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Carlos Losilla: “Me gustaría que este diario se leyera como una novela”

Iván Pinto

En Deambulaciones. Diario de cine 2019-2020 (Muga, 2021), Carlos Losilla reflexiona en torno a la condición de espectador y la deriva del cine contemporáneo. Mezclando discursos como el ensayo, la crónica y el diario íntimo, el autor nos sumerge en un soliloquio en el que se empeña, una y otra vez, en salvar algo, por poco que sea, de los restos de ese naufragio.

Has elegido el diario confesional como discurso. ¿Qué te llevó a elegir el diario para el desarrollo de tu libro? ¿Qué necesitaste en términos ‘narrativos’ para elaborarlo?

A partir del verano y el otoño de 2019, empecé a escribir fragmentos y notas sueltas sobre las películas que veía y también sobre el modo en que me sentía en relación al cine, una cuestión que empezó a ser más importante que cualquier otra. Ya no se trataba de que una película me gustara o no, que eso cada vez se me antoja como más secundario, sino de qué pensaba después de verla, cómo me encontraba incluso físicamente… De ahí surge todo, de la manera en que el cine me afecta a partir de un instante determinado, y que no es la misma en que me afectaba antes. Primero intenté construir eso como un discurso pero luego vi que no era posible, porque lo que me salía no era un discurso, sino algo más bien disperso. Y como estaba cansado de los discursos, como me sentía mal tanto con los artículos académicos como con los ensayos a la manera tradicional, decidí dejarlo tal cual sin intentar nada más. La sorpresa fue cuando vi que todo eso acababa siendo casi como una novela, o como una autobiografía novelada. No de lo que hacía, sino de lo que pensaba. Una autobiografía del pensamiento sobre cine, o de lo que voy pensando acerca de mi relación con el cine en un momento muy concreto de mi vida, cuando me veo impelido a replantearme muchas cosas.

El libro me parece un documento cultural en el sentido benjaminiano de “todo documento de cultura es un documento de barbarie”. Podríamos decir que la caída del mundo como consecuencia de la pandemia es uno de hilos conductores más profundos del relato: el testimonio de los primeros meses de una emergencia sanitaria global que transformó no solo al cine, sino a la cultura…

Lo empecé a escribir en la segunda mitad de 2019, es decir, antes de la pandemia, pero en ese momento yo ya me sentía como infectado, no por el coronavirus pero sí por algo muy poderoso, muy potente, que me hacía sentir distinto a como me sentía antes. Muchas veces se dice que el cine es un virus, y que si te alcanza ya nunca vuelves a ser el mismo. Pues bien, lo que me sucedió en el año anterior a la pandemia es que me sentí como si me hubieran inyectado una vacuna contra ese virus, el del cine. No es que ya no me gustara el cine, sino que ya no me sentía a gusto con él, que no es lo mismo. Empecé a pelearme, a disgustarme con el cine, a enfadarme con él. Casi como en una relación de pareja en la que llevas ya muchos años implicado y empieza a cambiar, a dejar atrás la pasión y el deseo y a convertirlos en otra cosa, mucho más compleja. Las circunstancias de la vida tienen mucho que ver en eso: la economía, la política de la pareja. También el cansancio, pero ese cansancio que no te lleva necesariamente a la ruptura sino a una especie de reconversión, de readaptación. O de olvido, de una cierta indiferencia, vete a saber… Sin embargo, quiero dejar claro que tampoco se trata de un documento personal. Es una ficción construida a partir de pensamientos que me asaltan, de impresiones a las que necesito dar forma. Y entonces, el yo que habla ahí no soy necesariamente yo, sino una instancia que me mezcla con otras cosas, una especie de yo imaginario. A partir de ahí, creo un personaje, y ese personaje empieza a escribir. Y de ahí surge el diario. Y quien escribe ese diario se encuentra en una situación distinta que, sin embargo, ya intuía: la pandemia es el final de un mundo, sí, pero un final anunciado, que de alguna manera se veía venir. Sobre todo en el territorio del cine.

“Yo me quería quedar a la intemperie, pero me parece que eso es imposible. Me quedan las ruinas, del cine y de mi relación con él

¿Es la cinefilia un discurso ya muerto o uno que debe reinventarse? ¿En qué lugar se sitúa el cinéfilo en nuestra cultura contemporánea?

