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¿La imagen construye la identidad de quien fotografía o al contrario?

Rosa Neutro, María Marco, Rosendo Cid

No tengo cara. No soy nadie. No estoy aquí (díptico). Rosa Neutro, 2017

Rosendo Cid

Si alguien nos preguntara si son las imágenes las que construyen la identidad de quien fotografía o si es la identidad de quien fotografía la que realmente construye las imágenes obtendríamos una respuesta oscilante, ya que, con independencia de la orientación de la pregunta, el vínculo entre imagen e identidad es manifiestamente complejo, pues, de salida, nos topamos con la dificultad para dilucidar ambos conceptos por separado. En cualquier caso, la conexión, relación o convivencia entre dichos conceptos determina la individualidad y el modo de construir la mirada de quien fotografía.

Otra consideración general apuntaría a que la identidad de quien se desenvuelve en dicho ámbito se fragua en la historia común, en la tradición e incluso en ciertas convenciones, para elaborar desde ahí —consciente o inconscientemente— su universo simbólico, sin que pueda obviarse el contexto del cual participa, yendo bien a favor o bien en contra —con ánimo de cuestionar o subvertir—. Pienso en la figura de Claude Cahun, con claros rasgos autobiográficos, y cuyo trabajo puede definirse como una búsqueda individual en un permanente juego de retratos y metamorfosis, construyéndose a sí misma desde la reivindicación y el cuestionamiento de su contexto, y cómo, por tal motivo, o tal vez únicamente por ser mujer, pasó casi inadvertida en su época. La lectura de su trabajo fue evolucionando en identificaciones y sentidos, siendo actualmente una figura reivindicada por personalidades de diferentes ámbitos así como defensores de la emancipación femenina o partidarios incluso de la indefinición de géneros.

De tal manera que puede decirse que las imágenes generan identidades pero obviamente también al contrario, en una desigual e inconstante reciprocidad, pues existe una clara dependencia de los contextos y las dinámicas vigentes en cada momento, que, como es inevitable, inciden en las formas de trabajar e interpretar imágenes en estos sentidos.

No parece existir entonces una definición concreta de cómo es esta relación entre imagen e identidad, y qué parte tiene más peso en la construcción de una identidad artística, a no ser que puntualicemos cada situación, lo que viene a demostrar que ni la identidad, ni la lectura o el trabajo de imágenes al respecto, son algo estático.

Todas estas consideraciones apresuradas pretenden, ante todo, convertirse en sugerencias para abrir el conversatorio y plantearos un interrogante para que desarrolléis vuestras posturas al respecto de la construcción de identidades en las dinámicas fotográficas y artísticas. Y así, paso a preguntaros, ¿cuánto o de qué manera influye o ha influido la tradición de imágenes, identidades o roles —incluso el contexto en el cual os movéis— en vuestros trabajos artísticos o curatoriales, por tanto, en vuestra identidad y definición como autoras?

Rosa Neutro

La respuesta a esta pregunta surge desde muy joven. Por entonces practicaba un deporte casi exclusivamente de hombres, lo que me enseñó a no percibirme demasiado distinta a ellos en lo que se refiere al entendimiento del cuerpo. Durante bastante tiempo, incluso en mis inicios dentro de la fotografía, no creía necesario reivindicar una diferencia porque no lo sentía así. Me consideraba una persona más, una artista a quien le interesaban los temas que estaban fuera de sí misma y que a menudo son tratados desde los discursos oficiales. Pero con el paso de los años, y a través del arte, he descubierto que esta es una trampa bastante común en lo que atañe a la configuración de la identidad de género. Las mujeres, en el amplio sentido del término, somos seres complejos, sometidas a muchos cambios que implican también al cuerpo y que limitan y condicionan nuestro lugar en el mundo. Y eso es algo que no puede obviarse. 

