Veinte años después de su primera edición, Galaxia Gutenberg reedita La razón estética de Chantal Maillard. Un libro de estímulos inagotables. Uno de los ensayos más lúcidos de nuestro tiempo. Sin duda, “una propuesta para tiempos difíciles” que deberíamos interiorizar. Maillard da respuesta a preguntas sobre algunas ideas extraídas de su ensayo, en el cual la imaginación creadora cobra especial sentido para una educación sensible: la ficción, los mitos, el abismo y el silencio constituyen en esta entrevista las vértebras que delinean todo aquello que es posible y por lo cual (nos) construimos.
La imaginación creadora
Ficción, mitos, abismo y silencio
Nos presenta La razón estética como “una propuesta para tiempos difíciles”. En muchas de sus páginas encontramos palabras optimistas que nos alientan a reflexionar acerca de las formas sensibles de percibir y crear mundos a través de la imaginación. El optimismo lo sitúo en la democratización de la posibilidad, de la capacidad (de todos) de crear desde los mundos propios realidades colectivas. Mas lo posible conlleva responsabilidades ineludibles y radicales. Usted expresa con urgencia la necesidad de una educación de la sensibilidad, “ahora más que nunca”, enfatiza. ¿Por qué poner en valor la sensibilidad, si desde su perspectiva actual no cree posible ni necesario salvar el mundo y la especie humana? Educar la sensibilidad puede ser un camino hacia la salvación de nuestra civilización.
Nuestra… ¿civilización? ¿Qué significa eso? ¿La legitimación de las guerras, la expoliación, la esclavitud, los exterminios? ¿La institucionalización de la codicia? ¿La cultura del ansia y la insatisfacción? ¿La ritualización festiva de la depredación? ¿El antropocentrismo falocrático? ¿Las estrategias que ocultan bajo un manto de creencias el terror a desparecer? ¿La legitimación del crecimiento de una especie en detrimento de las demás? ¿La arrogancia de individuos que consideran virtudes sus defectos?
Escribí este libro hace ya veinte años, antes de que los ordenadores y los teléfonos móviles se hubieran popularizado tanto. En aquella época aún podíamos permitirnos cierto grado de optimismo. Pensé que era posible, en efecto, crear otros mundos, otras maneras de entender(nos). Comprender que ciertos conceptos sobre los que se había montado el mundo del que ahora padecemos las consecuencias (el “ser” o “Dios” o la “verdad”, por ejemplo) no eran necesarios. Que, en vez de pensar en términos de permanencia, podríamos pensar en términos de suceso: no somos, sucedemos, y no sucedemos solos, sino con los otros, con todo lo otro. La vida no es algo que sólo es, pertenece a lo que se ha considerado seres vivos, toda materia vive. Vivir es producirse, surgir —esto es lo que la palabra griega physis significaba—, transformarse. Una razón estética (aisthésica), sensible, es una razón capaz de pensar con/desde el cuerpo, nunca sin él. Un cuerpo que no termina en donde aquel, formalmente limitado, que consideramos nuestro. Pues cuando hablamos de suceso estamos asumiendo que nada es independiente, que todos formamos parte de un gran organismo.
Hoy en día, no obstante, lo veo bastante más difícil. Somos demasiados y seguimos multiplicándonos con celeridad.
Si a través de la imaginación creamos los mundos que constituyen lo que entendemos como realidad, parece ser que, sin darnos cuenta, las apariencias de los mundos nos acercan a la idea de simulacro. ¿Qué habitamos entonces, la realidad representada o las apariencias que representan los mundos que creamos? ¿Por qué?
Cuando hablamos de realidad y apariencias nos seguimos moviendo en el universo dicotómico de la filosofía del ser que ha caracterizado al pensamiento cristiano. Esto es lo que nos sigue provocando confusión y cierto reparo ante la idea de que los mundos son algo que construimos.
La palabra “mundo”, sin duda, se presta a equívocos. En este contexto, un mundo es una construcción colectiva que resulta de la puesta en práctica de nuestras facultades de representación, tanto receptivas como creativas. No es, por lo tanto, sinónimo de realidad. La realidad es aquello que sucede, y el suceso es un fluir que no puede ser apresado, mucho menos con la razón lógica que, al funcionar gramáticamente, necesita detener el flujo y segmentarlo, obviando sus continuas confluencias y transformaciones, para poder decir algo con sentido. De ahí la propuesta de un modo de racionalidad que nos permitiese aprehender no el ente sino el suceso.
Aceptar el mundo como una ficción puede resultar desconcertante para muchos que buscan la verdad en la realidad, absurdo para aquellos que nunca se lo han planteado, abstracto para quienes creen en esa posibilidad. Aceptar el mundo como una ficción es asumir la existencia de otros mundos, de otras ficciones, en definitiva: ver y aceptar al otro. ¿De qué manera conviven los distintos mundos creados cuando la realidad y la verdad están siendo constantemente cuestionadas desde la relatividad de lo subjetivo?
