¿Cómo surge Lo que el agua nos dice y cómo fue tomando forma el proyecto?
Deneb Martos: Podríamos decir que el germen del proyecto nace después de la visita a la exposición Shadow Catchers en el V&A Museum de Londres donde se exhibía el trabajo de Adam Fuss y Susan Derges. La admiración y la curiosidad por estos procesos nos llevó a investigar en el laboratorio cómo era posible fotografiar el agua de esa manera.
Tiempo después, la preparación de una serie de talleres de fotografía sin cámara nos llevó una noche al río Manzanares a comprobar si la luz de la ciudad nos permitiría salir del cuarto oscuro. Esas primeras pruebas en la zona del Puente de los Franceses y otras realizadas en la zona de San Fermín, nos despertaron las primeras preguntas y las ganas de seguir explorando.
Ana Paes: El Manzanares es un río curioso. Nace en un entorno natural y protegido en la Sierra del Guadarrama y termina sumando sus aguas a las del río Jarama habiendo pasado antes por varios tramos urbanos, entre ellos el de la ciudad de Madrid. Fue muy revelador observar cómo se comportaba el agua y cómo la imagen final nos hablaba también de lo que estábamos viendo, oliendo, escuchando… esas diferencias entre los rayogramas nos hicieron preguntarnos cómo serían las imágenes en la sierra, en otras aguas más limpias.
DM: Estas experiencias nos animaron a presentar el proyecto a las Ayudas a la Creación Contemporánea del Ayuntamiento de Madrid en 2024. A partir de ahí pudimos plantearlo con la amplitud que necesitaba: recorrer la cuenca entera, desde el Ventisquero de las Guarramillas al Soto de las Juntas, e ir incorporando otras voces y otras disciplinas.
AP: La colaboración fue uno de los pilares del proyecto. Nos interesaba conectar la práctica artística con la investigación científica para comprender mejor el estado de salud del río a través del análisis comparado de sedimentos, entendiendo el entorno fluvial como un sistema vivo y complejo, atravesado tanto por procesos naturales como por la actividad humana. Tuvimos la suerte de contar con la apertura y generosidad de Miguel Izquierdo que dirigió el equipo científico de la Universidad Politécnica de Madrid que llevó a cabo el estudio. Por otra parte, el proyecto también se ha desarrollado en diálogo con personas y colectivos vinculados al Manzanares como son la paisajista e ingeniera de montes Malú Cayetano, y al artista y educador Juan Pablo Pacheco, cuyas prácticas mantienen desde hace tiempo una relación sostenida con este territorio y con los cuerpos de agua.





¿Cómo os organizasteis para el trabajo de campo en el río y qué retos logísticos y técnicos implicó el proceso?
AP: El proyecto tiene una dimensión importante de trabajo de campo, de estar presentes en el río tanto de día como de noche. Esto requiere una especial atención a la previsión meteorológica y cierta organización previa que hemos ido puliendo con el tiempo. Las sesiones diurnas las dedicamos a explorar el río y a identificar posibles localizaciones, tanto para la creación de rayogramas como para la campaña de muestreo que realizamos junto al equipo científico. En este sentido, nos ayudamos de Google maps para trazar las rutas, valorar posibles zonas y también para guardar con exactitud cada una de las localizaciones donde hemos estado. En general, nos desplazamos en furgoneta, aunque aprovechamos la bicicleta para ir por las sendas que circulan pegadas al río en los tramos urbanos de Madrid.
Cuando se trata de las salidas nocturnas para hacer rayogramas, solemos llegar a la zona por la tarde, a veces estamos cerca del río y otras nos toca ponernos en marcha como, por ejemplo, en el Soto de las Juntas, donde hay cerca de hora y media de caminata hasta llegar al encuentro del Manzanares con el Jarama. En realidad, es una actividad bastante física porque vamos cargando con todo el equipo. Cuando llegamos a la zona tenemos todavía un tiempo de luz para volver a observar con calma el fluir del río y su entorno. Después, montamos nuestro picnic y vamos cenando mientras esperamos a que se haga de noche. Es un tiempo de espera; un tiempo de pausa que disfrutamos compartiendo la comida sentadas al lado del río. Esta es otra manera de vivir el río, el nuestro es también un recorrido gastronómico. Cuando ya está lo suficientemente oscuro como para que no se vele el papel fotosensible, empezamos con los rayogramas. Aquí entran en juego también el calendario lunar o el alumbrado nocturno de algunas zonas cercanas al río que es importante consultar previamente. Con la noche y en contacto directo con el río, la percepción del paisaje cambia. Sucede cierto extrañamiento. La visibilidad general se reduce mientras que otros sentidos se agudizan. Una cosa curiosa es que en este ir adaptándonos, nuestros movimientos se han vuelto más ágiles al intuir dónde pisar sin apenas ver.
