1. Observación y función
Enrique Lista
Quisiera comenzar este diálogo centrando el tema (la construcción del paisaje y la transformación del territorio) por un camino aparentemente excéntrico: hablando de la separación entre arte y artesanía en el siglo XVIII. Tal separación reservó los atributos elevados y poéticos para el artista: imaginación, inspiración, libertad y genio; mientras que adjudicaba los atributos serviles al artesano: destreza, reglas, imitación, servicio. En paralelo, se va construyendo y consolidando una nueva institucionalidad para el arte (principalmente academias y museos), pero también se produce una feminización de los oficios minusvalorados y, sobre todo, se consolida un nuevo tipo de mirada reglamentada por la disciplina de la Estética: la contemplación desinteresada, gradualmente acentuada a través de la Modernidad hasta llegar a la idea del ‘arte por el arte’. Si es arte, no es útil, si es útil, no es arte.
Acercándonos a nuestro tema, el paisaje también puede entenderse como una forma de mirada, una relación contemplativa y desinteresada con el territorio…, pero en vuestros trabajos resulta evidente que las relaciones de los grupos humanos con el territorio no son (no pueden ser) desinteresadas y no están libres de consecuencias. Estando el trabajo de Jorge más centrado en el análisis de las relaciones entre territorios, mercados y comunidades; y el de Chiara más dirigido a las intervenciones colaborativas sobre contextos específicos (discúlpense las simplificaciones), en ambos casos trabajáis en proyectos complejos en los que la fotografía funciona como una de las herramientas o recursos disponibles.

Áreas protegidas del Delta del Llobregat, 2022
Esto nos conduce de nuevo a la cuestión del uso: no os acercáis al territorio como mero objeto de contemplación y vuestra fotografía no puede encuadrarse en el mero paisaje formalista (aunque las experiencias en las que os implicáis y vuestras fotografías mantienen valores estéticos). La fotografía ha podido perder hegemonía en el desempeño de funciones documentales y comunicativas, pero estas no han desaparecido sino que se han desplazado a su uso como herramienta artística. El arte puede hacer algo y el paisaje puede contener los usos del territorio.
¿En qué medida confiáis en la posibilidad de usar la fotografía más allá de la mera contemplación?, ¿es posible que funcione como una herramienta para el análisis o la intervención en las relaciones que las comunidades humanas establecen con los territorios que habitan?, ¿qué prioridad otorgáis a la observación a través de la ‘ventana fotográfica’ o a la intervención sobre el territorio encuadrado?
Jorge Yeregui
Mi trabajo está bastante influenciado por la teoría del paisaje. Sin estar necesariamente de acuerdo con algunas de las ideas que desarrollan los autores que se dedican de forma específica a este ámbito de conocimiento, especialmente en lo que concierne a la evolución del paisaje y a su relación con la historia del arte, la definición de paisaje como construcción cultural sí que está muy presente en la manera de trabajar con el entorno.
De esta manera, el paisaje no es solo aquello que se presenta ante nuestros ojos, ya sea un majestuoso valle entre cordilleras, una tierra de campos de cultivo, la periferia de una gran ciudad o un barrio en construcción. Esto es lo que la mayoría de autores coinciden en llamar territorio y que corresponde al soporte físico sobre el que se produce el paisaje. En cambio, este último pasaría a ser una construcción que realiza la persona que mira y en la que intervienen tanto su experiencia como su propio conocimiento. No es tanto lo que se contempla, como la manera en la que se produce esa mirada. Por eso se define como una construcción cultural, porque está condicionada por la época y por el lugar en los que se sitúa el observador. Por ejemplo, las playas de Normandía no se perciben de la misma forma antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, podríamos decir que el paisaje se encuentra a mitad de camino entre lo que se contempla y lo que se conoce respecto a ese lugar. Y, en sentido inverso, en una especie de círculo vicioso, el contexto cultural que condiciona nuestra mirada está a su vez compuesto, y por tanto condicionado, por la acumulación de miradas que desde el arte, la literatura, el cine o la poesía se han depositado sobre el entorno, sobre el espacio que nos rodea.
