda de unas costumbres y virtudes que en su esencia no son más que símbolos. Lo mismo que hace grande al ser humano –su carácter de animal simbólico– lo convierte así en miserable. Si en lugar de preceptos morales las sociedades se construyeran a partir de códigos éticos, quizás el mundo sería más justo y menos violento. Violencias hay de muchos tipos, pero la construcción de los grandes relatos violentos de la moral fue obra de los monoteísmos.

He leído en algunos textos sobre tu trabajo que tu mirada preserva una “distancia necesaria” y que todas tus imágenes “captan la espiritualidad fallida de esos lugares” que fotografías. En relación a esa distancia, ¿cómo se relaciona esta con el registro fotográfico que elegiste para el proyecto?

La noción de distancia la planteo tanto en clave metafórica (de acercamiento psicológico, emocional  o empático), como también literal (la distancia física) o incluso visual (a partir de la elección de la distancia focal de los objetivos utilizados en cada escena que en este trabajo es muy heterogénea). Mi mirada suele identificarse a veces con la tendencia relativamente contemporánea de la deadpan photography. A partir de la frontalidad, las luces mundanas, los colores suaves o la casi anulación de la instantánea, esta corriente —aparentemente despojada de expresividad— provoca interrogantes desde una presunta neutralidad y parece querernos decir que las cosas son simplemente de esta manera. Cual lobo con piel de cordero, esta actitud visual puede antojarse impávida o aséptica pero no por ello menos cargada de significación, crítica o incluso emoción.

Ha Aretz no quiere señalar, sino más bien abrir la lectura a múltiples capas e interpretaciones. Respeto mucho el famoso dogma de Robert Capa que postula la relación inversa entre la calidad de una fotografía y la distancia a la escena fotografiada. En mi caso, esta regla no me funciona.

Para encontrar el punto de equilibrio entre una mirada aparentemente neutra o aséptica (que otorga por contra autoridad al lector) y una imagen con suficiente carga semántica o emocional tengo que encontrar una distancia; ni muy corta, ni demasiado lejana. Ha Aretz ha sido un buen ejercicio para encontrar esa distancia exacta.

En cuanto a la ‘espiritualidad fallida’, ¿qué aporta esa distancia y ese registro a esta percepción, es algo que tuviste presente durante el trabajo en terreno o es una interpretación posterior, obtenida en la revisión de las fotografías?

La distancia y la mirada que hay en Ha Aretz buscan generar dudas más que aportar respuestas. En realidad no hay respuestas posibles, pero el ejercicio de la duda es aquí casi cartesiano. La espiritualidad fallida no es más que la constatación de una ilusión que se desvanece porque en el ámbito de la fe religiosa el ser humano no sabe ya creer bien. La religión se ha desplazado a un plano casi político o ideológico, cuando no nacionalista o patriótico. Eso es un a priori en mi proyecto, las fotos no pretenden ni siquiera demostrarlo.

La secuencia fotográfica y puesta en página del Ha Aretz está bastante esquematizada: sitúas las fotografías a la misma altura de las páginas intercalando derecha e izquierda (como las citas extraídas de los textos sagrados), algunas veces confrontas las imágenes, otras, muy pocas, utilizas las dos páginas para fotografías a sangre. ¿Cuál ha sido el hilo conductor desde el cual has articulado la secuencia del libro y qué importancia le has dado a la estructura inicio-fin?

En la conceptualización, edición y secuenciación de mis libros me gusta trabajar estrechamente en equipo con mis colaboradores: comisarios, editores y diseñadores. He tenido la suerte de trabajar con grandes profesionales y mi confianza es plena en su trabajo y sus decisiones. Antes de mi exposición individual en PhotoEspaña 2018, comisariada por Natasha Christia, Ha Aretz ya se había expuesto en algunos festivales  y gracias a la excelente colaboración con ella existía un trabajo previo muy sólido. En el momento de plantearse el libro, decidí trabajar de nuevo con el editor Gonzalo Golpe. Con él se conceptualizó el libro como objeto y se adaptó la edición fotográfica al soporte libro. Posteriormente trabajamos muy a fondo la selección de las citas bíblicas. Paralelamente  entró el equipo del estudio de diseño editorial underbau para la edición final, secuencia, puesta en página y diseño. El proceso ha sido largo, pero también gratificante. Ha merecido la pena.

Al final del libro hay un cuadernillo con textos de carácter historiográfico relacionados con los lugares que fotografías, ¿a qué responde la decisión editorial de no incluir esos textos en la secuencia?

A mi entender, los textos historiográficos del cuadernillo final son esenciales para la comprensión integral del proyecto en su dimensión documental. A partir de mis explicaciones referidas a cada una de las localizaciones fotografiadas, los textos fueron escritos por Liza Piña, académica del departamento de Estética en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (Chile) y especialista en Textos Sagrados. Liza llegó al proyecto casi por casualidad. Descubrió el proyecto cuando gané el Premio Descubrimientos PhotoEspaña 2018 y me escribió para interesarse. A partir de aquí surgió una relación ‘epistolar’ que desembocó en la propuesta de redactar los textos historiográficos. El trabajo mano a mano con Liza fue intenso y complejo, su erudición aporta una capa de sentido que en diálogo con las imágenes potencia la interpretación final. La decisión editorial de no incluir esos textos en la secuencia fue de Gonzalo Golpe. El cuadernillo solucionaba varios ‘problemas’: invitaba a una lectura expandida de lo que sucedió según la narrativa bíblica en cada localización concreta y además descargaba de texto la tripa del libro, dando todo el protagonismo a las imágenes. Por último, al ser un cuadernillo extraíble e independiente del libro permitía una lectura conjunta o en paralelo de estos textos con las fotografías de la secuencia. A partir de aquí, Juanjo Justicia y Pablo Suárez, los ‘magos’ de underbau, dieron rápidamente con una solución física y visual sencilla a la vez que funcional y elegante.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Estoy ultimando los detalles de la publicación de Hotel, Sweet Hotel, un proyecto en el que he estado trabajando desde el año 2000 y que va a publicarse muy recientemente con Ediciones Posibles. Consiste en una amplia colección de más de doscientas fotografías de habitaciones y dependencias de casi todos los hoteles en los que me he alojado a lo largo de dos décadas de viajes por el mundo. Situándose en una zona ambigua entre disciplinas tan diversas como la sociología, la geografía, la arquitectura o la psicología, la serie plantea un tributo al viaje y a la virtud de la hospitalidad, poniendo sobre la mesa ideas y conceptos como la diferencia, la globalización, la soledad o la complicidad del viajero con un espacio que se convierte en hogar temporal. Con una mirada casi taxonómica y oscilando en la polaridad entre interior y exterior —ya sea a través del marco físico de la ventana, las omnipresentes pantallas del televisores, la computadora o el smartphone—, en Hotel, Sweet Hotel la gran variedad y eclecticismo de estancias y habitaciones apunta hacia una cierta antropología del viaje. Es un trabajo que desprende mucha lírica y a diferencia de Ha Aretz también cierto sentido del humor.


En esta sección de entrevistas breves, Ros Boisier nos acerca a la obra de autoras y autores que poseen un trabajo fotográfico de interés.

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