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Sybren Vanoverberghe

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‘2099’: antigüedades y otras cosas extraordinarias

Carmen Dalmau

He caminado de nuevo por los caminos infinitamente entrelazados y de nuevo he sido incapaz de averiguar la salida del laberinto que creía habían trazado expresamente para mí.

Los anillos de Saturno. W.G. Sebald

2099 se sitúa próximo a finalizar el siglo XXI. Un siglo que comenzó en 2001 con el atentado al World Trade Center de Nueva York y que coincide con el título del film de Kubrick 2001: una odisea del espacio. Tras guerras, pandemias y desastres ecológicos parece que nos encontramos ante el fin de una civilización.

Este libro nació como una distopía arqueológica, con imágenes que relataban el final de alguna cultura ya perdida, pero tras el confinamiento y la pandemia de covid-19 se ha cargado de una nueva intensidad emocional.

Es inevitable no aplicar a 2099 la concepción anacrónica del tiempo que hemos heredado de la época romántica. Un presente obsesionado con su pasado, pero que también se anticipa a su futuro de colapso y ruina.

Las ruinas de la cubierta del libro hacen referencia a un pasado remoto, como los fustes acanalados de blancas columnas, bloques esculturales, huellas de la destrucción de un pasado que imaginamos glorioso cada vez que reinterpretamos los vestigios provenientes de las fuentes visuales.

El joven autor Sybren Vanoverberghe consigue enredar a los lectores en los anillos de Saturno y nos confiesa su tributo a W.G. Sebald con una cita casi al final del libro, cuando ya hemos creado territorios que fueron habitados en algún pasado soñado.

Entonces —pensé, mientras miraba a mi alrededor—, es la representación de la historia. Requiere una falsificación de perspectiva. Nosotros, los sobrevivientes, vemos todo desde arriba, vemos todo a la vez y todavía no sabemos ni cómo fue.

Las conexiones inesperadas y los caminos del azar que enredan textos e imágenes en la literatura de Sebald, es la técnica que emplea el autor para construir el mito de una civilización caída y de alguien que ha sobrevivido adquiriendo el derecho de contemplarla desde arriba.

A pesar de ser seres de mirada dominante y altiva, cuando estamos terminando el viaje en el que a veces creemos haber visto territorios y ruinas de Montenegro, Atenas, Dachau, Eichstätt, Carrara, Micenas, Roma o Estambul, nos invade la desolación y un sentimiento inmenso de haber vivido una gran pérdida.

Las imágenes actúan a modo de documentos del pasado y de profecías; son más recuerdos colectivos al tiempo que memoria de álbum familiar, puesto que conjugan una línea histórica muy particular en la que el futuro y el pasado construyen un presente eterno.

La cubierta es inequívoca: ruinas de una civilización perdida y la emoción lírica que provocan los vestigios de algo que hemos querido imaginar como nuestro glorioso o terrible pasado. Esos bloques de mármol que envuelven la cubierta hacen que el libro tenga un carácter escultórico. Tras las ruinas, si levantamos el papel que protege las guardas, nos encontramos con la sorpresa de una pareja de contornos borrosos que avanza desdibujada: sobrevivieron a la expulsión de un frondoso jardín con naranjos y olor de azahar que hoy es tierra calcinada bajo un sol que todo lo abrasa.

Las únicas figuras humanas, que parecen sometidas a un cansancio atormentado, avanzan desde las profundidades de un espacio sobrecogedor. Quizá intuyan que más allá aún queden campos fértiles o una casa que los acoja en su soledad.

En el ángulo inferior izquierdo, un signo de continuidad de página nos invita a adentrarnos en el libro.

Al final de la travesía —como vestigio— la reproducción de una diapositiva de la pirámide escalonada de Zoser en Saqqara.

La arqueología rescata murallas, pirámides y templos que han permanecido en pie desde hace milenios, pero cuyas cicatrices revelan lo inestable de las culturas que edificaron sus muros. Toda ruina es una escenificación del pasado que tal vez pudo no haber sido tal y como lo interpretamos. Cuando carecemos de experiencia, solo la historia es capaz de aproximarnos a la verdad.

