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Ser Humano: los yanomamis por la mirada de Claudia Andujar

Silvana Rea

La pandemia de covid-19 cruzó todas las fronteras y se adentró en los territorios más remotos de la Amazonía brasileña, lo que llevó al fotógrafo Sebastião Salgado y a su esposa Lélia Wanick a lanzar una campaña internacional a través de un manifiesto por los pueblos indígenas de Brasil exigiendo al gobierno brasileño que tomara medidas para proteger a las poblaciones nativas del país.

En respuesta a eso, la Fundación Nacional del Indio (FUNAI), órgano gubernamental brasileño que establece y desarrolla las políticas relacionadas con la protección de los pueblos nativos, no tardó en responder: el organismo retiró de su sede quince fotografías que Salgado había tomado de la tribu korubo cerca de la frontera con Perú —fruto de una colaboración realizada anteriormente con la FUNAI— y emitió un comunicado en el que recomendaba al fotógrafo que subastara las imágenes para recaudar fondos para los pueblos indígenas.

La denuncia y el olvido no son una novedad. La relación entre blancos y poblaciones nativas en Brasil ha sido violenta y cruel.

Décadas antes del llamamiento para proteger y salvar a los pueblos indígenas del Amazonas de Salgado, la fotógrafa Claudia Andujar (Neuchâtel, Suiza, 1931) fue testigo de la devastación generada por este contacto y parte de su trayectoria se ha centrado en defender los derechos del pueblo nativo yanomami,[^1] uno de los grupos indígenas más grandes y amenazados de Brasil.

Claudia Andujar entró en contacto con los yanomamis en 1971 mientras trabajaba en un reportaje sobre la Amazonia para la revista Realidade. Con la ayuda de Carlo Zacquini, uno de los misioneros asentados en la zona en los años sesenta, Andujar fue acogida por los yanomamis y pasó largas temporadas con sus distintos poblados en la cuenca del río Catrimani en Roraima, estado situado en la frontera de la Amazonia brasileña con Venezuela. El resultado de esa convivencia es una vasta obra en la que destaca la serie Marcados.

Marcados, Claudia Andujar
Cortesía Galería Vermelho

A mediados de los setenta, Claudia Andujar adoptó una actitud más combativa para dar conocer la lucha de los yanomamis contra la dictadura militar brasileña como consecuencia de la construcción de carreteras y de la invasión por parte de garimpeiros de sus tierras. La presencia de Andújar en ese territorio se hizo cada vez más incómoda, por lo que en 1977 fue expulsada por la FUNAI con una acusación basada en la Ley de Seguridad Nacional, ampliamente utilizada para perseguir a activistas y opositores al régimen: producir material antigubernamental para denunciar la situación en el exterior. Eso la llevó a fundar una organización en defensa del territorio indígena, la Comisión para la Creación del Parque Yanomami (CCPY) —actualmente Comisión Pro-Yanomami— una lucha iniciada en 1978 y que culminó catorce años después con la creación de la Reserva Indígena Yanomami en 1992, con Brasil ya en democracia.[^2]

Este período dio lugar a series fotográficas —publicadas en los libros Yanomamis (1998) y A vulnerabilidade do ser (2005)— en las que Claudia Andujar experimenta con distintas técnicas fotográficas, como aplicar vaselina al objetivo de la cámara, utilizar película infrarroja, alargar los tiempos de exposición y realizar superposiciones y transparencias para crear imágenes de una cualidad misteriosa y onírica, con fuerte carga emotiva. Su interés no estaba en fotografiar la selva amazónica y sus habitantes, sino en presentar la dimensión espiritual de la cultura yanomami. (Andujar apud Persichetti, 2008).

En 1981, durante la política de apertura en Brasil, Claudia Andujar regresó al territorio yanomami junto con un equipo de médicos para un trabajo de investigación de la Comisión para la Creación del Parque Yanomami. El objetivo era llevar a cabo una campaña de vacunación y detectar enfermedades, además de recoger datos para la futura demarcación de su territorio. La situación era devastadora. El descubrimiento de minerales había llevado a una compañía minera a tomar posesión de veinte mil hectáreas de su territorio y sucesivas invasiones de garimpeiros provocaron epidemias diezmando parte de población nativa.

Dado que el pueblo yanomami carece de nombres propios, los que habían sido vacunados fueron identificados a través de placas numeradas colgadas en sus cuellos, como en los retratos de Alphonse Bertillon que en siglo XIX creó un sistema de identificación de criminales a partir de las medidas de sus cuerpos y que aún permanece en los actuales sistemas de identificación cuando se fotografía a los detenidos de frente y perfil.

