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Jungle CheckCristina de Middel y Kalev Erickson siguiente

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Selva pop

Rubén Ángel Arias

Jungle Check de Cristina de Middel y Kalev Erickson funciona, de principio a fin, como la metáfora de un retorno. Y no hay retorno que no estimule, de alguna manera, el afán de verificación. ¿Está todo en su sitio?, ¿está como lo dejamos?, ¿seguro?

El origen de este libro no se encuentra en The Jungle Book de Rudyard Kipling, sino en una serie de instantáneas polaroids hechas —por no sabemos quién— en la península de Yucatán. Pasaron los años por las fotografías, y el tiempo —ese gran corruptor— se encargó de decolorarlas a capricho, pero con sorprendente uniformidad: en todas se observan tres franjas verticales, como si se tratara de la bandera de un país psicodélico o fantasma. La franja de en medio tiende al violeta o al púrpura, las de los costados son naranjas.

El caso es que, cuenta Luce Lebert en el texto que cierra el volumen, De Middel y Erickson viajaron a la península con la intención de checar —como dicen en México— el estado de aquello que mostraban las polaroids. ¿Y qué encontraron? Pues lo mismo que ya era visible en las imágenes: el imparable paso del tiempo. Eso y hormigas carnívoras y escorpiones diminutos.

A partir de ahí, podemos entender que fueron a los sitios, que hicieron preguntas, que buscaron los lugares que aún se apreciaban en las fotos de partida. En suma, y como era previsible, inspeccionaron primero para verificar después. Esto es al menos lo que se deduce de la parte central y más amplia de Jungle Check, que consiste en una dinámica sucesión de dípticos: la foto vieja y deturpada frente o al lado de la foto nueva y prístina. Dípticos formales, dípticos en los que algo rima o se ha hecho rimar: en ocasiones rima el contenido, en ocasiones las formas, las figuras o los objetos, a veces lo que rima son los degradados, las atmósferas químicas del papel.

Al comienzo y al final del libro aparece la jungla, frondosa y caleidoscópica, como una cortina que se abre y da paso, o se cierra y nos despide. Una jungla que opera como el telón de un ilusionista.

El libro, si vamos a su propuesta estética y al mero pasar las páginas, funciona porque el procedimiento funciona, y porque los dípticos transitan con desenvoltura de lo resultón a lo inquietante. La disposición de los mismos es muy variable. Son pocos los que conservan una disposición clásica en la que ambas imágenes se reproduzcan a la misma altura y con tamaños idénticos. La mayoría de las veces nos encontramos con distribuciones asimétricas en las que se juega tanto con la escala como con la superposición: imágenes montadas unas encima de otras, recortes verticales y apaisados, dípticos que ocupan una sola de las páginas, imágenes sin sangrado junto a imágenes centradas y enmarcadas por el blanco del papel. Variaciones que se traducen, claro, en movimiento, en fluidez. Se lee muy rápido.

Más predecible resulta, sin duda, el contenido, el más que evidente contraste de dos temporalidades distintas sobre el que Lebert insiste en su descripción de la obra: la generación de imágenes a partir de otras imágenes, el juego de espejos y los guiños. La idea tan sobada del antes y el después. Ese tufillo a cosa ya hecha demasiadas veces.

Hay, sin embargo, una musiquilla de fondo más interesante que la que sale, a todo trapo, por los altavoces del texto descriptivo, explicativo, aburridísimo de Lebert. Me refiero al modo en que De Middel y Erickson han abordado la selva y lo exótico.

Retrocedamos, muy rápido, hasta la segunda mitad del siglo XIX. Retrocedamos hasta dar con Henri Rousseau, que no estuvo jamás en una selva, ni siquiera —aseguran sus biógrafos— salió de Francia. Le bastaron una biblioteca y las historias que escuchaba contar a los soldados para dar con una fórmula que acertó a representar y fijar el exotismo, la exuberancia y el misterio de lo que nunca vio. Dicha fórmula, que no era sino la proyección de una mirada y una técnica deliberadamente ingenuas, es lo que conocemos como estilo naif. Fin del viaje. Volvamos.

En un momento, el nuestro, en que la velocidad de las comunicaciones nos ha vuelto escépticos ante el romanticismo de lo recóndito y lo inaccesible, Rousseau sigue alimentando al exota que llevamos dentro. Al exota que sueña con asistir —siquiera en diferido— a la contemplación de rituales mágicos, la adoración de deidades zoomorfas o el trato diario con los númenes. Y es ahí donde las fotos en paralelo de Jungle Check, las viejas y las nuevas, parecen apostar por una recuperación tan naif como nostálgica del imaginario de lo selvático y de lo atávico. Un imaginario foráneo, extranjerizante, fruto de una mirada que sólo sabe estar en un lugar si es de visita, y a la que le cuesta mucho evitar los clisés. Pero qué ha sido el imaginario de lo exótico para Occidente —podríamos argüir en su defensa— sino la acumulación de un lugar común detrás de otro.

Quisiera terminar con un elemento que no pasará desapercibido a quienes echen un vistazo al libro. Es un detalle pop, muy pop. Me refiero a la tipografía de la que se han servido para el diseño de la cubierta y la portada. Una imitación, tal vez un consciente homenaje, a los tebeos de Indiana Jones de los años noventa. La pista merece nuestra atención, pues creo que Jungle Check gana, esto es, resulta enriquecido, cuando pensamos en Cristina de Middel y Kalev Ericsson como dos exploradores que, con la excusa del regreso (morriña al fondo), salieron en busca de un exotismo —nunca del todo— perdido.

Cómo citar:
ARIAS, Rubén Ángel, “Selva pop”, LUR, 15 de abril de 2019, https://e-lur.net/biblioteca/jungle-check


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