
Incapacitadas para distinguir entre actitud y anatomía, entre cuerpo y contexto, los algoritmos de las redes sociales censuran indiscriminadamente tanto los senos de una modelo en una revista pornográfica como en un anuncio de autoexamen de mamas.[^1] No diferencian entre un primer plano de unos genitales tras una agresión sexual y una recreación de L’origine du monde de Gustave Courbet. Para poder identificar la tipología del contenido, estas plataformas cuentan con personas encargadas de revisar las publicaciones denunciadas. Con ello, sin embargo, no termina la polémica sobre el veto de fotografías que violan las reglas de la comunidad sobre desnudez.
Artistas y usuarios exploran vías para publicar sus imágenes libres de lo que consideran es una injustificada y desproporcionada reprobación sobre el cuerpo humano, concretamente femenino. Revelarse ante las restricciones de representación implica intervenir la imagen una vez producida. Pintar pezones o eliminarlos con programas de edición son una vía para colar la imagen del desnudo en estas plataformas, a la vez que indican los límites políticos de lo que está permitido ver. La fotografía es la misma, solo unos milímetros de la imagen han sido modificados. Esta mínima intervención le permite pasar de la obscenidad a lo tolerable. Es lo que los autores de las fotografías consideran un planteamiento moral absurdo: ¿Qué peligro supone para la sociedad mostrar la parte más oscura de un pecho femenino (que no masculino)?[^2] Con todo, las restricciones más que evitar y eliminar lo prohibido contribuyen a su exhibición bajo otras formas.
En la serie de fotografías de Pixon Project,[^3] del granadino Manuel Ceballos, lo que menos importa es el desnudo femenino que se intuye mirándolas a cierta distancia. Al acercarnos, entre el manto de pixeles desenfocados descubrimos un pezón que ha quedado intacto. Es la única parte de la imagen definida. Su autor en vez de buscar formas creativas para filtrar desnudos en Instagram, invierte el orden de la censura: pixela toda la imagen menos los pezones. De esta manera, mostrando solo lo reprobable, desafía las convenciones de Instagram y explora los límites de lo censurable. La imagen deja de ser un desnudo natural o erótico para devenir en una representación de la censura. Habida cuenta de que la pixelación deliberada ha sido tan utilizada en la era digital en publicaciones y noticiarios, es para todos considerada un sinónimo de censura.
Las imágenes de los desnudos no han sido creadas por Ceballos porque la cuestión de este trabajo no atañe al elemento prefotográfico, es decir, a esas mujeres que posaron delante de la cámara. Prescinde de igual forma del estilo del autor de las fotografías. Si han sido recolectadas es por su relación con lo prohibido. La intervención de Ceballos las resignifica por completo, han dejado de ser ellas mismas (índice) para actuar como símbolo que invoca a las demás fotografías censuradas. Sin embargo, no por mucho tiempo son visibles: Instagram elimina las fotografías y finalmente cierra la cuenta del proyecto. Pero en una imagen en la que tan solo es perceptible el pezón, ¿cómo distinguen los algoritmos de esta red social si se trata de un cuerpo femenino o masculino? Quizá no lo hagan y sean usuarios de la comunidad quienes con sus denuncias expulsen las imágenes de la red. Si en efecto es así, el conflicto no es entonces tecnológico sino humano. No es solo que los algoritmos estén confundidos, es innegable que hay una cierta intolerancia social hacia este tipo de imágenes en las redes sociales. Resulta como mínimo paradójico que un torso desnudo genere tanto rechazo, al mismo tiempo que son retransmitidos programas de televisión con tintes sexuales en prime time o en videoclips supuestamente aptos para todos los públicos. ¿Qué motiva la aceptación de un contenido y el rechazo de otro?, ¿dónde poner los límites?, ¿quién lo decide? y ¿de qué manera?