Este es el ‘lugar’ desde el que mi trabajo mira hacia el entorno y, por tanto, no puede inhibirse de lo que allí sucede. Es el deseo por desentrañar dinámicas que se producen sobre el territorio y que no siempre resultan visibles, el que me lleva a articular los proyectos a modo de ensayo y a hacer un uso específico de la fotografía.

Montaje galería àngels barcelona, 100 fotografías, impresión tintas Dye 10×15 cm c/u, 2018
Chiara Sgaramella
Mi práctica artística explora las relaciones entre metabolismos sociales y ecosistemas naturales para abordar cuestiones relacionadas con el uso de la tierra, las prácticas agrícolas y la soberanía alimentaria. En mis proyectos, trato de aproximarme al territorio como a una construcción social y desde la complejidad de sus dimensiones geográficas, históricas, culturales y políticas. La fotografía acompaña casi siempre mi proceso creativo y de investigación. No se trata solo de un espacio de contemplación o de experimentación formal: la imagen fotográfica constituye una herramienta de estudio de los múltiples factores que contribuyen a configurar el territorio en la actualidad.
Observando las dinámicas de explotación capitalista y sus consecuencias ecológicas y sociales sobre el terreno, considero que pueden detectarse algunas de las numerosas contradicciones del modelo económico actual. Así pues, la fotografía no es únicamente un recurso formal, sino que contribuye, junto con el dibujo y la instalación, a construir conocimiento y plasmar otras narrativas relacionadas con el presente que vivimos. Por otro lado, en algunos proyectos recientes, como por ejemplo la investigación que estoy llevando a cabo en colaboración con el Grupo de trabajo de las ecologías híbridas del Delta del Llobregat,[^1] el medio fotográfico funciona también como un registro documental de las agresiones históricas sufridas por un determinado territorio, en este caso el biotopo del delta. El trabajo de campo se funde aquí con la indagación de archivo. Las fotografías propias dialogan con imágenes históricas visibilizando algunas transformaciones (a menudo irreversibles) ligadas a la ampliación de infraestructuras como el puerto o el aeropuerto internacional de Barcelona-El Prat que han conformado la geografía del lugar. Al mismo tiempo, este material fotográfico documenta las formas de resistencia que las comunidades locales han desarrollado a lo largo del tiempo para reivindicar otras visiones del territorio, así como una relación menos destructiva con el ecosistema y las especies que lo habitan.

Pintadas contra la ampliación del aeropuerto internacional El Prat y el proyecto urbanístico ARE Eixample Sud, El Prat de Llobregat, 2022
2. Tiempo y lugar
Enrique Lista
En un sentido metafórico bastante apropiado para el tema que nos ocupa, veo que en vuestras intervenciones están presentes diversas ideas sobre las capas que se superponen en el tiempo: una sedimentación de miradas (la historia de los lugares que influye en el modo en que los contemplamos), pero también una sedimentación física que no deja de ser antrópica (las agresiones en las sucesivas formas de explotación de un determinado territorio). También compartís una cierta voluntad analítica, de construcción de conocimiento, en la que la fotografía sería una herramienta con diversas utilidades. Quisiera sin embargo proponer ahora un salto, fuera del medio fotográfico y fuera de nuestro tiempo, pero no fuera de algunas capas que el pasado no tan lejano puede aportar a este debate. Quisiera regresar al siglo XVIII.
Os propongo como motivo para continuar el diálogo la obra del pintor británico Thomas Gainsborough El Señor y la Señora Andrews (1748-1749). La pintura —retrato y paisaje a un tiempo— se ha tomado como paradigma de la sociedad paternalista y capitalista de la Inglaterra del XVIII. El retrato de un joven matrimonio de nobles de la Suffolk rural tiene como telón de fondo un paisaje campestre en el que se evidencian con orgullo tres formas de explotación: la caza (véase al armado Señor Andrews), la ganadería (véanse las ovejas al fondo) y la agricultura (véase el trigo cosechado). En este último caso hay un importante matiz: las ordenadas filas marcadas en el campo segado parecen haber sido producidas por la revolucionaria sembradora inventada por el gentleman farmer Jethro Tull, subrayando la eficiencia con la que se gestiona el cultivo.