No quiero emitir ningún discurso, ni hablar sobre otros discursos. Quiero dejar por escrito las primeras impresiones de algo que sucede y que me afecta, pero que todavía no sé lo que es. Quizá yo ya no me sienta un cinéfilo en el sentido estricto, pero eso no quiere decir que la cinefilia haya muerto o se esté transformando. Puede que sea solo yo quien se está transformando. Y no sé para convertirme en qué, si es que debo convertirme en algo diferente. Para mí lo importante es la escritura, o la manera en que la escritura se enfrenta a algo que ha sido muy importante para mí, en este caso el cine. ¿Qué queda de eso y qué constancia puede dejar la escritura de esas ruinas? Si lo abordo desde ese punto de vista ya empieza a tener más sentido… Sí es cierto que esa escritura pretende deconstruir o, para ser más sinceros, destruir. Quiero destruir lo que fui en relación al cine, y de ahí que escriba y escriba, a veces en mi propia contra. Escribir y escribir, cansarme de escribir y entonces ver qué queda. Hay una serie de modos de escritura sobre el cine que me enerva, que consiste en una repetición de tópicos y fórmulas con los que ya no puedo convivir, que me parecen autocomplacientes y acomodaticios. En este sentido, aquí quería escribir de una manera sustractiva, restando todo eso, dejándolo en los huesos. Sin embargo, a medida que restas vas sumando. La escritura es siempre acumulativa, y va construyendo otros edificios inútiles mientras destruye los viejos. Yo me quería quedar a la intemperie, pero me parece que eso es imposible. Dicho esto, me quedan las ruinas, del cine y de mi relación con él.

En el libro retomas algunas ideas respecto a la historia lineal del cine y particularmente de determinados períodos aún poco estudiados, temas abordados en publicaciones tuyas anteriores como La invención de la modernidad o cómo acabar de una vez por todas con la historia del cine (2012) y La invención de Hollywood o cómo olvidarse de una vez por todas del cine clásico (2003). ¿Qué elementos podrían ayudar a comprender mejor el cine contemporáneo?

En los libros anteriores que mencionas había un hilo conductor, aunque yo a veces me negara a ello. Querían ir contra un cierto discurso académico, pero acababan perteneciendo a él, inscritos en él. En todos estos años he aprendido algo que tiene que ver tanto con el cine como con la vida: la única posición que puedo asumir es aquella que me mantiene alejado de todo, y por lo tanto ni siquiera es una posición, sino una deambulación, un caminar por los márgenes, entrando y saliendo, pero sobre todo mirando desde afuera, como un ladrón que espera que se vaya todo el mundo para entrar él y arramblar con lo que hay, quizá para reaprovecharlo, quizá para tirarlo por la borda de una vez por todas. En este libro, quiero realizar una operación un tanto absurda: empezar a hablar de algo para darme cuenta, en un momento dado, de que ya no puedo seguir hablando de eso. De hecho, lo que empiezo a decir es lo mismo que en mis libros anteriores: los momentos de crisis estética, en la historia del cine, son mucho más importantes que los momentos de plenitud, o por lo menos así me lo parece a mí, y en ese espacio he trabajado toda mi vida. Pero llega otra crisis aún más trascendental para mí, la mía propia, y luego otra en forma de pandemia, y me doy cuenta de que lo quería decir no tiene ninguna importancia. Y entonces lo que queda es la novela de lo que quería decir y no puedo acabar de decir, de lo que he querido decir siempre sin darme cuenta de que a nadie le importan los periodos si no es a los académicos. Ni siquiera importan las películas, sino aquello que las películas han dejado en nosotros a su paso. Y eso es una ficción, porque lo construimos desde una subjetividad por otro lado también en ruinas, que ya ni siquiera es capaz de darse a ver como tal. Insisto en que me gustaría que este diario se leyera como una novela, como la historia de un fracaso o de varios fracasos. Y el argumento sería este: alguien quiere escribir acerca de su relación con el cine, empieza hablando sobre las películas que ve y los festivales a los que asiste, pero entonces ocurre algo inesperado, en este caso una pandemia, y todo se pone patas arriba, lo obliga a partir de cero, a escribir sobre aquello que realmente le motiva en ese momento concreto, en este caso sobre el cine de los 50 y el de los 70, también sobre el contemporáneo que sigue viendo (todos ellos cines de crisis que querían acabar con esa crisis y no lo consiguen hasta que otros los desbancan), pero termina fracasando en el intento y replanteándose el sentido que tiene para él el hecho de escribir sobre cine, es decir, regresando al principio… Lo que acaba importando, no obstante, es la belleza y la poesía que se desprende de esos fracasos. Y ese alguien, si ha dejado constancia de ello en el libro, ya se da por satisfecho.


Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2020
Carlos Losilla
Colección Mikeldi | nº 1
Muga, 2021
152 páginas
16,5 x 21 cm.
18 €

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