La bella huida
Rubén Ángel Arias
Uno. Antecedentes
A principios de 1958 y sin previo aviso, Caril Fugate, de 14 años, y su novio, Charles Starkweather, de 20, empezaron a matar personas. Entre sus primeras víctimas se encontraron la madre de Fugate, su padrastro y su hermana pequeña. Después de estos primeros y repentinos asesinatos, la pareja huyó de Nebraska a Wyoming y, durante su huida, siguieron matando hasta sumar diez muertes a sus cuentas recién abiertas en la sucursal de la violencia juvenil estadounidense.
Caril Fugate fue la primera mujer en la historia del país en ser juzgada por asesinato en primer grado. Fue sentenciada a cadena perpetua, pero logró la libertad condicional tras pasar diecisiete años en un correccional de mujeres. Actualmente vive en Michigan.
Charles Starkweather fue condenado a la silla eléctrica, la ejecución tuvo lugar en enero de 1959, el mismo año en que Truman Capote empezó a escribir A sangre fría. Los casos de impremeditada crueldad constituían un caso muy distinto al de los asesinos en serie y no tardaron en llamar la atención de escritores, cineastas y músicos.
Los motivos que llevaron a la jovencísima pareja a cometer los asesinatos son, por predecibles, poco interesantes: la angustia, la frustración, tal vez la impotencia y la rabia, seguramente, la precipitación y el atolondramiento. Todo ello mezclado con una fácil e inmediata disponibilidad de armas de fuego.
El sinsentido y la furia que rodearon a aquella explosión de violencia han impregnado el imaginario popular. Así, la progresiva mitificación ha trastocado y ensanchado los acontecimientos de partida hasta convertirlos en una historia que reúne los ingredientes propios de un drama clásico: la pasión, el crimen y la huida.
Músicos como Bruce Springsteen (en su álbum Nebraska, de 1982), bandas como Sonic Youth (en Goo, de 1990) o directores de cine como Oliver Stone en Natural Born Killers (1994) o, ya antes, Terrence Malick en Badlans (1973), han aludido y recreado los momentos estelares de Fugate y Starkweather.
Fue precisamente la película de Malick la que le sirvió de inspiración y punto de partida a Christian Patterson para el proyecto que cristalizaría en su premiado y alabado Redheaded Peckerwood (2011). ‘Cabeza roja picamadera’ o ‘Cabeza enrojecida picamadera’ sería la traducción literal, aunque inexacta, del título al español. El segundo de los epítetos —peckerwood— se ha utilizado, desde principios del siglo XIX, para referirse de manera despectiva a los blancos pobres de las zonas rurales. Redheaded es a su vez un juego con la expresión red-handed, literalmente ‘manos rojas’ o ‘manos enrojecidas’, cuyo equivalente más cercano en español es ‘con las manos en la masa’ o in fraganti. El denso título es una provocación y una entrada directa en el contexto de lo ocurrido.
Dos. El artista como detective melancólico
El plan de Patterson fue seguir el itinerario que Fugate y Starkweather emprendieron hasta ser arrestados. Se trataba de un trabajo de vuelta. Más que una investigación era una confirmación: aquella historia sucedió y a su paso dejó unas cuantas y persistentes huellas, y una no menos tenaz —y siniestra— atmósfera de desmoronamiento psíquico. Redheaded Peckerwood supone la reunión de ambos aspectos, de un lado, las trazas materiales, del otro, los paisajes que dicha historia convoca en el imaginario estadounidense. Las pruebas periciales, las imágenes de archivo, las notas y postales que Patterson reproduce e inserta como si se tratara de objetos perdidos en el mismo libro aparecen junto a fotografías recientes de paisajes sin identificar.
El hilo conductor entre unas y otras imágenes, entre unos y otros objetos, no es en verdad un hilo sino un ambiente marcado por lo siniestro, es decir, por lo que el lector sabe del caso. Es en este sentido crucial que Redheaded Peckerwood se abra con la carta manuscrita escrita por Starkweather, pero firmada también por Fugate, y que tras la autoinculpación por los crímenes cometidos termina con un parco recuento de los mismos: “Hasta la fecha, hemos matado a siete personas”. Esta frase, como toda su confesión, está escrita a lápiz, pero no hay goma que la borre.
Patterson estructura la obra a la manera de un detective melancólico que, rendido ante la intensidad emocional del caso y, a la vez, hechizado por sus hallazgos, lo mezcla todo, lo baraja todo, pues todo forma parte para él de un único registro: el de lo irremediable, la ofuscación y lo perdido. En consecuencia, los materiales aparecen dislocados, fuera de la secuencia narrativa que permitiría ordenarlos en el tiempo.
