En ‘Libros y fotografía en Latinoamérica’, el artista visual, editor y docente Martín Bollati escribe sobre libros de la escena editorial fotográfica en Latinoamérica











Detesto las fotografías con perros. Es un motivo tan recurrente en el mundillo fotográfico que, sinceramente, no puedo con ellas. No me gustan. Las reviso con hartazgo en clases o revisiones de porfolio; me parecen perezosas. Son como la versión animal de la fotografía de pobreza callejera latinoamericana para exportación. El aire de ‘perro poeta callejero’ me resulta insufrible. No encontrarán, en ningún libro editado por mí, una sola fotografía que contenga perros. Tal es mi rechazo, tal es mi convicción.
Supongo que debo este dogma a la famosa fotografía de Daido Moriyama. La vi por primera vez hace demasiados años, en una exposición, y quedé prendado para siempre. Fue la primera fotografía que me marcó en serio porque, como pocas lo hacen, esta me miró de vuelta. Una vez escribí que el perro vagabundo de Moriyama era mi Aleph. Para mí, esa imagen contiene la fotografía: allí empieza y termina mi viaje. Hasta hoy, solo reconocía en ella el valor de incluir un perro.
Aunque, cada tanto, permito la excepcional irrupción de Dogs Chasing My Car in the Desert, del artista visual estadounidense John Divola, luego recuerdo que existe un libro muy bien realizado, agotado e impagable. Me enojo de no tenerlo y lo castigo bajando a sus perros del pedestal. Pero este texto no trata sobre un libro que no tengo, sino sobre dos que forman parte de mi colección: Tonatiuh y Genesis, de Juan Brenner. En uno de ellos está la otra foto de perro que tolero mirar.
Conocí a Juan Brenner en Buenos Aires, apenas una semana antes de que se decretara la cuarentena obligatoria por la pandemia de covid. Brenner estaba de visita y no recuerdo cómo ni por qué me escribió, pero sí que terminamos caminando durante horas y comiendo pizzas en lugares sucios con porciones deliciosas. Desde mi punto de vista porteño, si la pizza no brilla, no vale la pena comerla; y esa noche la muzzarella brillaba y Juan Brenner no paraba de hablar.
Mi observación no es una crítica a su personalidad barroca (barrosa, como diría el escritor argentino Néstor Perlongher), sino una detección de la coherencia en su estilo: Juan Brenner no para, de hablar, ni de fotografiar, ni de pensar en proyectos. Nuestro encuentro duró poco, porque al otro día Brenner huyó de la amenaza viral a su país, pero bastó para dejar las bases de una conversación editorial que persiste hasta hoy y que es la razón de este texto.
Tonatiuh y Genesis son sus dos últimos libros. El primero fue publicado en 2019 por la editorial RM y el segundo, en 2024, por Guest Editions. Aunque a ambos libros los separan cinco años y una pandemia, el punto de origen es el mismo: Juan Brenner quiere contar la historia de su Guatemala.
En Tonatiuh lo hace usando un método similar al que André Penteado utilizó en su acertado Cabanagem. ¿Es posible fotografiar hoy trazas de eventos que precedieron a la invención de la fotografía? Juan Brenner dirige esta pregunta hacia las rutas del conquistador Pedro Alvarado, quien recorrió con violencia, a principios del siglo XVI, parte de lo que hoy conocemos como Guatemala.
Las fotografías en Tonatiuh son estratégicas: cada una pretende contar un hito de esa historia. Ninguna parece estar de más y, al menos desde mi mirada como editor, es un libro tallado. Tonatiuh parece sobrio por la cantidad de blanco y la precisión en su secuencia, pero encierra una enorme investigación y voluntad de narrar del autor. Ya les dije: Juan Brenner no para de hablar. Por eso no le alcanza con imágenes y, por eso, el libro recupera al final, en un índice informado, textos que asientan situación para cada una de las fotografías.
Sobre la foto cuarenta y siete, la del perro, Juan Brenner escribe: “Mientras avanzaban por los caminos del nuevo territorio, las tropas españolas se encontraban con perros sacrificados como símbolos de guerra y brujería. Como estratega nato, Alvarado fue capaz de utilizar tanto la tecnología como estos factores ‘no seculares’ para cegar a las poblaciones indígenas y ponerlas en una gran desventaja”.
Si Tonatiuh es una piedra tallada, Genesis es más bien un canto rodado, entregado a las voluntades del territorio por el que cae. Si no conociera a Juan Brenner y su medido manejo de la desmesura, diría que son libros de dos autores distintos. En el primero, que escribe su título solamente en minúscula, Juan Brenner se asoma con respeto y precaución a la historia grande. En GENESIS, todo en mayúscula, solo hay historias e historias e historias. Es un libro desprolijo, con fotografías de sobra. Da la sensación de que allí se usó todo. La boca semicerrada que da portada a Tonatiuh se abre en Genesis para hablar sin parar. No es casualidad que en este libro abunden las bocas y los dientes. Si en Tonatiuh hay discurso, en Genesis hay parloteo masivo y cruzado; y por eso funciona. Recuerdo que Juan Brenner me contó que esos dientes, con ínfulas de oro, eran el futuro de Guatemala. No supe entender bien qué quiso decir, pero me sonó todo tan bolañesco que me entregué al misterio, al igual que mis ojos se entregaron al grito hechizado del perro que sonríe desde el asfalto.
Ambos libros distan entre sí, pero encuentro enriquecedor recomendar una lectura simultánea. Considero que funcionan mejor cuando se leen juntos: uno es un libro para encontrar camino y el otro, para perderse. No diré cuál es cuál. Conozcan a Juan Brenner y hablen con sus fotografías para averiguarlo. Es un autor comprometido y sus libros lo dejan claro. Yo, mientras tanto, me voy a mirar fotos de perros y a gruñir contra la fotografía para no perder la costumbre de criticar lo que uno ama.












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