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‘Nevrland’: balanceándonos

Javier Búrdalo
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Entre todos los parámetros con los que se analiza la composición de una imagen (sobre todo para la psicología Gestalt en el campo de la percepción) siempre hubo dos conceptos, que incluso estudiados, dejaban al artista y a los comentaristas un mundo completamente abierto a las interpretaciones, allí, en el lugar no cuantificable de la experiencia contemplativa: el ‘jodido’ equilibrio y la difícil consecución de la unidad.

Nevrland se, y nos, balancea entre ambos.

Y en esta ocasión, no es el imaginario del espectador que revisiona el que ve las luces y sombras del expresionismo alemán (lo subjetivo sobre la representación de la objetividad) en la película, porque es la dirección cinematográfica —dirigiendo a su vez a la dirección de la fotografía—, la que no enmascara los clásicos blancos y negros, aunque los transforme en rojos ansiosos y azules miedosos. Y, además, ambas direcciones arrancan desde el inicio del filme con una rúbrica, de marcado acento germánico para más inri, y de una manera muy nietzscheana (los instintos como fuerzas que van más allá de sobrevivir, protegerse y reproducirse, porque si así fuera la vida, se estancaría —que es lo que está a punto de sucederle a nuestro protagonista—):

Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: tenéis todavía caos dentro de vosotros.

Brevemente, Jakob, el caos de diecisiete años, se nos presenta en el filo de esa balanza que, sutilmente (y esa es la pretensión narrativa) nos intenta posicionar entre la angustia y el miedo. A esa edad sí, pero también existencialmente en otras fases de nuestras trayectorias vitales, cuando nuestras armas para enfrentarlas son otras y no la estampida-huida hacia delante-salto al vacío como parece entender el ‘chaval’ al comienzo del relato.

Angustia –acompañada de temas musicales como Angst, de Matt Mor en la banda sonora, durante la cual todo el psiquismo de Jakob se quebranta; frente al miedo, los miedos, que siempre son frente a algo, ¿a un objeto…? Y aquí tiramos de un austriaco (como el filme), Freud, que nos dice que las amenazas externas se internalizan…

…pero, ¿cuáles son esas amenazas externas, esos miedos reales? Quizás, la muerte de un abuelo, la presencia de la muerte, vaya; o el camino laboral marcado paternalmente como único destino vital dentro de un matadero, la redundancia del final de lo físico de nuevo; o una red de comunicaciones virtuales como único punto de contacto masturbatorio-estresante, como vía de escape a un mundo cada vez más desmaterializado.  

Las amenazas se tornan introspecciones para neutralizarse o aliviarse; los problemas de Jakob ya están planteados y dentro de él. Con lo que no contábamos, ni él como protagonista, ni nosotros como espectadores, es como la suma de ambos estará a punto de provocarle una tercera y más insondable inquietud, esta vez metafísica —a él, que quiere estudiar cosmología, como si al interrogar al Universo nuestra pequeñez disolviera nuestros problemas banales y terráqueos, difíciles de ver y resolver a veces—.

El sentido de la historia de nuestro protagonista no cuestiona en ningún momento la falta de libertad, no es un rebelde con causas, aunque el padre de Jakob le pregunte malhumorado por su baja laboral y el chico conteste con evasivas — “si el abuelo se medicaba para soportar los dolores, yo haré lo mismo en esta etapa de envejecimiento de mi espíritu ‘joven’ de mi muerte en vida… así que no tires su blíster a la basura…”—. Dudas y pesadillas que traspasa luego al matadero donde muere un poco su yo, y donde empieza a despedazarse, sangrar y drenarse cada día. Rito iniciático de entrada a un mundo adulto de intersubjetividad, de comparaciones de lo que se es cómo cuerpo —en esas duchas entre erotismo aún no definido, deseo y repulsión; materia joven y caduca; vomito y muerte…— y sociología: somos uno más de unos muchos, no menos, pero tampoco más —la nota diferenciadora en negativo que nos aleja para siempre de la supremacía de fuerzas y rebeldías juveniles—. Con todo esto, es normal que Jakob pataleé mentalmente contra el Universo, porque habita en una tierra de nervios, nada tranquilizadora e incomprensiblemente dolorosa.

