Marzo 2020
Me encuentro en la ciudad de Guadalajara (España) en el momento en que se decreta el estado de alarma en todo el territorio nacional. La policía y el ejército se despliegan en las calles. No esperaba ver estas imágenes o al menos, no de esta forma.
En las semanas siguientes veo numerosas imágenes que se me quedan grabadas. Imágenes sencillas, como la de un vecino de mi barrio al que jamás vi de día, y que estaba jugando con sus niños hijos a la pelota a las 11 de la mañana de un martes. Jamás los había visto juntos a esa hora. Es un momento excepcional, me digo.
Hay colas interminables en todos los centros que venden alimentos, en las que las personas mantienen un metro de distancia entre una y otra. La distancia y el miedo al otro se apoderan del sentir general.
Mis padres, desde que se decretó el estado de alarma, se encuentran en Taragudo, un pueblo de la provincia de Guadalajara con 43 habitantes censados, pese a que habitualmente no son más de siete vecinos. El pueblo no tiene bar, ni tienda, ni ningún comercio, ni centro médico, ni ninguna estructura o servicio básico. Un vendedor ambulante en furgoneta, como en la mayoría de los pueblos de la zona, anuncia su llegada tocando el claxon para dispensar pan y algunos alimentos de primera necesidad. Apenas se notan los efectos de las restricciones, ya de por sí inherentes al lugar, pero muchos vecinos tienen una avanzada edad y tienen miedo. Mi madre me cuenta que una patrulla de la Guardia Civil se ha acercado hasta el pueblo y le ha pedido la documentación a una vecina de unos sesenta añoscuando volvía de regar su huerta, por salir “sin motivo” de su casa y sin llevar mascarilla.
En un lugar como aquel, de una apabullante soledad, ya quisieran necesitar mascarilla—me digo.
Abril 2020
Las noticias anuncian el colapso de los servicios sanitarios en la ciudad de Madrid y mencionan de soslayo que van a trasladar a centenares de personas sin hogar a los pabellones feriales de IFEMA (Institución Ferial de Madrid). Busco imágenes, ya que ninguna acompaña a la noticia, y descubro lo que parece una instalación de arte povera; podría ser de Jannis Kounellis o incluso una pieza histórica de Joseph Beuys con todas esas camillas. Por su escala recuerda también a algunas instalaciones de tamaño colosal de Anselm Kiefer, pero se trata del pabellón 14 de IFEMA habilitado para acoger a los sin techo de Madrid. Centenares de camas ocupan todo el espacio del pabellón, el lugar es tan estético como aterrador. En todo caso su ordenada perversidad me recuerda a la propuesta de los cubos de pan de Santiago Sierra. Siempre he dudado de la belleza estética en el arte, tal vez esta sea una prueba más de ello. Por otra parte, la feria de arte contemporáneo Arco Madrid ha sido cancelada este año, por primera vez, o tal vez se trate de su edición más inolvidable. Un vacío cargado de sentido.
Compro un utensilio para cortar piñas. La herramienta perfora la piña creando un agujero preciso que vacía la fruta, observo la geometría del orificio y pienso en el artefacto escultórico que se ha generado y en la belleza de ese vacío. Le hago una fotografía:

Mario Espliego, abril de 2020
Me dan ganas de posarla sobre un papel y repasar la silueta con un bolígrafo y de esta manera dejar constancia de su rastro, como hizo Agustín Fernández Mallo en su cuento “Parábola de Cervantes y de Quijote” en su El hacedor (de Borges) Remake (2011). Probablemente el resultado sería algo similar a un círculo bordeado por una línea que recordará a un sol. Imprimo la fotografía y la superpongo a la imagen de los pabellones feriales, que aporte algo de calor.
Hace días que no veo el sol.
Mayo 2020
Pienso que existe algo mágico en el encuentro de un fósil, del mismo modo que nos fascina mirar a las estrellas.
Aquello que vemos ya no está.
Aquello que vemos es el pasado.
Mirar al cielo y observar una estrella es mirar, tal vez, a un momento que ocurrió hace millones de años. Recientemente el telescopio Hubble ha detectado la estrella más lejana hasta el momento, bautizada como Eearendel, la cual está a una distancia tan remota que la luz captada se emitió cuando el universo tenía menos de mil millones de años, o sea que ha estado viajando por el espacio durante casi 13.000 millones de años hasta dejar su leve rastro en los sensores electroópticos.
En el transcurso de la pandemia, cuando las fronteras interprovinciales están cerradas, he hecho numerosos paseos por lugares recónditos de mi provincia.
