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Fotolibros mudos para niños: historias secretas siguiente

Ana Garralón

Por narración entendemos un acto de comunicación cuyo significado es una historia, real o ficticia.

Ros Boisier

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Los fotolibros mudos para niños son raros de ver en el panorama de la edición. Como ‘fotolibro mudo’ me refiero a aquellos que omiten cualquier tipo de texto entre sus páginas. En el ámbito de la literatura infantil también se conocen como silent books o wordless books, pero la palabra ‘mudo’ me resulta atractiva porque convoca a la vez dos ideas: la de silencio y la de quedarse sin palabras cuando el fotolibro tiene un gran impacto en los lectores.

Hay que tener valentía para asumir el reto, y el uso de fotografías no es que estén especialmente valoradas hoy en día en el mundo de la edición, poblado casi exclusivamente por ilustraciones. La mayoría de los fotolibros mudos son libros de conceptos como los creados por Tana Hoban en los años setenta del siglo pasado. Fotolibros que buscan despertar la curiosidad, relacionar conceptos, establecer relaciones entre los objetos y ayudar a mirar de otra manera la realidad. I read signs, 26 letters and 99 cents, Spirals, Curves, Fanshapes & Lines, o los dedicados a los más pequeños como What is it?

Fotolibros mudos para niños

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Otros fotolibros mudos son los dedicados a letras del alfabeto. La ville en toutes lettres (Editions Thierry Magnier, 2013) de Michel Gunther o The Quick Brown for Jumps Over a Lazy Dog (Corraini, 2008) de Roberto Beretta, exploran entornos urbanos en busca de letras, en carteles el primero, y en las ocasionales formas de objetos como antenas, edificios, rejas, tejados o tuberías, en el segundo. Otro, como Dactilografías (Kalandraka, 2009) de Joan Fontcuberta, elige el sistema dactilográfico español para crear fotogramas en busca de una semiótica visual.

Fotolibros mudos para niños
Dactilografías, de Joan Fontcuberta

Un último ejemplo de fotolibro mudo: Snowmen, de David Lynch (Éditions Xavier Barral, 2007). Una serie de fotografías de maltrechos muñecos de nieve frente a humildes casas. Sin embargo, en ninguno de estos libros encontramos una narrativa que articule las imágenes. Responder a la pregunta ¿qué se dice y cómo? nos da poca conversación, sin restar interés en el proyecto en sí mismo.

Los fotolibros mudos para niños más interesantes son aquellos que esconden una historia, que establecen una relación directa con sus lectores convirtiéndoles cocreadores, les dejan proyectar su propio mundo, sus conocimientos, y les invitan a la exploración en busca de significados.

Un ejemplo de esto sería el fotolibro Todo un mundo, de Katy Couprie y Antonin Louchard (Anaya, 2003), un libro que nace en 1999 a partir del encargo del Consejo General de Val-de-Marne, Francia, de regalarles un libro a cada recién nacido. A diferencia de los imaginarios para los más pequeños, sus autores abordan un gran proyecto visual donde el número de páginas excede a los habituales libros de cartoné destinados a esta edad. Su formato cuadrado, pequeño y sin una secuencia previa pues se puede abrir por cualquier página, brinda un paseo a doble página en el que se relacionan figuras, imágenes, ideas, formas y diferentes lenguajes. La fotografía, pintura al óleo, el collage, los acrílicos y aguafuertes, todo está pensado para llevar a los pequeños a un mundo de fantasía y lectura visual no exento de analogías, metáforas y hasta el oxímoron. Las relaciones inesperadas entre imágenes sorprenden por su acierto sin dejar de lado el humor, como en esta imagen donde lo más importante no es reflejar la pelusa sino transmitir la experiencia de la pelusa.

Fotolibros mudos para niños
Todo un mundo, de Katy Couprie y Antonin Louchard

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Para muchos creadores hacer un fotolibro sin texto puede ser una tentación, pero ya sabemos que una secuencia de imágenes no brinda necesariamente una narración, independientemente de que cada una de las imágenes evoque algún tipo de historia. Y cuando hablamos de narración, hablamos de literatura, de eso que Ricardo Piglia definió como “un arte de lo implícito”, es decir, toda historia tiene algo secreto que se desvela en las tramas desplegadas por la narración, por un movimiento en el espacio y en el tiempo que invita a los lectores a descubrirlo. Tramas que no desestiman una estructura: héroe, intriga, conflicto, resolución y final. En los fotolibros mudos el narrador está oculto en una especie de silencio del que le hace salir su lector cuando descubre el significado. En estos fotolibros se pone a prueba la capacidad creativa para relacionar imagen, diseño y edición en un proyecto con gran libertad para la experimentación.

