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¿Cuál es el potencial social, cultural y político del fotolibro? siguiente

Martín Bollati, Mariela Sancari, Miguel Ángel Felipe, Martín Estol, Verónica Fieiras, Fosi Vegue, Anna Bosch Miralpeix, Ricardo Báez, Francisco Medail Comentarios 2

La oferta de fotolibros supera con creces la demanda y no hay suficientes compradores. Cada vez hay más libros, pero las cuotas de mercado permanecen sin cambios, la comunidad lectora no crece. ¿Qué potencial social, cultural y político le asignas al fotolibro como dispositivo visual que coexiste entre el mercado editorial y el del arte?

Martín Bollati
Tiene un grado de influencia muy bajo, por su alcance elitista y reducido a un nicho de discusión específico. Pocos son los libros que logran dar el salto para acercarse a una audiencia más grande y menos son los que logran hacerlo con la posibilidad de ser accesibles. Nos toca desarrollar estrategias por fuera del libro como producto para pensar en sus capacidades políticas verdaderas.

Mariela Sancari
El mismo potencial que cualquier otro libro; solo haría dos consideraciones que modifican esto que acabo de decir. Primero, el alcance, es decir, la distribución tan acotada que hace que su accesibilidad y, en consecuencia, su repercusión sea significativamente menor a otras publicaciones del mundo editorial. Segundo, que, a diferencia de los libros sin imágenes, los fotolibros sí las tienen y no podemos equiparar enteramente las funciones de las palabras a las de las imágenes ―y no se trataría de hacer jerarquías―. Lo que quiero decir es que, aunque tengan un alcance mucho menor en difusión, el hecho de que desarrollen formas narrativas complejas con imágenes hace que su potencia (por nombrarlo con los mismos términos de la pregunta) sea algo que no podamos obviar y exija una consideración más profunda.

Miguel Ángel Felipe
El fotolibro participa de sus propias dinámicas y a la vez se ve arrastrado por la crisis de todo el sector editorial sobre soportes físicos. El cierre de librerías tiene que ver con la concentración de actores del sector (Amazon, por ejemplo), pero también con un cambio drástico en los hábitos de consumo de libros. Por su lado, el fotolibro probablemente esté perdiendo el brillo novedoso, sin serlo realmente lo parecía, que tuvo como producto cultural hace unas décadas.

Martín Estol
No lo tengo del todo claro. Hay algo extraño en el producto (artístico/comercial) fotolibro. Creo que el termino fotolibro, que quizás en algún momento permitió una construcción identitaria, también aleja al libro de fotografías de un circuito y una audiencia mayor. ¿Es que realmente quiere el fotolibro una audiencia mayor?

Entiendo también que cierta sofisticación en las narrativas y en la construcción física de los fotolibros implican la necesidad de lectores más formados en narrativas visuales. También me genera algo de ruido pensar en que los lectores son los que se tienen que desarrollar para acceder a nuestras creaciones y pensaría primero qué herramientas tenemos nosotros como autores, diseñadores, editores, productores gráficos, etc. para acercar nuestras creaciones a un público más amplio.

Verónica Feiras
El potencial que le encuentro hoy día, tal y como están los entornos a nivel mundial, es la posibilidad democrática que permite de expresarnos, compartirnos y mantenernos más o menos cuerdos.

Fosi Vegue
El mercado del fotolibro es elitista e impermeable, todo un fracaso en términos de utilidad sociopolítica. El verdadero trabajo no es producir mejores libros para sorprender y atraer a un público mayor, sino crear una audiencia que ahora mismo no existe. Para eso tendríamos que ir unos pasos atrás y volver al colegio. Es lamentable que en nuestro sistema educativo y todavía en la conciencia y en el deseo de muchos progenitores, se haga tanto hincapié en la necesidad temprana y prioritaria de aprender a leer por encima de otras enseñanzas. Un imperativo que, además, frustra a muchos niños y niñas.

En una cultura en la que la imagen ocupa, envuelve y eclipsa cada faceta de nuestras vidas y cuyos usos van desde el entretenimiento, hasta la comunicación, pasando por el registro de nuestros acontecimientos, es inconcebible que el lenguaje visual no forme parte del desarrollo curricular de los distintos programas formativos.

