‘La pregunta abierta’ plantea un mismo interrogante a diferentes voces de España y Latinoamérica vinculadas con la fotografía contemporánea y el fotolibro
Hablemos de la intencionalidad visual y narrativa que permite la doble página en un fotolibro. A la pregunta, ¿qué potencia discursiva le otorgas al díptico y a los estímulos psicológicos y sensoriales que puede generar?, Ros Boisier, Laura Carbonell, Martín Bollati, Gloria Oyarzabal, Miguel Ángel Felipe yMartín Estol.
Ros Boisier
Concibo la doble página como un espacio limitado que incita al montaje. En un fotolibro, el montaje se realiza a partir de un principio de proyección, de un proceso de gestación que requiere pruebas, observación, cuestionamiento y, sobre todo, tiempo.
Las posibilidades del díptico como recurso de montaje sumamente complejo, subjetivo e imprevisible, radica en la percepción de la energía que desprenden las imágenes por sí solas, entre ellas y, sobre todo, dispuestas en la doble página.
La libertad del montaje se potencia en las limitaciones del soporte, entre estructura interna y externa. Cuando incorporamos esos parámetros formales al proceso de edición, este entra en una fase lúdica en la que las posibilidades del montaje se expanden hasta encontrar un equilibrio que aporta coherencia al conjunto de la secuencia con una temporalidad y funcionalidad específica no siempre racional y argumentada. El montaje en un fotolibro tiene una vocación secuencial que intuimos al pasar las páginas.
Las energías de las imágenes pueden potenciarse en una doble página y generar impacto, contraste, sorpresa, rechazo o empatía, como unidades enfrentadas que se ven simultáneamente para ofrecer un espacio común de lectura. Unidades que generan una continuidad visual que se extiende desde principio y fin por el interior del libro.
Laura Carbonell
La doble página de un libro de fotografía es fundamental porque es el elemento principal de esa arquitectura impresa. Con la doble página el libro logra potenciar la cualidad expresiva de las imágenes e iniciar un proceso narrativo o conceptual complejo que el lector debe ir descifrando con el paso de las páginas.
Si bien es necesaria una secuencia para que el libro despliegue su acción psicológica y sensorial por completo, el díptico sí tiene unas cualidades intrínsecas que es importante valorar. Por medio de la confrontación, la asociación o el contraste se gesta un metalenguaje que no siempre es narrativo, pero sí es visual y rítmico. Las fotografías aportan ritmo, tensión, armonía… posibilitando a la imagen ir más allá de sí misma.
Los estímulos psicológicos y sensoriales que se generan pueden ser tan diversos que el lector tiene en el libro de fotografía un espacio íntimo y personal para entrar en un estado de ensoñación, de vigilia o de dura confrontación con la realidad dejándose seducir por el encanto de este soporte.
Martín Bollati
Este valor está sobrestimado en la práctica editorial del libro de fotografía, porque se piensa en forma de unidad y no en tendencia acumulada. Es verdad que una imagen al lado de la otra genera resonancias y espacios de intersección (el entre), pero esto no implica que el lector se detenga siempre a revisar el libro en forma díptica, sino que una buena lectura sucede de forma más macro. La experiencia díptica puede construir buenos momentos, pero si se abusa de esa interrelación, generando constantes relaciones duales y pesadas, se atenta contra la lectura a lo largo del relato.
Más que la experiencia díptica, me interesa la experiencia elíptica. Existe la figura del lector salteado (introducida en el ámbito literario por Macedonio Fernández) que habla de este lector moderno, que es interrumpido y que no lee un texto (un libro) por completo, sino por partes, interrumpido por los ruidos y las tareas de la ciudad (la vida moderna). Este tipo de lectura habilita relaciones constantes, no necesariamente entre páginas enfrentadas, sino entre páginas que comparten un libro. Me interesa más pensar en esos saltos, en formas de generar puntos de conexión que salten la correspondencia fronteriza. En esa tensión narrativa radican los libros que verdaderamente me interesan y los que intento hacer.
El lector moderno lee de a ratos, de a partes, rara vez de forma continuada. Su entrenamiento narrativo es con alteraciones. Se encuentra más cómodo en estas estructuras, que para Macedonio son más relativas a nuestra experiencia vital. Nuestra vida es continua, pero se construye con escenas salteadas, en una estoy trabajando, en otra hablando con un amigo, en otra en un transporte urbano con personas que no conozco. La idea de continuidad en un relato es del ámbito de la narración como representación, no como suceso. En esa tensión es en la cual me interesa trabajar. En quebrar lo continuo, y como hacerlo, o en intentar continuidades cuando parece no haberlas. Uno puede pensar que la fotografía funciona así, con fragmentos. Partes de distintos orígenes que se encuentran luego para construir una historia. Pedazos que si se mueven de lugar construyen otra historia. Pedazos que puedo sumar o quitar, para generar ausencias, que estructuralmente pueden producir ritmo, pero que también producen lectura. Si yo produzco una lectura interesada entonces a esa persona lectora, que está atenta con lo que lee, le puedo quitar una parte del relato y estoy seguro de que lo va a llenar con especulaciones, con sospechas, con compromiso, con lectura. Ese es el tipo de lectura que me interesa investigar y producir. La lectura que trabaja el entre imágenes, en el sentido que propone Jacques Rancière, y la lectura que trabaja el entre de lo que está y lo que no está. La lectura que salta. La lectura que se divierte.
