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La espera como acontecimiento

Rubén Ángel Arias

Dice el refrán que quien espera desespera. Pero a los refranes, como a las supersticiones, conviene llevarles la contraria. Y eso es, entre otras cosas, lo que ha hecho Txema Salvans en esta segunda entrega de The Waiting Game. Para ello, ha recorrido ríos y acequias, se ha dado un paseo por el lado anodino de las zanjas y los canales. Lugares, todos, donde parece haberse inaugurado una nueva bucólica de los arrabales. Una bucólica precaria, paleoindustrial, improvisada, dominguera.

Y es que esto va de ponerse a pescar sin el glamour de las embarcaciones deportivas, sin la intrincada belleza de los meandros o el espectáculo glaciar de algunos lagos, sin las sofisticaciones de la técnica y los anzuelos, sin la épica jactanciosa de las grandes capturas. Esto va del gusto que da apañárselas con poco. Esto va de ver pasar el tiempo y de quedarse hipnotizado.

Tiempo e hipnosis. De un lado, la pausa, la inmovilidad. Del otro, la meditativa actitud de unos personajes casi siempre solitarios. Estos son los dos motivos que las imágenes de Salvans apuntalan y atesoran.

Accedemos así a un tiempo que ha quedado fuera del tiempo de producción y del tiempo de consumo, y que aflora en los resquicios, en las zonas de descuido, en el ambiguo límite que —más que separar— diluye el campo en las ciudades. Espacios de interminación que la presencia humana dignifica y transforma en sitios de recreo, en oasis o refugios.

La pesca es ahí un resto, una práctica que viene de lejos y que, en consecuencia, produce la inquietante sensación de algo muy familiar que aparece de manera espontánea en un lugar desacostumbrado. Tiene la forma y la estética de una anomalía o de un anacronismo. Aspecto este que es subrayado por la perspectiva y la hora en que han sido tomadas las fotografías, esto es, por el encuadre —en el que nunca vemos lo que ve quien pesca, sino su contexto y lo que queda a sus espaldas— y la luz despejada y vertical de los mediodías peninsulares.

Como recuerda David Campany en el breve texto que abre el libro, tanto la pesca como la caza han sido las dos actividades más utilizadas para hablar, metafórica y pedagógicamente, de la actividad fotográfica. Pero sería también muy fácil, o es muy fácil después de ver y leer The Waiting Game II, entender la fotografía como un cultivo, como el obstinado cultivo de la paciencia.

Todos y todas esperan en las imágenes de Salvans, pero su espera no es metafísica, ni teológica, ni está en ellos, en ellas, la comezón de los personajes de Beckett o lo sobreactuado —lo inverosímil— y patético del pensador de Rodin. No son monjes, aunque en ocasiones lo parezcan, ni se preparan para un gran acontecimiento. Su espera es una acción, tal vez una astucia, que consiste en imaginar y ensimismarse.

No ha renunciado Salvans a la serialidad, que le da a este trabajo un aspecto sobrio, clásico, y que es también una forma de coquetería. Como tampoco ha renunciado a la imagen final, la número cuarenta y uno, vagamente narrativa con respecto al conjunto, donde emerge el magro trofeo, el esquivo y mínimo pez de la idea.