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La selva oscura

Carmen Dalmau

El espíritu del fotógrafo aventurero y colonial Charles Kroehle, nacido en Estrasburgo (Francia) en 1862 y desaparecido en la selva amazónica peruana en fecha incierta a principios del siglo XX devorado por un paisaje inescrutable, se encuentra encerrado en un discreto estuche gris de encuadernación suiza con tapa dura. Aya es un intento de atrapar los fantasmas y espíritus de las inextricables junglas en un pequeño volumen. Todo es gigante en el imaginario occidental de la Amazonia, los colores estridentes, los aromas fuertes, los sonidos dilatados en el espacio, y en Aya la selva tiene la gama cromática de las fotografías antiguas.

Ulises Carrión, en El arte nuevo de hacer libros, definió el libro como una secuencia de espacios. Todo libro es un contenedor de espacio y tiempo, en el que peso, tamaño, color, olor, tacto e incluso sonido son importantes. Al hojear Aya se escuchan las pisadas silenciosas del caminar sobre el humus de la tierra. Al deslizar los dedos por sus páginas apreciamos la textura táctil de su carnalidad, algo áspera. Al tomarlo entre  las manos, se vuelve ligero y ofrece cierta resistencia al abrirlo.

Se puede iniciar el viaje desde la cubierta, en la orientación convencional, pero también se puede ensayar leerlo en sentido inverso al habitual en occidente. Si evitamos leer los textos, impresos en una hoja desplegable, con pátina vegetal de color verde musgo, puede prevalecer el secreto. Intentaré preservarlo.

Empezando por el final, nos encontramos en una selva espesa a doble página, con una luz extraña, un muro vegetal entrelazado de verdes virados a azul y unos brillos dorados que nos intrigan y atrapan. Sobre esta densa vegetación sin línea de fuga ni horizonte, encolado, un retrato virado a sepia de un personaje decimonónico de torso semidescubierto, con largo mostacho, masticando un mapacho muestra una herida en el tórax. Al reverso, tipografiado su nombre, Charles Kroehle, fotógrafo. Es el autorretrato del espíritu que han intentado apresar Yann Gross y Arguiñe Escandón. Nada es casual en este autorretrato teatralizado, con pliegues de telón de fondo, apoyado en el respaldo de una silla, sedente, de mirada perdida y toque bohemio. El tabaco natural se asocia a los chamanes andinos y amazónicos. Al humo se le suponen propiedades curativas al limpiar las energías y sacar los espíritus pesados que habitan los cuerpos enfermos. Se ve la herida del costado derecho, de la que sale un rastro de sangre, como un Cristo resucitado.

Con algún conocimiento de uno de los espíritus que transitan por Aya, volvamos ahora al comienzo. Nos encontramos con las guardas que reproducen el río Amazonas en una de sus curvas gigantescas en tonos grises que han virado a sepia. Es importante atender a los matices de las gamas cromáticas desplegadas en las páginas de este libro. La guarda izquierda, que sirve de estuche como en los cuadernos de explorador que se precien, contiene tres documentos: una carta fechada en Lima el 25 de mayo de 1893, dirigida al Excelentísimo Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, escrita en francés y firmada por nuestro personaje; un recorte grisáceo del diario The Sun de 5 de junio de 1892 destacando con rotulador amarillo fosforescente el incidente de un fotógrafo agredido por un nativo que arrojó su lanza sobre la cámara; y el tercero, en un gris azulado, la reproducción facsímil de la partida de nacimiento literal de Jean Jacques Kroehle. El fantasma habitó un cuerpo. Un cuerpo herido por una lanza indígena.

La siguiente página contiene una tarjeta postal coloreada que es una coordenada de tiempo. Un grupo de nativos campas de Perú, con el fotógrafo en el centro de la imagen apoyado en un fusil, junto a otro personaje occidental en segundo plano, ambos de radiante blanco, y a los pies un enorme cocodrilo verde. Nos puede hacer recordar que las tarjetas postales comenzaron a circular profusamente a principios del siglo XX, para un público europeo que se sentía atraído por el exotismo de las colonias y a la vez tranquilizaba sus conciencias con la visión de que todo responde al orden establecido e invitaba al disfrute de etnias desconocidas. A través de estos documentos se contribuyó a confirmar un arquetipo que sentaba bien en la orgullosa metrópoli. La postal está sujeta por pequeñas pestañas transparentes, como las que se usaban cuando construíamos la memoria familiar a través de los viejos álbumes. Si la desprendemos, tendremos la firma de los autores de este libro y un texto germinal como pista principal para tirar del hilo en este laberinto sin horizontes y poder penetrar en el misterio:

Cuidado en la selva, recuerda soplar tres veces para que te den su permiso los árboles. Protege bien tu costado derecho, no vayas a terminar como el protagonista de esta imagen. Un abrazo.

