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De la idea al fotolibro: cómo afirmar el discurso visual siguiente

Redacción LUR
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Conversamos con Juanjo Justicia y Pablo Suárez, del estudio de diseño Underbau, del fotolibro como dispositivo que enseña a mirar y a reflexionar sobre el mundo, de la puesta en página y la elección de los materiales como ‘melodías’ que apelan directamente a la emoción del lector y de la importancia de la honestidad con la esencia de los proyectos para construir fotolibros que perduren en el tiempo.

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La construcción de un fotolibro es un proceso de pensamiento y en Underbau participáis activamente en las decisiones que dan forma al libro; al discurso visual y al objeto: conceptualización, montaje de las imágenes en la doble página (edición, articulación, ordenación, conexión discursiva y puesta en página) y producción gráfica (elección de papeles, acabados, encuadernación, impresión…). ¿Qué importancia le otorgáis al diseño editorial en la construcción de sentido y comunicación de un discurso visual en las páginas de un fotolibro?

El tránsito de la idea al objeto es fundamental. Para nosotros es inimaginable plantear un diseño sin un concepto sólido detrás. En ese aspecto somos muy hegelianos. Lo primero que nos planteamos es qué tiene que ser el libro, qué sensaciones va a despertar en el lector, cómo va a interactuar con él. Nos interesa la relación física del lector con el objeto. Todas las elecciones, tanto constructivas como de composición, van en esta dirección y buscan afirmar el discurso del autor. El tiempo que le dedicamos a la elección del papel es el mismo que el que le dedicamos a la elección tipográfica. Nuestra prioridad es ser honestos con la esencia del proyecto y construir un objeto a través de mínimos que perdure en el tiempo.

Parafraseando a Enrique Lista en su ensayo Voz en off. Relatos en torno a lo fotográfico (Muga, 2020) hablar de fotografía es hablar de algo que permanece mudo: las imágenes no dicen, dice quien las contempla y cada fotografía dice algo a cada alguien. ¿Es posible desarrollar un lenguaje específicamente fotográfico en un fotolibro?

Es muy interesante lo que plantea Enrique. Y es en lo que trabajamos cuando la fotografía se articula en soporte libro: el punctum del que hablaba Barthes. Sugerir con el papel, con los vacíos, con el tamaño, con la tipografía. Ese es el lenguaje del libro. Son sensaciones que apelan directamente a la emoción del lector. Una gramática que está más allá de la propia fotografía, que se codifica a lo largo del libro. 

La secuencia, estructura y puesta en página, ¿lleva aparejado (siempre) el desarrollo de una narratividad?

No, por suerte. Lo apasionante de un fotolibro es la libertad creativa que te da. No hay reglas, como sí las hay para otro tipo de publicaciones. Hay estructuras que tienen que ver con laberintos, otras con la pura poesía, otras no son más que juegos formales. Todas ellas provocan algo en el lector, buscan una respuesta y son perfectamente válidas.

En el ámbito del fotolibro es común escuchar hablar de narrativa fotográfica. ¿Qué estrategias (desde el diseño editorial) posibilitan la narración fotográfica en un fotolibro?

La secuencia es fundamental para guiar al lector, pero hay que trabajar otros aspectos para elevarla. Por ejemplo, la puesta en página de las imágenes modula el discurso. No es lo mismo una imagen a sangre que una pequeña en medio de la página. Márgenes más pequeños añaden tensión y más generosos trasmiten silencio y sostienen la imagen. Las pausas ralentizan o aceleran el ritmo y evidencian una estructura. Tiene mucho que ver con la música. Algunos de los libros que hemos diseñado siguen la estructura de la ópera, hay partes en las que se acelera la narración y otras en las que se detiene para exaltar una sensación concreta.

¿Podríais explicarnos cómo trasladáis lo musical al libro?

Se pueden establecer muchas analogías entre las notas musicales y las fotografías. La música lleva siglos despertando emociones ayudándose del ritmo, la tonalidad, la armonía… Son estructuras muy concretas que funcionan y que nos dan muchas pistas de cómo podemos estructurar un libro. Nos gusta pensar que los libros que diseñamos tienen una melodía y que esa melodía viene dada por la puesta en página y por la elección de los materiales. La repetición nos llevará al minimalismo; lo rizomático, al punk.

¿Qué estrategias seguisteis para trabajar con la estructura de la ópera?

Simplificando muchísimo (y que nos perdonen los musicólogos) la ópera ortodoxa tiene una parte recitativa, un relato que avanza, con momentos puntuales de exaltación que son las arias. En Medianoche (Autopublicado, 2014), de Rafael Arocha, hay una parte recitativa inicial, un aria central, que es esa mirrorball con papel espejo que está en el centro del libro y una parte recitativa final que nos lleva a la conclusión del relato.

Ahora que mencionáis al relato, ¿cómo abordáis estratégicamente la construcción de fotolibros que no desarrollan una historia ni parten del deseo y la voluntad de contar pues proponen discursos visuales abiertos y sin función narrativa?

Siempre hay un porqué en cada proyecto fotográfico y, como decís, no siempre tiene que ver con una voluntad de contar o de desarrollar una historia. Ese porqué es lo que intentamos trasladar como diseñadores al fotolibro, lo que pretendemos materializar y sugerir en una pieza física.