La censura como adorno

Seguramente llama la atención tanto lo que se muestra como los modos en los que se oculta —y lo que se oculta—. Un caso paradigmático es la revista tailandesa erótica Siam’s Guy que durante los años sesenta y setenta fue censurada de una forma peculiar por el personal encargado de controlar que las fotografías cumplieran la normativa que prohibía el desnudo integral. Los lectores de la época estarían acostumbrados a recibir la revista erótica llena de dibujos. Sin embargo, para la mirada extranjera del artista francés Tiane Doan na Champassak estas imágenes son una rareza. Tras hojear su contenido quedó fascinado por las intervenciones que alteran las imágenes y que desplazan por completo el foco de interés de la imagen. Recopiló y escaneó más de cuatro mil pechos y genitales buscando la calidad estética de la edición a mano con las que habían sido cuidadosamente censurados. Dibujos de mariposas, flores y figuras geométricas de varios colores se convertían en el verdadero componente ‘artístico’. Ante tal ornamento es inevitable no preguntarse por el extraño impulso que motivó aplicar un trámite con esmerada creatividad: ¿Un pasatiempo para amortiguar el aburrimiento al que conduce la acción repetida?, ¿un improvisado recurso para evitar mitigar el encanto de la imagen con la censura?
Los fotógrafos o editores de las revistas podrían haberse ahorrado las intervenciones si hubieran fotografiado a las modelos en ropa interior o con cualquier otra prenda acatando así los estándares del momento, pero entonces estarían renunciando a su propuesta original. En vez de sucumbir a la censura tienden a evidenciarla. En la misma imagen dialogan (o discuten) lo prohibitivo y la prohibición, la intencionalidad del autor o del comitente y las normas de difusión. El resultado es fruto de los dos intereses, en una suerte de autoría compartida. En un tercer plano tenemos a la mujer y su cuerpo como detonante de la discusión. Todos son anónimos, se trata del fotógrafo, el censor y la mujer como conceptos y como entidades. Las fotografías publicadas en Siam’s Guy no distan mucho de las fotografías que podríamos encontrar en cualquier otra revista erótica de la época o incluso de la actualidad. De igual forma, los fragmentos anatómicos de la mujer no tienen una identidad determinada, tampoco asoma un ápice de subjetividad. Pertenecen, más bien, a ese ideal de mujer de fantasía estándar. Entre tanto patrón destaca por su particularidad la censura, que más que un gesto de reprobación parece un divertimento de los censores.
Corregir las ‘faltas’

El control en la representación del cuerpo femenino no se limita, no obstante, a las fotografías eróticas. En los países árabes —como en la España franquista— las restricciones se aplican también a las revistas de moda y portadas de álbumes musicales y filmes occidentales importados. Las que están en formato digital si no encajan con los estándares se retocan con programas de edición añadiéndoles los centímetros de tejido que les ‘falte’. Los tops con profundos escotes se convierten en camisetas que cubren sus hombros y llegan hasta la base de su cuello y el inicio de su cadera, mientras los shorts y las minifaldas se estiran hasta los tobillos. Los discos de las estrellas pop estadounidenses ponen a prueba sus habilidades y conocimientos de postproducción, un ejercicio que no siempre es superado sin dejar vestigios del retoque. Los ojos más entrenados pueden apreciar cómo las clonaciones de la ropa arrastran arrugas del tejido reproduciéndolas a lo largo del top digitalmente alargado. Las más imposibles, aquellas en donde la exposición es tan extrema que es más práctico recortar que añadir, se opta por reducir la imagen a un primer plano del rostro de la cantante. De esta manera, mientras la censura oculta lo considerado inapropiado, la manipulación en la era digital oculta la propia censura. Esta alteración invisible es una forma imperceptible de control que preserva la apariencia de libertad.