Una vez terminado el trabajo en el río, ya entrada la madrugada, nos vamos directamente al laboratorio en Madrid donde revelamos todos los rayogramas que hemos hecho esa noche, por lo que el trabajo se suele extender hasta el amanecer del día siguiente.
DM: Otro reto logístico importante fue el de la accesibilidad del terreno, tanto por las condiciones abruptas de la orografía como por la presencia de fincas privadas. A ello se suma que para trabajar en áreas protegidas como el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama necesitamos tramitar autorizaciones específicas y aportar documentación detallada sobre la metodología de bajo impacto. Finalmente, obtuvimos la autorización. De no haber sido así, habríamos respetado esa imposibilidad como parte del propio relato del proyecto, entendiendo que también habla del río y sus necesidades. Todo esto implicó un retraso en la planificación inicial prevista que hizo coincidir nuestra sesión de rayogramas con las primeras nevadas de la temporada. Ahora bien, a pesar del frío, esta fue una experiencia que recordamos con especial emoción.
En el plano técnico, trabajáis con rayogramas y con formatos de registro en vídeo en desuso. ¿Qué os ha aportado esta combinación de técnicas a nivel visual y creativo?
AP: En conexión con los rayogramas, el proyecto se desborda a otros lenguajes como el cine en 16 mm, el vídeo en MiniDV, la fotografía analógica en color, la cromatografía y la recogida de materiales del entorno, con la intención de construir un registro sensible del fluir del agua y su entorno, entendiendo el río como un archivo vivo y atravesado por dimensiones ecológicas, urbanas y sociales. Ambas venimos de la fotografía analógica así que trabajar con este tipo de técnicas es la forma en la que llevamos años pensando la imagen. Al alejarse de una exigencia de perfección, las imágenes generan un cierto extrañamiento en la mirada. Desactivan su función meramente registral y abren otro modo de atención. Sus tiempos son más lentos y exigen una lectura indirecta.
DM: Hay también una relación física con esa materialidad. Se da una relación muy directa entre la huella del material, el propio agua en contacto con el papel fotosensible, la luz que atraviesa esa materia y nuestro propio cuerpo. Al ser el rayograma una técnica de fotografía sin cámara, el agua funciona como si fuera una lente, produce una refracción de la luz, tiene una distancia focal. La huella del río, sus ondulaciones y cualidades quedan inscritas directamente sobre el papel, es el contacto de un cuerpo con otro, y eso produce imágenes a la vez muy abstractas y muy figurativas. Al trabajar con cámara, la codificación es otra: botones, menús, una mediación electrónica. No es que sea mejor o peor, pero, la relación con el objeto cambia. En ese gesto hay también un acto de resistencia, un posicionamiento político frente a la sobreproducción de imágenes en la que vivimos. El cineasta argentino Claudio Caldini habla de “la revancha de las máquinas”, lo que estamos haciendo con estos aparatos obsoletos es usarlos de una forma distinta, sin ese imperativo de calidad técnica, dejando que muestren su propia personalidad.
AP: Al pensar en los rayogramas como huella del fluir del río también nos sitúa en un acto de cocreación. En ocasiones las huellas de nuestros dedos aparecen en los rayogramas. El gesto de sostener el papel para que no se lo lleve la corriente pasa así a formar parte de la imagen. Al principio queríamos evitar estas marcas, desactivar las interferencias para lograr una especie de imagen neutra, pero pronto entendimos que borrarnos no era sincero. Las huellas de nuestros dedos nos sitúan ahí, como parte del encuentro con el río.
