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En busca y captura

Carlos Losilla

Al abordaje 01

Pocas cosas se le pueden agradecer a la pandemia, pero quizá una de ellas sea que haya conseguido poner en duda el significado de eso que llamamos ‘actualidad’. Me pregunto qué quiere decir ahora esa palabra mientras consulto la cartelera cinematográfica en un periódico y, paralelamente, en internet. También al tiempo que repaso, aunque sea con actitud un poco distante, lo que han publicado algunas revistas ‘especializadas’ (otro día habrá que dedicar igualmente algunas palabras a ese término) sobre las películas estrenadas en estos últimos meses. Y debo entenderme bien cuando me leo: si digo “actitud distante” no es para denotar soberbia o superioridad, sino para distanciarme de mí mismo, de la excitación que antes me generaba ese tipo de actividad. El coronavirus, y las subsiguientes restricciones, han traído consigo estrenos a destiempo, más dispersos y a veces ilocalizables que antes. Pues ahora las películas se hacen presentes en las salas que han sobrevivido a la debacle, pero también, y en la misma cantidad e importancia, en plataformas y en streaming, de manera que resulta difícil controlar y contabilizarlas todas. ¿Cuáles y cuántos son los ‘estrenos de la semana’? Incluso al crítico más puntilloso se le pueden escapar algunos, a poco que se dispersen o no se anuncien con la suficiente antelación. Basta echar un vistazo comparativo a unas cuantas publicaciones y webs para comprobar que ya resulta imposible mantener el deseo en activo, pues puede que la oferta más codiciada pase desapercibida, no sea objeto ni siquiera de un pequeño comentario a pie de página.

El mercado, pues, se desbarata, se autodestruye por culpa de su excesiva variedad y diversidad, aquello que antes se perseguía con tanto ahínco. Hace poco, por ejemplo, casi se me escapa una de las películas que más deseaba ver desde que supe de su existencia. Del inconveniente de haber nacido (2020), de Sandra Wollner, se estrenó en salas pese a que su distribución corre a cargo de una plataforma en la que a su vez podrá verse en muy pocas semanas. Los periódicos más prestigiosos, en la sección que dedican los viernes a las novedades de la semana, no dieron cuenta de ella. Y no fue hasta que hube repasado la cartelera película a película que di con una sesión que me convenía, aunque fuera en una sala no precisamente cerca de mi casa y en un horario al límite del toque de queda. ¿Se ha convertido ir al cine en una aventura? No menos que ver películas en el salón, vista la rapidez con que unas se suceden a otras y todas van cayendo raudamente en el olvido para dejar paso a la última novedad, a su vez desbancada a los pocos días por sus sucesoras. Diríase que las imágenes en movimiento ya no tienen lugar, en los dos sentidos de la expresión: han dejado de ser un acontecimiento y ni siquiera encuentran un sitio para reposar y dejar que las observemos con una cierta tranquilidad. Las imágenes se mueven más que nunca y lo único que vemos es ese movimiento. ¿Cómo hablar de él antes de que se extinga, quizá para siempre?

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Pienso, igualmente, en algo que se desprende de lo que acabo de decir: ¿dónde localizar las ‘buenas películas’, si es que aún puede emplearse ese adjetivo? Durante los meses del confinamiento, se llegó a decir que los productos más exquisitos ya solo podían hallarse en las plataformas, dada la escasez de los estrenos en salas debido a su cierre a causa de la emergencia sanitaria. Han bastado pocos meses, sin embargo, para que esa hipótesis salte por los aires, como tantas otras. Y no me hace falta regresar a Del inconveniente de haber nacido para demostrármelo a mí mismo. La película de Wollner acabará recalando finalmente en una plataforma y allí hallará tanto su público natural como el prestigio que no ha encontrado en la sección de estrenos de los periódicos, sean en papel o digitales. En cambio, Pequeños detalles, que vi la otra tarde en una sala casi vacía, está condenada al olvido. Dirigida por el oscuro John Lee Hancock, no hay en ella nada que destaque o sobresalga, por lo menos desde la perspectiva de una crítica que busca cada vez más rarezas y joyas ocultas, cumbres del art et essai y productos ya premiados o premiables. Es una película concebida, antes de la pandemia, para un público mayoritario, cuando eso todavía existía, por mucho que ya estuviera exhalando sus últimos estertores. Y por si fuera poco se trata de un producto sin estrellas à la mode, concebido según cánones formales claramente superados y olvidados, incluso dotado de un ritmo que desde el principio se presenta fuera de lugar, por completo ajeno a los gustos imperantes en cualquiera de los bandos que ahora forman la ‘opinión’ en torno al cine. Un thriller más bien convencional ambientado en los 90, y que en ocasiones parece filmado también en aquella época, Pequeños detalles, como Del inconveniente de haber nacido, tampoco encontró su lugar en las secciones de críticas del viernes en que se estrenó, copadas por títulos decididamente à la page como Y llovieron  pájaros o la última y calculada provocación de Fatih Akin.