Una desubjetivación, por tanto, en una primera mirada. Algo que está presente tanto en las fotografías de las fichas policiales como en el registro fotográfico de los pacientes de La Salpêtrière. A su vez, la negación de la humanidad de los habitantes originarios de Latinoamérica se remonta a la llegada de los europeos. En Brasil, los jesuitas se dedicaron a la evangelización de los indígenas para salvarlos, porque no tenían alma —lo que hacía incuestionable la práctica de la esclavitud—. Una visión compartida por Cristóbal Colón, que describe a los nativos como (solo) aparentemente más cercanos a los hombres que a los animales, como nos dice Todorov en La conquista de América. El problema del otro.

Por ser considerada un espejo de la realidad, la fotografía fue utilizada en los registros etnográficos de los ‘pueblos primitivos’ y sustituyó el ojo del científico en la investigación médica; una forma de catalogar características, anatomías y síntomas, construyendo una especie de memoria del saber (Didi-Huberman, 2015), pero las imágenes de Claudia Andujar van más allá de la aparente catalogación: se equilibran en la frontera de la etnografía, la política y el arte. Con esta serie titulada Marcados, la fotógrafa presenta algo que traspasa el registro de lo real.

Aunque la iconografía de La Salpêtrièrebuscara la uniformidad de la patología en los diferentes rostros, Didi-Huberman muestra en La invención de la histeria, que hay en la fotografía algo que se escapa al saber: eso que Benjamin llama aura. En particular, en las fotos de rostros humanos, última señal del aura en la era de la reproductibilidad técnica. El rostro resiste la estandarización por la singularidad del aura, pues hay siempre algo allí que se manifiesta como presencia única, y que se opone a la regularidad del discurso científico —o etnográfico, en este caso—, pero una fotografía no es exactamente un fragmento del mundo de los aspectos visibles. Entre cada imagen y la realidad están presentes muchas otras imágenes, invisibles, pero operantes, una vez que existe en toda imagen algo que la excede, que se escapa a la evidencia. Cada mirada siempre nos muestra un conjunto de no-vividos, de olvidados a la espera de su momento de aparición, que una nueva lectura revela (Didi-Huberman, 2000).

En las fotos de los yanomamis con sus placas numeradas, ¿cuál es el punctum que convoca el espectador (Barthes, 2008)? ¿Y qué aspecto en esas fotos las alejan del registro antropológico, sanitario o etnográfico? Si nos distanciamos de eso que demarca la imagen como cliché para mirarla bien, algo nos puede desconcertar; algo escapa y nos viene a perturbar. Algo que la sobrepasa y nos hace salir en búsqueda de sentido (Didi-Huberman, 2012).

¿Qué vemos en esas imágenes?

Vemos indígenas aceptando en sus cuerpos números impuestos por blancos, números que probablemente no conocen. Vemos expresiones. Vemos rostros en serie; una repetición que nos hace ver en cada mirada lo traumático del contacto con los blancos, de las fronteras invadidas.

Vemos tensiones de sentido en un juego de fronteras entre marcado y demarcado, una vez que los indios son marcados para tener sus tierras demarcadas —y por lo tanto protegidas del asedio explotador—, pero, por otra parte, la propia demarcación territorial hiere la cultura yanomami, que se basa en el uso móvil de la tierra con desplazamientos determinados por sus necesidades. En ese sentido, ya la noción de territorio es una categoría impuesta, según Stella Senra en O último círculo.

En las imágenes de las personas marcadas, una superposición temporal: el genocidio de los pueblos indígenas y el trauma de las estrellas amarillas cosidas en el pecho y los tatuajes de los campos de concentración de los nazis. Una experiencia de Claudia Andujar que en Dachau perdió a su padre y a su familia paterna y que la obligó a escaparse por el mundo (Persichetti, 2008). Límites de la barbarie humana.

Así, mirando las fotografías de los yanomamis marcados, como doble, vemos algo unheimlich: en la línea fronteriza entre algo reconocible, pero que provoca un shock e intensifica la angustia. Se trata de lo que Freud muestra en Das Unheimliche (2019) —Lo siniestro, Lo ominoso—, oculto en cada uno de nosotros y que escapa a la operación de represión.

Es la violencia de la muerte que aparece y nos mira.

Y si en el inconsciente cada uno de nosotros está convencido de su propia inmortalidad (Freud, 1915/1969), desde el punto de vista social hay algo que no se puede ver y que se avecina a la noción de necropolítica de Mbembe (2011), en que algunos son elegidos para morir porque sus vidas valen menos. Un apagamiento colectivo de lo que debería ser percibido, una alucinación negativa (Green, 1995). O un rechazo del proceso perceptivo a través de la negación de la realidad traumática.