En la exposición el trabajo con la imagen en movimiento se concretó en dos piezas audiovisuales en diálogo con los rayogramas. Una era una proyección en 16 mm, en loop continuo con un proyector Eiki, centrada en los ritmos, las corrientes y los reflejos de la superficie del agua, en un registro cercano a la abstracción. La otra era una instalación con tres monitores de televisión que reproducían simultáneamente vídeos rodados en MiniDV, en loop y con duraciones distintas; al ser asíncronos, las combinaciones cambian con el tiempo, como cambia el río. Las dos piezas reúnen filmaciones de la sierra, la ciudad y el tramo final, articulando distintas escalas. Frente a los rayogramas en blanco y negro, sin movimiento, más abstractos, los vídeos introducen color, tiempo y entorno.

¿En los rayogramas realizados en la zona norte y sur del río Manzanares se manifiestan diferencias significativas a nivel visual?
DM: Sí, en algunas zonas la imagen sale más limpia, más contrastada. En zonas de poca profundidad, aparece un tipo de ondulación muy característica, la hemos visto en la sierra, pero, también al sur porque comparten un suelo más pedregoso. En cambio, en la zona del Parque Lineal suelen aparecer unas pequeñas manchitas blancas desenfocadas, una especie de halo de luz que aún no nos terminamos de explicar. Sospechamos que es alguna sustancia del agua que tiende a fijar los haluros de plata, como si cayera una gota de fijador difuso sobre el papel. Estamos pendientes de cruzar esa observación visual con Miguel Izquierdo y con los datos del equipo científico, para ver qué nos dicen ellos.
Los rayogramas hechos cerca de la M-40 también son muy oscuros, pero, al aparecer más cosas flotando que bloquean la luz también hay mucho contraste, y se percibe bien que el agua no es transparente. Y se pueden observar unas formas extrañas que no sabes del todo qué son: ¿algas? Y de pronto te das cuenta de que son toallitas, bolsas o fragmentos de plástico.
AP: Las toallitas han sido un tema importante en este proyecto. Aunque teníamos conocimiento de esta problemática, para nosotras supuso un gran impacto ver su alcance. A nivel expositivo sentimos que era necesario darles una visibilidad especial. Así que decidimos introducir un fragmento del paisaje fluvial directamente en el espacio expositivo. Recogimos una rama enorme y seca de una zona especialmente dañada de la ribera sur del río, llena de toallitas, compresas y otros residuos y la trasladamos a la sala rodeada por los rayogramas. La suspendimos del techo, de manera que el público estaba cerca y tenía que esquivarla. Era un elemento incómodo y real que contrastaba con cierta belleza abstracta que evocan los rayogramas.
DM: En la Comunidad de Madrid hay alrededor de 150 depuradoras, ocho de ellas en la ciudad, y se llegan a extraer toneladas de toallitas al año. Pero no todo se puede filtrar. El Manzanares es un río torrencial: cuando llueve fuerte baja un volumen enorme de agua, tanto desde la sierra como desde la ciudad, donde apenas hay suelos absorbentes. Todo va a las alcantarillas y se mezcla con las aguas grises y negras de las casas. Primero se llenan los tanques de tormentas, que son como unas piscinas gigantescas bajo tierra y, cuando se saturan, el sistema alivia presión y suelta esa mezcla por los aliviaderos. De ahí, al río. La cuestión de las toallitas es a la vez de educación ciudadana y de legislación. Por otra parte, las depuradoras necesitan inversión para actualizar sus sistemas. Desde la pandemia se han intensificado las mediciones del agua y se ha empezado a hacer visible un problema serio con los residuos farmacológicos, de hecho, hay titulares que sitúan el Manzanares como el río más contaminado por fármacos de Europa: las medicinas que ingerimos no pueden eliminarse en una depuradora convencional, hace falta tratamiento con ozono, que es mucho más caro. Al ser un río con muy poco caudal estas concentraciones de residuos humanos son mucho más altas.
¿Cuál es el enfoque de la sostenibilidad en el trabajo creativo y en el proyecto?
DM: Cuando empezamos no éramos del todo conscientes del alcance ambiental del proyecto. Algunas problemáticas las conocíamos, sobre todo desde 2016, cuando comenzó la renaturalización del Manzanares, pero, al estar en el cauce, semana tras semana, observando, conviviendo con el río, las preguntas se nos fueron multiplicando: la espuma que sale de las depuradoras, el color del agua, los cambios bruscos de nivel o lo que la propia ciudad le aporta al río. Sentimos pronto que el proyecto no podía resolverse solo con imágenes; necesitábamos colaborar con personas que conocen el río desde otros lugares. Aprendimos que el Manzanares es un río pequeño y de poco caudal, salvo cuando bajan las tormentas. No ha sido un río de gran extractivismo, aunque sí se ha sacado de él arena para la construcción y ha funcionado durante mucho tiempo como vertedero de escombros. Muchas cuencas de los arroyos se fueron rellenando de material para hacer que Madrid no tuviera tantos desniveles.