¿Saben realmente esos chicos y chicas interpretar este aluvión de mensajes visuales? ¿Son capaces de identificar en ellos un contenido sexista, homófobo o racista? ¿Entienden cuando, en ocasiones, vulneran sus derechos fundamentales? ¿Descifran correctamente las ideas que esconden las imágenes que los rodean? A las nuevas generaciones en la etapa fundamental de su desarrollo, a pesar de ser nativos digitales, no se les ofrece esta necesaria formación y no pueden valorar correctamente estos mensajes gráficos a los que se encuentran expuestos. A partir de aquí, en caso de caer un fotolibro en sus manos, mostrarán interés, por supuesto, pero es probable que se frustren ante un lenguaje que para ellos resulta encriptado.

El libro de fotografía puede funcionar mejor que cualquier libro de historia, de sociología, de economía… es capaz de explicar y cuestionar acontecimientos complejos de nuestro presente y escudriñar nuestro futuro. Es un artefacto crítico, un grito liberador, un vínculo invisible con nuestras emociones y, por encima de todo, un agitador de nuestra sensibilidad.

Anna Bosch Miralpeix
El potencial del fotolibro debe expandirse. La coexistencia en los dos mercados que mencionáis, su ambiguo designio o la facultad de danzar entre diferentes mundos, lo hace híbrido en muchos sentidos. Un artefacto diverso que se mueve entre cuerpos a los cuales interpela con sus recursos expresivos. Y, a través de sus páginas, invita a reflexionar sobre unas realidades e imaginar otras posibles. Como dispositivo visual tiene el potencial de transformar e inspirar. A la vez que, como objeto, tiene la modesta capacidad de llegar a grandes públicos y esto lo hace alternativo y subversivo.

Ricardo Báez
Si un fotolibro solamente coexiste entre el mercado editorial y el del arte su potencial es bastante limitado, su alcance es mínimo. Se producen fotolibros para un público predecible, es decir, para un público que espera que se publiquen este tipo de libros. 

Si un fotolibro (no solo como dispositivo visual, sino también como dispositivo divulgador), trata temas que cuestionan realidades universales (que pudieran devenir de vivencias personales) puede generar un gran potencial social, cultural, político, ecológico y hasta transformativo en cualquier lector y en una sociedad que hoy día consume imágenes principalmente con un sentido meramente recreativo. 

El potencial que le veo a los fotolibros (si se producen con un sentido explícitamente crítico) es la posibilidad de ser utilizados como dispositivos educativos (en el sentido más evolutivo de la palabra) para mostrar temas inéditos en un contexto escolar académico, por dar un ejemplo de posibles nuevos lectores. Desde el punto de vista de la creación o de un creador, la gestación de un fotolibro puede también funcionar como método de aprendizaje hacia un tema en específico, porque él o los autores se involucran en un proceso investigativo conceptual y creativo que hace que esta acción colectiva tenga la necesidad de entender una idea para luego comunicarla. Este proceso de ‘hacer que un otro me entienda’ es sumamente útil para ser trasladado a cualquier dinámica posible de nuestra cotidianidad.

Francisco Medail
La potencia de este dispositivo visual aparece en mayor medida cuando se lo piensa más allá de las definiciones en las que se lo busca clasificar. Dicho de otro modo, las definiciones en torno a qué es y qué no es un fotolibro no hacen más que reducir esa potencia a un nicho de mercado, tanto editorial como del arte. Por lo tanto se vuelve necesario volver a pensar en la imagen impresa en un sentido más amplio, en la expansión que el vínculo entre la impresión fotomecánica y el soporte libro generó desde mediados del siglo XX en adelante. El carácter múltiple de lo fotográfico y las características del libro como dispositivo de comunicación han permitido una transversalidad de la fotografía tanto en su aspecto político como en el social y cultural.

Martín Bollati es artista visual, editor y docente. Mariela Sancari es artista. Miguel Ángel Felipe es editor y fotógrafo bajo el seudónimo Elde Gelos. Martín Estol es fotógrafo y docente. Verónica Fieiras es artista visual, editora y gestora cultural. Fosi Vegue es fotógrafo y docente. Anna Bosch Miralpeix es fotógrafa y docente. Ricardo Báez es diseñador gráfico. Francisco Medail es artista y curador especializado en fotografía.


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2 comentarios

  1. jose.gregorio.leon dice:

    Coincido con uno de los comentarios en cuanto a que al mismo tiempo que se le enseña a leer a los niños se debería enseñar a leer imágenes de manera que de joven o de adulto no encuentre extraño el fotolibro.

  2. lulujankilevich dice:

    Muy interesantes todos los comentarios. Para mí la publicación es política y por ello media un cambio, sea masivo o no. Y lo que lo genera siempre es la posibilidad, la autogestión, por si no se puede, por fuera del mercado o las editoriales ‘mainstream’.

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