El silencio sobre la masacre de los pueblos indígenas somete estos contenidos a la repetición del síntoma social de la violencia, que alcanzó su punto máximo en los últimos años.

Así, al borde de la invisibilidad, en 1980 los yanomamis son marcados por los blancos para poder vivir, pero el acto excede su intención originaria; tanto que Claudia Andujar tituló su primera exposición de ese trabajo, en 2005, Marcados para vivir, marcados para morir.[^3]

Sin embargo, la frontera entre la vida y la muerte no exime ni siquiera el propio acto de fotografiar. Porque la fotografía es el arte de la temporalidad por excelencia. La fotografía fija el tiempo o lo embalsama. Para Barthes, en La cámara lúcida, vivir y morir son el paradigma del disparo que separa la pose inicial del resultado final, donde cada foto evidencia lo que está muerto, siempre indicando que “eso ha sido”.

Si la práctica social de crímenes silenciados permite el genocidio y el cínico tratamiento que el gobierno de Brasil ha dado a la iniciativa de Sebastião Salgado, a través del arte el silencio conquista una voz. Marcados revela lo que pretende evitar: la línea fronteriza de las poblaciones indígenas con la muerte. A través de la fotografía lo borrado toma una forma visible, una forma que queda marcada en la memoria de quien la mira. Nosotros también estamos marcados por las imágenes que vemos. 

Referencias

ANDUJAR, Claudia (1998), Yanomami, DBA, São Paulo.

— (2005), A vulnerabilidade do ser, Cosac Naify, São Paulo.

— (2009), Marcados,Cosac Naify, São Paulo.

BARTHES, Rolland (1980), A câmara clara, Nova Fronteira, Rio de Janeiro, 2008.

BENJAMIN, Walter (1936), A obra de arte na era de sua reprodutibilidade técnica, Zouk, Porto Alegre, 2012.

DIDI-HUBERMAN, Georges. (1992), O que vemos, o que nos olha, Editora 34, São Paulo, 1998.

—  (2012), “Quando as imagens tocam o real”, Pós, vol. 2, n.º 4, Belo Horizonte.

—  (2015), A invenção da histeria, Contraponto, Rio de Janeiro.

FREUD. Sigmund (1919), O infamiliar [Das Unheimliche] – Edição comemorativa bilíngue (1919-2019), Autêntica, Belo Horizonte, 2019.

— (1915), “Reflexões para os tempos de guerra e morte”, E.S.B. vol. XIV, 1969.

GREEN, André (1995), El trabajo de lo negativo, Amorrortu, Buenos Aires

MBEMBE, Achile (2011), Necropolitica, Editorial Melusina, Santa Cruz de Tenerife.

PERSICHETTI, Simonetta (2008), Claudia Andujar, Lazuli, São Paulo.

SENRA, Stella (2009), Marcados: Claudia Andujar, São Paulo, Cosac Naify.

TODOROV, Tzvetan (2019), A conquista da América. A questão do outro, Martins Fontes, São Paulo.

Cómo citar:
REA, Silvana, “Ser Humano: los yanomamis por la mirada de Claudia Andujar”, LUR, 2 de noviembre de 2022, https://e-lur.net/articulos/ser-humano-los-yanomamis-por-la-mirada-de-claudia-andujar

[^1] Yanomami significa ‘ser humano’.
[^2] En el año 2000 Claudia Andujar recibió el premio a la Libertad Cultural de la Fundación Lannan por su trabajo fotográfico y por su labor en defensa de la cultura yanomami. En 2002 recibió el premio Severo Gomes de la Comisión de Derechos Humanos Teotônio Vilela.
[^3] Exhibido en la exposición Citizens en la Pitshanger Mannor Gallery & House, Londres.

Silvana Rea (São Paulo, Brasil, 1960). Licenciada en Cine y Psicología, Máster y Doctorado en Psicología del Arte por el Instituto de Psicología de la Universidad de São Paulo, trabaja en las aproximaciones entre psicoanálisis, arte y cultura. Ha sido editora de la Revista Brasileña de Psicoanálisis. Es miembro efectivo y Directora Científica de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de São Paulo. Autora de Transformatividade: aproximações entre psicanálise e artes plásticas (2000) y Pelos poros do mundo (2012).

Traducción de Julián Fuks.

“Ser Humano: los yanomamis por la mirada de Claudia Andujar” forma parte del itinerario de investigación Oír imágenes dirigido por Mariano Horenstein.

Los itinerarios de investigación son dirigidos por especialistas con autonomía intelectual que los nutren con artículos escritos por ellos mismos o por un equipo colaborador propio. Cada itinerario responde así a las personas que ocupan su dirección y a las que con sus textos ayudan a darle forma.  

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