Con este proyecto, además de ofrecer esta mirada poética desde la que nos podemos acercar al Manzanares, nos apetecía que estuvieran también representadas otras voces para dar legitimidad y una voz al río, visibilizando otras problemáticas que no sabíamos que están ahí. Lo que hacemos en casa llega al río. Desde nuestras casas y desde nuestros cuerpos, somos quienes trasvasamos el agua de la cuenca del río Lozoya a la cuenca del río Tajo. Te preguntas por qué esto no se cuenta de forma más directa, por qué no hay una conciencia más extendida sobre lo que cuesta sostener un río.
Una de las ideas que nos ha acompañado a lo largo del proyecto, que tomamos de Astrida Neimanis y de Juan Pablo Pacheco, es la de que somos cuerpos de agua: estamos hechos de agua, atravesados por ella, en intercambio constante con otras aguas —ríos, mares, lluvia, nubes, infraestructuras—. Pensarse así desplaza la idea del agua como recurso o paisaje y nos sitúa en una red material de interdependencias. Lo que ocurre en un río ocurre también, de otro modo, en nuestros tejidos.
AP: Son problemáticas complejas, atravesadas por muchas capas y por la relación entre lo humano, la gestión de la ciudad, la cultura y los propios derechos de la naturaleza. Entendemos este proyecto como una aportación que se suma a muchas otras iniciativas que ya existen y que seguirán surgiendo en torno al Manzanares y a los entornos fluviales. Una de nuestras intenciones es despertar curiosidad y propiciar un acercamiento al río, porque no se cuida lo que no se conoce ni aquello con lo que no se genera vínculo. Durante décadas, Madrid ha vivido de espaldas al Manzanares, percibido casi como un desagüe. Sin embargo, con la renaturalización, esa mirada está empezando a cambiar y cada vez más personas lo valoran y lo sienten como propio. Una de las cosas más bonitas que nos ha dejado el proyecto es habernos sumado a esa especie de comunidad del Manzanares y descubrir la cantidad de iniciativas que se articulan a su alrededor. Una de las más cercanas es el grupo creado en torno a la Declaración de los Derechos del Río Manzanares y su Cuenca, impulsado por Carmen Haro desde Redes por el Clima y que vio la luz en diciembre de 2025 donde participan asociaciones, vecinas, periodistas, artistas y gente de muy distintos perfiles. Más allá de que una sostenibilidad plena sea difícil de alcanzar, creemos importante no caer en la desesperanza. Generar y compartir proyectos como este ayuda a poner más atención en el río, a imaginar futuros más cuidados y a desplazar una mirada centrada en la idea de dominio hacia otra más horizontal, en la que entendamos que formamos parte de un sistema común. En ese sentido, Lo que el agua nos dice quiere ser parte de ese proceso.
Los talleres de rayogramas y los encuentros con los diferentes colaboradores son una parte fundamental de vuestro proyecto. ¿Cuáles fueron los desafíos que se plantearon a la hora de organizarlos?
DM: Nuestra práctica artística está muy ligada a compartir procesos con otras personas; ha sido siempre parte de cómo entendemos lo que hacemos. En cierto modo, los talleres son una manera de crear en colectivo y de provocar que ciertos modos de hacer vayan mutando y transformándose. Además, cuando el aprendizaje es horizontal, todas nos retroalimentamos. En el caso de los talleres de rayogramas, no hay que olvidar que fueron el germen, y nos apetecía vincularlos al proyecto. No se trata solo de enseñar una técnica bastante sorprendente, es, fundamentalmente, una experiencia que se vive junto al río, una forma de vincular más personas con él.
Un obstáculo que nos ha sorprendido ha sido lo difícil que nos resultó contactar con ayuntamientos y colegios del sur de Madrid para proponer actividades que cruzaran arte y ciencia. Solo logramos respuesta de dos profesoras de ciencias de un instituto de la sierra, donde pudimos impartir un taller de cromatografías con sedimentos del río. Conocer de cerca los tiempos y dinámicas de los centros educativos también ha sido parte del aprendizaje: una línea que nos gustaría seguir desarrollando.
