En ‘Los libros gestuales’, el artista visual, editor y docente Martín Bollati reflexiona sobre el acto de hacer y leer libros compuestos por fotografías y textos, a partir del análisis de casos vinculados a procesos editoriales en los que ha participado o a títulos publicados por su sello, SED Editorial





Un estudio de ‘Ruinas sin título’, de Martín Bollati
I
Leer es el modo de mirar del lector
Macedonio Fernández, Museo de la novela de la eterna: primera novela buena (1967)
Contrario a lo que pueda creerse, la lectura nada tiene que ver con la quietud. De hecho, podríamos trazar un mapa exacto de cada libro a partir del movimiento específico de los globos oculares sobre sus páginas. Existe un dibujo trazado por la mirada para cada proyecto (sí, la lectura es un proyecto). El lector está en movimiento, porque se mueven sus ojos cuando lee. También se mueve porque lo hacen sus dedos cuando pasan las páginas. La respiración del lector, marcada por el ritmo del libro, produce una contracción y una posterior dilatación del cuerpo. Hay quienes, al leer, hablan y susurran palabras a la página impresa. A veces esas palabras emergen del libro y otras veces surgen de lugares internos que pertenecen al lector y que se comparten exhalando una oración. El peso de un libro lo hace ocupar lugar y el paso de página, tiempo. “Un libro es un objeto en el espacio que contiene múltiples espacios en el tiempo”.[^1] En otras palabras:
Libro = territorio
Secuencia = camino
Lectura = andar
Índice = brújula
Número de página = reloj
Ya lo decía Plinio o San Agustín o Seneca o Santo Tomás de Aquino (la verdad es que encontré esta frase atribuida a todos ellos y esa falta de certeza le queda bien): “Teme al hombre de un solo-libro”. Agrego yo: “porque ese hombre transita un solo lugar”.
Libros = territorios
Biblioteca = imperio
II
La lectura no te salva de la soledad, te la amuebla
Luis Yslas Prado, A la brevedad posible (2015)
Me gusta pensar que las imágenes fotográficas son como habitaciones: verlas es como entrar por primera vez en la habitación de otra persona. Al entrar a ese espacio novel e íntimo, se buscan con urgencia los detalles: imágenes en las paredes, el orden, la forma en que está hecha la cama. A través de la observación (si el que entra es lector, entonces está leyendo) se confirma rápidamente una filiación con el espacio o bien se rechaza el ingreso por alguna disonancia. Interrogamos la habitación ajena a la que entramos, porque si se cierra la puerta, queremos entender con qué fuerzas quedaremos atrapados dentro. Lo mismo ocurre con una imagen fotográfica cuando la vemos. A primera vista, se manifiesta completa, como cuando se enciende la luz de una habitación; luego la leemos para entender que hay en allí para nosotros. Si las fotografías son habitaciones, leerlas es una forma de entrar, y entrar es iniciar un relato.
En un libro, la sucesión de imágenes acumula espacialidades. Al pasar de página, me desplazo de una habitación a otra. Una página en negro es como una habitación con la luz apagada; una página en blanco es como el momento previo a encenderla. Leer un libro de fotografías es llenarse los ojos de habitaciones. Leer es hacerse lugar.
La página izquierda y la derecha dirigen la mirada. Podemos direccionar al cuerpo lector y sacarlo a pasear. Estos son los beneficios del espacio y el tiempo en relación con la recepción. Las variantes de ese encuentro determinan lo que conocemos como ritmo. Si construir un libro de imágenes es construir un lugar hecho de habitaciones, y leerlo es recorrerlo, entonces podemos construir un laberinto o cualquier otro tipo de arquitectura que se nos antoje.
¿Que hay en el centro del libro de ustedes? ¿Y cómo se llega a ese centro?
III
En 2021 publiqué Ruinas sin título, un libro que toma como punto de partida el género de la aventura y cierta obsesión infantil por las películas de Indiana Jones. La intención era construir un templo dentro de un libro y un personaje que ingresara a él. Las fotografías del libro provienen de tres yacimientos arqueológicos distintos (Pompeya, Bonampak y la tumba de los guerreros de terracota en Xian) vinculados respectivamente a tres civilizaciones milenarias: el Imperio romano, la cultura maya y la dinastía Qin. Para realizarlas usé una técnica específica de forzado digital. La premisa era construir un solo espacio, ficticio, hecho de fragmentos, fotografías, de otros espacios reales, en ruinas. Influenciado por mis lecturas de Vilem Flusser y sus ideas sobre lo vedado del aparato fotográfico, imaginé que el templo representaba una cámara y que en el centro se encontraba la caja negra. Así se veían los apuntes que me rodeaban mientras pensaba en la publicación:

Para entender mejor el espacio que quería construir realicé un mapa. Mi idea era evocar un personaje en primera persona y para ello recurrí a una voz literal, que acompañaría el recorrido con sus observaciones. En la primera página el libro dice: “He descubierto la entrada del templo”. En una sola frase aparecen un personaje, un espacio y una voluntad de exploración.