Cuando llegan impresas son los propietarios de los quioscos los que, bajo su parecer y con bolígrafo o rotulador, ‘corrigen’ las imágenes de las revistas antes de ponerlas a la venta. A falta de tejido, las tapan manualmente hasta cumplir con el criterio social. Esta improvisada forma de reprobación, tan habitual para las lectoras que no reparan en ello, crea unos atuendos inexistentes. Durante un viaje por Oriente Próximo iniciado en 2008, el artista alemán afincado en Suiza, David Siepert, se fijó en estas extrañas e inspiradoras fotografías de moda censuradas. Al igual que Champassak, a Siepert le llama la atención el tiempo y energía que dedican a veces los dependientes de las tiendas en censurar las fotografías. En los siguientes tres años, en los que visitó Dubai, Arabia Saudita, Bahrein e Irán, coleccionó una serie de anuncios de Dior, Calvin Klein, Donna Karan y Versace con ropa que podría ser comprada en esos países, los llevó a sastres de El Cairo y les pidió que cosieran los atuendos exactamente según la imagen, incluyendo los tachones insertados, y dejando a su libre interpretación aquellas partes no visibles en el anuncio, como la parte trasera. La censura deviene en parte esencial de las nuevas prendas. El artista selecciona los anuncios en los que las intervenciones se ajustan a la imagen de una forma sorprendentemente creativa. De esta manera, la colección de moda Censores Dresses adapta los diseños de Occidente a las creencias de Oriente, es decir, tiende puentes entre ambos. En una segunda fase, Siepert fotografía los diseños recreando la estética original de las revistas mostrando, esta vez sí, diseños existentes.

Reacciones ante el ornamento y la corrección
En estos ejemplos, tanto las fotografías de moda como las fotografías eróticas son censuradas porque las mujeres que aparecen no están suficientemente vestidas: hay demasiada piel expuesta. Para los censores de Siam’s Guy la representación de la mujer es aceptable si son cubiertas sus aréolas y su sexo. Mientras, para los censores de Oriente Próximo, el cuerpo de la mujer debe cubrirse en su totalidad, exceptuando las manos, los pies y el rostro. En definitiva, se trata de un ajuste que somete a examen la exposición del cuerpo femenino para evitar la reacción que se prevé generará. Todo ello indica que la censura anticipa al público al que va dirigida la publicación y anticipa también su reacción.
Las intervenciones tratarían de suspender el cometido de la fotografía erótica al impedir su completa visualización. Pero es sabido que la censura no es un obstáculo para la excitación, así lo demuestra la pornografía audiovisual japonesa que es transmitida pixelada y no por ello ha dejado de producirse ni de consumirse. Debemos presuponer que, su cometido sería entonces otro: ¿Resguardar ‘lo íntimo’ de la mirada pública? En el caso del cine, es mantener el decoro de los actores y las actrices mediante la pixelación deliberada al rebajar el carácter explícito del porno. Faltaría por ver si de haber revistas eróticas con cuerpos desnudos masculinos, los censores de Siam’s Guy hubieran seguido el mismo criterio.
En cuanto a la publicidad, para saber de qué manera son truncadas las reacciones de los lectores es menester atender a los propósitos de las fotografías. Según John Berger en Modos de ver (1974) el propósito de la publicidad “es que el espectador se sienta marginalmente insatisfecho con su modo de vida presente”. La publicidad le induce a creer que “si compra lo que se le ofrece, su vida mejorará”. Es decir, la publicidad “le ofrece una alternativa mejorada a lo que ya es”. Si tenemos en consideración las palabras de Berger, una interpretación plausible es que las restricciones en los anuncios gráficos pretenden modificar el referente de mujer, que la espectadora-consumidora de Oriente —o de la España en dictadura— no se corrompa con los modelos occidentales considerados una amenaza para su moral. Con la censura se buscaría evitar que la mujer caiga en la provocación, que se vuelva una indecente o que desee serlo.
Tal medida de protección conduce a plantear que es el cuerpo de la mujer el que tiene el potencial de ser pernicioso. Tanto los motivos de exhibición del desnudo de la mujer en las revistas eróticas citadas, como los motivos de censura de las mujeres vestidas en revistas de moda o portadas de discos, no parecen discrepar, ambos parten del mismo punto: el cuerpo de la mujer está sexualizado. Y esto es usado por unos y por otros como reclamo o reproche.
