Al pensar en una imagen de la pandemia me viene a la mente algo que vi en pantalla encerrado en mi casa, lo cual ya es elocuente. No se trata de una imagen directamente relacionada con esa nueva expresión del arcaico arquetipo de la peste. No muestra a un puma vagando por las calles desiertas de Las Condes,[^1] ni una pila de cadáveres en bolsas de plástico en el patio trasero de algún hospital ecuatoriano, ni camiones cargados de sarcófagos italianos o un video tomado desde una ventana en China en el que se escucha como aúlla toda una ciudad encerrada como si estuviera en prisión. La imagen que me viene a la mente es otra. Es la figura de un límite. Proviene de Our Planet, serie documental creada por David Attenborough que durante ese período pude ver.
De un lado se observa una plantación de palma de aceite y del otro la jungla indonesia. Es la crónica de una muerte anunciada: la de los orangutanes en estado salvaje. También es una alegoría. Poco falta para que algunas especies desaparezcan y otras solo existan bajo supervisión humana en un museo de historia natural y en estado de segunda naturaleza. Como taxidermia viviente. Su naturaleza se habrá perdido. Persistirán como sobrenaturaleza.
Esa frontera es también la crónica de una pandemia anunciada y quizás de otras por venir. Con el avance de la deforestación, el contacto con especies vírgenes y la expansión descontrolada del capital global, la peste y el encierro podrían volverse habituales. Los saltos virales de un virus desde animales que nunca han tenido contacto con la humanidad a perros, gatos, ganado o algún dron de una plantación de palma de aceite quizás terminen siendo tan cotidianos como la mascarilla. Un mero costo marginal; una externalidad ambiental en jerga de ingeniería comercial. Justo como el colapso climático en el que los nuevos liberales como Milei, Trump, Bolsonaro o Kast fingen no creer. Estamos arrojados a un mundo bicorne. De un lado, tecnócratas que lo desdeñan todo en pos del crecimiento económico de unos pocos a costa de muchos, del medio ambiente y a la larga de toda especie devenida zona de sacrificio de una mera entelequia ideológica: la riqueza del individuo. Del otro, demagogos, ‘libertarios’ o no, encargados de renovar periódicamente esa nueva y vieja forma de barbarie mediante elecciones. A lo mejor ese brave new world fue lo que se expresó a través de la pandemia y tal vez esa pandemia no fue un accidente, sino el primer aviso de un síntoma inédito de ese nuevo orden mundial. Eso sí la hace nueva. Es una pandemia cuyo origen podemos localizar en lo que llaman factor humano y en un país dado a presumir de su infalibilidad.
Aparece mi segunda imagen. Proviene de un breve reportaje de la BBC. Su objeto es el vertiginoso desarrollo sufrido por el sistema de vigilancia de la República Popular China a raíz de esa misma pandemia. Es un diagrama que muestra una serie de puntos grises y uno rojo en un mapa que representa casas y calles. El punto rojo simboliza a un infectado por coronavirus. Una voz relata que todos los puntos grises reciben alertas telefónicas sobre la cercanía de un potencial infectado al cual, por otra parte, se dirige un dron equipado con un altavoz que le solicita regresar a su domicilio.
El plano remite al destino del paisaje en las fotografías aéreas, satelitales y aplicaciones como Google Earth, Google Maps, Waze, etc. Con la masificación del GPS el paisaje devino una superficie sin horizonte y en la cibernética de la peste el retratado solo un punto en movimiento. No deja de ser un tema para la teoría de la imagen y los estudios visuales. Actualmente se nos presenta completamente naturalizado en protectores de pantalla de Chromecast, Apple TV, Roku, etc.
Cuando en 1860 James Wallace (1825-1896) retrató desde un globo la ciudad de Boston causó un gran asombro cuya magnitud es difícil de imaginar. Fue la segunda vez que apareció un paisaje sin horizonte. Las primeras tomas desde un globo habrían sido hechas sobre París por Gaspard-Félix Tournachon (1820-1910) quien terminaría pasando a la historia como Nadar y habiendo extraviado las fotografías aéreas. Romo se nos deshace extrapolado a principio universal lo dicho por el siempre lúcido David Hockney (2001) sobre la fotografía en relación con la pintura: “It is not the beginning of something, it is the end of something”. La fotografía, al congelar esa imagen fugaz provista por el lente, supuso una revolución epistemológica difícil de soslayar, por más que la cámara oscura fuera heredada.
El punto en movimiento en un diagrama es correlativo a nuestro ser sometido a vigilancia permanente en unas dimensiones históricamente inéditas cuyo único destino es aumentar. Portamos tobilleras electrónicas en nuestros bolsillos. Nunca dejan de grabar y transmitir; sea desde el bolsillo o el velador. Hay gente que duerme con ellas al costado de su almohada. Como con un peluche.