El problema no es que los mundos sean o no verdaderos, el problema es el propio concepto de verdad. No hemos logrado matar a Platón. Nos seguimos moviendo en viejos parámetros. Vivimos y actuamos, de facto, en un mundo distinto, pero lo hacemos con valores que han quedado inservibles. La verdad es una noción de equivalencia que nunca debió utilizarse en terreno metafísico o religioso. En manos y ámbitos equivocados, esa palabra ha puesto en marcha ejércitos y ha legitimado incontables genocidios, opresiones y cautiverios. Cuando la verdad se hace sinónimo de realidad se está desplazando indebidamente un elemento lógico al ámbito metafísico. Por eso he insistido tanto y tantas veces en la necesidad de definir los términos que utilizamos antes de hablar.
Si con respecto a la manera de comprender la realidad y formularla hablamos de coherencia en vez de hablar de verdad, no solamente nos deshacemos de un concepto vacío, sino que también evitamos el riesgo de dominación por parte de quienes se la otorguen como valor supremo. Cuando hablamos de coherencia hablamos de relaciones lógicas que no remiten a nada externo, sino a la organización interna del sistema. Esto le proporciona una autonomía que le permite, a su vez, entablar contacto con otros sistemas, respetando —dicho en términos de dramaturgia— su texto.
“Dar coherencia a nuestra vida depende de nuestras cualidades ‘artísticas’: la capacidad de articular convenientemente las piezas para su mejor funcionamiento”
Si admitimos que la verosimilitud de un mundo viene dada por su coherencia, que nos convence y nos da sentido, ¿en qué medida debemos dejarnos guiar por la coherencia del mundo para encontrar su (nuestro) sentido cuando éste se nos presenta incoherente con tanta frecuencia? Ante tal incoherencia, ¿no es acaso inevitable ser engullidos por el sinsentido (colectivo)?
Una buena obra de teatro es la que tiene coherencia. Su coherencia viene dada por la lógica interna. Si no la tiene, simplemente no es buena. Muchos pueblos antiguos han sabido construir mundos coherentes, mundos que tenían sentido porque no se centraban tan sólo en la especie humana ni en las fluctuaciones emocionales de sus miembros. Su sentido venía dado por el sentido del organismo vivo al que se sabían pertenecer. Cuando perdemos de vista esa unidad advienen la confusión y el sinsentido.
Y digo esto independientemente de que podamos valorar la vida positiva o negativamente, por supuesto. La vida no es ni coherente ni incoherente. Lo coherente y lo incoherente depende de la manera en que relacionemos entre sí los elementos que entran en juego en una situación dada. Dar coherencia a nuestra vida —y a la de nuestro entorno— depende de nuestras cualidades artísticas: la capacidad de articular convenientemente las piezas para su mejor funcionamiento (algo que, por supuesto, puede potenciarse), y de nuestra disposición para observar nuestras emociones y la fabricación de lo sentimental.
Hemos creado sistemas que se rigen por estructuras de poder (en todos sus niveles) que movilizan y sostienen a la civilización y, a su vez, la limitan y la controlan. Estos sistemas motivan la búsqueda del sentido individual y colectivo como un deber que activa el funcionamiento económico y social. Si derrocáramos los sistemas, a ese mundo que hemos creado entre todos, como en una simulación de reinicio, éste se desmoronaría ocasionando el caos y la crisis social. Lo estamos viendo a diario, los sistemas que imperan en gran parte del mundo están entrando en crisis con consecuencias similares en distintas culturas. Si esto llegase a suceder a un nivel profundo, de cambios radicales, ¿cuál sería el cometido de la razón estética, aquella (cito sus palabras), “razón creadora, ética e irónica” en una sociedad alienada y tan inevitablemente dependiente de las estructuras de poder?
¿Y me pregunta por qué no soy optimista…?
“Leemos imágenes antes que letras y desde que tenemos memoria se han contado historias alineando dibujos sucesivos”
En el capítulo La eternidad como castigo alude a los mitos como esas otras historias que no buscan convencer, que no explican, “sino que proyectan, exteriorizan, materializan” a través del engarce de imágenes. Me es inevitable pensar en los discursos visuales al proyectar posibles mitos, especialmente en las secuencias fotográficas que encontramos en algunos libros. ¿Qué opinión tiene acerca del potencial del fotolibro para crear nuevos mitos contemporáneos? ¿Es posible crear nuevos mitos en una sociedad como la actual, acostumbrada a la relectura (reelaboración) de los mitos clásicos?