Gloria Oyarzabal
Como un microrrelato, los dípticos son invitaciones a generar movimiento, olor y sonido, tanto en el plano formal como en significado. Es escribir con imágenes: la crónica comienza y acaba en este diálogo.
El cine está implícito en la fotografía y viceversa. El efecto Kuleshov lo explica: el relato, la lectura y la experiencia es manipulada, el significado varía, semántica y estética confluyen. Secuenciar es, para bien o para mal, acotar especulaciones, dirigir caminos, condicionar posibles lecturas, instigar (des)encuentros y generar poesía.
Desde un micromovimiento o un ligero cambio de encuadre, hasta un choque de imágenes a priori antagónicas que genera tensión, el efecto provocado puede inducir al lector a una experiencia que va desde lo subliminal hasta una explosión. El inconsciente juega con el espacio/tiempo y el díptico se convierte en un todo.
Requiere escucha e implicación y un complejo ejercicio para evitar racionalizar la lectura y la comprensión, para dejarse llevar a una exploración de los límites de nuestra percepción a través de un desdoblamiento que finalmente confluyen en una unidad.
Pero no sobrevaloremos esta estrategia, es un lenguaje que se construye y, como en la gramática, no todas las imágenes son aptas. No hay fórmulas, aun así hay estrategias: confrontación o simbiosis son reglas básicas del juego.
Miguel Ángel Felipe
Todas las relaciones visuales que se citan son posibles y pueden nombrarse. Y a la vez tenemos la firme de sospecha de que hay un catálogo nuevo por descubrir de cosas que pasan cuando se encuentran las imágenes en el espacio acotado de la doble página, que delimita la manera de abordar la linealidad que impone el libro como dispositivo. Las respuestas psicológicas vendrán condicionadas por los estímulos sensoriales del fotolibro y no sólo visuales o táctiles, también de olor, sonido, peso… En las relaciones nuevas que pueden producirse es donde nos jugamos los cuartos. Esa es la razón fundamental para seguir buscando y haciendo fotolibros. Pensar, desde una falsa humildad, que todavía no está todo dicho y que lo que falta por decir será, esta vez sí, lo realmente importante.
Martín Estol
La doble página es la unidad mínima del libro. Creo que la secuencia, en un libro, es de dobles páginas más que de imágenes. Esa unidad mínima de construcción de sentido.
Las formas, colores, elementos reconocibles de las imágenes en la doble página se continúan, se oponen, se complementan. Creo que no soy capaz de determinar a priori cuáles son las relaciones visuales que provocan qué emociones o reacciones.
Pienso en The Coast, de Sohrab Hura, y cómo, en una secuencia que se construye y reconstruye en cada vuelta de página y en las asociaciones que se producen en la doble página cambiando solo una de las dos imágenes, nos transportan sin pausa del rechazo al erotismo, de la violencia al humor y, hacia el final, una ilusión de movimiento.
Ros Boisier es artista visual, editora e investigadora especializada en fotografía. Laura Carbonell es curadora. Martín Bollati es artista visual, editor y docente. Gloria Oyarzabal es fotógrafa y artista visual. Miguel Ángel Felipe es editor y fotógrafo bajo el seudónimo Elde Gelos. Martín Estol es fotógrafo y docente.
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Me identifico más con lo que comenta Martín Bollati, creo que efectivamente la lectura del libro es sobre todo macro y que esa experiencia elíptica es la que atrapa. Por otra parte, no creo que la unidad mínima del fotolibro sea la doble página como dice Martín Estol, ya que en mi opinión influirá el tamaño y el formato del libro. Los dípticos en muchas ocasiones son indescifrables para el lector, entre otras cosas por la falta de formación en general. Además, los mensajes que nos transmiten las fotografías resuenan de forma diferente en cada espectador, de tal manera que no siempre funcionan para el que mira. Siempre he pensado que en el caso de los fotolibros el tamaño debería ser el doble al que se diseña en todos aquellos que ocultan a menudo la imagen completa; es decir, si se maqueta un libro cuadrado éste debería ser rectangular (el doble) para evitar “la grieta” que rompe tantas buenas fotografías…” Además, en un libro de buen tamaño, el díptico funcionará mejor (o al menos de forma distinta) si lo vemos en la misma página. Tomemos un fotolibro de la estantería y al observarlo imaginemos que no hay dos páginas, que no existe ese valle angosto que nos impide contemplar la fotografía como se merece. Muy interesante la analogía con el microrrelato de Gloria Oyarzabal. Saludos.