Las imágenes están al servicio de esa narración y su diseño en el interior está supeditado a esa trama oculta, a un enigma progresivo que lleva a la sorpresa final y crea tensión entre el descubrimiento del significado y la necesidad de pasar la página para continuar con el relato. El fotolibro mudo para niños invita al juego, al movimiento, a la aventura de encontrar la imaginación de otra persona, a descubrir otros mundos. Mientras las fotografías ponen en marcha la deducción, la especulación y la fantasía, las tramas actúan para despertar ideas y sentimientos a través de elementos estéticos y poéticos. Pasar la página es como ir a buscar un tesoro: paciencia para los detalles, urgencia de avanzar en busca de esa narración oculta gracias al suspense que ralentiza o acelera la lectura.

Organizar esta secuencia de imágenes permite a los lectores seguir el hilo, construir su propio relato en base a sus descubrimientos personales para tantear nuevas rutas. La literatura es, también, exploración, y debe contener un enigma, pero no se trata de cavar un abismo sino más bien mostrar un horizonte. Llorenç Raich Muñoz, en su Poética fotográfica (2014), indica que

Narrar secuencialmente permite recorrer la diversidad de emociones y argumentos, de espacios y tiempos, con la finalidad de ver en una relativa integridad lo que acontece entre el principio y el fin de un relato visual.

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Un ejemplo de trabajo sugerente con la narración lo vemos en el fotolibro Alice in Wonderland de la artista coreana Suzy Lee (Corraini, 2002).

Fotolibros mudos para niños
Alice in Wonderland, de Suzy Lee

El único texto que aparece es en la cubierta y predispone ya a los lectores a un comienzo de la lectura. En la imagen aparece como una caja sujetada por un dedo, lo que lleva a diferentes interpretaciones antes de haberlo abierto. La primera imagen se inserta a la derecha sobre un fondo totalmente negro y muestra sombras y un pequeño escenario al fondo con imágenes. Una mujer adulta y dos niños lo miran, ajenos al espectáculo que se abre en las siguientes páginas. Al ir avanzando por las páginas el escenario se acerca a los lectores, dejando a un lado a los espectadores: ahora el único público es quien sostiene en las manos el libro.

Con este zoom empequeñeciendo una parte del escenario encontramos una niña real en una habitación real, en un espacio enmarcado con dibujos, a la que se le aparece un conejo dibujado que la hace rodar hacia la parte baja del escenario. Aquí, el lector, tal vez recuerde las primeras páginas para darse cuenta de que el escenario tenía dos alturas, quizás regrese para comprobarlo, o pasará la página para ver lo que ocurre con la niña. Una niña que ahora está dibujada en medio de motivos de cuadros clásicos y queda atrapada en una rosa mientras sigue al conejo, que ahora aparece en la parte izquierda de la página, como un elemento que pareciera querer salir del libro.

Fotolibros mudos para niños
Alice in Wonderland, de Suzy Lee

En la siguiente página todo cambia. Si hasta ahora la página izquierda era negra y en la derecha la imagen a caja ha ido ampliándose hasta estar a sangre, la doble página a sangre con dibujos muestra un cambio radical. La manipulación de la imagen, en este caso, nos da la pista de que estamos en otro mundo, uno más onírico, quizás, y las siguientes dobles páginas que captan toda la atención, muestran a la niña persiguiendo al conejo, al conejo retándola y regresándola a toda prisa por extraños escenarios, a su lugar de origen: la habitación superior apenas amueblada a la que se le han incorporado otros elementos como unas copas de vino, un monedero, una caja de cerillas, clips y chinchetas que dan al lector el verdadero tamaño de la protagonista. Finalmente el conejo atrapa a la niña y una página completamente en sombras deja libre la imaginación para pensar en diferentes situaciones hasta que aparece una silla y, sentada en ella, un cuerpo de niña con una cabeza de conejo. Fin de la función. Sí, de la función pero no del libro.

