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El dilema de Groucho Marx siguiente

Juan Zapater
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Cada varios minutos, Langosta, una montaña rusa tan inclasificable como notable, imprime un nuevo giro a su guión. La película de Yorgos Lanthimos (como las anteriores), no tiene nada que ver con el cine prefabricado. Su naturaleza se sabe radical, opuesta a esos relatos fílmicos previsibles y edulcorados que masajean la pereza del espectador a fuerza de obsequiarle con caramelos inofensivos. En nada se parece el cine de Yorgos Lanthimos a esos puzles infantiles ideados para adular la torpeza del público y disfrazar su simpleza.

Por el contrario, ante la proyección de este filme, se percibe que lo que nos aguarda en el minuto siguiente, nos descolocará. No hay espacio para la seguridad, ni posición libre de mancha. Aquí el factor humano escuece, la convivencia asfixia. En Langosta, el guionista y director griego fabrica un universo afín al extrañamiento, infectado por el surrealismo y comprometido con la beligerancia política. Su principal protagonista, el personaje interpretado por Colin Farrell en un mundo distópico lleno de recovecos y zonas oscuras, víctima del desamor y la soledad, aspira a convertirse en langosta, entendida ésta como la palinurus elephas, ese crustáceo que abunda en las costas europeas.…

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