Por ejemplo, BRLANTIDA, de Diego Vidart (Autopublicado, 2017), es una carpeta de reproducciones en gran formato que, a través del trabajo de diseño y de la propia fotografía, habla de un lugar imaginado. El proyecto surge cuando Diego Vidart encuentra una caja con 27 diapositivas enmohecidas en un mercadillo de Montevideo (Uruguay) con una etiqueta con la leyenda Brlantida. Lo curioso es que documentan un viaje a la nieve, un lugar muy alejado de donde está. Al redimensionar las diapositivas estropeadas, el lugar adquiere una dimensión mucho más abstracta y poética, más alucinada, y la fotografía como materia se convierte en una capa de significado.

Los huesos del agua, de Luis González Palma (Ediciones Anómalas, 2022), es un libro de haikus que aparecen en grupos de tres. Cada imagen es un verso. El proyecto atraviesa todo el trabajo de González Palma, desde sus inicios hasta la actualidad. Da lugar a coincidencias inesperadas entre aquellas y estas imágenes, pero, sobre todo, pone en valor el altísimo capital poético de su obra.

Por último, Ejercicios mínimos para un jardín de invierno, de Inés Molina Navea (Ediciones Posibles, 2023) —mención de honor como libro de autor en los Encuentros de Arlés 2023— es un trabajo apropiacionista resuelto en un cuaderno que contiene variaciones sobre una imagen de archivo que plantea, a su vez, reflexiones que van de lo estético a lo antropológico.

La oferta de fotolibros supera con creces la demanda y no hay suficientes lectores: el mercado no crece. ¿Qué potencial social, cultural y político asignáis al fotolibro como publicación/dispositivo visual que coexiste entre el mercado editorial y el del arte?

El fotolibro tiene lo mejor de los dos mundos, el del editorial y el del arte. Su potencial transformador, como el del arte, es ya incuestionable y, además, está al alcance casi de cualquier persona. Son objetos libérrimos, exentos de cánones, que enseñan a mirar y a reflexionar sobre un mundo que, cada vez más, se comunica a través de las imágenes. Sin embargo, sigue siendo un círculo muy especializado y requiere de una gran labor de difusión para comunicar su valor. Para esto es esencial contar con el apoyo público. Por ejemplo, la celebración en 2022 de Fiebre Photobook en el Palacio de Cibeles, un lugar muy transitado en pleno centro de Madrid, hizo que muchos curiosos se acercaran y pudieran conocer de primera mano el trabajo de un buen número de autores y editoriales.

Recientemente hemos sabido que, después de diez ediciones, Fiebre Photobook no se celebra este año debido, precisamente, a la falta de apoyo público. Desde la propia organización han manifestado que sin ayuda institucional el proyecto no es viable. El depender exclusivamente de ayudas y subvenciones públicas no permite tener la seguridad e independencia necesarias para sostener económicamente un proyecto de gran valor cultural. Esto demuestra lo vulnerable y precario que es un sector que necesita algo más que ayudas públicas y curiosos. ¿Qué se necesita, se puede y se debe hacer?

Ojalá lo supiéramos. Lo que sí creemos es que la solución pasa por trascender el ámbito fotográfico y llegar a otros públicos, darles a conocer el dispositivo para que entiendan su valor. Por eso son tan importantes iniciativas como Fiebre Photobook. Habría que involucrar a más profesionales de la comunicación y de la empresa privada. No se puede depender solo de las ayudas públicas, aunque estas tienen que servir, en parte, para sostener proyectos más minoritarios, pero de alto valor cultural.

Otro ejemplo de precariedad es la falta de retribución económica del Premio al Mejor Libro de Fotografía del Año que, desde 1998, otorga PHotoESPAÑA. Si tras 25 ediciones, el festival de fotografía y artes visuales más importante de España considera que una buena manera de “reconocer la importante función que la industria editorial tiene como medio para la difusión de la fotografía” es con la entrega de diplomas a los premiados de todas las categorías (y no dotaciones económicas, como por ejemplo se hace en Les Rencontres de la photographie de Arlés), ¿qué se puede esperar?

Es un tema complicado y suponemos que la raíz del problema es la misma que planteábamos en la respuesta anterior. Nos da la impresión de que los premios con dotación económica o vienen de instituciones públicas o, si vienen de las privadas, es porque tienen un retorno mucho mayor que la cuantía del premio. No sabemos cuál es el impacto del Premio Planeta en las ventas del libro ganador, pero imaginamos que muy alto. Arlés, por ejemplo, tiene su propia feria de libros, con expositores que pagan su mesa para exhibir sus títulos. Imaginamos que estos ingresos ayudan en parte a financiar el premio. A lo mejor lo que necesita PHotoESPAÑA es su propia feria de fotolibros o, más fácil aún, integrar a Fiebre Photobook en el festival… quizá así algún día, entre las ayudas públicas y los ingresos propios del festival, podamos tener un premio bien dotado económicamente.


Esta entrevista forma parte del trabajo de divulgación, análisis, estudio e investigación que el equipo de LUR realiza en torno al fotolibro contemporáneo.

“Un fotolibro es la manifestación física de una exploración editorial comunicativa, creativa y poética; también es conocimiento, descubrimiento y revelación. El libro es el soporte y el fotolibro es el resultado de esa propuesta de comunicación articulada en forma de objeto cultural artístico”. Ros Boisier

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