La obra no puede reducirse a un esteticismo caduco: en ella se acumulan ideas estéticas, políticas y sobre la relación con el territorio. Nos habla del arte, de las clases sociales, de sus valores y de la relación con los recursos naturales. Si no estoy desencaminado en este leve desvío, ¿hasta qué punto nos marcan las historias de la economía y del arte?, ¿hasta dónde puede ser pertinente que nos remontemos para saber lo que hacemos y lo que vemos?, ¿cómo acotáis (temporal o espacialmente) los territorios de análisis en vuestros proyectos?
Jorge Yeregui
Antes comentaba que desde la teoría del paisaje alguien que contempla un territorio lo hace condicionado por la época y el lugar desde los que se ancla esa mirada. De igual forma, considero que el territorio ofrece, a través de sus transformaciones, una imagen de las sociedades que lo habitan, con sus virtudes y sus defectos. Esto se entiende mejor en un contexto urbano donde, en términos generales, todo está diseñado, ordenado y regulado mediante directrices generales, por barrios o por zonas de crecimiento, así como por normativas de diseño, de uso (comunidades de vecinos), etc. Incluso se modifican los elementos naturales, de forma que los árboles existentes se talan y se vuelven a plantar, los ríos se canalizan, la topografía se modela y el aire se trata (o se contamina). A nivel territorial resulta similar y cada metro cuadrado responde a un considerable número de normativas, leyes, decretos, planes y otra serie figuras que determinan su utilidad, uso, conservación, etc.
Por lo tanto, en pleno siglo XXI todos aquellos elementos que constituyen el paisaje, prácticamente a escala global, responden a una planificación y a la manera en la que se pone en práctica o se desatiende. De esta manera, considero que el paisaje refleja la forma en la que las sociedades piensan y organizan el entorno, sus sensibilidades, intereses, preocupaciones y prioridades, algo que pretendo visibilizar en mis proyectos.
Este fenómeno se acelera exponencialmente desde la revolución industrial y se hace cada vez más visible a medida que nos acercamos al presente, motivo por el que la mayoría de mis trabajos se desarrollan a partir de situaciones paradigmáticas que se han producido en las últimas décadas y cuyo origen se sitúa en este arco temporal. Situaciones recientes que dejan sobre el territorio una traza que denota los intereses y preocupaciones de las sociedades contemporáneas.
Por ejemplo, la serie Paisajes mínimos analizaba la proliferación de pequeños jardines integrados dentro de proyectos de arquitectura en una serie de intervenciones que oscilaban entre la preocupación por el medio ambiente y el greenwashing. En un contexto globalizado en el que el mercado se ha impuesto sobre cualquier otra fuerza a la hora de dinamizar a los individuos y a las sociedades, Acta de replanteo se proponía visibilizar los efectos sobre el territorio. En Las montañas perfectas, proyecto realizado para la Fundación Cerezales, se abordan las transformaciones que la actividad extractiva ha introducido en el paisaje leonés a lo largo del siglo XX. En Deshacer, borrar, activar se muestra el proceso por el que un resort se demuele y el espacio que ocupaba se re-naturaliza hasta quedar integrado en un parque natural. Por último, en la actualidad trabajo en un proyecto que estudia la forma en la que se produce la protección de espacios naturales, un fenómeno cuyo origen se remonta a finales del siglo XIX, algo que antes no se había considerado necesario.
Revisando estos ejemplos se podría decir que, desde un punto de vista geográfico, el trabajo busca emplazamientos donde se haya producido una situación sintomática que refleje dinámicas o sensibilidades contemporáneas. Mientras que, desde un punto de vista temporal, el deseo por evidenciar la capacidad transformadora del ser humano sitúa estos trabajos principalmente en la actualidad.