La página siguiente nos incardina en las coordenadas espaciales. Vislumbramos los meandros del más caudaloso y largo de los ríos, que a vista de pájaro, trazan la forma de una serpiente que se desliza entre la densa vegetación. La selva espesa, verde ceniza y azulada, está en dobles páginas a sangre, las serpientes, onduladas como ríos, dejando mucho aire a su alrededor. Sobre las hojas gigantes, las fotos doradas del fantasma enredadas en sus lianas.

Y al poco tiempo de comenzar a pasar páginas, aparece insertada una pequeña octavilla verde clorofila que nos centra en esta historia. En 1888 Jean-Jacques, hijo de un comerciante de vinos, conocido como Charles y de veintiséis años de edad, junto al botánico, naturalista y fotógrafo George Huebner, comenzaron un viaje desde Lima a las tierras más desconocidas de Perú para fijar iconográficamente el imaginario de un río, de sus cocodrilos y de sus pueblos. Estos aventureros intrépidos mantienen el aura romántica de un mundo aun por terminar de explorar, sin olvidar su contribución al afianzamiento de las creencias supremacistas y del derecho de conquista sobre los otros.

El primer soplo es el de un chamán con una fiera tatuada en el pecho y es entonces cuando aparece una anciana desplegando un ala simbólica haciendo de pantalla que refleja la luz solar. En esta imagen hay cielo, luz, horizonte, y nos damos cuenta del sabio ritmo establecido en la disposición de los vacíos, las dobles páginas, las superposiciones, que sobrecargado y barroco, opta por un romanticismo melancólico muy bien medido y contenido, logrando crear un universo mágico. Es entonces cuando encontramos otra octavilla color verde musgo que nos narra ritos de iniciación y purificación a través del aislamiento y una dieta de plantas con propiedades mágicas y curativas como las hojas del árbol gigante tamamuri.

Se suceden personajes ensimismados en sus nieblas, a orillas del río Ucayali, y encastrado en esas páginas pequeñas teñidas de clorofila, el Manual de Convivencia en el bosque (Según Mario F.), que hay que leer con atención para sobrevivir por estos ríos. Quizá ya estamos en el camino iniciático, cuando encontramos el retrato de un rostro antiguo virado a sepia que clava su mirada en la cámara. Quizá hemos entrado en un espacio que nos estaba vedado.

A veces, al pasar las páginas, la disposición de las imágenes permite resaltar las puntadas del hilo negro que cose los cuadernillos. Detalle importante, porque traza una línea de frontera hacia regiones cada vez más ignotas donde se encuentran pequeños animalillos recubiertos con armadura, manos que navegan solas entre aguas agitadas o mujeres que nacen del barro.

Otra selva a doble página con el retrato superpuesto de una nativa campas nos avisa de que hemos cruzado el río Palcazu. Llegaremos al río Napo, donde un nuevo retrato en sepia (firmado por Kroehle) de un nativo muestra un disco en el lóbulo dilatado de una de sus orejas y flota sobre un paisaje envuelto en una neblina que parece tener más azules agrisados que verdes ceniza.

El segundo soplo lo descubrimos atravesado el río Napo, se suceden las selvas, vemos una cascada y emerge una señal. Es la calavera de un ser extraño. Volvemos a encontrarnos con la anciana que desplegaba el ala, sujetando un fantástico fruto verde intenso. Le sucede un cuadernillo con páginas más ligeras que se ondulan suavemente y distintos matices de verde. Una constelación esgrafiada de pigmento vegetal.

Al llegar hasta aquí somos merecedores de descubrir un gran secreto: el laboratorio ambulante de Yann Gross y Arguiñe Escandón, entre los ríos Pachite, Ucayali y Momón, destinado a identificar las cualidades fotosensibles de cinco plantas y contrastar la hipótesis de que estas propiedades fueran conocidas en la Amazonia desde hacía siglos. Al tiempo que es un homenaje a Hercule Florence (1804-1879), inventor francés de la fotografía olvidado que después de un viaje de cuatro años a la Amazonia entre 1826 y 1829 escribía:

La luz ejerce una acción química sobre diferentes materias creadas por la naturaleza o el arte: a unas las colorea rápidamente; a otras las descolora.

Al tercer soplo los árboles han sido benignos y nos han dejado penetrar en la inmensidad. Aya (espíritu, muerto) se cierra con la imagen de Jean-Jacques Kroelhe, conocido como Charles Kroelhe, fotógrafo.

Cómo citar:
DALMAU, Carmen, ” La selva oscura”, LUR, 25 de abril de 2020, https://e-lur.net/biblioteca/aya


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