Consumimos fotografías producidas a lo largo y ancho de todo el planeta, desde ópticas y prismas bien diversos. El traslado desafía a los gobiernos más autoritarios que optan por adaptar las imágenes a los parámetros morales del lugar en el que son recibidas, pero la censura existe también en países democráticos. En internet, las comunidades sociales abogan por el contenido apto para todos los públicos. Ante una iconosfera actual desinhibida e hipersexualizada, por miedo o sobreprotección, se impone la censura bajo argumentos de respeto a las creencias de los demás.
Al modificar las fotografías en vez de eliminarlas los censores nos presentan una nueva versión, quizás más interesante que la imagen original. Aunque no sea su objetivo, nos indican los límites de lo visible y de lo tolerable, y en un segundo aspecto, demuestran que lo reprobable no está en el propio cuerpo representado sino en los ojos de quien mira, moldeados según los vaivenes de la historia y los criterios de las diversas sociedades. Nada parece apuntar a que hemos dejado de escandalizarnos, de ser así no habría motivo de censura y, por su parte, si la Imagen no tuviera la capacidad de afectarnos, nadie se molestaría en dedicar ni tiempo ni esmero en censurarlas, si lo hacen es porque advierten su poder.
Referencias
BATCHEN, Geoffrey (2000), “Photogenics” en: Each wild idea. Writing photography history, Massachusetts Institute of Technology, Massachusetts.
BERGER, John (1974), Modos de ver, Gili Gaya, Barcelona.
CEBALLOS, Manuel (2016), Pixon Project, Cano Ediciones, Granada.
FONTCUBERTA, Joan (2010), “El misterio del pezón desaparecido”, La cámara de Pandora, Gustavo Gili, Barcelona.
MIRZOEFF, Nicholas (ed) (1998), “Part six. Pornography”, Visual Culture Reader, Routledge, Londres y Nueva York.
NARANJO, Juan (2015), Distinción. Un siglo de fotografía de moda, Museu del Disseny de Barcelona.
NEADM, Lynda (1992), El desnudo femenino. Arte, obscenidad y sexualidad, Ediciones Tecnos, Madrid, 2013.
OLIVARES, Rosa (ed) (2002), EXIT #08 – Censurados, Olivares & Asociados SL, Madrid.
Cómo citar:
ARROJERÍA, Nerea, “Ornamento y corrección. La censura en la representación del desnudo femenino”, LUR, 21 de julio de 2021, https://e-lur.net/articulos/ornamento-y-correccion-la-censura-en-la-representacion-del-desnudo-femenino
[^1] Geoffrey Batchen nos recuerda que ahora sucede con imágenes lo que antes sucedió con palabras: en 1995, “America Online declaró que ‘mama’ era una palabra indecente y cortó el acceso a cualquier grupo de usuarios que se identificara con ella. La decisión se revirtió luego ante las quejas de los suscriptores enfurecidos interesados en información sobre el cáncer de mama”.
[^2] El colectivo Free the Nipple defiende el derecho de las mujeres a mostrar de forma libre y sin tapujos su torso desnudo, como bien pueden hacerlo los hombres después de que lucharan por conseguirlo. Ya que, tal y como cuentan las activistas, hasta 1930 el desnudo masculino de cintura para arriba era ilegal en las playas estadounidenses.
[^3] El título, en palabras de Manuel Ceballos (2016), “es fruto de asociar la unidad más básica de la imagen (píxel) con la unidad más pequeña capaz de provocar la censura en Instagram (pezón)”.
Nerea Arrojería (Palafrugell, España, 1989) es investigadora en fotografía. Entre las actividades que realiza están la edición, la escritura y la mediación. Su investigación se centra en los usos y valores de la fotografía desde una perspectiva de la sociología y los estudios críticos de la imagen.
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