Hace siete años la maternidadse me presentó como la madre de todas las transformaciones —hasta el momento— y la que me lleva definitivamente a entender lo complejo que resulta abordar el concepto de identidad desde una perspectiva demasiado simplista, que en muchas ocasiones se cree falsamente inamovible. Es indudable que el cuerpo es, en esta etapa, el detonante de las contradicciones que sufrimos: la despersonalización, la fragilidad, la vulnerabilidad, la fortaleza, la renuncia… Contradicciones que no solo crean malestar, sino que además son fuente inagotable de reflexiones sobre lo que creemos ser y no somos, un lugar de resistencia cuyas ramificaciones parten del cuerpo hacia un interior que se nos muestra asombrado, contraído, apabullado, asustado y por qué no decirlo, incluso pleno. Pienso que el cuerpo es solamente la punta del iceberg de nuestra identidad, nuestro campo de acción, y las transformaciones que sufrimos a lo largo de la vida, no solo producen efectos sobre él, sino que se sitúan en un lugar oculto en donde sus cicatrices son aquellas que, más que construir, revelan nuestra verdadera identidad.

Si pienso en imágenes o referentes que han influido en mi identidad artística, sin duda lo hago a través de dos autoras que, a pesar de sus diferencias generacionales y los modos de representación, comparten lugares comunes que personalmente me conectan a ellas: Louis Bourgeois y Ana Mendieta. Ambas escarban en las raíces de sus historias personales y sus contradicciones dando cabida a la violencia, el deseo, el dolor… identidades que van desentrañándose en sus obras dando forma y nombre a esas fisuras o cicatrices, como citaba antes, que son comunes a todos los seres humanos. Mendieta, desde una posición de espejo que se representa a sí misma y somete su cuerpo a esa búsqueda. Sigue impactándome cuando vuelvo a leer su afirmación de que “de no haber sido artista hubiese sido una delincuente”. Por otro lado, Bourgeois, que simboliza aquello que no se puede nombrar, lo ‘otro’, aquello situado en la sombra y que la luz de la creación artística nos muestra con toda la violencia y dolor que la engendró, la ira. Es desde ahí, desde la sombra, desde donde me gusta trabajar.

Mamá Marlene (de la serie Divas de cine negro). Rosa Neutro, 2015

María Marco

Lo identitario es algo frágil y vulnerable, se escurre entre los dedos. Es más bien un constructo, un deseo, una quimera. Como el fraguado del yeso o los huesos operados, van endureciéndose con el tiempo. Nuestra identidad no es nada y lo es todo. Nuestra identidad es nuestro idioma y todo el resto de los idiomas, es nuestro territorio y todos los otros territorios, es nuestro género y todos los otros géneros porque solo nos construimos por negación al otro o por imitatio, deseamos lo que vemos y vemos lo que deseamos. Nos construimos a su imagen y semejanza.

¿Cuándo las imágenes estallan como botas ortopédicas, dedicadas a enderezar lo que se tuerce? Las imágenes no son inocentes, trabajan en nuestro subconsciente al encuentro del deseo de ser. La imagen como herramienta política de empoderamiento y disidencia sucede con la dominación de nuestros símbolos identitarios, que te construyas tu identidad como quieras, que no te obliguen, que no te venga impuesta. Que nadie te diga cómo tienes que hablar, actuar o autorrepresentarte. No ser impasible e ignorante, no dejarte llevar por las inercias, las tradiciones y los símbolos. Los símbolos y las imágenes son el espejo donde mirarnos y vernos reflejados. Cuando los miramos nos encontramos con la esencia de lo que somos, nos vemos a nosotras mismas. Pienso en las bellas fotografías de Jacobo Bugarín o de Deebo Barreiro, el primero retratando las formas de los afectos y la segunda evidenciando la disidencia de los cuerpos; son imágenes que nos construyen y nos representan. Imágenes que yo, personalmente, deseo habitar y que me habiten.

