En ‘Los libros gestuales’, el artista visual, editor y docente Martín Bollati reflexiona sobre el acto de hacer y leer libros compuestos por fotografías y textos, a partir del análisis de casos vinculados a procesos editoriales en los que ha participado o a títulos publicados por su sello, SED Editorial
















Un estudio de ‘Inventario iconoclasta de la insurrección chilena 2’, de VV. AA.
I
De niño, Jorge Luis Borges temía cerrar sus libros luego de leerlos porque creía que al hacerlo las letras se mezclarían y perdería entonces el cuento que había leído. La fantasía infantil del autor argentino es doble. Por una parte, inaugura el terror de ausencia como condición de lectura. Se lee desde el miedo a perder. Se lee con pulsión de muerte. Ray Bradbury, a quien Borges prologó con méritos, desarrolló esta idea en la dulce resolución de su trágica distopía titulada Fahrenheit 451. En ella, como los libros no pueden ser abiertos, las personas se abren como respuesta para llevarlos dentro. Por otro parte, la historia de Borges es constructiva. Si al cerrar los libros estos se desordenan, entonces al abrirlos siempre nos encontraremos con uno nuevo. Según esta perspectiva, cualquier libro puede ser otro. La lógica subjetiva y personal de la lectura permite este suceso. Aunque se cierre un libro por la noche y se abra la mañana siguiente, la lectura no será la misma, porque el lector, como todo en la única lógica del universo, está sujeto al capricho del cambio. La historia del niño lector que rehúye a las letras mezcladas da origen a una firme convicción: cualquier libro es infinito.
II
Hay libros que tienen un punto de entrada y de salida fijos y libros que no. Llamaremos a los primeros ‘libros con sistema de edición cerrada’ y a los segundos ‘libros con sistema de edición abierto’.
Los libros con sistema de edición cerrada son los libros de siempre. Contenidos por algún soporte estable, presentan una página primera y una página final. Y aunque pueden perder sus páginas por varias razones (se me ocurre el mal pegamento o el mal temperamento) bien cuidados estos libros proponen entrada y salida inmóvil. Ni las piruetas subjetivas del lector pueden modificar su orden porque un hilo o un encolado u otros dispositivos contienen firmemente los papeles para señalar al lector un origen y una conclusión a la que tender. El objetivo narrativo de estas publicaciones ha de ser levantar al lector en una página y entregarlo en otra delante. Es tarea de quien produce esta tipología editorial ofrecer una enunciación de secuencias convincentes que sostengan la atención de quien lee y le hagan ir lo más lejos posible, preferiblemente hasta su final.
Los libros con sistema de edición abierto proponen una lectura fragmentada o incompleta. Son libros cuyo principio es el cambio, sin necesidad de relegar esta tarea en la forma específica en que se lee. Cualquier libro cuyo dispositivo de contención permita su apertura y reordenamiento será parte de este conjunto. Me refiero a libros con anillas, tornillos desmontables de encuadernación o cualquier otra solución que le otorgue al objeto la capacidad de abrirse para permitirle al lector reorganizar sus páginas. Existen también casos en los que aún con un lomo fijo la apertura es posible y esta se da por los saltos en la lectura que permite la forma de su encuadernación. Moisés, de Mariela Sancari, Todo y nada, de Gisela Volá y Nicolás Pousthomis o The Coast, de Sohrab Hubra, son claros ejemplos de esto.
El caso que se presenta a continuación pertenece al grupo de libros que son abiertos porque sus páginas se pueden quitar y volver a colocar en otro lugar. Se esencia radica en la posibilidad de desobedecer. Hablo de Inventario iconoclasta de la insurrección chilena 2, publicado por SED Editorial y Pésimo Servicio en 2022.
III
Algunas notas sobre la génesis de este proyecto.
Su origen es el proyecto Inventario iconoclasta de la insurrección chilena creado por la artista chilena Celeste Rojas Mugica (Santiago, Chile, 1987). Allí se asocian fotografías, sin autoría documentada, que registran gestos de iconoclasia visual manifestados por el pueblo chileno durante lo que se conoce como el ‘Estallido social’ de 2019 en ese país.
