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Las oscuras profundidades de la noche en Madrid

Sema D’Acosta

Every night temo ser la dinner es un libro arriesgado y está bien modulado, posee mucha frescura, justo lo que se necesita en los primeros pasos de alguien que quiere hacerse notar en el mundo de la fotografía; fusiona visualidad con denuncia social en una ecuación tan incómoda como seductora. Se plantea como una especie de diario visual que recoge las andanzas de Ayarzagoitia con distintos hombres, la mayoría negros y residentes en el madrileño barrio de Lavapiés al igual que ella, un hervidero de inmigrantes desde hace dos décadas donde la multiculturalidad se ha convertido en una seña de identidad. Las imágenes capturan esos encuentros esporádicos, normalmente situaciones que mezclan de manera disparatada erotismo, ternura y afectividad. No se distingue bien qué ocurre en esos momentos de convivencia ni qué vínculos mantiene la autora con las personas con las que se ve, aunque intuimos que después de cenar juntos algunos acaban siendo amantes y otros simples amigos, unos particulares acompañantes con los que igual retoza en la cama que mantiene diálogos imposibles mientras pasea sin rumbo durante la madrugada. Las circunstancias que rodean estas citas a ciegas van de la espontaneidad al absurdo. Los protagonistas parecen manteros y desarrapados, gente que vive con poco o sobrevive en la calle, al límite de lo legal. Los individuos se muestran aquí como seres desvalidos necesitados de apego y complicidad. Al igual que Sofía, todos vienen de otro lugar y se encuentran en un contexto ajeno; descolocados, perdidos, confusos. El resultado es un collage aparentemente sombrío construido con mucha ironía y una pizca de perversión, algo así como un cuento que asemeja ser una pesadilla y no es más que una fábula de humor negro. En las imágenes, subyace algo oscuro que relacionamos sin darnos cuenta con un determinado apetito sexual y alimentario. Esa supuesta escenografía de cena romántica, conversación distendida e intercambio carnal, se logra desactivar a lo largo de las páginas con ingeniosos golpes de surrealismo (un pollo desollado, cabezas de pescado en el suelo, una sandía, una rata blanca…), personajes excluidos de la sociedad y el deprimente entorno claustrofóbico donde se desenvuelve este selecto lumpen proletariado, inevitablemente un contexto más sórdido que sensual.

Las tomas de Every night temo ser la dinner se realizan siempre de noche, con flash. Lo habitual son interiores, aunque también observamos fotos hechas en calles y parques. El disparo seco de la luz artificial crea una dramaturgia artificial y fantasmagórica que acentúa el color y los brillos. El contraste entre el cromatismo de las superficies y la piel de los negros resulta formalmente atractivo, como ocurre por ejemplo con la obra de la conocida Viviane Sassen. Sería, digamos, como una versión sucia y descuidada, más lúgubre y menos esteticista, en sintonía con los tristes perdedores de Boris Mikhailov. Las horas nocturnas están asociadas a la libertad y el desenfreno, a la ruptura de códigos establecidos. Especialmente interesante me parece la mirada de Ayarzagoitia en el sentido más primigenio: se le nota la emoción de enfrentarse por primera vez a algo que no esperaba y sentir al mismo tiempo la inquietud de buscarlo de nuevo sin saber qué va a ocurrir esa próxima vez. Sencillamente, ella pensó que venía a Europa y se topó con África. Pensó que venía a una especie de lugar ideal y se encontró deambulando por los arrabales, entre asustada y sorprendida. Al contar esta experiencia en primera persona y solapar un proyecto creativo con sus propias vivencias, las historias que relata se convierten en una suerte de retrato fidedigno de un Madrid oculto que pocas veces sale a la superficie. La intimidad es un recurso difícil de manejar donde casi siempre se opta por acudir a la auto-referencia, da igual si es para mostrar narcisismo, catarsis o duelo. En este caso, se usa para elaborar un complejo discurso sobre la alteridad, sobre los otros que conviven con nosotros y no queremos ver. La reciprocidad que mantienen estos anti-héroes con su interlocutora, potencia curiosamente aspectos performativos. Durante el trance, el cuerpo se libera y genera movimientos fortuitos, posturas forzadas que comunican más allá de las palabras.

La puesta en página es dinámica, manifiesta una cadencia con buena métrica. El ritmo atrapa y no decae en ningún momento, pasando de un episodio a otro con naturalidad y sin recurrir a fórmulas. Están muy cuidados los detalles, a lo que se suma que la construcción visual de la historia es atractiva y logra engancharnos. La reproducción del color y las zonas oscuras, siempre problemáticas en las impresiones que incluyen personas de raza negra, están muy bien conseguidas. Los textos resultan divertidos y poseen algo extraño que nos recuerda al espanglish, aunque sean algo distinto. Están escritos en pocho, nombre que se da en la frontera mexicana con Texas a la fusión entre el castellano y el inglés estadounidense. No olvidemos que Sofía es precisamente de ahí, de Monterrey, la zona más americanizada de su país, un sitio de intercambio donde se solapan sin distinción las cosas de un lado y de otro igual que ocurre precisamente ahora en Lavapiés, un revoltijo de coincidencias donde lo castizo se superpone con las tradiciones foráneas de la gente que va llegando, sin distinguir nada y arremolinándose unos elementos con otros hasta crear un sustrato popular tan llamativo como desconcertante. Every night temo ser la dinner habla de la inmigración con un lenguaje nuevo: acudiendo a un código de apariencia jovial para tratar un asunto verdaderamente serio. Es fácil al hablar de estos temas caer en la seriedad solemne del drama o no evitar determinados estereotipos que marcan los clichés con los que etiquetamos a la inmigración. Con este libro Ayarzagoitia subvierte los límites entre realidad y ficción; su intención es involucrarnos en un territorio ambiguo donde lo comprensible se combina con lo ensoñado.


Every night temo ser la dinner ganó el primer certamen internacional de maquetas de fotolibros de La Fábrica en 2016, una convocatoria que permitía llevar a cabo el proyecto y trabajar con varios de los mejores profesionales del fotolibro en España.