El fotógrafo –el joven viajero– se convierte en un demiurgo creador de mirada cenital. A veces se acerca para apreciar el detalle, pero luego se aleja para contemplar desde lejos y en un plano superior la tierra que va descubriendo. Es como si un habitante de Saturno hubiera descendido para estudiar e imaginar qué pasó en un planeta que, quizá, alguien llamó Tierra: una pareja vivió en un jardín con palmeras y naranjos, construyó murallas y esculpió columnas, cinceló a su semejanza estatuas de dioses y grabó relieves en piedras negras, construyó refugios, religiones, quiso dominar la naturaleza y dejó tras de sí desierto, desolación y un vacío aterrador.

El territorio —a vista de pájaro parece haber tenido una edad de oro— se encuentra poblado por ciudades cuidadosamente planificadas, hoy sumidas en el olvido.

El viajero que sobrevuela este paraíso perdido, el cual albergó ríos, unicornios, diosas de la fertilidad y guerreros heroicos, a veces encuentra campos morados, amarillos o naranjas que evocan un pasado de vegetación exuberante.

En los libros de historia, las civilizaciones perdidas tienen mitos fundacionales, piedras de sacrificio y montañas sagradas. También hay descripciones de paisajes y escenarios de cruentas batallas. Un inicio primitivo, un pasado glorioso, un punto cumbre de la cultura en el que se alzaron edificios que casi llegaron a alcanzar el cielo, para más tarde emprender un descenso hacia la decadencia y la extinción, ya sean provocadas por un meteorito, una pandemia o un diluvio.

El libro sigue la tradición e influencias de aquellas publicaciones que mezclan imágenes creadas y encontradas: las dota de un significado diferente y genera nuevas interpretaciones iconográficas.

Vanoverberghe sorprende por la sobriedad de su propuesta. Las imágenes se distribuyen por las páginas con marcada ortodoxia. Filo blanco y páginas en blanco que respetan el peso visual de cada fotografía. No hay demasiado fuego de artificio ni alardes de técnica. Tampoco hay sorpresas. Incluso la aparición del color está cuidadosamente medida: la alternancia de detalles con paisajes grandiosos, de fotografías de composiciones abiertas con otras cerradas, y el respeto por mantener una línea del horizonte a la que el espectador pueda asirse siempre. Un mundo en el que la línea del tiempo se funde, pero la línea del horizonte permanece inalterable.

Todo podría ser un sueño premonitorio con caballos desbocados, bosques oscuros y paisajes nebulosos: el ocaso de algo cuyo pasado alguien que viene de muy lejos, —quizá un habitante de un planeta rodeado por siete anillos— tendrá que reescribir sin fuentes primarias, ni testimonios orales. Estará obligado a reunir imágenes para descubrir conexiones inesperadas que arrojen algo de luz sobre lo que vemos.

Las cosas y los paisajes de 2099 conforman un cuaderno de viaje que va cambiando de sentido según cambia la ruta del explorador-lector, generando la sensación de habitar universos paralelos. Tenemos la sensación de sostener entre las manos el testimonio de alguna civilización que pudo haber sucedido y pereció bajo el polvo, la oscuridad y el olvido. Nos invade una inmensa melancolía junto a un sentimiento de pérdida y desolación —que atenaza la garganta— porque no sabemos identificar qué es lo que ha provocado las columnas partidas, el árbol calcinado o las estatuas de ídolos indescifrables.

Cómo citar:
DALMAU, Carmen, «‘2099’: antigüedades y otras cosas extraordinarias», LUR, 12 de junio de 2022, https://e-lur.net/resenas-de-fotolibros/2099


Sybren Vanoverberghe (Cortrique, Bélgica, 1996). El trabajo de Vanoverberghe muestra el paisaje y sus restos en un constante estado de cambio; expone la correlación entre tiempo y espacio en obras en las que la historia, la naturaleza y el legado colisionan. 2099 fue seleccionado por PhotoEspaña entre los mejores libros publicados en 2018. Es cofundador de No/ gallery en Gante y de Pinguin Proyect Space en Bruselas, espacios culturales comprometidos con el arte actual.

Carmen Dalmau (Madrid, España, 1960) es licenciada en Historia del arte e Historia moderna y contemporánea. Comisaria independiente de exposiciones y crítica de arte.

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