El libro es el segundo de una serie que comenzó en 2021 con el primer número y que hoy sigue vigente con una tercer entrega en camino. Dirige la colección el deseo de realizar lecturas del inventario online que excedan la mera compilación. El objetivo es concebir traducciones que permitan seguir explorando la capacidad móvil de las imágenes que el mismo proyecto original documenta.
Inventario iconoclasta de la insurrección chilena 1 se situó sobre la noción del llenado. La superposición de imágenes y de personas en la Plaza Independencia (epicentro del estallido) funcionó como caleidoscopio para esta primera pieza sobre ocupar. En la segunda publicación la selección de imágenes fue determinada por el momento específico en el cual la estatua del General Baquedano es extraída de la plaza por instrucción del Gobierno y en su lugar queda un pedestal vacío. Desde esa escena empezaron nuestras conversaciones. Nos preguntamos por el sentido que tenía ese espacio de representación vacante, nos preguntamos también si tenía sentido volverlo a ocupar y en ese caso con qué. Estos son algunos de los dibujos que resultaron de la primer reunión de trabajo entre algunos integrantes del colectivo Pésimo Servicio (Iñaki y Cami), Celeste y quien aquí escribe.








Comparto estas piezas porque sintetizan el valor que tiene interrogar con dibujos o trazos a las imágenes. Hay algo en intentar enunciar sus fuerzas que encuentra en la abstracción del trazado un lugar ideal. No se trata de ilustrar las imágenes con dibujos, sino de presentar tensiones, direcciones, intenciones. Me gusta entenderlo como una manera de pensar desde las imágenes y escuchar sus pulsaciones internas.
IV
Inventario iconoclasta de la insurrección chilena 2 es un libro dinámico. A través de sus dos tornillos del sistema de encuadernación se habilitan una serie de usos que intentaré aquí sistematizar. Espero que esta lista sea solo el comienzo para enunciar usos que yo no sé leer y que otras lecturas ajenas descubran.
El libro agujereado
A partir de una serie de calados realizados con distintos formatos de troqueles se logra una profundidad frontal en la pieza que convoca la forma negativa de un pedestal y que señala al vacío como un espacio de reencuadre en la tradición fotográfica y en su convivencia con los espacios de uso del libro. En otras palabras, este libro permite ver a través de él y situar el centro de la disputa donde uno quiera.
El libro taller o libro desplegable
Se puede colocar el libro entero, página por página, sobre una mesa o sobre una pared e invitar a la acción colectiva. Mover y superponer piezas, el acto de editar como un modelo de lectura. Esta interacción se profundiza al señalar que por sus calados las páginas de este libro funcionan a la vez como imágenes y marcos. Sucede entonces una tensión inevitable entre lo que quiere decirse y aquello que quiere contener el discurso.
El libro abierto de lectura cerrada
Son dos los tornillos que contienen las páginas de este libro. Basta quitar uno, el de la izquierda si leemos desde Occidente, para que el pase de página tradicional quede habilitado. Uno puede leer este libro como si fuese un libro normal. O desordenarlo, recomponer su forma, construir una propia secuencia del libro y luego volver a leerlo regularmente.
El libro de las formas
En una cara del libro hay fotografías y en sus reversos figuras geométricas que cariñosamente bautizamos como suprematismo chileno. Esas formas son contestaciones formales a las fotografías del otro lado. El libro como un diálogo de espacios entre lo fotográfico y lo gráfico o como un libro de fuerzas que parecen estables pero que en realidad se mueven.
El libro cerrado
Este es el libro de los tornillos cerrados, arriba de la mesa, perforando el vacío. Aunque no es el libro que imaginamos, porque lo querríamos en acción, creemos que su latencia funciona incluso contenida. El libro cerrado como un libro invitación. Un libro que pesa por su incomodidad.
V
Existe una tradición en esta parte del mundo en relación con los libros abiertos. Ya dijo mucho Macedonio Fernández sobre el salto como condición moderna de lectura. El Río de la Plata es tierra de cuentistas y Chile de poetas. Eso dice el mito en el que yo también creo. Es consecuente proponer que nuestras propias formas narrativas puedan ser dispersas y movibles. No lo sugiero como una estética cerrada, sino como un campo descubierto para escribir libros propios que se lean en el futuro de distintas maneras a la vez que refieren a los libros que vinieron antes.
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