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Rien. Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza

Carmen Dalmau

Rien, es un libro de gran formato, negro, como una lápida. El título, Rien, en letras de plata, aparece troquelado en la portada como un epitafio. La nada. El nombre del autor, también impreso en la cubierta, apenas perceptible, se desvanece  en función de  la luz que lo ilumina.

Abriendo el rectángulo de tapas blandas de cartón, descubrimos que el color negro presenta muchos matices, negro satinado, luminoso, saturado o  aquel  que absorbe todos los brillos.

No sólo es un fotolibro en blanco y negro. Es un libro en el que las  fichas negras ganan la partida. El negro que nos recibe crea silencio, permite escuchar el paso de  las páginas. Lo oscuro es denso, como el silencio, como la nada, como el caos  en el origen de la creación.

Cuando se niega el ser aparece la nada. Pero si hubo creación, vino de la nada primigenia.

Es difícil aplicar la lógica a la nada, aunque para Bergson, esta es el escondido resorte de la especulación filosófica.

Surgidas de lo negro, tras las guardas, y nuevamente el título, el avance de las imágenes se hace esperar. Comienzan a aparecer las grisallas, manchas de la creación. Marcas sutiles en el muro,  algunas latentes como un ejercicio de memoria. El caos del origen del mundo comienza a tomar orden. Y entonces es cuando nos sorprende la aparición del cuerpo desnudo, tensado en arco, marcando las vértebras, más real que la tierra que habita. 

Un mundo triste, con seres cansados amasados como barro, y escenarios de escombros. Un mundo poblado de diosas caídas, origen de la vida, la muerte y la desesperanza.

El negro es el color del luto en algunas culturas. Y es luto, y dolor, que se retuerce entre estas páginas.

La piel es trastada con las mismas texturas que lo inanimado.

El  tratamiento es escultural, barroco, en las retratadas, a doble página, con el cuerpo fragmentado y herido, lleno de cicatrices y marcas,  pretendiendo quizás, que esa distancia autoimpuesta, devuelve la dignidad enredada entre las ruinas, los tubos de acero, los cables, las paredes manchadas, las camas deshechas, y las plantas que sobreviven como un recuerdo olvidado de que alguna vez fuimos un mundo de bosques y selvas.  Hoy  habitantes de ruinas del paraíso, de la tierra convertida en un infierno. No hay piedad  ni esperanza.

Como en el verso de Dante a la entrada del Infierno: “Las ciate ogni speranza, voi ch´entrate”

El descenso a los infiernos es un camino sin retorno. A la mitad del camino de nuestras vidas nos podemos encontrar perdidos en selvas oscuras, de las que algunas veces es posible huir, pero si el final nos conduce a la boca del averno, ya no podremos escapar. Como no podemos salir de Rien, que nos deja sin aliento, página a página. Los dioses tampoco se apiadaran de Perséfone, y los mortales nos quedaremos sin primaveras.         

Hay piezas del puzle que no encajan en este  mundo surgido del caos primigenio. Las desheredadas, heroínas olvidadas, que muestran sus cuerpos gigantes, sus sexos malheridos, y senos gastados, como las grietas en un muro resquebrajado por la erosión, los diluvios y el tiempo.

El ser, los cuerpos, como los demás objetos, son arrojados a la Nada, de modo que la reminiscencia de la angustia del filósofo existencialista, parece habitar el ser de estas Venus tan antiguas como el mundo.

Rien es la angustia, la náusea que provoca la nada.

Avanzando hacia la mitad del fotolibro, surge una imagen que puede parecer el sol de este universo. Por un momento,  tenemos el espejismo de una esperanza.  Pero pronto descubrimos el  agujero negro que todo lo traga. Y los cables que aparecen al inicio del relato, no son hilos para salir del laberinto, el Minotauro sigue devorando a las doncellas. No es una historia de héroes con Teseo ni Ariadna, sólo es una historia cruel.

Rien es un libro duro, lleno de amarga desesperanza. Puede suceder en los arrabales melancólicos de Porto, o en cualquier otra ciudad agonizante, recubierta de cenizas.

Cuando entramos en Rien nos quedamos sin aliento ni respiro. Un globo varado, vértebras que trazan arcos imposibles, magulladuras, desagües de agua sucia, luces de neón oxidadas, suelos erosionados como superficies lunares, pieles de animales ancestrales clavadas a la pared y muebles desvencijados. No hay horizonte. No hay ninguna ventana para lanzarnos a volar. Sólo nos queda la Nada. Rien.