Montaje galería àngels barcelona, 16 fotografías, impresión con pigmentos minerales sobre papel de algodón, 63 x 42 cm c/u, 2018
Chiara Sgaramella
La referencia a la obra de Gainsborough es muy sugerente. Como es sabido, el artista es uno de los protagonistas del desarrollo de la pintura de paisaje en Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII. Este periodo coincide también con la introducción en este país de las leyes sobre los cercamientos (o enclosures) que supusieron la gradual desaparición de las tierras comunales, así como una transformación de las prácticas agrarias. Varios autores coinciden en identificar esta transición como una de las formas de privatización y acumulación originaria de las que surgió el capitalismo.[^2] Paralelamente a esta transformación tuvo lugar un cambio en la percepción del campo que se materializó en la creación de nuevos valores estéticos y culturales ligados a la representación del paisaje, contribuyendo a su idealización.[^3] Todo ello demuestra claramente la influencia de las relaciones de poder económico y de los cambios históricos en las prácticas y representaciones artísticas.
Al observar la pintura, me llama la atención la ausencia de los trabajadores y trabajadoras del campo. Podemos notar algunos efectos de su labor, pero sus cuerpos no forman parte de la composición. En la pintura y en otros sistemas de representación resulta interesante analizar no solo los temas y los sujetos retratados, sino también aquellos que están ausentes. Estudiar estas omisiones nos ofrece la oportunidad de acercarnos a aquellas culturas y narrativas que han sido silenciadas o —en este caso— invisibilizadas por las jerarquías sociales o la imposición de un modelo económico concreto. La indagación fotográfica de archivo que mencionaba antes es una estrategia para rescatar la herencia visual de aquellas formas de vida y relación con el entorno que han quedado relegadas a un rol subalterno, evitando al mismo tiempo visiones nostálgicas o idealizadas del pasado.
La investigación histórica tiene entonces un papel significativo en mi trabajo pues las transformaciones antrópicas del territorio a menudo se extienden a lo largo de siglos. Este tipo de análisis me permite contemplar las estratificaciones no solo espaciales, sino también temporales de las temáticas estudiadas. Es una aproximación que atiende a las dimensiones de continuidad entre pasado y presente, así como los momentos de ruptura en las dinámicas que han contribuido a plasmar un determinado contexto socioecológico.
La acotación temporal y espacial de la investigación depende del contexto en el que se está gestando el proyecto y de la(s) problemática(s) que se abordan en él. Por ejemplo, en la obra Oryza Collection (2017, hasta la actualidad) se abarca un arco temporal extenso que se remonta a la introducción del arroz en Europa —es decir al siglo X d.C., cuando los árabes trajeron el cultivo a la península ibérica— para comprender el impacto de este tipo de agricultura sobre el territorio de la Albufera de Valencia. Además, siguiendo los caminos de difusión de este cereal, el proyecto adquiere una dimensión ‘nómada’, desplazándose hacia otras regiones europeas como la de Piamonte (Italia) y tocando otras geografías caracterizadas por la presencia del cultivo del arroz.
En cambio, el estudio del Delta del Llobregat es más acotado desde el punto de vista espacial y se centra sobre todo —aunque no exclusivamente— en los últimos cincuenta años, examinando una franja temporal en la que se han llevado a cabo iniciativas urbanísticas especialmente agresivas hacia este territorio.
Creo que es importante destacar que, en ambos proyectos, también se contemplan los tiempos no humanos a través del análisis de las dinámicas geológicas y biológicas que han configurado los ecosistemas de referencia, entrecruzando temporalidades diversas y no necesariamente lineales.
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3. Palabra e imagen
Enrique Lista
Tal vez sea imposible una relación ‘en bruto’ con el territorio. Cualquier intento de que esta relación sea directa (no mediada) tiende a generar idealizaciones no muy distintas a las concepciones más ingenuas del paisaje. El uso de la palabra (como mediación básica) nos avoca a la ficción, pero también es el único recurso que nos permite leer las imágenes… y leer el territorio. Las observaciones de Chiara sobre la obra de Gainsborough, sus omisiones y su contexto hacen que cambie mi mirada sobre esa imagen. Del mismo modo, revisando en la web de Jorge las acciones de su proyecto Deshacer, borrar, activar, los textos de Marta Dahó cargan de sentido unas imágenes entrópicas, casi abstractas. Estamos en ese lugar común lleno de paradojas que es la relación entre palabra e imagen. Sigamos ahí.