En su novela La Frontera, Cormac Mc Carthy, enuncia la idea de que un mapa es siempre el resultado de una aventura. Mi mapa intentaba sintetizar una serie de movimientos que incluían el descubrimiento de la entrada del templo, un descenso, un primer reconocimiento y luego el recorrido de un largo pasillo protegido por guardianes de piedra. El libro se divide por umbrales, que anuncian el ingreso a las partes del templo, y que de alguna manera capitulan el libro. La idea la tomé de Los Americanos de Robert Frank, quien hace algo similar pero usando banderas.

IV
Las secuencias del libro responden a intentar hacer que el lector se mueva entre los pasillos y avance por las recamaras del templo. Italia o Italia, de Federico Clavarino, fue una referencia fundamental para comprender cómo podía construir ese mecanismo narrativo. También resultó clave la confirmación de los valores de luz en mis imágenes. Colocarlas todas juntas en pared, ordenadas según su intensidad lumínica, me ayudó a entender cómo generar espacios internos más oscuros y utilizar la lógica del encierro para hacer que el lector siempre buscara la luz e ir hacia la salida.

En el centro del templo, tras superar ciertas peripecias, el aventurero lector se encuentra con paredes cubiertas de escrituras, junto con una traducción eventual de sus significados. Allí se narra, con ímpetu mitológico, una historia propia, cargada de efectos, sobre el nacimiento de las palabras y las imágenes.
La historia dice así:
El hombre fue expulsado del firmamento divino por su prepotencia. Cayó del cielo, condenado a habitar en soledad la piedra seca y flotante que hoy llamamos hogar. Una estrella observó la caída y sintió pena. De ella brotó una lágrima, que cayó también. Al tocar el suelo de nuestra casa, la lágrima se convirtió en río e inundó al mundo con vidas.
Había entonces muchas vidas, y el hombre las quiso guardar. Con su sangre, y con la sangre de las vidas, guardó las sombras de las vidas y la suya también. Fueron muchas las sombras guardadas, y la casa del hombre se cubrió de ellas.
La estrella le había regalado las vidas al hombre, pero este había cubierto el mundo con sombras, y entonces ya no podía ver. Fue así que la estrella lloró otra vez, y al caer, su lágrima se convirtió en un río de palabras. Cada palabra contaba una vida y guardaba su sombra. La palabra ocupaba menos que la sombra. La casa, las vidas y sus sombras se podían guardar todas ahí.
El hombre tomó una palabra del río. La usó para decir “hombre” por primera vez, y el río se dirigió hacia él. A las palabras que sobraban, las puso una sobre otra y construyó un templo. Allí guardó el río, y todo lo que había, y todo lo que podía ser.
Pasaron iguales lunas que soles. Pasaron muchas de esas igualdades, y el templo fue olvidado. En el olvido, una sombra se juntó con una palabra y urdieron un plan: desordenarían el río de palabras que el hombre había apilado, y así, las vidas, las palabras y sus sombras serían libres otra vez.
La estrella escuchó el plan desde el cielo y lloró por última vez. Luego se arrojó detrás de su lágrima, hacia la casa del hombre, para ser ella también una posibilidad.
VI
La lectura de ese texto sagrado desata una fuerza antigua y protectora del templo en el libro. El ritmo se acelera porque el personaje debe escapar. Para lograr ese cambio en la velocidad, bastó con rotar las imágenes, con sus líneas verticales constantes, hacia lo diagonal.

El libro culmina con una frase que leí en La débil mental, de Ariana Harwicz, y que dice: “El horror, que nos quedemos en la ruina”. Para el final, intenté un recurso que me gusta llamar ‘final esclavo’, que consiste en llevar al lector hacia una reflexión (en)cerrada y continua.

VII
Pienso ahora, al terminar este texto, que mis libros (no solo este), están hechos de otros. De alguna manera, un libro siempre contiene anteriores. ¿Será que nuestros templos están hechos de páginas también y por eso nunca están quietos?
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[^1] Claudia de la Torre.
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