Fotolibros mudos para niños
Alice in Wonderland, de Suzy Lee

En esta escena surgen de nuevo los niños espectadores, aplaudiendo a ese extraño ser haciendo una reverencia y, según pasamos las páginas y el zoom se aleja, descubrimos el verdadero escenario ante el que asoma un tubo, probablemente de una aspiradora. Aspiradora que una mujer, de manera diligente, utiliza para limpiar la escena que es el interior de una chimenea. ¿Un sueño?

Todo en este fotolibro está pensado y medido para hacer encajar la narración: desde las guardas que contienen un detalle significativo al principio y al final, hasta el cierre completamente inesperado. Es un libro que crea un intenso grado de expectativa debido a su ambiente onírico, a la libertad asociativa, a una narración que no detiene sino que impulsa, a sus numerosas elipsis, a las variaciones del tamaño de las imágenes dentro de la página, a los extravagantes y divertidos personajes. Correteamos con ellos y sentimos alegría, diversión, miedo y sorpresa, como si nosotros estuviéramos justo ahí y nos sumáramos a esa delicada regresión de la protagonista a un mundo lúdico, imaginativo y sin problemas. El uso del blanco y negro acentúa la irrealidad, como si entráramos en el mundo de los sueños que, como todos sabemos, se desarrolla en estos colores. Suzy Lee ha orquestado una narración y ha puesto las imágenes al servicio de esta, dejando a los lectores la posibilidad de relacionar partes con el todo para darte un sentido. Al igual que cuando leemos un texto literario, la autora ha establecido una conversación con los pequeños. Los personajes, el espacio y el tiempo se articulan de manera magistral a través de la secuencia, la acumulación, el contraste y la sorpresa. La doble página está diseñada para que la página de la izquierda, en negro, funcione como espacio de transición cuando se llega a la doble página llena de imágenes y se regresa, poco a poco a esa página negra a la izquierda y la acción a la derecha. Además, ha incorporado elementos simbólicos en la imagen donde la niña regresa apresurada al escenario: un carrete de hilo con su aguja, un monedero, una cuchilla de afeitar, una caja de cerrillas o las chinchetas parecen advertir diferentes ideas sobre el peligro: estar cosida, quemarse, pincharse, encerrada, pero también, quizás, simplemente quieren mostrar la escala del escenario y sus personajes.

El libro rinde, además, un homenaje al cine, al arte, a la pantomima, a los títeres. En la última página la autora desvela sus homenajes a Piero della Francesca, Diego de Velázquez o René Magritte. Esta página, situada a la derecha, como si fuera ya el final, se confronta a otra donde el conejo aplaude a una mujer que hace una reverencia y acaba de pasar la aspiradora. En una esquinita leemos: but a dream?, último homenaje de la autora a su querido Lewis Carroll citando una parte de la placa que figura en honor al escritor en la Abadía de Westminster Abbey, en Londres.

Referencias

BOISIER, Ros y SIMOES, Leo (Eds.) (2019), De discursos visuales, secuencias y fotolibros, Muga, Durango.

PIGLIA, Ricardo (2014), Crítica y ficción, Debolsillo, Barcelona.

RAICH MUÑOZ, Llorenç (2014), Poética fotográfica, Casimiro, Madrid.

TERRUSI, Marcella (2017) Meraviglie mute. Silent books e letteratura per l´infanzia, Carocci Editore, Roma.

Cómo citar:
GARRALÓN, Ana, “Fotolibros mudos para niños: historias secretas”, LUR, 9 de mayo de 2020, https://e-lur.net/investigacion/fotolibros-mudos-para-ninos-historias-secretas


Ana Garralón (Madrid, España, 1965) es especialista en libros para niños desde finales de los años ochenta. Ha publicado los libros Historia portátil de la literatura infantil y juvenil y Leer y saber, los libros informativos para niños, donde ha estudiado los libros de no ficción para niños. En esta investigación comenzó a pesquisar las relaciones entre la fotografía y los libros. Es Premio Nacional de Fomento de la Lectura 2016 por su blog anatarambana.blogspot.com.

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