AP: Quizá uno de los mayores desafíos fue la campaña de muestreo con el equipo científico en los diecinueve puntos del estudio comparativo repartidos a lo largo del río. Ahí tuvimos que aprender la metodología a seguir para la extracción y tamizado de sedimentos, también coordinar calendarios de equipos con muchas personas, sin olvidar el enorme esfuerzo físico que implicaba todo ese trabajo de campo, lluvia incluida.
Las colaboraciones han sido fundamentales en el proyecto. Algunas tomaron forma de derivas participativas, como la de Malú Cayetano por el Butarque o la de Juan Pablo Pacheco hasta la depuradora de La China. En ambas experiencias aparecían relatos, memorias y maneras de relacionarse con el río que en ocasiones conectaban con otros territorios. Es curioso cómo un proyecto tan local se abre constantemente a otros contextos y escalas.
También organizamos un encuentro especial con colaboradores y personas cercanas al proyecto, en la zona de la Presa de El Grajal en Colmenar Viejo. Queríamos que pudieran conocerse entre sí y compartir una sesión nocturna de rayogramas. Como forma de agradecimiento organizamos uno de nuestros picnic. Para nosotras, los picnic han sido en cierta manera el corazón del proyecto. Una forma de recorrer el río y de estar en el río. Es comer, conversar, esperar a que se haga de noche. Tenemos dos reglas simples, que sea vegetal y que quepa en la fiambrera. A partir de ahí vamos construyendo una especie de archivo comestible relacionado con el Manzanares.
Hablemos del montaje de vuestra exposición que habéis realizado en El Local. Contáis con la ayuda de Emma Álvarez Marty. ¿Cuáles fueron sus aportaciones y en qué medida enriquecieron esta fase de vuestro proyecto?
DM: Encontrarnos con Emma Álvarez Marty fue un encuentro afortunado, porque su propia investigación tiene mucho que ver con este proyecto: lleva tiempo trabajando desde una mirada poética sobre el río, sobre la idea del cuidado y de ser conscientes de la huella que dejamos como artistas. Conectamos enseguida.
AP: Emma fue la persona de referencia en El local y nos acompañó durante todo el proceso ayudando a bajar a tierra y dar contexto a la idea expositiva. Nos sentimos agradecidas por su implicación, sensibilidad y por el cuidado también de la parte más humana del proceso. Finalmente, a pesar de que contamos con menos tiempo y dormimos menos de lo que nos hubiera gustado, estamos muy contentas con la forma expositiva del proyecto. Las diferentes partes y materialidades fueron encajando de una forma muy orgánica en el espacio.
DM: Con la instalación de los rayogramas del agua, buscamos generar una especie de río, desde la montaña hasta su encuentro con el Jarama, manteniendo una circularidad. Nuestra forma de trabajar con los rayogramas atiende más al conjunto no tanto a la imagen individual. El espectador puede ver que es un flujo, que hay unos ritmos, unos equilibrios… está todo muy conectado. La selección de rayogramas se tiene que adaptar al espacio. La misma exposición en otro espacio tendría una forma diferente. Depende de la altura de las paredes, de los flujos de movimiento de los espectadores, si existen ciertos puntos de vista que hay que activar. Es como un baile. Cuando estamos montando la exposición a veces empezamos cada una en una zona, y, luego vamos a donde está trabajando la otra y cambiamos alguna imagen, nos consultamos, nos cuestionamos.
¿En qué consiste la publicación del proyecto? ¿Quiénes colaboran en ella y cuáles son sus principales características?
AP: El diseño maravilloso se lo debemos a Luis Lechosa que, con su hacer delicado, lleno de pequeños y valiosos detalles, logró dar con la forma justa para el proyecto. Aunque la versión actual que hemos compartido es digital nuestro deseo es que algún día pueda ser también una publicación en papel. Por esta razón, una de las primeras decisiones que tomamos fue el formato. El libro tiene unas medidas de 24 x 30 cm porque este es el tamaño de papel fotográfico medio que hemos utilizado. Desde un principio tuvimos claro que queríamos mantener la escala 1:1 de las imágenes ya que resonaba con la propia naturaleza del rayograma que, en definitiva, es una huella en tamaño real de aquello con lo que está en contacto. De esta manera, al introducir la secuencia de rayogramas en la publicación, hemos respetado sus dimensiones originales, sin aumentar o reducir. En los casos de los papeles más grandes que excedían las medidas de la publicación, optamos por seleccionar un trozo de la imagen y renunciar al resto, mientras que, con los papeles más pequeños, simplemente mantienen su proporción rodeados de espacio vacío de página o en composición con otros rayogramas.