La hipervigilancia fue catalizada por la pandemia como medida extraordinaria en estado de excepción. Socavó nuestras libertades más básicas, partiendo por el derecho al anonimato. Tras la catástrofe los guardianes se quedan para siempre. Ocurrió después del 11 de septiembre de 2001. El aumento de los ojos insomnes llegó de la mano del derrumbe de las Torres Gemelas pasando a llevar buena parte de los derechos civiles de los ciudadanos de los Estados Unidos de América y del mundo. Muerto Osama Bin Laden la maquinaria de espionaje levantada por la CIA, la NSA y Echelon perdura hasta el día de hoy. Pero no es solo un problema estadounidense.
Quinientas millones de cámaras de vigilancia con programas de reconocimiento facial capaces de identificar en tiempo real a un ciudadano repartidas por todo un país, su característica de deducir la identidad del modo de caminar, la competencia de detectar la fiebre con cámaras infrarrojas, alertas telefónicas sobre la cercanía con potenciales infectados y los ya mencionados drones equipados con altavoces persiguiendo a quienes no respetan la cuarentena, son solo algunos ejemplos del sofisticado aparataje de vigilancia masiva de China desarrollado durante la pandemia y que está siendo adoptado por Estados como Turquía, Singapur, Israel, Irán y Rusia. Mi tercera imagen es un poste repleto de cámaras de vigilancia.
La externalidad ambiental hace de nuestro propio cuerpo la zona de sacrificio final instalada por ese nuevo orden mundial.[^2] La expresión más extrema del propio cuerpo como zona de sacrificio al servicio de intereses ajenos es la industria de alimentos procesados. Esta mata y crea adictos solo para que unos pocos obtengan enormes beneficios económicos. Apenas se distingue del narcotráfico salvo que la adicción al azúcar, la sal y la grasa comienza con la niñez. Una maquina publicitaria perversa se ha encargado de crear personajes sobre los envases de productos destinados al consumo infantil. ¿A quién está dirigido el tigre de Zucaritas o el elefante Melvin de Chocapic? Podría pensarse que la idea del cuerpo propio como zona de sacrificio en pos del capital global amenaza la idea moderna de Estado nación como una entidad capaz de proteger a sus representados. Tal imagen resulta igual de pertinente si reparamos en el cuerpo infantil como colmo de esa zona de sacrificio. Iniciativas como el acuerdo comercial TPP11 representarían una seria amenaza en ese sentido con sus tribunales transnacionales de fantasía. Eso afirman sus detractores. ¿Quién ganará en un tribunal así? ¿Los niños obesos de México o Nestlé? En Chile, el segundo gobierno de Michelle Bachelet logró que los envases de los productos con un alto contenido de calorías, grasas saturadas, azúcares y otros nutrientes críticos incorporarán por ley una etiqueta negra que alertara de la abundancia de la o las sustancias dañinas en cuestión. Habrá que ver si tras la firma del TPP11 esas etiquetas siguen ahí.
Durante la pandemia aumentó el número de pedidos de comida a domicilio e hizo que las empresas de reparto fueran de las más florecientes durante la crisis. Rápidamente imagino gente encerrada en sus casas consumiendo alimentos abundantes en grasa, sal y azúcar. Mi cuarta imagen es el logo de Uber Eats y la quinta el de Cornershop.
Esta idea del cuerpo como zona de sacrificio final se expresa en la emergencia de otras pandemias como la obesidad o el estrés. Para el ensayista catalán Eudald Espluga (2021) en las sociedades productivistas contemporáneas la salud mental reviste características pandémicas. Junto a los cuerpos cansados, emerge un nuevo sujeto productivo, el sujeto a control de psicotrópicos. He ahí mi sexta imagen que no es ícono, pero sí figura:
Suena el despertador. Cinco miligramos de vortioxetina, dos tazas de café, un cigarro y el celular. Instagram, Twitter, TikTok, WhatsApp, compañeros de la oficina, colación y distracción. El viaje de regreso, el bus atestado y un placer que procede de la pena sobre un asiento apretujado. Un litro de cerveza y muchos cigarros frente al computador. Soledad, inquietud y sinsentido. Soberbia, pereza, avaricia, lujuria, ira y envidia. Un miniataque de pánico. Dos miligramos de clonazepam. Quietud. YouTube en el televisor. Noticias. Muerte, hambre, enfermedad y guerra. Aparece el quinto jinete: la desinformación (el sexto podría ser la indiferencia y el séptimo la codicia). Indiferencia. Estómago cerrado. Treinta miligramos de paroxetina y cien de trazodona clorhidrato. Hambre repentina, comida y gula. Me apago, me olvido y me vuelvo a dormir.