El eco de la pandemia global apenas se siente en estas tierras ya que habitan de manera habitual en el olvido. Estos lugares forman parte de la conocida como Serranía Celtibérica, que cuidadosamente atravesó Paco Cerdá en su reciente novela Los últimos. Voces de la Laponia española (2017). En todo este territorio, más del 76% de las localidades distan más de 45 minutos en coche de la ciudad más cercana, el 40% de los municipios superan en media de edad los 50 años y la densidad de población media es de 6,99 habitantes por km² (2019). De ahí la denominación de Laponia del Sur, ya que con la tendencia actual en pocos años esta cifra será inferior a la de Laponia.
En este marco, la provincia de Guadalajara se ve afectada en su mayor parte por el área Celtibérica, territorio de muy baja densidad poblacional. La Serranía Celtibérica abarca en la provincia una extensión de 11.070,24 kilómetros cuadrados poblados por 46.848 habitantes y que engloba a 256 municipios, con una densidad media de 4,23 hab/km², casi tres habitantes menos de la media de los pueblos que componen el territorio delimitado. En el mapa de la despoblación que realizó el Gobierno regional, la provincia de Guadalajara aparece casi al completo en color rojo oscuro, clasificada como zona de ‘Extrema despoblación’.
En un lugar indeterminado de la provincia (y que no desvelaré en favor de su protección), de vital importancia durante la Guerra Civil, encuentro numerosos rastros bélicos. En este lugar el tiempo se ha detenido y al caminar por este áspero paisaje voy hallando numerosos vestigios: balas, cerámicas rotas, latas de conserva fechadas en los años de la contienda, útiles metálicos, fragmentos de trincheras, nidos para colocar ametralladoras antiaéreas, etc.
De entre todos estos restos hay unos que llaman mi atención. Aquel paisaje donde parece que jamás nada ocurrió, estuvo en este trágico momento intensamente poblado, estuvo habitado durante los tres años que duró el enfrentamiento, por milicianos anarquistas y partisanos de la Brigada Internacional 50, defendiendo la entrada de los sublevados a la ciudad de Madrid. Un terreno baldío, hoy olvidado y abandonado que suponía un emplazamiento estratégico para el desarrollo de la defensa de Madrid. En el lugar hay grandes rocas de piedra caliza que yacen amontonadas por las laderas y que se agolpan formando túmulos en el paisaje.
La mayoría de ellas descansan con su forma natural sobre el terreno, unas pocas por el contrario presentan la intervención de un escultor anónimo que formaba parte de los allí presentes. Existen varios relieves en el lugar: una estrella de cinco puntas con la inscripción 50 (en referencia a la brigada internacional), una hoz y un martillo a gran escala, un busto desnudo femenino (alegoría de la República), una silueta de un avión de las Brigadas Internacionales, etc.
Estos restos, no cabe duda, poseen una relevancia histórica manifiesta, tal vez uno de los pocos restos de escultura en piedra de carácter antifascista elaborados en el transcurso de un frente de guerra. Cuando los descubro quedo sorprendido, ya que no se trata de unas inscripciones o unos dibujos elaborados con la premura que el momento demandaba, sino de una talla en piedra, con el tiempo y la elaboración que esta práctica exige. Poseen la factura manual del escultor, que con esmero fue surcando la roca hasta elaborar los diseños que aparecen.
Al verlos trato de imaginar con asombro, como serían las condiciones de ejecución de estos relieves. Todos ellos aparecen fechados, la mayoría en los primeros meses de 1937, fecha señalada en la que tuvo lugar la conocida como Batalla de Guadalajara. En un momento como aquel ¿cómo fue posible dedicar el tiempo a esta labor? Tal vez, fue más poderosa la querencia de penetrar en las generaciones venideras, como la luz de aquella estrella que va recorriendo todo el espacio del universo, que el pragmatismo imperante en el momento. Desde luego más allá de su valor artístico su mera existencia me parece abrumadora.

Mario Espliego, mayo de 2020
Junio 2020
Recibo un pedido por correo postal que, entre otras cosas, incluye el libro El futuro de la nostalgia de Svetlana Boym. En la cubierta aparecen Joseph Brodsky, Ósip Mandelstam, Vladimir Nabokov y Walter Benjamin. Este último mira al vacío sosteniéndose la cabeza con una mano. Su gesto es una mezcla de impotencia y hartazgo que me parecen idóneos para el momento actual. Estoy harto.
