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Las hondas superficies

Pablo López

“¿Adónde tengo pues que ir? A ninguna parte, a no ser a una naturaleza desnuda y vacía: ella me podría enseñar lo que yo le preguntaba en palabras”

Maestro Eckhart. El fruto de la nada

I

Entre el lector y el libro se intercambia un silencio. Lo abrimos. Lo dejamos sobre la mesa. Esta acción sencilla tiene el carácter de una invocación. En él hay un espacio no interpretado aún, como un camino al dibujarse, muy débil, en la tierra. Su sentido se forma en el tiempo: no es preciso descubrirlo, sino crearlo. Más que pasar páginas —un gesto, por otro lado, que puede ser hermoso— la lectura requiere acallamiento. La preparación para el libro: un gesto interior.

Con el deseo de alcanzar esta vivencia, pero sabiendo que no puede buscarse, un pensador ha puesto rumbo a la naturaleza. Estas eran las cosas vistas: el movimiento del maíz, o el animal que pasa sin hacer ruido. Ante ellas se ha vuelto suave la indefinible soledad. El pensador ahora siente que ya puede vivir, dedicado enteramente a la posibilidad poética de ver: no al mirar esto o aquello, los objetos que salen a su paso, sino algo mayor: una especie de red que los sostiene para que se muestren.

“El silencio aviva el fuego de los ojos”, escribe. Muy despacio la visión ha deshecho sus nudos. Quien observa no descubre aquí un paisaje más o menos armonioso. Sólo recorre los relieves, claros, de las cosas; o se demora en variaciones minúsculas, como el pasto que cambia de color cuando una nube pasa. Pero es difícil fotografiar algo tan leve, tan real. Levanta la cámara. Una imagen aparece y la percepción adquiere solidez. En la fotografía la hierba inmóvil ya no temblará; pero habrá, quizás, una vibración imperceptible, parecida a la de una cuerda al tensarse. “El ojo ha estado cerca de la red”, piensa. Y más tarde anota:

Esperar junto a la cumbre, o tenderse en la tierra… ¿por qué? No escribir. Buscar un nido (en lugar de crearlo). Pájaro extraño, olvidé tu nombre. Bajar más. Agua turbia, a veces clara, pero nueva siempre: manantial.

Dans les coins oublies, à la recherche des dieux tranquilles, Normand Rajotte

II

Las palabras, como las imágenes, apuntan hacia una realidad que no puede ser lingüística. Caminar y nombrar, caminar y ver. En ocasiones, hacer una fotografía. Estos actos cotidianos, si se realizan con atención, son quizás el fundamento de la práctica de fotografiar. En apariencia alguien deambula y recoge fragmentos, nada más. En efecto, el proceso se inicia a menudo con la disposición abierta, casi muda, de una curiosidad sin objeto. La mirada en el tiempo, y un espacio oscuro donde se forma la imagen. Fruto de la sombra, una fotografía no hace afirmaciones unívocas: su tono es interrogativo, como si algo incompleto en ella fuese, de hecho, el rasgo más propio. El pensador se hace preguntas: “¿es posible capturar en una imagen la visión?”. No las cosas que aparecen en el mundo, sino el mismo ver, la urdimbre de visibilidad siempre presente, y que por eso permanece siempre oculta. En esta transparencia, que consiste en que no vemos que vemos, reside el misterio de la imagen fotográfica.

Maurice Merleau-Ponty escribió, en Fenomenología de la percepción (1945): “El sentir ha vuelto a ser para nosotros un problema” (1984, p. 73). ¿Qué es, en definitiva, sentir? Nos apartamos por un momento de lo que dimos por supuesto, y observamos desde dentro el modo en que la realidad se va tejiendo en sensaciones. Yendo hacia el límite de esta observación, allí donde el tejido parece deshacerse —pero no puede deshacerse— sobreviene la extrañeza, un modo muy particular del asombro. Quien la atraviesa sabe de su dificultad. Y sabe también que en ella hay una promesa de sentido, si es capaz de trasladarla, aun precariamente, al lenguaje.  

Nos preguntamos: ¿Qué es ver? La pintura, dijo Merleau-Ponty, es “una indagación en el enigma de la visibilidad” (2013, p. 26). Tal vez esta afirmación sirva también para definir la naturaleza de la fotografía: la visibilidad como un enigma que se muestra sin llegar a resolverse, y la imagen como un medio para acceder a él.

De un modo intuitivo, que con los años va volviéndose más claro, un fotógrafo practica constantemente experimentos con lo visible. Su mirada le descubre que lo visto se transforma con el desplazamiento más sutil: un paso atrás y cambian las relaciones entre el horizonte y la montaña, entre la casa y el sendero. Fotografiar puede considerarse, entonces, un tipo especial de investigación fenomenológica: exploramos con atención para explorar la atención. Este “espesor de signos”[^1] se traduce en una imagen, que a veces nos llega con la inocente apariencia del documento. “Esta es mi casa”, dice alguien señalando una fotografía. “Este era yo”. En efecto, a pesar de la ficción, aún sentimos que la fotografía ha recibido una huella del mundo. “No es tu casa”, podríamos responder, “sino tan sólo una imagen”. Pero quizás haya que reconocer, ahora, que la propia casa no era más que otra imagen también.

[^1] Expresión que usa Roland Barthes para definir la teatralidad en Ensayos críticos, Seix Barral, Barcelona, 1978.