Ese sujeto supone un mundo cuyo primer origen podría situarse en el siglo XVII con el auge del colonialismo y la aceleración del comercio internacional a través del impresionante desarrollo de la náutica. Mejor que yo lo formula el filósofo chileno Pablo Oyarzún (2021):
Guerra y economía. Es el doble y único nombre de la globalización. Y es, en esa unitaria duplicidad, el legado del siglo XVII, del siglo barroco, el primer siglo al que cabría llamar, en propiedad, global. Cuando por primera vez, más acá de todo relato salvífico, se esboza el algoritmo de la historia. Y su presunto cierre. Siglo que nos es lejano, pero del cual, quizá, todavía no salimos del todo.
Bajo esa premisa el nuevo orden ya mencionado no es más que la evolución actual de uno que cabría llamar con toda propiedad ‘moderno’ y cuyo origen Oyarzún (2021) localiza en el colonialismo del siglo XVII. Si hubiera que buscar un punto de inflexión más reciente en la evolución de la globalización del capital sería, quizás, la conjunción entre la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el nacimiento de tecnologías que le sirvieron como insumos muy importantes a las democracias occidentales. Pienso en la masificación de internet y el computador personal (se dice que la pornografía, a su vez, le sirvió de vehículo a la veloz expansión de la WWW). Con la caída de la URSS el capitalismo global, ya intensamente acelerado por la Guerra Fría, se queda sin contrapeso ideológico. Internet y el computador personal pasaron a ser símbolos no solo de una supremacía ideológica, sino también tecnológica y tecnocrática.
No siempre fue así. Colmado de utopías se pensó a internet en los setenta como una red global interconectada en la que se democratizaría la información. Esa es la utopía de Ted Nelson. Incluso donde el acceso a esta sería gratuito. Actualmente ha devenido en semillero de policías, espionaje industrial y comercial a gran escala y en un escalafón más bajo en vivero de linchadores, verdugos y funámbulos ociosos de todo tipo. La pérdida de privacidad y el progresivo desplazamiento hacia sociedades en las que todo estaría —y estará— cada vez más vigilado también fue vislumbrado de manera crepuscular. Un magnífico ejemplo es el proyecto Carnivore (2002) del colectivo estadounidense Radical Software Group (RSG). Carnivore era el sobrenombre de un programa del FBI llamado DCS1000 que, en posesión de una orden judicial, permitía a los agentes federales espiar íntegramente todo el contenido y tráfico de una IP determinada. RSG clonó, por decir, el programa y lo puso a disposición de otros artistas para que generaran visualizaciones de datos a propósito del contenido y tráfico de sus propias IP. Buen ejemplo es la obra Fuel de Scott Snibbe. La paranoia respecto a la hipervigilancia nace de la mano del net art. Este refleja una desconfianza generalizada respecto al nuevo medio en los años noventa del siglo pasado. Ya en los años ochenta del siglo XX William Gibson (1982) había acuñado el término cyberspace[^3] para referirse a un lugar distópico en el cual las grandes corporaciones controlan y gestionan la totalidad de lo social en un mundo postpolítico.
Lo que nadie anticipó es que la lógica de la horda haría de cada individuo, fuere de la tribu que fuere, un potencial policía, asesino, psicópata, etc.
Mi séptima imagen proviene de la pantalla, tal como la primera. Se trata de un fotograma de la película Hater (en polaco Hejter), de Jan Komasa, cuyo protagonista es un trabajador de una empresa de campañas comerciales y políticas online que no hace ascos a las fake news o a revelar secretos, en este caso la homosexualidad de un candidato a alcalde de Varsovia que termina asesinado gracias a un complot orquestado en red por el mismo individuo en conjunto con un incel[^4] neonazi polaco. La imagen muestra un video viralizado vía YouTube en el que vemos al candidato bailando en un club gay rodeado de otros bailarines. Se lee “Así es como Rudnicki y la secta LGTB se divierten”. Todo había sido maquinado por el protagonista, quién había inducido al político seduciéndolo y bailando con él para luego desaparecer y dar paso al incel que se encargaría de grabar y difundir el hecho.
Hace más de un siglo Kafka imaginó una colonia penitenciaria donde una máquina le tatuaba sus sentencias a los condenados mientras estos se desangraban lentamente hasta morir. Pero lo más aterrador no era eso. Todo acusado era declarado culpable a priori por el solo hecho de ser imputado. Tan imposible es no recordar los permanentes linchamientos en redes sociales como olvidar que para Kafka el chivo expiatorio no es solo un engendro contemporáneo, sino, ante todo, un sujeto tan atávico como las vacas sagradas. Recuerdo un muñeco de trapo colgado como advertencia de un farol en la ciudad de El Alto en Bolivia, donde los propios pobladores discriminan, inculpan, intrigan, queman, linchan y penden de la horca. En las cárceles a veces no es muy distinto. El gran hermano y la horda primigenia se dan ahí la mano. Del primero, conservan la superestructura del poder total, ese agobiante peso y espesura del ojo insomne que todo lo ve. De la segunda, mantienen el irracionalismo del prejuicio sobrevenido condena a priori. Se trata de dos arquetipos: el padre abrahámico y el chivo expiatorio. Ambos coinciden en la máquina de Kafka.