En Redheaded Peckerwood todo está al servicio de la construcción de un clima que bien podría ser aquel “oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento” al que se refería Baudelaire. Patterson, como antes Malick, permanece entre cautivo y fascinado ante la historia y los objetos que se han desprendido de ella, y de los que se sirve para generar alusiones y resonancias. Para dotar al conjunto de eficacia cuenta con los enlaces que los lectores de su obra establecerán en función del contexto sobre el que el libro vuelve una y otra vez. Así, las imágenes de una casa ardiendo, una esquina débilmente iluminada, los faros de un automóvil en mitad de la noche o una cama sucia se prestan a ser entendidos como los escenarios simbólicos del crimen que ya sabemos. Más que una interpretación, Patterson nos propone un conjunto articulado de asociaciones que tienen como fin trasladar al papel toda la carga emocional del caso.
Y tres. Resolver un crimen no es lo mismo que explicarlo o que servirse de él
Lo que Patterson propone está muy lejos, en su alcance, de las intenciones de una novela policíaca. No hay una injusticia por resolver ni un asesino por desvelar. El caso está cerrado y, con él, todo posible equívoco. Lo que, sin embargo, tiene una presencia espectral, pero incesante, a lo largo de todo el libro se halla en la dificultad para entender los engranajes psicológicos que actuaron en la repetición de los asesinatos. No tanto en su origen como en su espiral. El hecho de que una vez desencadenada la violencia, esta continuara, gratuita, generosamente.
Hay, por último, un aspecto a mi juicio desatendido por Patterson, y que bien podría ser el núcleo duro del caso Fugate-Starkweather. Me refiero al lugar casi decorativo que ocupan las víctimas de la ira o la desesperación o la estupidez de aquellos dos muchachos con pistola. Hay en esto, como ya he insinuado antes, una mirada que parece haberse quedado hipnotizada ante el corazón del desastre, pero desde la cómoda distancia que da saberse a salvo y en un presente muy distinto.
En el momento de su publicación, la crítica definió el trabajo de Patterson como si se tratara de un esfuerzo por deconstruir un caso que era ya un mito. Todavía soy incapaz de ver el aspecto deconstructivo o de entender lo que por ‘deconstrucción’ se estaba dando a entender. Más apropiado, aunque menos espectacular, sería definir Redheaded Peckerwood como una obra en la que el autor se ha servido de una narración previa y de un imaginario muy bien instalado en el acervo popular para construir un libro que es, sobre todo, un ambiente. Un ambiente aurático, inquietante, terrible y hermoso.
De dónde procede esa hermosura, se me preguntará. ¿Dónde hay belleza aquí? La respuesta está en todo lo que Patterson ha añadido de su cosecha, esto es, en sus propias fotografías. Estas son, en parte, el itinerario de una búsqueda y, en parte también, una invención. Todas ellas se presentan y disponen con la nitidez de las pistas propias de un falsificador o —quizá más exacto— de un minucioso ilusionista. No están ahí por lo que valen en sí, sino por lo mucho que favorecen la evocación de un escenario obsesivamente imaginado.
Cómo citar:
ARIAS, Rubén Ángel, “La bella huida”, LUR, 3 de febrero de 2021, https://e-lur.net/resenas-de-fotolibros/redheaded-peckerwood
Christian Patterson (Fond du Lac, EE.UU, 1972) vive en la ciudad de Nueva York. Sus proyectos han tenido y tienen como origen la revisión deliberadamente subjetiva del pasado histórico. En sus trabajos la fotografía aparece continuamente junto a dibujos, pinturas, objetos encontrados e instalaciones audiovisuales. Es autor, además del galardonado Redheaded Peckerwood (2011), de un libro más reciente, Bottom of the Lake (2015), y de una primera obra titulada Sounds Affects (2008) surgida en la estela de William Eggleston, de quien, no en vano, ha sido alumno y asistente.
Rubén Ángel Arias (Zamora, España, 1978) es técnico superior en Química Medioambiental y doctor en Filología Hispánica. Además de sus colaboraciones en distintos medios académicos y culturales, es autor del ensayo Ante el placer de los demás. Representaciones del ocio a cielo abierto (Muga, 2019).
¡Regístrate gratis y no te pierdas este contenido!
Para acceder a contenidos exclusivos como este es necesario tener una cuenta en LUR
Crea tu cuenta y disfruta de las ventajas de estar registrado. Es gratis, rápido y fácil
Si ya estás registrado, inicia sesión