Respecto a la pregunta… Puedo contestar que de un modo definitivo y de ningún modo en absoluto. En mi caso me han influido más los videoclips de Madonna o de Massive Attack de los años 90 que cualquier pieza audiovisual que haya podido ver en un museo, aunque haya tenido encuentros gloriosos con Sophie Calle, Agnes Vardá, o mi primer ‘crush fotográfico’ cuando, con 11 años, vi una exposición de Cristina García Rodero en la sala de exposiciones de San Benito en Valladolid y pensé que aquello era algo hermoso que merecía la pena. La tradición visual es solo un modo de representar el mundo pensado desde determinadas épocas y por determinados artistas, hombres. Así que, ¡qué les jodan! ¡Hay que deconstruir toda esa mierda y construir nuevos símbolos! Ese es el arte que me interesa, el que funciona como pequeños bazukas de sospecha. Me aburren soberanamente las derivas que se retroalimentan en la historia una y mil veces escrita.

Rosendo Cid

Está claro que la historia ha simplificado o ‘estandarizado’ el asunto de las identidades y en consecuencia la repercusión de las mismas. Una historia que, seamos claros, ordena los tipos de obras y artistas en estilos, grupos o categorías como si pudieran amoldarse a esas mismas categorías sin perder, en esos ‘acoplamientos’, parte de sus particularidades. A nadie se le escapa que estos modos conllevan omisiones y desatenciones, por no decir olvidos, que son difícilmente recuperables o que han de volver a nosotros y a la historia —ironías— mucho tiempo después y cuando su repercusión resulta ser completamente distinta. De ahí que desconfiemos en algunas ocasiones de lo que la historia nos cuenta. Porque está claro que dentro de la historia conviven muchas otras, paralelas e invisibles. Ya que, si fuéramos precisos, lo único que realmente existe, en la historia de cualquier ámbito creativo, son personas, por tanto identidades, con toda su complejidad, quienes transitan por caminos propios, produciendo diferentes formas de estar en el mundo. Y desde este punto de vista cualquier manifestación simbólica, lo único que de verdad nos muestra y enseña, más que una identidad, en sentido estricto o la manera de ser de un artista, es realmente su forma de mirar, de estar en el mundo, de habitarlo y de interactuar con su contexto.

Otro asunto que se me ocurre señalar a raíz de vuestros comentarios, son los referentes o su ausencia. Y como ya se ha apuntado, existen más voces que aquellas a las que mayormente se les presta atención. Hasta no hace tanto una mujer artista por ejemplo, autora en definitiva, se encontraba con unas dificultades numerosas y evidentes, desde carecer de modelos de sensibilidad en los que reflejarse, hasta las condiciones en las que tenía que crear. Algo que nos habla claramente de que los referentes son fundamentales para desarrollar una identidad y que por tanto, su ausencia nos convierte en seres amnésicos y sin posibilidad de proyectar. Referentes, que en el caso de los artistas, no necesariamente tienen que estar vinculados al propio medio artístico en donde se desenvuelvan. De todo esto se deriva, por un lado, que las interpretaciones del pasado son esenciales para proyectar y construir nuevos modelos, y por otro, que excluir voces e identidades empobrece nuestra percepción y entendimiento del mundo y, por supuesto, acaba reduciendo cualquier ámbito creativo.

No he respondido por cierto a la pregunta —conscientemente genérica— que os hice a ambas. Mi respuesta es desigual porque las referencias o influencias, como puede pasaros a vosotras, no se limitan únicamente al campo de las artes visuales. Pero si puedo señalar que siempre he prestado más atención —de cara a la construcción consciente de mi propia identidad creativa— a las actitudes y a las autorías, y no tanto a las obras o a las imágenes u objetos que estos producen, y que no dejan de ser las huellas —esplendorosas en muchos casos, bien es cierto— de esas conductas.