DM: Desde el principio teníamos claro que esta publicación no iba a funcionar exactamente ni como un fotolibro ni como un catálogo de exposición. Hay algo de las dos cosas, claro, pero, el proyecto reúne muchos más materiales y registros: las imágenes del proceso, la secuencia de rayogramas y los textos de los colaboradores. Ha sido un trabajo bastante complejo encontrar la forma de incorporar el proyecto en toda su dimensión, porque no se trataba solo de mostrar resultados, sino de dejar que se vieran también los modos de hacer, los vínculos y las preguntas que han ido apareciendo a lo largo de estos dos años. Para eso era fundamental que el diseño respirase y que cada material encontrara su lugar. Optamos por el formato digital, sobre todo, para llegar al mayor número de personas posibles. La publicación está disponible en repositorios académicos como Dialnet, con vocación divulgativa: queremos que circule, que se comparta y que pueda usarse también como herramienta en otros contextos.
El proyecto tiene muchas áreas y, además, gestionáis no solo el proyecto sino también a muchos colaboradores. ¿Habíais calculado su envergadura y el impacto a nivel social del proyecto?
AP: Ha sido todo un reto, que en parte sacamos adelante gracias a este movimiento vascular entre pasión e inconsciencia, y que todavía estamos asimilando. Es ahora, también, cuando vamos tomamos conciencia de verdad del impacto social del proyecto. Mientras estás dentro, concentrada en sacar las cosas adelante, cuesta dimensionar del todo el alcance.
DM: Para nosotras ha sido un aprendizaje continuo. Sabíamos desde el principio que era un proyecto muy vivo, de los que van creciendo según avanzan: te pone en contacto con otras personas, te abre preguntas nuevas y el propio proceso te va diciendo lo que necesita. Éramos conscientes de que iba a llevar muchísimo tiempo y coordinación, pero la realidad siempre supera cualquier previsión. Y hay, además, muchas horas que una subvención nunca llega a cubrir. Ahora que estamos cerrando la memoria y miramos atrás, sí que impresiona. Te paras a pensar en toda la red de colaboraciones, actividades, investigación, vínculos… y dices: ¡qué barbaridad!

Cómo citar:
REYES MARCOS, Daniela, Entrevista con Ana Paes y Deneb Martos: “Entendemos el río como un archivo vivo y atravesado por dimensiones ecológicas, urbanas y sociales”, LUR, 13 de junio de 2026, https://e-lur.net/dialogos/ana-paes-y-deneb-martos-el-paisaje-herido/
Entrevista vinculada a El paisaje herido, curaduría de Ros Boisier para Sala LUR que reúne proyectos de artistas visuales españoles que reflexionan sobre nuestra relación con los territorios y las transformaciones medioambientales, sociales y políticas que los atraviesan.
Daniela Reyes Marcos (Rancagua, Chile, 1978) es docente e investigadora en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Sus líneas de investigación se orientan a las manifestaciones artísticas actuales y la cultura visual, con especial atención al fotolibro y a la creación de imágenes mediante IA aplicada al ámbito artístico.
Ana Paes (A Guarda, España, 1982) es artista visual y docente. Su trabajo se centra en la fotografía analógica y en procesos experimentales, con especial interés en prácticas ecosostenibles. Ha presentado su obra en espacios como PHotoEspaña y la Fundación Luis Seoane.
Deneb Martos (Madrid, España, 1975) es artista, educadora e investigadora especializada en fotografía, cine experimental y procesos fotoquímicos. Su práctica adopta una perspectiva interdisciplinar que entrelaza fotografía, cine y escultura como ámbitos de experimentación simbólica y sensorial.
¡Regístrate gratis y no te pierdas este contenido!
Para acceder a contenidos exclusivos como este es necesario tener una cuenta en LUR
Crea tu cuenta y disfruta de las ventajas de estar registrado. Es gratis, rápido y fácil
Si ya estás registrado, inicia sesión