Un viaje lo es en la medida en que somos capaces de proyectar sobre el territorio un cierto relato, ya sea la historia del lugar, un patrón estético o una explicación asumida de los fines que nos mueven a recorrerlo. Estos relatos se entrecruzan y a menudo son inseparables. El turista confirma su imagen previa del lugar, pero también consolida una relación económica con el mismo, por lo que no está tan lejos como parece de aquellos exploradores que fueron vanguardia de la explotación de nuevos territorios. Por supuesto, no es lo mismo la explotación de las materias primas que la explotación imaginaria, como no es lo mismo un safari de caza que un safari fotográfico, pero a todas estas formas de relación con el territorio las precede una forma de pensar ese territorio y esa relación. El logos siempre parece ir por delante de la sensibilidad.
Parecería por tanto que las palabras nos impiden poner los pies en el suelo, pero también que son el único recurso que tenemos para caminar sobre él. La metáfora sirve para nuestra relación con el territorio: saber que esta está siempre mediada nos permite ser críticos, pero un exceso de sospecha puede hacer que el suelo desaparezca bajo nuestros pies, nos conduciría a la paradójica creencia escéptica de que ‘todo es construcción cultural’ como si nuestro cuerpo no habitase un lugar o no se alimentase con lo que puede obtener del mismo.
Quisiera cerrar este conversatorio con algunas preguntas a la vez abstractas y personales, que están en el núcleo de aquello que (nos) mueve a la actividad artística: ¿qué grado de ‘confianza’ tenéis en la palabra y/o en la imagen?, ¿qué puede hacerse con cada una de ellas?, ¿en qué esfera puede hacerse: en la limitada esfera del arte o en la esfera social más amplia? Volviendo de algún modo al principio de este conversatorio, ¿dónde reside para vosotros la función del arte?

Montaje galería àngels barcelona, tríptico, impresión con pigmentos minerales sobre papel de algodón, 102 x 71 cm c/u, 2018
Jorge Yeregui
En estas cuestiones voy a ser muy escueto. No creo que al arte o a la cultura en general se les pueda atribuir un sentido utilitario. Es frecuente hacerlo, por ejemplo, a la hora de distribuir unos presupuestos, pero la unidad de medida debería ser muy diferente a las que comúnmente utilizamos para valorar la utilidad.
Tampoco creo que al arte o a la cultura se les pueda atribuir una función, pero sí tienen un efecto. Aunque a priori solo oye el/la que quiere oír y solo entiende el/la que quiere entender, tanto el arte como otras manifestaciones culturales tienen la capacidad de ‘mover’ (conmover, descolocar) y, por tanto, en ocasiones, de transformar.
La función del arte, en todo caso, residiría en ser arte.
Chiara Sgaramella
Como comenta Enrique, al aproximarnos a un territorio podemos partir de un contacto más físico y experiencial con el lugar y los seres que lo habitan, generando un tipo de acercamiento que se basa sobre todo en los sentidos. A esta dimensión más directa puede asociarse una reflexión analítica, centrada en una lectura del paisaje basada en criterios históricos, antropológicos, ambientales y estéticos, entre otros.
La tendencia en nuestra cultura occidental a dar prioridad al logos a menudo nos hace dejar en segundo plano las respuestas no verbales que nuestro cuerpo produce ante la experiencia de un territorio. En vez de orientarme hacia una visión dualista, me inclino más hacia la idea de que nuestros pensamientos y sensaciones se informan mutuamente y no es tan fácil —ni quizá sea tampoco necesario— separarlos. Creo que el arte trabaja justamente en un lugar intermedio donde se integran reflexión, sensorialidad y diferentes capas emocionales, llegando a expresar aquellas intuiciones que no siempre se pueden traducir en palabras. Al mismo tiempo, el arte deja espacio para la ambigüedad, para explorar conexiones inusuales y significados abiertos, no acotados o limitados por el lenguaje. Al respecto, me parece importante destacar que la investigación artística colectiva que estamos llevando a cabo sobre el Delta del Llobregat se combina con acciones de mediación cultural y recorridos experienciales abiertos al público que esperamos puedan contribuir a cultivar otras miradas hacia este territorio, así como vínculos afectivos y de cuidado.
