‘La pregunta abierta’ plantea un mismo interrogante a diferentes voces de España y Latinoamérica vinculadas con la fotografía contemporánea y el fotolibro
A la cuestión, ¿es posible desarrollar un lenguaje fotográfico en un fotolibro?, responden Miguel Ángel Felipe, Mariela Sancari, Fosi Vegue, Laura Carbonell, Martín Bollati y Gloria Oyarzabal.
Miguel Ángel Felipe
Una de las características de los fotolibros que encuentro más interesantes es que ensayan la creación de un lenguaje propio. Se construyen como un sistema de reglas propias que invita a quien los recorre a descifrarlas. No siempre es fácil y hay en esa dificultad una posibilidad de diálogo entre la obra y quien la mira. Como suele ocurrir en las imágenes fotográficas, tomadas estas a nivel individual, el hallazgo o la construcción de una fotografía implica la elección de determinadas realidades seleccionadas a la hora de fotografiar, una decisión respecto a equipamientos y opciones técnicas, y sobre todo, una biografía de quien opera que de alguna manera se confronta permanentemente a lo fotografiado. Pero el libro construye este lenguaje fundamentalmente en base a la secuencia que impone el propio dispositivo, un recorrido prefijado, y a una serie de elementos combinados que se construyen al modo de una sintaxis.
Mariela Sancari
Si pensamos que las formas en que editamos imágenes hacen referencia a cuestiones específicas, entonces sí, completamente. En este caso me parece que sería necesario pensar la especificidad del lenguaje fotográfico en términos de los fenómenos de sentido que es capaz de generar.
Fosi Vegue
Únicamente sería viable si desterramos de nuestro cerebro cualquier tipo de patrón o código de interpretación que siga las pautas de las disciplinas artísticas convencionales (pintura, música, literatura…). Solo sucede cuando no nos apoyamos en estrategias propias de estas artes y nos dejamos llevar por la exclusiva capacidad expresiva de la imagen fotográfica. No obstante, me parece más excitante huir de este carácter privativo en favor de la contaminación y la perversa mezcla de códigos y lenguajes que nos conduzcan irremisiblemente hacia la esquizofrenia dialéctica y visual total.
Laura Carbonell
Muchas veces pensamos que el fotolibro, como objeto impreso, es un contenedor de narrativas visuales en el que la fotografía tiene la posibilidad de ser algo más que un registro. Pensamos que el fotolibro está ahí para contarnos una historia y desarrollar un lenguaje fotográfico capaz de representar la voz de un autor o de una autora, pero nos equivocamos al no verlo como una compleja estructura visual hecha a partir del cuidadoso montaje de un conjunto de imágenes que adquieren un sentido expresivo a través de la secuenciación.
¿A este sentido expresivo podemos llamarlo lenguaje fotográfico? Más que lenguaje, deberíamos hablar de metalenguaje. Un fotolibro se nutre del lenguaje fotográfico para acercarnos a la materia fotográfica expandiendo su contenido y sobrepasándolo a través de una asociación de imágenes que le dan ritmo y vitalidad a una obra.
Pero más allá de eso, el fotolibro tiene algo de intraducible, de impredecible y de trascendental que debemos comprender en toda su complejidad. En Problemas del nuevo cine (Alianza Editorial, 1970), Pasolini plantea en su texto Discurso sobre el plano secuencia una teoría en torno al montaje que se aplica al mundo de los libros de fotografía. El cineasta dice del cine que “el montaje realiza sobre el material del filme (que está constituido por fragmentos, larguísimos o infinitesimales, de tantos planos-secuencia como posibles tomas subjetivas infinitas) lo que la muerte realiza sobre la vida”. Según él, “solo gracias a la muerte, nuestra vida sirve para explicarnos”. Y eso es lo que sucede con el fotolibro. Con el tiempo y el aporte de editores, autores y diseñadores, este objeto empieza a debatirse entre la composición y la vida.
En definitiva, un fotolibro sí puede potenciar el lenguaje de las imágenes, pero al declararse en rebeldía, su gestación también se interpone a la inmediatez de las imágenes y las libera de su propia limitación lingüística y temporal.
Martín Bollati
No creo que sea posible desarrollar ningún lenguaje específico aislado del resto más allá que en campos teóricos. En un libro de fotografías las imágenes conviven con los textos que acompañan al libro, con su discurso de prensa, con su situación como dispositivo en redes, como parte de un mercado, etc., etc. No sucede de forma aislada y por lo tanto es ingenuo pensar que puede pasar en estado puro. Las imágenes suceden en convivencia, entre sí y con otros dispositivos de comunicación que merodean al libro, más allá de sus páginas.
Gloria Oyarzabal
Habría que definir qué es un lenguaje fotográfico para valorar si es aplicable a una experiencia tan específica como es leer un fotolibro. Pero obviemos este paso.
Pienso en lo que supone la predisposición a esta superposición de lenguajes diversos que se solapan e interactúan entre si —fotografía, texto, diseño, secuenciación, materiales, texturas, dibujos, mapas, edición, preimpresión, impresión…— y me hace pensar en esas lenguas pidgin, resultado de contactos entre personas que hablan idiomas diferentes pero, por motivos varios, necesitan comunicarse haciendo un ejercicio de fusión.
El fotolibro es un dispositivo polifónico, con partitura a varias voces, y como tal apela a la flexibilidad cognitiva del lector para combinar todos los elementos que lo componen. Aun así, ¿es lenguaje, jerga o jerigonza? ¿Podríamos dejarlo en jerigonza?, sin grandes pretensiones, como lenguaje especial de un gremio, a veces complicado, opaco, difícil de entender. Supongamos que es un lenguaje en sí mismo, una lengua pidgin, y como tal es consecuencia, se nutre y combina códigos de otras disciplinas como el cine, la literatura, el diseño…
Pero ¿es inclusivo? En su Breve historia de la fotografía (1931), Walter Benjamin escribió que en el futuro será analfabeto quien no sepa leer sus propias imágenes. ¿Debemos asumir que el acceso a la lectura del fotolibro es universal? Leer un fotolibro no es solo decodificar imágenes, textos y signos; también es interpretar, dar sentido y (co)razón, conectar con otras experiencias.
Urge, entonces, incluir la alfabetización visual entre los conocimientos básicos que deben tener los ciudadanos del siglo XXI para que su uso sea ético y, sobre todo, no elitista.
Miguel Ángel Felipe es editor y fotógrafo bajo el seudónimo Elde Gelos. Mariela Sancari es artista. Fosi Vegue es fotógrafo y docente. Laura Carbonell es curadora. Martín Bollati es artista visual, editor y docente. Gloria Oyarzabal es fotógrafa y artista visual.
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