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Si siempre decimos que el tiempo es el mejor editor, ¿por qué no le dejamos hacer su trabajo?

Juan Valbuena

Prisa mata, amigo Autor. Aunque cueste creerlo, hay cosas que no se pueden hacer rápido si se quieren seguir haciendo bien: gestar, dormir, leer… editar y publicar serían otras de ellas. Convertir un proyecto en un objeto es una aventura colectiva que requiere de un lento proceso de comunicación óptima, comprensión mutua y toma de decisiones por consenso. Toda persona que hace imágenes se encuentra perdida en su propia historia, por ello busca un refugio seguro en el que ser entendida. Esa es la función principal del Editor: tejer una red que anime a saltar y, desde ella, mediar entre el Autor y su potencial Comprador.

El punto cero

Las condiciones iniciales para un primer encuentro entre un Autor y un Editor pueden ser tres:

1.El conjunto de imágenes está cerrado y existe una idea de proyecto.
2. El conjunto de imágenes está cerrado pero no existe una idea de proyecto.
3. El conjunto de imágenes no está cerrado.

Yo creo que el Editor debería aceptar trabajar únicamente desde el primer punto de partida, aunque el segundo supuesto resulte tentador, pues da a éste la posibilidad de convertirse casi en Autor. Lo que parece claro es que el tercer caso es una fuente de errores que nos va a llevar a jugar de farol, a manchar papel y a añadir ruido al mundo.

Así que, si somos honestos y dejamos de lado nuestro ego y nuestro bolsillo, la decisión está clara: sólo haremos libros de proyectos bien trabajados y pensados previamente por sus autores. Como puede suponerse, es habitual que el Autor piense que ya está en el punto 1) y el Editor sienta que no es así. Está en nuestra mano decir la verdad y, en lo que atañe al la cuestión del tiempo, responder:

1.Vamos allá, tardaremos al menos nueve meses.
2. Dale una vuelta y volvemos a hablar en, al menos, nueve meses.*
3. Sigue haciendo imágenes y volvemos a hablar en, al menos, nueve meses.*

* Aplíquense reiterativamente cuantas veces sea necesario

Los primeros meses

En el mejor de los mundos al Editor le gustan el proyecto y el Autor e, incluso, ve que el libro que ambos se traen entre manos puede tener cierto interés para una posible audiencia, siempre modesta. ¿Cuáles son los siguientes pasos? ¿Por qué necesitarán, al menos, nueve meses? Porque, para empezar, el Autor y el Editor van a tener que verse a menudo. Tres o cuatro intensas reuniones separadas por unas tres o cuatro semanas no se las quita nadie. Se establecerá un necesario combate entre ellos que hará que, como resultado final, salga un proyecto de libro mejor que el que hubiera hecho el sabio Editor solo y, por supuesto, también más interesante que el que hubiera propuesto el ensimismado Autor. No será ni uno ni otro y ambos tendrán la sensación de haber renunciado a algo. Cuando encuentren ese punto de equilibrio estable podrán buscar al siguiente eslabón de la cadena: el Diseñador.

Habrán pasado tres meses y ya estarán seleccionadas las imágenes. Además Editor y Autor habrán esbozado una secuencia, un orden aproximado para las fotos y habrán delimitado el campo de juego: un tamaño, un formato y un número de páginas que correspondan a ese objeto capaz de guardar la esencia del proyecto sin traicionarlo. Aunque los tríos siempre son complicados, esa imparidad sobrevenida va a ayudar a despejar dudas, a acabar de tomar algunas decisiones y a cerrar ciertos asuntos pendientes.

Habrán transcurrido otros tres meses más, con lo que ya llevan trabajando juntos medio año. Tras la maquetación y puesta en página, la selección de imágenes puede haber sufrido alguna modificación y suele ocurrir que también la secuencia ha sido alterada para primar la narrativa del libro. No obstante, el proceso ha sido dialogado y los cambios han sido aceptados por las partes. Se manda hacer un prototipo y todo el mundo está feliz.

La lista de los Reyes Magos en el mundo editorial se llama pliego de imprenta. Un documento en el que el Diseñador, con el comprensible entusiasmo del Autor y el bueno-ya-veremos del Editor, pide usar ocho tintas y dos barnices, el papel más bello del universo y una tela de encuadernación que hay que traer resma a resma en noches de luna llena desde algún lugar más allá de los Urales. Y claro, el presupuesto de impresión y encuadernación se dispara y hay que llamar al malo de la película: el Publicador. Esa persona puede que sea la misma que ha hecho de Editor o puede que no; si lo es, para vencer el dos contra uno en banda que le están haciendo, sólo puede tirar del voto de calidad que le da ser el pagador del libro. Si no lo es, y es un nuevo agente en la trama, casi que también usará los mismos argumentos.