¿Cumple el arte en este y otros casos una función ‘útil’? El tema de la utilidad del arte ha estado en el centro de muchos debates teóricos. Desde mi punto de vista y en relación con el tipo de indagación artística que estamos analizando, la dimensión afectiva ligada a la experiencia estética y los cambios perceptivos que esta puede llegar a producir permiten acceder a una comprensión más profunda de las complejas interacciones entre sociedades humanas y ecosistemas. En este sentido, la transformación de la sensibilidad puede tener un papel significativo en el desarrollo de una relación menos agresiva hacia la biosfera en una época de crisis ecosocial como la que vivimos. En síntesis, creo que la práctica artística no puede sustituir al debate democrático ni las decisiones políticas, pero sí puede proporcionar espacios de diálogo (con el entorno, con otras formas de vida, con diferentes colectivos, etc.) donde interrogarnos sobre el presente e imaginar otros relatos culturales menos antropocéntricos.

Albufera de Valencia, 2017
Enrique Lista
En este diálogo hemos partido de la polaridad paisaje/territorio y durante el mismo se han ido desplegando otras oscilaciones entre parejas de conceptos: contemplación/intervención, construcción cultural/transformación física, sociedades/ecosistemas o palabra/imagen. Creo que se ha podido evidenciar que estas polaridades no conllevan oposición sino co-implicación: no es posible anular uno de los términos de cada pareja o reducir un término al que lo acompaña como reverso inseparable. También se ha mantenido la consciencia del carácter temporal de esas polaridades, en cambio histórico constante, acumulando capas en una sedimentación que es tanto material como simbólica.
Este recorrido y reflexiones han quedado relacionados con alguno de vuestros proyectos y creo que también hemos tomado postura respecto a los usos del territorio, de la fotografía y del arte. A pesar de todo, diría que no hemos llegado a un cierre sino a una apertura, evitando alinearnos con formas de uso instrumentales, ya sea en la relación con el arte o con el territorio y las formas de vida (simbólica o material) que puede acoger y que merecen ser preservadas.
Libros sobre paisaje y territorio en Librería LUR
Chiara Sgaramella (Cerignola, Italia, 1982) combina la práctica artística, la investigación teórica y la pedagogía en procesos colaborativos vinculados con cuestiones ecosociales contemporáneas, especialmente las relacionadas con la agricultura, los usos de suelo y la soberanía alimentaria. En los proyectos en los que participa explora las complejas relaciones entre sociedades humanas y ecosistemas naturales.
Jorge Yeregui (Santander, España, 1975) es artista visual, arquitecto y docente. Investiga sobre la relación entre arquitectura y medioambiente, así como en la influencia de los mercados en el crecimiento urbano o en la ordenación y reglamentación del entorno. En sus proyectos combina fotografía, vídeo, texto e instalación, dando forma a complejos ensayos visuales.
Enrique Lista (Malpica de Bergantiños, España, 1977). Doctor en Bellas Artes (Universidad de Vigo), su tesis versó sobre la introducción de la Fotografía en el Arte Contemporáneo gallego. Desarrolla actividades como artista plástico y docente, además de colaborar en diversos proyectos culturales, como en FFoco Festival de Fotografía da Coruña. Es autor del ensayo Voz en off. Relatos en torno a lo fotográfico (Muga, 2020).
[^1] El Grupo de trabajo de las ecologías híbridas del Delta del Llobregat está compuesto por Christian Alonso, Vicky Benítez, Ferran Lega, Eduard Ruiz y Chiara Sgaramella; y colabora con diferentes agentes y colectivos activos en el Baix Llobregat y en el área metropolitana de Barcelona.
[^2] DE ANGELIS, M. (2001), Marx and Primitive Accumulation: The Continuous Character of Capital’s «Enclosures», The Commoner, (2), 1-22.
[^3] WAITES, I. (2012), Common Land in English Painting, 1700-1850, The Boydell Press, Woodbridge.
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