La imagen narrativa ha tenido siempre una función social importante, es evidente. Leemos imágenes antes que letras, y desde que tenemos memoria se han contado historias alineando dibujos sucesivos. Construimos el antes y el después de acuerdo con el movimiento que reflejan las figuras. Los niños y los pueblos ágrafos se cuentan las historias de esa manera. Claro que no todos los relatos son tan inocentes. El cómic y sus precedentes también han servido, en diversas épocas, para construir —o destruir, según el caso— un imaginario colectivo acorde con determinados intereses. Releemos y reescribimos los mitos transformándolos de acuerdo con las formas (de ver, pensar y actuar) de la época o, por el contrario, reforzando las anteriores, y esas relecturas y reescrituras a su vez modificarán dichas formas. El vampiro de Murnau (1922) o el de Dreyer (1932), por poner un ejemplo que comento en La razón estética, no es en absoluto el mismo que el de Coppola (1992) ni que el de Jim Jarmusch (2013). A través de las distintas versiones de aquel mito podemos repasar la historia reciente de la confrontación con el otro en la cultura occidental y las estrategias con las que reforzamos el cerco de seguridad que nos mantiene a salvo. Que las nuevas formulaciones sean ética y políticamente útiles dependerá del grado en que seamos capaces de comprender la naturaleza humana haciendo abstracción de las opiniones, los valores aprendidos y la historia personal que nos condiciona.
“Asentir al abismo significa saber que no hay una sola manera de entender eso que llamamos realidad”
Nos dice que el abismo es el lugar de lo posible. Desde esa perspectiva, la concepción generalizada, tal vez errática o tal vez romántica, que tenemos del abismo dejaría de ser aquella que la define como un lugar terrorífico que nos atormenta y a la vez nos atrae por su misterio. Sin embargo, si lo pensamos como una oportunidad para la posibilidad, como “un reto”, como usted bien dice, el abismo podría asimilarse como un lugar lleno de optimismo, un lugar para la revelación. ¿Cuál sería el propósito de habitar el abismo si “nuestros sentidos están preparados para las formas” y en él nada podremos conocer porque es un mundo sin formas? ¿No es acaso un acto de fe ciega creer que en la oscuridad absoluta de lo informe podemos encontrar el optimismo necesario para lo posible?
Yo me cuidaría ya muy mucho de utilizar la palabra “revelación”. Huele a verdades ocultas, a realidad trascendente, a verdades sin referente. También me cuidaría de la palabra “optimismo”: el optimismo y el pesimismo definen tan sólo nuestro grado de satisfacción o insatisfacción para con la existencia. “La boca abierta del abismo” —que es lo que significa la palabra jaos (o “caos”) que Hesíodo emplea para para describir los inicios— es también, en Lao Zi, la madre oscura, generadora de los 10.000 seres. Asentir al abismo significa saber que no hay una sola manera de entender eso que llamamos realidad, que hay muchos modelos posibles y multitud de formas y relaciones por conocer y que lo que ignoramos es y será siempre infinitamente más que lo que creemos conocer, porque al igual que no podemos saltar sobre nuestra sombra, tampoco podemos prescindir de nuestro cerebro para transformar en datos lo que nuestros sentidos o nuestras máquinas nos transcriben. De nosotros depende pensar ingenuamente que nuestras transcripciones sean fieles representaciones de una supuesta realidad trascendente o subyacente, o entender que son las fórmulas con las que, a ciegas, elaboramos los mundos en los que luego creemos.
“Hay mucho más que escuchar en el silencio que en los sonidos que acostumbramos a oír”
Para entrar en el abismo nos invita a renunciar a nuestros ojos, porque intuye que la ceguera es indispensable para conseguirlo. Renunciamos a nuestros ojos y a todo lo que aquello conlleva. Estamos dentro y está oscuro porque no tenemos ojos, pero ¿qué oímos en el abismo? ¿Qué cometido tienen el silencio y la escucha dentro del abismo? ¿Es posible conocer en el abismo mediante el silencio y su escucha?