Rosa Neutro
No tengo cara. No soy nadie. No estoy aquí. Rosa Neutro, 2017

Rosa Neutro

Estoy totalmente de acuerdo en que la historia focaliza toda su atención hacia las obras, más que prestar atención a las actitudes o autorías de las que hablas —y por qué no, identidades— que en muchos casos ni siquiera se cuestionan, favoreciendo que se consideren como hazañas las vidas de los grandes autores por dichas obras y como mérito únicamente propio, y no debemos olvidar que al igual que sucede con esa idea básica de que para que haya ricos debe haber pobres, desarrollar una carrera artística de éxito depende en gran medida del género y de los apoyos con los que cuenta el artista para poder desarrollarse y que alguien, en la sombra, ha de adoptar. En ese trayecto se quedan atrás la mayor parte de las personalidades artísticas que fagocitan el sistema; seres anónimos e invisibles que ni siquiera llegan a ser conocidos por el gran público y que a veces son, paradójicamente, fuente de inspiración de aquellos genios que no hacen sino beber de lo ya hecho, del mundo y sus culturas, sus problemáticas y de sus conexiones. En ese lugar estamos indiscutiblemente la mayoría de las y los artistas, de aquí y de cualquier lugar. Porque las periferias en el arte también existen y son delimitadas generalmente por una mano invisible que difícilmente podemos esquivar, porque la mayoría desconocemos sus reglas ocultas y, por lo tanto, somos ajenas a él.

Y… ¿qué sucede cuándo una impetuosa necesidad nos conduce a crear y mostrar los escombros que el sistema deja a su paso? Pues que como tú dices, tenemos que llevar a cabo una búsqueda bien laboriosa de referentes en los cuales reconocernos y proyectarnos para que esa mano invisible de la que hablaba, no nos arrincone y sigamos pensando que vale la pena reflexionar, protestar y gritar como lo han hecho otras antes, porque nosotras también queremos ser oídas, y vistas.

En el libro El nudo materno (Las afueras, 2018), Jane Lazarre relata las tensiones a las que se enfrenta una personalidad artística —escritora en este caso— cuando acomete la maternidad. Además de reflexionar sobre cuestiones reales que se le presentan a diario, la autora da forma a un ser ficticio llamado La dama oscura que es el reflejo de esa voz interior que está insertada en la mayor parte de las mujeres artistas que son madres y que casi de forma automática esa mano arrastra entonces, si no lo ha hecho ya antes, hacia la periferia. Esta voz interior nos zarandea de forma particular y nos advierte que “la satisfacción es enemiga de la creatividad; la vida doméstica intercepta los mensajes del mundo interior… por eso pocas veces las grandes mujeres han sido madres”. La identidad también se fundamenta en advertir a esa dama oscura, para exorcizarla y mostrarla, pues estar en el arte desde estos temas significa estar todavía más excluidas del sistema.

Como decía en la primera intervención, no debemos olvidar que las autoras y autores somos personas con vidas cuyas necesidades debemos suplir. En ese largo camino que es la vida se presentan las enfermedades, la maternidad, la vejez… y todo ello no solo debe ser tratado y atendido, sino también mostrado, porque todo ello nos conforma como personas y por tanto, como autoras.

María Marco

Estoy de mudanza. Un cambio de casa acelerado por circunstancias personales que, entre otras muchas cosas, me genera una gran duda ¿qué colgaré en mis paredes nuevas? Esta, en apariencia, banal pregunta implica no solo un posicionamiento radical con mis compromisos estéticos sino un modo de reafirmar mi identidad, porque lo que vemos a diario, las imágenes que visten nuestras casas, suponen el mayor manifiesto estético y político de nuestras vidas.