Con la imprenta hemos topado

El tiempo pasa, ya van siete meses y hay que darse cuenta de que la maqueta no es el libro y que no cumple su función. Publicar es hacer público, producir un objeto de comunicación destinado a ser vendido, algo que debe funcionar en ausencia del Autor y trasladar a la vida del agente Comprador una nueva historia, una cierta emoción. Por tanto, no está pensado para quedarse en el almacén ni para ser numerado y firmado con la idea de generar escasez o exclusividad, de hecho, debería reeditarse una y otra vez siempre que las cuentas estuvieran bien echadas y quedara algún Comprador en la sala.

En este octavo mes hay que sacar la calculadora: el objeto-prototipo gusta a todos pero el precio de su fabricación en serie en la era de la reproductibilidad técnica hace inviable el proyecto-libro. Los presupuestos se negocian con dificultad en parte por la opacidad de las artes sumatorias de las imprentas, en parte porque es difícil renunciar a lo que se ha tenido tan cerca. Autor, Editor, Diseñador y Publicador deben asumir que van a lanzar un producto que está sometido a las normas básicas del capitalismo: sólo hay dos maneras de ganar dinero vendiendo cosas, bien por margen, bien por volumen. Una vez descartado el volumen, ya que el Comprador de fotolibros es un bien escaso, hay que intentar no estrellarse con los márgenes.

Puede ocurrir que algunos de los agentes implicados en el asunto actúen como si no hubiera correlación alguna entre el coste por unidad de fabricación de un objeto y su PVP. Dicen querer lo mejor para el proyecto: seducir con un libro caro en producción y barato en comercialización, aunque eso sea suicidarse. Es justo en este punto donde se producen un conjunto de anomalías que hace que el mercado del fotolibro no sea un territorio fácil de comprender: autores pagándose sus propios libros, incluso bajo sellos editoriales; producciones dopadas que generan confusión en los precios; especulación a partir de supuestos sold-out prematuros; así como algunos agentes Distribuidor o Vendedor que liquidan raro y pagan tarde o nunca las escasas ventas. El Salvaje Oeste, vamos.

Un panorama que hace que haya bastantes primeros libros de autores o editoriales, algunos segundos y muy pocos terceros y cuartos. La esperanza de vida del sector es corta y la mortalidad infantil muy alta, pero puede que eso sea otra historia…

¿Lo hacemos o no lo hacemos?

No nos distraigamos ahora. Noveno mes. El presupuesto es finalmente aceptado. El proceso industrial es supervisado con interés e intención. Se minimizan errores aplicando fiables mecanismos de control y aparecen guardianes de la calidad por todas partes. Gracias. El resultado no es perfecto, pero es. Autor, Editor, Diseñador y Publicador han conseguido crear un objeto que comunica de modo óptimo un proyecto interesante a un precio razonable a la espera de un Comprador. La suerte está echada. Ha sido libro.

Mea Culpa

¿Se puede hacer todo esto en menos de nueve meses? ¿Cómo se puede evitar que algo salga mal en el laberinto antes descrito si no se tiene espacio de reflexión ni de reacción? Es cierto que hay publicaciones magníficas realizadas sin tiempo e incluso sin dinero ni equipo, pero no lo es menos que hay muchos fotolibros que hubieran sido mejores si el Autor hubiera aguantado un poco, trabajado más, buscado ayuda, gestionado mejor sus recursos y pensado de verdad en el Comprador.

Pero no voy a caer en eso tan nuestro de hacerle la autocrítica a los demás, así que aprovecho para reconocer no haber cumplido siempre con mis propias palabras: confieso haber entrado en algún proceso sin tiempo suficiente y temiéndome lo peor, afirmo haber confiado en poder salvar proyectos en los que no creía, encajo mi derrota ocasional ante la pinza hecha por Autor y Diseñador, asumo que alguna vez he prescindido, por premura o por precio, de agentes para determinadas tareas, acepto que algún libro en el que he participado ha resultado caro o incomprensible (o ambas cosas) y, sobre todo, me arrepiento de haberme dejado llevar por el entusiasmo y haber sido parte activa del proceso de banalización de una tarea tan profunda y compleja como la de editar y publicar.

He escrito este texto para tenerlo siempre presente a partir de ahora, para poder seguir haciendo libros y para que después del “boom” no llegue el “crash”.


Juan Valbuena (Madrid, España, 1973). Fotógrafo fundador de la agencia NOPHOTO, director de la editorial PHREE y profesor en el Máster Internacional de Fotografía Contemporánea EFTI. Sus proyectos tienen que ver con el viaje, el territorio y la memoria y están contaminados con otras disciplinas como la edición, el vídeo y la literatura. En estos momentos está especialmente interesado en contar historias sobre la relación entre el ser humano y la fotografía y en explorar los límites narrativos del género documental.