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Vanitas sin redención

Paz López

“Mi historia personal siempre ha sido importante. Mi familia y las personas que me rodean son temas recurrentes en mi trabajo fotográfico”. Con esta frase modesta Nicolás Wormull no sólo toma distancia de un tipo de fotografía artística hipnotizada por el culto a la forma o por alcanzar la gloria del instante decisivo —dos preceptos privilegiados dirigidos a la imagen fotográfica— sino que abre una pregunta decisiva y de largo aliento: ¿cómo imaginar un lenguaje que imagine al mismo tiempo una forma de vida? Pregunta que en la huella de la tradición pop de Larry Clark, Nan Goldin o el propio Andy Warhol, remitiría a los modos en que el registro de la intimidad doméstica reinventa el lenguaje fotográfico  —la instantánea, ese género menor y subsidiario, es elevado a la condición de objeto artístico—, y hace de la experiencia íntima un campo atmosférico en el que variables tradicionalmente desdeñadas y más bien austeras tienen un peso más decisivo que la propia subjetividad. De cualquier forma, la potencia del diario visual  —este entramado de técnicas y temas menores que no se reduce al registro obsesivo de los días— proviene más de la relación de intimidad con el propio lenguaje fotográfico que con los eventos que busca registrar. 

Alan Pauls decía de Bruno Dumont que no hay cine contemporáneo donde haga más frío, los cuerpos estén más desnudos, los golpes duelan más. Algo similar ocurre con las imágenes de Torso, este diario visual de Nicolás Wormull. Aquí hay escenas de camas, hoteles y bares de mal gusto, hay cuerpos impasibles, magullados, abandonados. Hay animales muertos y desmembrados. Hay carne, hay sangre, hay nieve. Fotografías extirpadas del tejido mismo de la experiencia, de aquello de lo que estaría tramada la propia vida de Wormull, y sin embargo, no son imágenes estrictamente realistas ni decididamente documentales. Su intensidad no procede de ninguna confesión o revelación que de rienda suelta a la natural indiscreción de la mirada antes de ser entrenada por la cultura. Si hay intimidad en estas fotografías, ella deriva del modo en que la cámara se convierte en manos de Wormull en un aparato él mismo ya fracturado, lacerado, por lo que las imágenes que de allí nacen no pueden sino hacerlo ajustadas a esa torcedura. Una relación de intimidad  —interna y carnal— entre el fotógrafo, la foto y aquello que la foto muestra. Deleuze decía que el estilo es un agenciamiento de enunciación capaz de crear una lengua en la lengua. Indiferente al tema o al contenido, el estilo no representa sino que produce una mirada, una forma de vida. Y en Wormull, el estilo, su estilo, me atrevería a decir, es el de una vanitas sin redención. Sin pasado y sin futuro, los rostros, objetos, lugares y escenas de Torso tienen la forma de una presencia bruta que no cede a otro destino que el de estar ahí, tambaleando frente a su propio abismo.

Todo ello se intensifica gracias al trabajo de edición de las 68 fotografías que componen Torso, una edición hecha por correspondencias o rimas visuales y no por soluciones de continuidad. Que opere por correspondencias y no por continuidad quiere decir que en el laboratorio visual de Wormull es el parentesco virtual de las imágenes y no su estricta coherencia lo que anuda su sentido. Eso hace posible que convivan apaciblemente niños, vagabundos, plantas y desechos, bloques de silencio y contemplación seguidos de cuerpos y objetos en ruina, Chile y Suecia, dos países donde Wormull ha vivido intermitentemente. Que las imágenes convivan apaciblemente no quiere decir, de todas formas, que el mundo sea para Wormull un lugar completamente apetitoso.