Para liberar alguno de los 10.000 seres que dormitan en el abismo de las posibilidades es necesario, en efecto, eliminar o prescindir de los patrones anteriores. Asentir a la oscuridad. Asumir la ignorancia. Ciertamente el pensamiento occidental es prioritariamente visual. El conocimiento es visión, y la ignorancia, ceguera. Y esto a pesar de que Platón no concibiera el εἶδος, la idea, como visión común, sino como visión intelectiva, es decir, como la capacidad de abstraer formas: estructuras conceptuales. Estas estructuras no necesariamente tienen que ver con el sentido de la vista. Los sonidos construyen en lo abstracto mucho mejor que la vista en lo sólido. Algunas escuelas del hinduismo, el sivaísmo, por ejemplo, proponen un modelo que atiende a la vibración como principio cósmico. Conciben un universo sonoro, cuántico si se quiere, en el que las formas se distinguen por la mayor o menor velocidad vibratoria de las partículas sonoras. Los sonidos concretos, los que nuestros oídos perciben, serían las formas más burdas de —hablando de nuevo en términos visuales— una materia cuya vibración más sutil sería imperceptible. Pero igual que podemos ser conceptualmente ciegos y no saber remontar de las formas más sólidas a las más abstractas, también ocurre con el sonido. Hoy en día el ruido está por doquier. Lo llena todo. Nos aturde. Es difícil hallar un lugar en el que podamos dejar de percibirlo. Incluso si nuestros oídos no lo perciben, su vibración penetra en nuestro cuerpo. El cuerpo es un órgano más sensible que los demás sentidos. Entre otras cosas, porque lo ignoramos y, por tanto, no hemos aprendido su funcionamiento. Podemos cerrar los ojos, podemos taparnos los oídos, pero no sabemos por dónde empezar para cerrar las compuertas de la piel. El tacto no sólo son los dedos. Así que el ruido penetra en el cuerpo y lo ocupa. Y nos sentimos inquietos, agitados, desestabilizados. No sabemos por qué razón. Y esa agitación condiciona nuestros gestos, nuestras palabras, nuestros actos, y así se van encadenando las acciones, el pensar, las emociones, sin que tengamos idea de cómo detener eso que, al fin y al cabo, es ruido. Es más que nunca necesario hacer silencio, silenciarse. Al exterior, pero también y sobre todo, en nuestro interior. Aprender a hacer silencio. Lograr estar en silencio en medio de un bombardeo. Esa es la idea. La que yo propondría. Y luego, escucharlo, por supuesto. Escuchar el silencio. Hay mucho más que escuchar en el silencio que en los sonidos que acostumbramos a oír. Y es sorprendente lo que podemos apre(he)nder cuando el lenguaje no interfiere.
¿Es la razón estética una razón feminista? ¿Qué viabilidad tiene la razón estética en el rígido sistema patriarcal imperante?
“Feminista” es una palabra que no me gusta. Todo -ismo es una ideología. Todo -ismo se define contra lo que no le pertenece. Todo -ismo es la guerra. La razón estética no necesita imponerse frente a otra cosa, lo que necesita y quiere es volver a integrar lo que le fue sustraído: todas aquellas variantes cognitivas —la sensibilidad, la intuición, lo prelingüístico— que los parámetros patriarcales marcaron, con el consiguiente desprecio, como femeninas, a diferencia de la racionalidad o el intelecto que atribuían a lo masculino. Pero ¿de verdad seguiremos atendiendo a esos parámetros? Yo desde luego prefiero evitar hacer distinciones que enturbien más que otra cosa la visión que podamos tener de nuestras facultades. Ni la sensibilidad es sensiblería, ni la intuición es algo misterioso, ni lo prelingüístico es el antecedente pobre del lenguaje, sino que pertenecen a ese conjunto de facultades que fueron rechazadas por los patriarcas en pro de una racionalidad lógica, limitada y sobrevalorada, junto con todo aquello que no comprendían y podían ponerles en peligro. Es tiempo, sin duda, de recuperar la escucha y los antiguos saberes y las artes que hemos custodiado en las sombras. Es tiempo de devolverles su espacio. Es tiempo de despertar a la durmiente.
Cómo citar:
BOISIER, Ros, Entrevista con Chantal Maillard: “Es tiempo de recuperar la escucha y los antiguos saberes y las artes que hemos custodiado en las sombras”, LUR, 22 de enero de 2020, https://e-lur.net/dialogos/chantal-maillard
Chantal Maillard (Bruselas, Bélgica, 1951) Poeta y Doctora en Filosofía, especializada en Filosofías y Religiones Indias por la Universidad de Benarés. Ejerció como profesora titular de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Málaga hasta el año 2000. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía por Matar a Platón (2004) y Premio de la Crítica y Premio de la Crítica de Andalucía por Hilos (2007). La mujer de pie (2015), Cual menguando (2018), ¿Es posible un mundo sin violencia? (2018), La compasión difícil (2019), son algunos de sus últimos títulos publicados.
Ros Boisier (Temuco, Chile, 1985) se dedica a la escritura, a la creación y a la producción editorial en el ámbito de la fotografía. Sus investigaciones ahondan en la reflexión sobre la existencia y el territorio y en los usos de la imagen fotográfica en los discursos visuales. Es licenciada en Comunicación Audiovisual y máster en Producción e Investigación en Arte. Autora del fotolibro Pérdida (Muga, 2015) y directora de una investigación sobre la experiencia lectora de fotolibros cuyo resultado fue el libro De discursos visuales, secuencias y fotolibros (Muga, 2019), en LUR firma principalmente entrevistas y reseñas de fotolibros.
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