Durante mi último paso por el servicio de urgencia de un hospital, producto de una bronquitis con la que cargo hace más de un mes, me explicaron que lo que distingue a un problema de una condición es que el problema tiene una duración limitada y no demasiado extensa. Cuando este no desaparece deviene condición.
Si quien lee sigue creyendo que la pandemia fue apocalíptica le recuerdo que pese a su carácter inédito —mas no necesariamente único de cara al futuro— fue solo el punto corrido de la media y que veo difícil un apocalipsis rimbombante y más probable una agonía en cámara lenta y en una cámara de gas a tajo abierto o una adaptación y consecutiva supervivencia en condiciones inimaginables para los habitantes de la actualidad.

Referencias
BBC News Mundo (2020), Coronavirus en China: cómo funciona el polémico sistema chino de vigilancia. BBC, Londres.
BUTFIELD, Colin, FOTHERGIL, Alastair y SCHOLEY, Keith (productores) (2019), Our Planet.
CRUZ, Francisco (2023). “Carnaval, distopía y revolución. Sobre Los coros menores de Demian Schopf”, Revista Arte, Individuo y Sociedad. Universidad Complutense de Madrid, Vol. 35 nº 2, Madrid.
ESPLUGA, Eudald (2021), No seas tú mismo. Apuntes sobre una generación fatigada, Paidós, Buenos Aires.
GIBSON, William (1982), “Burning Chrome”, Omni, General Media Inc. Nueva York.
HOCKNEY, David (2001), Secret Knowledge, BBC, Londres
KOMASA, Jan (2020), Hejter.
NELSON, Theodore (1974), Computer Lib / Dream Machines, Tempus Books / Microsoft Press, Redmond, Washington. Estados Unidos.
OYARZÚN, Pablo (2021), “La Mariposa y el cóndor”, Estudio de obras II. Máquina Cóndor de Demian Schopf, Instituto de Arte de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile (MAC) y Proyecto Fondart nacional de investigación en el ámbito de las artes visuales Estudio de tres obras: para la articulación de la poética visual de Demian Schopf (cuyo titular y principal investigador responsable fue Francisco Cruz). Viña del Mar y Santiago.
Cómo citar:
DEMIAN, Schopf, “Sujeto a control de psicotrópicos”, LUR, 28 de noviembre de 2023, https://e-lur.net/articulos/sujeto-a-control-de-psicotropicos
[^1] Durante la pandemia pudo verse a un puma deambulando por las calles de este barrio acomodado de Santiago (Chile) muy cercano a la precordillera de los Andes. Los pumas son animales muy tímidos que rara vez visitan lugares habitados por seres humanos.
[^2] Quizás se trata de constelaciones de constelaciones más complejas sin un centro definido o derechamente descentradas. Uso ‘nuevo orden mundial’ a sabiendas de lo vago y difuso de la figura.
[^3] El término fue usado por vez primera en los años sesenta del siglo pasado, aunque en otro contexto, por la artista danesa Susanne Ussing.
[^4] Incel literalmente se traduce como célibe involuntario. Suele usarse para nombrar una subcultura juvenil caracterizada por la misoginia y la tendencia a ideas de extrema derecha tipo alt-right o alternative-right de rasgos abiertamente racistas y neonazis. Numerosos autores de masacres escolares se reconocen como incel’s en videos grabados antes de cometer sus crímenes (que generalmente acaban en suicidios).
Demian Schopf (Fráncfort del Meno, Alemania, 1975) es artista visual, ensayista y profesor universitario chileno nacido en el exilio. Doctor en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte por la Universidad de Chile. Su obra artística ha sido expuesta colectiva e individualmente en Chile y el extranjero. Publica regularmente en revistas y libros.
“Sujeto a control de psicotrópicos” forma parte del itinerario de investigación Imágenes que expelen el final dirigido por Paloma Villalobos.
Los itinerarios de investigación son dirigidos por especialistas con autonomía intelectual que los nutren con artículos escritos por ellos mismos o por un equipo colaborador propio. Cada itinerario responde así a las personas que ocupan su dirección y a las que con sus textos ayudan a darle forma.
El itinerario Imágenes que expelen el final forma parte de la investigación Un mundo sin nosotros: relatos y visualidades en tiempos virulentos desarrollada por Paloma Villalobos en el Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile y financiada por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile / Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, ANID / FONDECYT, Postdoctorado Folio 3210188.
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