Y, como guinda, introyectando también a Kristjan, su sujeto amado, con intenciones sanadoras y reductoras de la ansiedad que produce el alejarse de las tensiones que causan esa ambivalencia hacia el/los objeto/s, el amor homosexual. Sistema de defensa inmaduro, como se da a entender cuando Jakob no quiere que su amante Kristjan, mayor que él, le vea desnudo al natural, que observe la mancha-antojo-sanguinolenta-materna en su cuerpo, como si se tratase de un pecado primigenio, aunque ya lo haya visto desnudo en el chat —primerísimos primeros planos del interfaz del chat en el ordenador que parecían impensables en las grandes pantallas hace unos años, fagocitando el encuadre, el píxel devorando al grano fotográfico—.

Y ahí, en ese límite de la fisicidad íntima del cuerpo y la desnudez absoluta de sus pensamientos, es donde Jakob se deja llevar, pone todo el peso de la balanza, aunque se nos cuente con una metáfora alucinógena (esa sustancia psicoactiva que producimos al nacer y al morir y también cuando soñamos) que le lleva a un nuevo mundo, a un nuevo land de luces estridentes y cuerpos danzantes.

Atención especial a los 22 minutos finales, una vez que Jakob ¿despierta? de la droga catártica que le ofrece Kristjan, cuando el espectador puede empezar a extraer sus propias conclusiones. La mía es que la balanza necesita pesos y contrapesos de índole psicológica para equilibrarse. Re-estructuraciones —la familia pasa de trío a dúo, quizás no haya nietos; las amistades desaparecen o se virtualizan hasta la fractalidad; la madre ya está disuelta por mucho que se añore flotar en sustitutos del líquido amniótico como lo pueden ser las desinhibidas pistas de baile—. Nuevas organizaciones mientras el tiempo destruye la materia corporal para construir, a la par, el crecimiento, la maduración, lo adulto que aporta el único sentido que tenemos de esto, el discurrir: —aquí me refiero a los caminos que transita la juventud según la edad psicológica por los senderos de la adultez temprana (18-40), camino hacia las puertas de las conclusiones que, para algunos, son el viaje por el túnel al encuentro de elfos máquinas como parece indicar el DMT, esa droga que anula a la vez que equilibra y unifica—. Que, para otros, serán las catedrales donde dioses-flashes-discos eternos nos protejan;  o la cúpula celestial de la galaxia vista con ojos de potente telescopio; o la reunión con los seres odiados-queridos, necesarios, en cuadros caravaggianos —claroscuro y tenebrismo de nuevo, de la mano del pintor amante de las turbulentas etapas del crecimiento—.

Nevrland, sin pretensiones de terapias que se ensayan en la mente del espectador (y que luego se vomitan psicosomáticamente) y como obra cinematográfica que es, sugiere una proyección de luces y sombras coloreadas como acompañamiento al espectador hacia su propia estrategia de huida hacia delante, es decir, proponiendo todo lo dicho para Jakob como ejemplo de unidad (y a la vez ninguna, como toda etapa joven).

El que escribe ha vislumbrado retazos de Vértigo, de Alfred Hichctcok (1958) —por aquello de los que buscan en los otros los recovecos de sus propios interrogantes—; Nowhere, de Gregg Araki, 1997 —otro territorio de la juventud como caldo de cultivo de futuros (o no futuros) —; Grave, de Julia Ducournau, 2016 —o el empeño social de tener que encajar en la des-estructura que parece ser la actualidad—; y Clímax, de Gaspar Noé (2018) —LSD, DMT, psicodelia al fin y al cabo, para hallar en el no-orden el sentido del caos—. Todas como complementariedad de Nevrland o simplemente como referencias subjetivas.

Título original: ‘Nevrland’
Dirección: Gregor Schmidinger
Guion: Gregor Schmidinger
Fotografía: Jo Molitoris
Reparto: Simon Frühwirth, Paul Forman, Josef Hader
Productora Orbrock Film
Austria, 2019
88 minutos

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