¿Por qué me llamó la atención, entonces, esa película insignificante? La noche del mismo día vi, en casa y en una plataforma, un western titulado Noticias del mundo, dirigido por Paul Greengrass y protagonizado por Tom Hanks, que está siendo objeto de un cierto culto en determinados círculos cinéfilos. Al contrario de lo que sucede con Pequeños detalles, aquí todo conspira para que el film encuentre un público: tomando como punto de partida el tema de Centauros del  desierto (1956), el clásico de John Ford, el sagaz Greengrass se las arregla para encontrar en ese filón asuntos de actualidad que le permitan componer, además, una serie de imágenes bonitas y agradables, jamás incómodas o agresivas para el espectador medio e incluso para el más exigente. Mientras Pequeños detalles aboga por una funcionalidad más bien impersonal a la hora de concebir, filmar y montar los planos que la componen, Noticias del mundo utiliza una amplia gama de colores cálidos y exaltaciones paisajísticas para hablar de conflictos raciales e incluso construir alguna que otra metáfora sobre la América de Trump. La película de Hancock amortigua progresivamente el tono para poner en escena a un psicópata asesino y a los policías que lo persiguen, no menos perturbados que él, en lo que constituye un relato manido pero, precisamente por eso, también dotado de un cierto misterio. La propuesta de Greengrass-Hanks juega siempre sobre seguro, pretende sorprender tomando todas las precauciones posibles, lo cual significa que al final no logra sorprender en absoluto.

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Pero no es nada de eso lo que más me importa del enfrentamiento que se da entre estas dos películas. Hay algo que me resulta aún más atractivo: la manera en que Pequeños detalles no pretende conseguir nada excepto alguna que otra imagen que merezca la pena, sacrificando en el camino incluso lo que podría haber sido su puesta en escena, por momentos inexistente. Greengrass se muestra muy autoconsciente cuando, en Noticias del mundo, filma el rostro de Tom Hanks de una manera enfática o utiliza un dron para componer algún que otro plano aéreo más bien decorativo y presuntuoso. Hancock, de vez en cuando, logra dar a ver la pesadez del cuerpo de Denzel Washington, visiblemente envejecido, o la figura reptiliana de Rami Malek, o los movimientos extrañamente sonámbulos de Jared Leto. Y me digo que ahora mismo es eso lo que me interesa del cine, esa manera de captar sus deslizamientos progresivos no solo entre las diversas pantallas en las que se encarna sino en el interior de cada plano. Detectar lo inesperado en medio de la rutina, como sucede con la mera existencia de dos películas en apariencia tan distintas como Del inconveniente de haber nacido y Pequeños detalles. Localizarlo y darle caza.

Pienso en eso mientras veo el sexto episodio de La maldición de Hill House, una serie que empecé a seguir porque en general me fascinan las películas previas de su director, Mike Flanagan. En los capítulos anteriores, la acción parece condenada a no avanzar, se cuenta la historia de una familia obsesionada con algo horrible que ocurrió mucho tiempo atrás pero el relato no  hace otra cosa que dar vueltas sobre sí mismo, los hechos se repiten desde distintos puntos de vista, y todo ello sin ningún tipo de pretensión arty, dando la impresión de que estamos  asistiendo  a una narración limpia y ordenada. Llega el sexto episodio, decía, y todos se reúnen en el velatorio de la hermana pequeña, que se había suicidado al final de la primera entrega. Flanagan, entonces, decide filmarlo todo en larguísimos movimientos de cámara, sin apenas recurrir al montaje, siguiendo a los personajes mientras se cruzan y se reencuentran y se agreden verbalmente una y otra vez en el exiguo espacio de la funeraria. La maldición de Hill House es una serie de Netflix, la misma plataforma que ha auspiciado el estreno de Noticias del mundo, pero eso ahora no me interesa. En cambio, me deja atónito el modo en que esta pequeña producción, que no persigue otra cosa que contar una historia de terror tradicional, por mucho que se base en una novela de Shirley Jones y en una película anterior de Robert Wise, insiste una y otra vez en girar alrededor de sí misma sin encontrar nada, limitándose a sugerir que en esos vagabundeos debe de haber algo a lo que habrá que atender en un momento u otro. ¿Sabré, en este caso, localizarlo? Sea como fuere, me digo que en esa espera quizá interminable se ocultan las imágenes que anhelo aunque puede que no vea nunca, da lo mismo. Han migrado desde el cine que amaba a la televisión de mi casa apenas sin inmutarse, como se contagia un virus.


En esta sección Carlos Losilla se lanza al abordaje. Primero, para hablar del cine que lo rodea, que es el de su tiempo y el que debe entender día a día, sin descanso y asumiendo todos los obstáculos al respecto. Segundo, para buscar la mejor manera de escribir sobre él, lo cual teme que suponga otra lucha a brazo partido. Y tercero, para cuestionarse a sí mismo como alguien que escribe sobre cine, para ver si eso le basta o no, o qué será de ese intento de abordaje.

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