Tengo claro que me interesa la fotografía ¿por qué? Supongo que se parece demasiado a la vida; también el dibujo, por ser lo que más se parece al deseo, al deseo de ser mundo construyéndose desde la mano. La fotografía nos descubre realidades cotidianas que pasan desapercibidas, cualquier retrato o paisaje fotográfico nos traslada inmediatamente a ese lugar donde queremos ir. Nuestras elecciones estéticas no solo adornan, sino que funcionan como dispositivos de belleza, máquinas espacio-temporales, compromisos políticos, fantasmas, máquinas de memoria y espejos. Sí, espejos que nos devuelven nuestra propia imagen más o menos mediatizada por la mirada del fotógrafo que nos construye. Cuando yo cuelgue una foto preciosa de mi abuela Flora de pequeña junto a mi bisabuela Manuela, ese acto supondrá una construcción voluntaria de mi identidad, y aunque nunca las conocí, su retrato no dejará de recordarme mis orígenes; mi bisabuela envuelta en ropajes negros y mi abuela como una niña divertida con lazos en las coletas y vestido corto. Estamos hablando de mujeres fuertes de la Galicia de finales del siglo XIX y principios del XX y quiero que ellas construyan con su presencia silenciosa mi vida. También colgaré un acrílico que le compré a mi amiga María Magán, quien está sacando adelante con una programación increíble para los tiempos que corren un pequeño proyecto galerístico, La doce desde el precioso pueblo de Boiro. Esa decisión forma parte de lo que yo, como crítica de arte, entiendo que debe ser apoyar a un sector que agoniza y que necesita de cómplices para poder asegurar su continuidad y la dignidad de nuestros artistas. Mis paredes van a ir convirtiéndose poco a poco en un reflejo de lo que soy y de lo que voluntariamente me propongo llegar a ser. Podría entenderse también como una decisión ética, no solo estética y como una propuesta moral que se articula a través de la visualidad, de mi modo de mirar y ser mirada por dichas imágenes, a través del lenguaje de la belleza.

Piezas de gente a la que quiero, algún cuadro de herencia familiar y alguna cosa nueva serán las imágenes que conformen mi identidad y ese es el vínculo entre imagen e identidad más inmediato que veo ahora. Evidentemente estoy de acuerdo con vosotras cuando habláis desde una perspectiva historicista aludiendo a que las imágenes elaboran un universo simbólico y que la subalternidad necesita de la urgente construcción de referentes visuales para reescribir su propia historia y evitar ser escrita por otros, por los de siempre o directamente obviada para imponer el relato patriarcal. El relato de la maternidad, del cuerpo femenino no objetualizado, o de lo queer son historias que urgen ser escritas, pero aún quedan muchas, muchas más por escribir.

Yo, para terminar, cambiaría el título de este conversatorio. En lugar de ‘¿La imagen construye la identidad de quien fotografía o al contrario?’ hablaría de que la imagen construye la identidad de quien la mira. Porque las imágenes solo existen en quienes la observan y en quienes se observan retratados. El poder de las imágenes es inmenso e invoca hechizos en nuestra voluntad, tienen facultades mágicas.

La cámara lúcida (1980) de Roland Barthes contiene este texto conmovedor:

Imaginariamente, la Fotografía representa ese momento tan sutil en que, a decir verdad, no soy ni sujeto ni objeto, sino más bien un sujeto que se siente devenir objeto: vivo entonces una microexperiencia de la muerte: me convierto verdaderamente en espectro. Diríase que, aterrado, el Fotógrafo debe luchar tremendamente para que la Fotografía no sea la Muerte. Pero yo, objeto ya, no lucho. Presiento que de esta pesadilla habré de ser despertado más duramente aún: pues no sé lo que la sociedad hace de mi foto, lo que lee en ella (de todos modos, hay tantas lecturas de un mismo rostro); pero, cuando me descubro en el producto de esta operación, lo que veo es que me he convertido en Todo-Imagen, es decir, en la Muerte en persona; los otros —el Otro— me desapropian de mí mismo, hacen de mí, ferozmente, un objeto, me tienen a su merced, a su disposición, clasificado en un fichero, preparado para todos los sutiles trucajes: un excelente fotógrafo, un día, me fotografió; creí leer en esa imagen la pesadumbre de un reciente duelo: por una vez la Fotografía me reproducía a mí mismo; pero más tarde encontré esta misma foto en la tapa de un libelo; mediante el artificio de un tiraje, yo tenía sólo un horrible rostro desinteriorizado, siniestro e ingrato como la imagen que los autores del libro querían dar de mi lenguaje.