Se abre así un nuevo ámbito desde el cual pensar la fotografía. La visión ¿muestra algo que está efectivamente afuera, y a cuya forma nos aproximamos con su imagen? ¿O es el producto de un proceso interno, no en un sentido cerebral —o no solamente— sino de lo que podríamos llamar un sueño de la materia que los seres visuales compartimos? De este desdoblamiento emerge la infinitud de posibilidades de significar, simbolizar y mostrar a través de la fotografía. La imagen guarda en sí una memoria de procesos secretos que sólo a medias conocemos. Nos hemos preguntado muchas veces qué relación hay entre la fotografía y la realidad, entre el mundo y su imagen. Quizás podamos preguntarnos, incluso puede que haya que hacerlo antes, qué relación guarda la práctica de fotografiar con el misterio de ver, y en definitiva con la conciencia. Es allí, en su mismo centro, donde se forman las imágenes. Es allí, en fin, donde solamente existen.

Comme un murmure, Normand Rajotte

III

Imagen llamo yo no a cualquier signo del tiempo o del espacio, sino a uno único, inconfundible, iluminador, no buscado, que salta a los ojos (y al corazón), que designa, que sobresale como signo de entre lo que no es signo; y: no soy yo quien se hace una imagen, ella se (me) muestra. (Handke, 2011, p. 617)

Son palabras de Peter Handke, procedentes de su libro Ayer, de camino (2005). En él recoge las notas y fragmentos de un viaje realizado entre 1987 y 1990, en que recorre Europa sin un lugar fijo de residencia. Pero el cuaderno crea un espacio que quizás puede habitarse también. Escribir, nos dice, es “entrar dentro de la estrechura y salir de allí con la amplitud” (2011, p. 660). Para Handke, cada zona del mundo, por insignificante que parezca, es una parcela en la que los enigmas se configuran y se entregan: la forma y el color, la luz, el resplandor de las hondas superficies. Las imágenes son pulidas con atención silenciosa y recogidas con precisión en la palabra. Surgen de una mirada ascética que se basa en el cese de la voluntad: “dejar venir” (2011, p. 662). El viaje como incursión en el asombro.

El proceso creativo, más allá de que lo definamos como fuente de sentido, o incluso de consuelo, instaura un tiempo para la transformación. Para el fotógrafo las imágenes son extrañas traducciones —más que transcripciones— de una experiencia que desborda el lenguaje. Una fotografía no es una huella, sino en todo caso un contenedor de rastros: algo ha sido traducido, como una conversión que remite al origen pero lo entrega en otra lengua. Merleau-Ponty lo llama “la metamorfosis del ser en su visión” (2013, p. 28). A veces, los intentos de explicar o justificar esta experiencia puede desembocar, fácilmente, en versiones complacientes del arte: arte al servicio, entonces, de una supuesta utilidad para las ramas del saber, incluso para la moralidad. Arte como consejo o enseñanza, también. Sucede así cuando lo ya sabido impone su discurso, su habla. No es sencillo, en cambio, acercarse a un lenguaje despojado de cualquier finalidad. Posiblemente la historia de la fotografía ilustra una pérdida de la inocencia: los fotógrafos, no contentándose con mostrar, comenzaron a sentir que era necesario establecer una opinión, una especie de orden en el mundo: mostrar lo que debe ser mostrado. Algunas de estas elaboraciones redundan, sin más, en la ocultación del caos que subyace, y a cuya negación la cultura ha dedicado tanto esfuerzo. A su pesar, sólo hace falta una grieta para que vuelva a aparecer.

¿Qué es posible, entonces, decir? Usamos las palabras: enigma, silencio… para referirnos a esos límites a partir de los cuales el lenguaje no parece bastar. Y en efecto, no basta. Queda una invitación, de nuevo, a indagar en el enigma, sin emplear un método que no sea la observación profunda, constante, de lo visto y del mismo acto de ver. De aquí surgirá tal vez la imagen, con su envoltura de sombras y sus múltiples sentidos que dependen de que un espectador atento los alcance.

Referencias

ECKHART, Maitre (1998), El fruto de la nada, Siruela, Madrid.

HANDKE, Peter (2005), Ayer, de camino, Alianza, Madrid, 2011.

MERLEAU-PONTY, Maurice (1945), Fenomenología de la percepción, Planeta, Barcelona, 1984.

— , (1964), El ojo y el espíritu, Trotta, Madrid, 2013.


 

 

Las fotografías que acompañan a este texto pertenecen al trabajo de Normand Rajotte (Montreal, Canadá, 1952), concretamente a Dans les coins oublies, à la recherche des dieux tranquilles (1983 – 1986) y a Comme un murmure . Las imágenes de Comme un murmure , realizadas entre 2004 y 2010, provienen de la lenta exploración del pequeño territorio que rodea el Mont Mégantic, cerca de La Patrie en Québec, Canadá.

Pablo López (Granada, España, 1984) estudió fotografía en las Escuelas de Arte de Granada y Huesca. Ha realizado talleres con fotógrafos como Koldo Chamorro, David Jiménez o Armando García Ferreiro. Desde 2009 imparte talleres en los que la fotografía se pone en relación con otras disciplinas, como la filosofía o la literatura. Vive en Granada, donde trabaja y estudia el Grado de Filosofía.

Cómo citar:
LÓPEZ, Pablo, “Las hondas superficies”, LUR, 25 de marzo, de 2019, https://e-lur.net/investigacion/las-hondas-superficies.