Julio 2020
Una mañana por casualidad, mientras paseo por la Sierra Norte sin ver a nadie desde hace decenas de kilómetros, descubro un pequeño negocio de alquiler de piraguas. El lugar, una pequeña caseta llena de chalecos salvavidas y remos Piragua, esta regentado por una joven que reside en Retiendas (42 habitantes), el pueblo más cercano. Hablo con ella y me comenta que soy su primer cliente: desde el inicio de la pandemia, con el cierre de la vecina provincia de Madrid y las restricciones horarias, nadie se ha acercado hasta allí en lo que va de año.
Ambos llevamos la mascarilla puesta. Probablemente no hay nadie a menos de treinta kilómetros.
Decido probar suerte y alquilar una piragua durante dos horas. Me acompaña por un sendero que comunica con la orilla del embalse donde yacen una decena de maltrechas piraguas. Nunca antes había navegado en una piragua, pero intuyo que será una práctica que me va a fascinar y las aguas siempre mansas del pantano hacen que el nerviosismo inicial sea más manejable. Me sorprende que, tras unas breves indicaciones sobre el manejo de la embarcación, la responsable del lugar retorne a su puesto en la cabaña en el bosque. Yo, entretanto, me veo embarcado a los mandos en una profunda soledad de kilómetros de agua y montañas pobladas de grandes losas de pizarra características de la zona.
Lo que viene a continuación son algo más de dos horas de deslizarse en parajes vacíos, de habitar el silencio, de surcar aguas negras pobladas de olvido. “Nada hay más vasto que las cosas vacías” dijo Francis Bacon, nos recuerda Paul Virilio en su Estética de la desaparición (1998).
Agosto 2020
Veo una sesión en vivo de Travelers All Stars, una banda mexicana de early reggae en la que todos sus miembros aparecen enmascarados y actúan para un público distante que les observamos a través de nuestras pantallas. Los cálidos sonidos jamaicanos se vuelven tristes en la distancia.
Escucho una noticia de avistamientos de pumas deambulando por las calles en Santiago (Chile) de hace algunos meses. Por la noche sueño con una manada de pumas que corren hacia una cueva. Trato de ir con ellos y accedo a la gruta. El lugar es idéntico a la Cueva de las Manos, que se encuentra al noroeste de la provincia de Santa Cruz en la Patagonia argentina. Cientos de huellas de manos realizadas con pigmento soplado se despliegan frente a mí. En un costado una gran masa ocupa un lugar primordial en la cueva. Se trata de la pieza Soffio de Giuseppe Penone, en la que un soplido toma una rotunda materialidad.
Nunca antes se había hecho tan patente para mí la importancia del contexto frente al lugar y los objetos que lo pueblan. Habitando en esta pandemia global, de distancias, esas manos se tornan pesadilla y el soplido de Penone parece coagular de manera monumental algo que, a priori, jamás fue peligro.
Continúo en esa ensoñación por un largo año más, hasta que al fin despierto.

Imagen de catálogo de Giuseppe Penone y fotografía de imagen de la Cueva de las Manos
Mario Espliego, agosto de 2020
Referencias
CERDÁ, Paco (2017), Los últimos. Voces de la Laponia española, Pepitas de calabaza,Logroño.
FERNÁNDEZ MALLO, Agustín (2011), El hacedor (de Borges) Remake, Santillana, Madrid.
VIRILIO, Paul (1998), Estética de la desaparición, Anagrama, Barcelona.
Cómo citar:
ESPLIEGO, Mario, “Una piña, un fósil, un soplido. Diario de pandemia”, LUR, 25 de febrero de 2024, https://e-lur.net/articulos/una-pina-un-fosil-un-soplido-diario-de-pandemia
Mario Espliego (Guadalajara, España, 1983) es artista plástico y profesor de Escultura en Escuela Universitaria TAI y en la Universidad de Salamanca (USAL). Doctor en Bellas Artes en la UCM. Analizó en su tesis distintas problemáticas ligadas a la violencia producida desde/hacia el formato monumental, tema que aborda de manera constante en su quehacer artístico. Es editor de la revista BARAHÚNDA .
“Una piña, un fósil, un soplido. Diario de pandemia” forma parte del itinerario de investigación Imágenes que expelen el final dirigido por Paloma Villalobos.
Los itinerarios de investigación son dirigidos por especialistas con autonomía intelectual que los nutren con artículos escritos por ellos mismos o por un equipo colaborador propio. Cada itinerario responde así a las personas que ocupan su dirección y a las que con sus textos ayudan a darle forma.
El itinerario Imágenes que expelen el final forma parte de la investigación Un mundo sin nosotros: relatos y visualidades en tiempos virulentos desarrollada por Paloma Villalobos en el Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile y financiada por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile / Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, ANID / FONDECYT, Postdoctorado Folio 3210188.
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