Imagen extraída del libro Hace tiempo y a menudo y sin embargo imposible. Rosa Neutro, 2019

Rosendo Cid

Me permito hacer unos últimos apuntes. La pregunta que os propuse al final de mi primera intervención era muy genérica, sin duda, pero encaminada a comprender el asunto desde la perspectiva del propio ámbito artístico o fotográfico y de una manera particular, que quizá sea la forma más fidedigna de acercarse a una idea de lo que es la identidad, y todavía así no era ni es sencillo establecer una respuesta concreta de cómo se entiende o se ‘construye’ esta dentro de un ámbito determinado y de qué manera afectan las imágenes en ese proceso.

Por otro lado, este conversatorio podría haber ido por otros derroteros, con toda seguridad, si fueran otras las voces que participaran, pudiendo haber abordado el tema desde otras perspectivas mucho más fotográficas, como que, desde su nacimiento, es innegable que la irrupción de la fotografía supuso una renovación técnica y conceptual para el retrato —el género que indaga de manera más evidente en la cuestión de la identidad—. Pero nuestras intenciones, o mejor, nuestras divagaciones en este conversatorio —ya que no es difícil caer en tal acción en planteamientos tan desiguales como estos—no ha sido tratar específicamente sobre el retrato o de si la fotografía puede revelar la esencia o identidad de la persona retratada, ya que cualquier poder ‘real’ de la misma puede ponerse en duda, dada la facilidad de manipulación de sus códigos. Pensemos en las experiencias posmodernas y qué decir de nuestro presente o más concretamente de la práctica de los selfis, otro asunto que daría para un interesante debate, porque ¿cómo ser uno mismo cuando se está intentando, todo el rato, ser otro? ¿Significa esto que estamos intercambiando identidades sin detenernos a contemplar nuestro propio cuerpo?

Finalmente, con ánimo de condensar mucho lo que hemos tratado, creo que podríamos decir que la identidad no deja de ser una especie de ‘cronografía particular’ construida, efectivamente, mediante imágenes —con toda las ‘cargas’ desiguales que conllevan— pero también mediante objetos, ficciones, sensaciones y sentimientos contradictorios, que van modificándose con el tiempo, construyendo así algo que no se deja definir ni especificar tan fácilmente. Y, que la relación entre imagen e identidad, su construcción y convivencia dentro de un entorno artístico es voluble y depende y se transforma a través de la realidad en la cual se habita. Por lo que el único desenlace posible para este conversatorio, o al menos el que puedo escribir en este momento, es que la identidad creativa permanece en un movimiento incesante que no se deja atrapar nunca del todo; ni siquiera mediante imágenes; ya no digamos por medio de las palabras.


Rosa Neutro (Cangas do Morrazo, España, 1979). Se forma en Bellas Artes en la Universidad de Vigo y en diseño gráfico en la Escuela de Arte Antonio Faílde de Ourense. Además de artista, ha desarrollado diversas actividades dentro de la gestión cultural o la edición, aparte de la docencia de talleres de arte y fotografía. Su actividad artística se centra en la fotografía y el fotomontaje como principal medio para explorar los clichés femeninos, la identidad o la memoria.

María Marco (Vigo, España, 1979). Crítica, escritora, investigadora y comisaria independiente de arte contemporáneo. XXXVII Premio Xerais de Novela (2020) con Coidadora. En diciembre de 2019 recibe el II Premio CGAC de investigación y ensayo sobre arte contemporáneo con Tigres en magnolias. La magia como transformación en el arte contemporáneo. Colabora en El Cultural del periódico El Mundo, y Tempos Novos, entre otras publicaciones.

Rosendo Cid (Ourense, España, 1974). Su actividad se centra principalmente en las artes plásticas aunque su interés por la palabra escrita lo hace alternar, no pocas veces, con trabajos literarios y editoriales o realizando obras plásticas donde las palabras son parte fundamental de las mismas. Como artista está representado por la Galería Nordés, de Santiago de Compostela.